Capítulo catorce. Odessa
Capítulo catorce ODESSA
Había una roca debajo de mi saco de dormir que parecía haberse vuelto más grande y afilada durante la noche. Se me clavaba en la cadera, sacándome de un sueño intermitente.
–Eh, mujer. Despierta.
No, no era una roca. Era una bota.
Alguien me estaba dando patadas.
Me incorporé sobresaltada y me aparté el cabello húmedo de la cara para ver a la persona que estaba de pie a mi lado.
Era un anciano de ojos negros y encapotados que me miraba con el ceño fruncido mientras volvía a darme una patada, sin apartar las manos enguantadas de la cintura.
Tenía el cabello envuelto en una bufanda de seda azul que combinaba con el color de sus iris.
La barbilla se le perdía bajo unos bigotes canosos y desaliñados que parecían botar cada vez que hablaba.
–Levántate.
–¿Q-qué? –pregunté, entrecerrando los ojos por la luz del sol que se filtraba entre las ramas del árbol.
–Levántate. Márchate antes de que te encuentren aquí las patrullas del pueblo. A los norcrestianos no les gusta nada que los forasteros duerman en sus jardines. –Apenas terminó la advertencia, se dio media vuelta y se dirigió a una carreta tirada por un caballo que esperaba en el camino.
Mientras se alejaba, aparté la manta y me puse de pie, mirando a mi alrededor.
Aún no había anochecido del todo la noche anterior cuando elegimos acampar junto a aquel árbol.
En ese momento no me había dado cuenta de que marcaba la entrada de un huerto.
Surco tras surco de hortalizas se extendían por todo el campo que nos rodeaba.
–Evie. –Me incliné hacia ella y la sacudí con suavidad para despertarla–. Es hora de levantarse.
–No. –Frunció el ceño, cerró los ojos con fuerza y negó con la cabeza.
La noche había sido demasiado corta para las dos.
La dejé despertar a su ritmo y fui a ensillar a Freya. Me dolían la espalda y las piernas solo de pensar en otro día entero de cabalgata, pero lo último que quería era acabar en una prisión de Ozarth.
Tal como me había asegurado el hermano Skore, el arroyo que veníamos siguiendo desde las montañas nos llevó hasta Norcrest. Nos llevó todo el día llegar y, durante la última hora, estaba convencida de que nos habíamos perdido.
Pero entonces las luces del pueblo aparecieron a la vista y casi rompí a llorar.
Norcrest había sido construido en una cuenca rodeada de colinas empinadas, con terrazas excavadas en las laderas.
La plaza principal ocupaba el centro de la cuenca y, a su alrededor, había una posada, un establo, un mercado y otros negocios.
Todas las casas estaban construidas en las laderas, con los tejados cubiertos por espesos mantos de césped.
Las puertas eran anchas y robustas, algunas con forma de arco para seguir la curvatura del terreno.
Era como si cada una fuera una cueva privada, excavada lo suficiente en la tierra para proteger a sus dueños durante la migración.
Habíamos llegado a Norcrest cuando el sol ya se ocultaba en el horizonte y seguí el camino que descendía en espiral hasta el fondo de la cuenca.
El pueblo habría sido encantador de no ser por sus habitantes.
Eran tan acogedores como la manta húmeda sobre la que había dormido aquella noche.
Ni una sola persona nos dedicó una sonrisa.
La mayoría se limitó a mirarnos con desdén y rechazo.
Y, como no teníamos monedas ni oro, el posadero me cerró la puerta en las narices.
Así que decidimos abandonar la cuenca y, cuando vi aquel inmenso árbol, pensé que podríamos pasar la noche allí. Apenas terminamos de desensillar a Freya, empezó a diluviar.
El árbol nos protegió de lo peor de la tormenta, pero no fue suficiente. Estaba cansada de estar mojada y de pasar tanto frío. Cansada de dormir en el suelo y de llevar siempre la misma ropa. Y, sobre todo, estaba cansada de escuchar rugir el estómago de Evie.
¿Cómo íbamos a seguir así? Habíamos llegado a Norcrest, pero ¿y ahora qué? Teníamos que seguir hacia el sur y encontrar la manera de cruzar el río Harrow, que atravesaba Ozarth de lado a lado. Pero, desde allí, no sabía cuál era la mejor manera de llegar a Quentis.
Una vez que saliéramos de Ozarth, tendría que cruzar Laine y Génesis. Y, si llegábamos tan lejos, si lograba mantenernos con vida a las dos, después tendríamos que atravesar el desfiladero de Evon.
¿Debería seguir cabalgando? ¿Debería intentar llegar a la costa? Tal vez, si vendía a Freya, podría pagar el pasaje para cruzar el Krisenth en barco.
Pero no quería venderla. Era casi tan valiosa para mí como Faze. Nos había mantenido con vida, avanzando siempre sin quejarse.
Me acaricié la cicatriz de la palma y cerré los ojos.
¿Qué haría Ransom? Seguir adelante. Era lo único que podíamos hacer era eso: seguir adelante.
Cielos, cuánto lo echaba de menos. Echaba de menos la fuerza de sus brazos. Echaba de menos la suavidad de sus labios y dormir sobre su pecho desnudo. Echaba de menos su sonrisa arrogante y su voz profunda.
Echaba de menos sentirme a salvo solo porque él estaba cerca.
