Capítulo trece. Caspia #3
El terror se apoderó de mí y salí corriendo hacia los árboles tan deprisa como podía, a pesar del dolor del tobillo.
El grito de Xandra me siguió hasta el bosque.
Perdí de vista a las otras bestias mientras seguía corriendo, con el corazón en la garganta. En un momento, me atreví a mirar hacia atrás, pero lo único que vi fue verde. Cuando volví la vista al frente, lo hice demasiado rápido y perdí el equilibrio al tropezar con una rama. Caí al suelo.
Las palmas se estrellaron contra unas rocas cubiertas de musgo y el impacto fue tan fuerte que el cuchillo salió despedido de mis manos. Solté un grito, recuperé el arma y me puse de pie, no sin antes mirar otra vez hacia atrás.
Se me heló la sangre al ver una bestia negra de pie sobre una roca, con la mirada fija en mí.
–¿Xandra? –¿O era otra de aquellas criaturas? ¿Había abandonado a mi prima en aquel camino para que muriera?
La bestia alzó el hocico, como si buscara mi olor.
Retrocedí, poniéndome en guardia con el cuchillo.
–Xandra, si aún estás ahí, por favor, soy yo.
Sus orejas se movieron en mi dirección.
Clic. Clic. Clic . El sonido de las otras criaturas llenó el aire y la atención de la bestia se desvió hacia un lado.
Ahora que ya no me prestaba atención, me giré e hice lo que Xandra me había ordenado. Corrí hasta sentir que los pulmones me ardían y las piernas me abrasaban como si estuvieran en llamas.
De pronto, el estruendo del agua interrumpió mi huida. Los árboles se abrieron y desaparecieron al borde de un inmenso acantilado. Abajo, un río rugía con sus aguas embravecidas. El desfiladero era demasiado ancho para cruzarlo de un salto.
–No –dije, deteniéndome al borde del precipicio mientras contemplaba la larga caída. Entonces di media vuelta y regresé hacia el bosque para echar a correr otra vez. Tenía los rizos pegados a la cara.
De pronto, tres bestias se lanzaron sobre mí como una ola, desde todas direcciones, saltando desde los troncos y las rocas que poblaban el paisaje.
Por la gracia del Divino, vuélveme verdad.
La única manera de sobrevivir a aquellas bestias era convertirme yo misma en una de ellas.
Saqué el cuchillo de la vaina que llevaba en la muñeca y, con un movimiento rápido, se lo lancé a la bestia más cercana.
El cuchillo se clavó en el pelaje negro del chacal, pero la horrible criatura siguió corriendo hacia mí con un rugido ensordecedor. Abrió las fauces y se impulsó sobre sus cuatro patas, lista para abalanzarse sobre mí.
Levanté el arma por encima del hombro, dispuesta a golpear con todas mis fuerzas, pero entonces otra bestia apareció de costado y se estrelló contra el animal que había estado a solo unos segundos de lanzarse sobre mí.
Una maraña de pelaje negro y escamas rodó frente a mí hasta estrellarse contra el tronco de un árbol. Después escuché una mandíbula cerrarse con fuerza, seguida del gorgoteo de una garganta desgarrada.
Xandra . No. Se me llenaron los ojos de lágrimas mientras las dos enormes bestias quedaban tendidas allí, sin vida.
La sangre brotaba de cuatro cortes en el cuello del animal muerto.
El tiempo pareció volverse más lento, como si avanzara en imágenes lánguidas, casi como en mis visiones.
Las otras dos bestias retrocedieron, bajando la cabeza como si reconocieran un nuevo liderazgo.
Xandra . Tenía que ser Xandra. Cuando los Estorninos moríamos, regresábamos a nuestra forma humana. La bestia que se desangraba en el suelo del bosque seguía siendo un animal.
Gruñó a las demás y después alzó la cabeza y lanzó una seguidilla de aquellos chasquidos.
¿Era una advertencia? ¿Una orden? Parecían venerarla, agachándose y sometiéndose a su voluntad.
Bajé el cuchillo, sintiendo cómo me temblaba todo el cuerpo.
–¿Xandra?
Por un momento, pareció que iba a acercarse y empujarme la mano con el hocico.
Hasta que retrajo los labios y un gruñido grave y amenazador brotó de su garganta.
Hasta que dio un paso acechante hacia mí.
–Xandra –repetí, alejándome de ella y de las otras dos bestias–. Soy yo. Caspia.
Por cada paso que daba yo hacia atrás, ella avanzaba uno hacia mí: cinco pasos, después diez. Hasta que me acorraló contra el borde del acantilado, sin ningún lugar al que huir.
–Xandra –repetí su nombre una y otra vez–. Xandra.
Pero ella solo gruñó.
–Xandra –insistí, con la voz rota por las lágrimas que me corrían por la cara–. No hagas esto. Vuelve. Transfórmate otra vez. Xandra, recuerda quién eres.
Las otras dos bestias acechaban detrás de ella, esperando una orden.
–¡Xandra! –grité con la esperanza de devolver a la mujer, a mi mejor amiga, que seguía en algún lugar bajo aquella bestia.
Bajó el lomo, sin apartar la mirada de mis ojos.
–Xandra –dije entre lágrimas, completamente agitada–. Xandra, por favor.
Pero Xandra ya no existía. Estaba perdida. No era más que una bestia.
Y no quería que mi prima me destruyera.
Si este era mi final, yo decidiría cómo irme.
Saltó hacia mí con la boca bien abierta, extendiendo las garras.
Pero yo ya me había ido, ya había saltado por el borde del acantilado.
Volé, por primera vez en mi vida. Volé, solo un instante.
Y, entonces, caí.