Capítulo catorce. Odessa #2
Aquello me recordó al primer campamento que había visto, en las planicies turanas, poco tiempo después de cruzar el Krisenth hacia mi nuevo reino. Era el campamento donde Ransom había empezado a enseñarme a luchar, solo porque le exigí que me diera una espada.
Parecía que hubiera pasado una eternidad. Antes de que me enamorara de Turah. Antes de descubrir la verdadera identidad del Guardián. Antes de enamorarme de Ransom.
Sentí un nudo en el pecho y me acaricié la cicatriz de la palma de la mano.
De pronto, sonó una campanilla con tanta fuerza que Faze asomó la cabeza de la bolsa.
–¿Qué es eso? –pregunté a Wells.
Tiró con fuerza de las riendas de su caballo.
–El último transbordador del día. Rápido.
Le seguimos mientras avanzaba a toda prisa hacia el Harrow, trotando hasta la orilla del río, donde un transbordador plano de madera estaba amarrado a un poste robusto. Dos tablones gruesos lo conectaban con la orilla.
Wells metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó una moneda. Se la lanzó al barquero y subió la carreta a la plataforma del transbordador.
Me acerqué con Freya para subir a bordo, pero el barquero, un hombre enorme y robusto con una chaqueta de cuero impermeable, me cortó el paso levantando ambas manos.
–Son dos darrics. Uno por cada una.
Se me hizo un nudo en el estómago.
–No tengo dinero.
El hombre se cruzó de brazos.
–Entonces, largaos.
–Por favor –le rogué–. Tenemos que cruzar.
El río dividía Ozarth en dos. No había forma de rodearlo.
Su mirada se posó en la empuñadura de mi espada.
–Aceptaré eso.
–No. –De ninguna manera iba a entregarle mi única arma, que además era un regalo de Ransom. Sin contar que valía mucho más que dos darrics.
–Como quieras. –Se encogió de hombros–. Retroceded.
–Toma –dijo Wells, sacando otras dos monedas del bolsillo–. Déjalas cruzar.
El barquero se acercó y cogió las dos monedas de Wells. Mordió una para comprobar que fuera auténtica y después nos dejó pasar al transbordador.
–Gracias, Wells –dije, desmontando de Freya y ayudando a Evie a bajar de la montura mientras el barquero desamarraba el transbordador–. Te lo devolveré.
–Quédate con la espada. Mantén a la niña a salvo. Ese es pago suficiente –dijo el anciano, acercándose al borde del transbordador y sentándose sobre las tablas del suelo mientras se quitaba las botas y se remangaba los pantalones.
A medida que el barquero recogía los tablones y se alejaba de la orilla, Wells metió los pies en el río.
El Harrow era tan ancho que apenas se distinguía la otra orilla bajo la tenue luz. Pero el agua estaba en calma y se oía cómo golpeaba suavemente contra el casco del transbordador.
Avanzamos río abajo durante un rato hasta que el transbordador cogió una corriente. Después, el barquero lo maniobró con un remo largo desde la popa.
–¿Cómo hace para volver río arriba, al otro lado? –pregunté a Wells.
–Los barqueros van dejándose llevar de un lado a otro, dejando pasajeros por el camino.
Recogerá a otros y volverá a cruzar mañana, pero siempre avanzando río abajo.
Por lo general hacen diez paradas. Después desmontan el transbordador, lo cargan en unas carretas y vuelven al punto de partida.
Esta es la parada más alejada de Skanshon.
–¿Hay barcos que llegan hasta Skanshon?
–Sí. Pero no son baratos. Y en este río hay demasiados hombres que te dejarían quedarte con esa espada a cambio de otra forma de pago, si sabes a lo que me refiero.
–Sí. –No eran solo los monstruos lo que temía de este viaje. Los hombres podían ser igual de crueles.
–No os quedéis mucho tiempo en los campamentos –dijo Wells en voz baja–. Cuando lleguéis, id hacia el lado contrario al que vaya el barquero.
–Entendido. –Miré por encima del hombro y descubrí que los ojos del barquero ya estaban clavados en mí.
La mirada hambrienta que me dirigía me recorrió la espalda con un escalofrío. Acerqué a Evie hacia mí, rodeándole la cintura con un brazo, mientras ella pasaba los dedos por la superficie del agua.