El quejido de Evie me sacó de mis pensamientos cuando se puso de pie, visiblemente molesta.
–Siento mucho que no podamos seguir durmiendo. –Le tendí una mano.
La tomó y me dejó envolverla en un abrazo.
–¿Quieres robar unas cuantas hortalizas conmigo? –pregunté.
Y su sonrisa traviesa me hizo reír.
***
Tras varias semanas cruzando bosques y montañas, cabalgar por las planicies de Ozarth resultaba inquietante. Estábamos demasiado expuestas. Demasiado vulnerables. Pero al menos íbamos por un camino y no estábamos solas.
–¿Qué llevas en esta caja? –preguntó Evie a Wells, tocando la tapa de un baúl sobre el que se arrastraba en la carreta.
Él no se volvió al responder:
–Grasa.
–¿ Más grasa? ¿Eso es lo único que tienes?
–Sí.
–¿Por qué no lo dijiste antes?
–No preguntaste.
–Ah... –Suspiró y se sentó con las piernas cruzadas.
Wells, el anciano que me había despertado al amanecer, era ahora nuestro compañero de viaje.
No tardamos mucho en alcanzar su carreta una vez que terminamos de asaltar el huerto y nos llenamos los bolsillos y los bolsos de zanahorias, tomates, judías y guisantes.
Incluso desenterré unas cuantas patatas redondas.
Wells se dirigía al río Harrow y, cuando le pregunté si podíamos acompañarlo, aceptó e incluso le ofreció a Evie un sitio en la parte delantera de la carreta.
Era extraño no tenerla delante de mí. Sentía los brazos vacíos y demasiado grandes, pero ella parecía mucho más contenta con espacio para moverse libremente. Y Wells, aunque tenía un carácter bastante huraño, respondía a todas sus preguntas.
–¿De qué es la grasa? –preguntó ella.
–De cerdo. Cuando la derrito al fuego, la guardo en frascos.
Evie hizo una mueca de disgusto.
–Qué asco.
–¿Asco? –repitió Wells, molesto–. Mi grasa sirve para preparar la mejor masa de tarta de todo Calandra.
–¿Adónde la llevas? –pregunté.
–A Ripfell. Está a un día de viaje, una vez que cruce el Harrow. Este es mi último viaje hasta allí en una buena temporada. Debería volver a Norcrest dentro de pocos días si consigo venderlo todo rápido. Después me quedaré cerca de casa hasta el próximo verano.
Hasta que pase la migración.
–¿Tienes un buen refugio?
–Sí. Llevo meses con todas las provisiones que necesito.
–Qué bien. Cuando llegaran los crux, estaría preparado.
Wells se volvió y miró por enésima vez mi ropa sucia y arrugada.
–¿Adónde vais?
–A Quentis.
Frunció el ceño y sacudió la cabeza, murmurando algo entre dientes.
Evie bostezó, se tumbó sobre las cajas y apoyó la mejilla en las manos. No tardó en quedarse dormida.
–¿Te preocupan los monstruos? –le pregunté a Wells.
–Me crucé con varios flagris por el camino. –Miró con cautela la bolsa que colgaba de mi hombro.
Aparté a Faze hacia el otro lado.
–¿Alguna vez te han atacado?
Wells se inclinó hacia el borde del asiento y tocó la caja que llevaba bien sujeta debajo de él.
–La niña olvidó preguntarme qué había en esta caja.
–¿Armas? –pregunté.
–Cerditos. Tres. En cuanto veo un flagris, los suelto. Son una presa muy fácil de atrapar y hacen tanto ruido que los monstruos se olvidan de este viejo escuálido.
A menos que el monstruo tuviera la lyssa. En ese caso, dudaba que un par de cerditos bastaran para calmar su sed de sangre.
Pasamos el resto de la mañana sumidos en un silencio agradable, siguiendo el camino que serpenteaba entre campos y colinas ondulantes.
Poco después de que Evie despertara de la siesta, oyó un gruñido y encontró los cerditos.
Y, mientras la tarde se desvanecía y daba paso a la noche, volvió a la montura y cabalgó delante de mí a medida que el camino se ensanchaba y se unía a otros senderos.
Otra carreta apareció delante de nosotros y otras dos se colocaron detrás. Eran comerciantes como Wells, que transportaban sus mercancías.
Esperaba que la mayoría hubiera oído las noticias sobre el heraldo de los crux y estuviera huyendo hacia sus refugios y ciudades.
Ahora que estábamos rodeadas de desconocidos, Evie dejó de hacer preguntas y los únicos sonidos a nuestro alrededor eran las pisadas de los caballos y el crujido de las ruedas sobre la tierra.
Los pastos se volvieron más altos y espesos a medida que nos acercábamos al río.
El camino seguía embarrado en algunos tramos por la lluvia de la noche anterior.
El olor a humo nos llegó poco antes de que alcanzáramos una explanada con diez tiendas de campaña.
Amontonadas junto al camino, sobre la hierba pisoteada, se extendían hasta donde alcanzaba la vista, como una ciudad improvisada junto al río Harrow.
Todos nos ignoraron cuando pasamos entre ellos, ocupados como estaban en sus propias tareas. La gente entraba y salía de las tiendas para atender a sus caballos. Algunos cocinaban junto a hogueras circulares.