Capítulo trece. Caspia #2
–Con todo lo que me duele ahora mismo, el tobillo no es mi mayor preocupación.
–Está bien. –Se llevó las manos a la cintura e inclinó la cabeza hacia el cielo, mirando por encima de las copas de los árboles. El azul de la mañana empezaba a cubrirse de nubes grises–. Va a llover otra vez.
–Por la gracia del Divino, espero que este camino nos lleve a un pueblo.
–No sabía qué clase de monedas aceptarían en aquellas tierras, pero aún llevaba los anillos de elfalter de Emery en el bolsillo.
Aunque odiaba la idea de desprenderme de ellos, no me importaría hacerlo si eso garantizaba nuestra supervivencia.
Seguí caminando con dificultad y Xandra acompasó su paso al mío, quejándose y sujetándose el estómago con las manos.
–Creo que voy a vom...
Clic. Clic. Clic.
Nos detuvimos y nos giramos despacio; el sonido procedía de algún lugar entre los árboles.
–Rayos –susurré.
Habíamos sido muy tontas por dejar de correr. Tontas por creer que podíamos sobrevivir.
Xandra levantó el cuchillo justo cuando una mancha oscura emergió del bosque.
Una bestia de cuatro patas saltó al camino y clavó sus garras curvas en la tierra. Nos observó con unos ojos tan negros como su pelaje.
–¿Qué es eso?
Un escalofrío me recorrió los hombros mientras la bestia daba un paso hacia nosotras.
La criatura se parecía a los chacales que merodeaban en estado salvaje por Nelfinex, con un hocico largo y orejas puntiagudas.
Pero este animal era el doble de grande, casi del tamaño de un caballo.
El pelaje se detenía a la altura de las costillas y daba paso a una serie de escamas que ondulaban mientras se acercaba, acechante, hacia nosotras.
Y cada una de esas escamas terminaba en una espina afilada.
Xandra dio un paso hacia la bestia y me soltó la mano.
–¿Qué haces?
Su única respuesta fue dar otro paso al frente.
La bestia gruñó y mostró sus colmillos blancos, mientras las púas de su espalda se erizaban.
Xandra levantó la mano y la extendió, como esperando que la criatura se acercara lo suficiente para acariciarla detrás de las orejas.
En Nelfinex yo habría estado justo a su lado.
Los Estorninos no les teníamos miedo a las bestias.
Pero esta no se parecía a ninguna criatura que hubiera visto merodear por mi hogar.
No era un fének, ni una medularia, ni un vencejo.
Y el nudo que sentía en el estómago me decía que no era un animal salvaje que ningún Estornino pudiera domar.
–Xandra –dije entre dientes–. Detente.
–Es precioso –balbuceó, como si estuviera perdida en los ojos de aquel extraño chacal.
–No. –Di un paso con mi pierna ilesa y extendí la mano para sujetarla del codo–. Algo no va bien. No se parece a las bestias que hay en casa.
Y, como si quisiera confirmar mis palabras, el animal alzó la cabeza y apuntó el hocico hacia el cielo. Dejó el cuello al descubierto y emitió los mismos chasquidos que habíamos oído antes.
Entonces otro gruñido brotó de entre los árboles.
Nos giramos enseguida hacia el sonido. Otra bestia negra apareció entre el follaje, mostrando los dientes.
Aquellos chasquidos eran una llamada para su jauría. Para cazarnos desde todos los flancos.
–Xandra –dije, tirando con fuerza de su brazo para sacarla del estupor.
Se estremeció, como si acabara de darse cuenta de que la había estado tocando.
–Vamos –dije con urgencia, llevándola hacia atrás.
No había manera de que pudiéramos escapar corriendo de aquellas criaturas, no con mi tobillo lesionado y nuestros cuerpos tan débiles. Pero tampoco estaba segura de que tuviéramos alguna posibilidad enfrentándonos a aquellas garras y colmillos.
La mirada de Xandra se desvió hacia algo que había a mi espalda, en mitad del camino. Abrió mucho los ojos y tomó una brusca bocanada de aire.
Seguí la dirección de su mirada y me encontré con una tercera bestia que nos estaba acorralando por detrás, moviéndose con tanto sigilo que podría habernos atacado sin que nos diéramos cuenta.
Muertas. Estábamos muertas. Y por culpa de un animal, nada menos.
–¿Corremos? –pregunté, quitándome la bolsa de los hombros, porque no quería que su peso me ralentizara.
Xandra negó con la cabeza.
–No vamos a sobrevivir.
–Entonces peleamos. –Sujeté el kukri con las dos manos, buscando el equilibrio para que, cuando atacara, el golpe fuera rápido y certero.
Y, si fallaba...
Por la gracia del Divino, haz que nuestras muertes sean rápidas.
Un gruñido grave y amenazante brotó de la bestia que seguía rondando entre los árboles. Las otras dos se acercaron, agazapadas, listas para saltar.
Xandra negó con la cabeza con tanta fuerza que el cabello le golpeó la cara como un látigo.
–No.
Un grito le desgarró la garganta al cerrar los ojos y apretar los puños a ambos lados del cuerpo. El sonido fue haciéndose cada vez más intenso, hasta dejar de ser el de una mujer y convertirse en el de un animal.
El rito.
Varias lágrimas brotaron de mis ojos y me llevé una mano a la boca mientras veía a mi prima caer de rodillas.
Por fin.
Si se transformaba, podría salvarnos.
El sonido que salía de ella era tan crudo y salvaje que las bestias se detuvieron y las dos que estaban en el camino retrocedieron.
Xandra se inclinó hacia delante y cayó sobre las manos, mientras la espalda se le arqueaba. Se retorció con todas sus fuerzas para mirarme y sus ojos ya no eran dorados ni blancos: eran negros como la tinta, sin rastro de blanco.
–Corre –ordenó entre dientes.
–¿Qué? Xan...
–Vete. Ahora. –Otro rugido brotó de lo más profundo de su pecho y abrió la boca de par en par mientras se echaba hacia atrás hasta quedar sentada sobre los talones. Empezó a mecerse hacia delante y hacia atrás, clavando los dedos en el suelo como si fueran garras.
Me acerqué, intentando alcanzarla, pero, en lugar de tomar mi mano tendida, me enseñó los dientes.
Unos dientes que no eran los de su sonrisa encantadora.
Crecieron ante mis ojos hasta convertirse en afilados colmillos.
¿Era esa la razón por la que atravesábamos el rito solas? ¿Porque no estábamos a salvo si permanecíamos cerca durante la transformación?
–¿Xandra?
El gruñido que brotó de su garganta no era humano.
Sus ojos destellaron con una luz dorada durante un instante, apartando apenas aquel negro profundo.
–Por favor. Corre.
–Pero...
–Vete, Caspia.
El dorado se desvaneció en apenas un parpadeo y el feroz gruñido que soltó después me hizo retroceder con indecisión.