Ya casi había anochecido cuando llegamos a la orilla opuesta.
Varias hogueras ardían dentro de barriles, iluminando la zona de desembarco. Al igual que en la otra orilla, había numerosas tiendas de campaña apiñadas en la explanada, casi todas con su propia hoguera encendida.
–Que Daria os traiga suerte en vuestro viaje –dijo Wells, despidiéndose de nosotras con un gesto de cabeza. Después subió a la carreta y atravesó el campamento.
El barquero seguía ocupado con el transbordador, así que, aprovechando que estaba distraído, subí a Evie a la montura junto a Faze y avancé a pie entre las tiendas, manteniendo la cabeza baja.
Más adelante, la carreta de Wells pasó junto a una pequeña cabaña de madera. Se volvió y la señaló antes de desaparecer, como si las tiendas se lo hubieran tragado.
Apresuré el paso y me dirigí directamente hacia aquella cabaña.
La risa de unos niños brotó del interior cuando se abrió la puerta y cinco pequeños salieron corriendo. Una mujer corpulenta, de piel oliva y largo cabello castaño, los espantó hacia fuera mientras permanecía en el umbral, sonriéndoles.
Estaba a punto de volver a entrar cuando me vio. Entrecerró los ojos mientras se limpiaba las manos en el delantal andrajoso.
–Eh..., hola. –Esbocé una sonrisa amable, esperando que se apiadara de nosotras por esta noche–. Me llamo Odessa. Ella es Evie. Estábamos de paso y quería saber si tendría algún lugar seguro donde pudiéramos pasar la noche. Hemos llegado hasta aquí con Wells. Desde Norcrest.
Cielos, esperaba que conociera a Wells, porque ya había olvidado su nombre y su apellido.
La mirada de la mujer era indescifrable mientras me examinaba de pies a cabeza y luego hacía lo mismo con Evie. Solo entonces se le suavizó la expresión. Tal vez fueran los destellos azules de los ojos de Evie, que coincidían con los suyos, o quizá simplemente tenía debilidad por los niños.
–Podéis dormir en el cobertizo, junto a la casa. No es gran cosa, pero os protegerá de la lluvia.
–Gracias –suspiré–. No tengo dinero.
Hizo un gesto con la mano, restándole importancia, y nos condujo hasta el cobertizo.
No era más que un techo de madera y unos fardos de heno. Pero había un poste para atar a Freya, un abrevadero con agua limpia y un farol de aceite colgado de un gancho en la pared.
–La bomba de agua está detrás, por si queréis lavaros antes de cenar.
–Ah, no es necesario…
–Lavaos antes de cenar –ordenó.
–Está bien, por supuesto. –Agaché la cabeza, sintiéndome como si acabara de regañarme mi madrastra.
Si Margot pudiera verme ahora. Le daría un ataque al ver el estado de mi ropa y de mi pelo. Quién sabía qué aspecto tendríamos cuando llegáramos a Quentis.
La imagen de su expresión de horror cuando entráramos en el castillo, impecable y reluciente, casi me hizo reír.
Descargamos nuestras cosas y soltamos a Freya para que pastara mientras nos lavábamos la cara y las manos en la bomba de agua. Después entramos en la cabaña, donde la mujer nos sirvió una rebanada de pan caliente y un cuenco de estofado.
Abrí la boca para darle las gracias y preguntarle su nombre, pero ella señaló una mesa pequeña.
–Comed –dijo antes de marcharse por la puerta.
Entonces, comimos.
En cuanto vaciamos los cuencos, los lavé en un barreño con agua jabonosa, los dejé a un lado para que se secaran y llevé a Evie al cobertizo.
Guardamos el pan para cuando volviéramos a tener hambre.
Nunca en mi vida había temido pasar hambre. Si tenía hambre, lo único que tenía que hacer era pedir algo. Una comida era algo que nunca volvería a dar por sentado.
Encendí el farol, lo colgué del gancho para iluminar todo el cobertizo, extendí nuestras mantas sobre el heno y acomodé a Evie a mi lado, mientras se oía el repiqueteo de los niños que regresaban a sus casas.
De las tiendas brotaban gritos y canciones, junto con alguna que otra risa femenina mezclada con voces de hombres.