Capítulo trece. Caspia
Capítulo trece CASPIA
Xandra no me soltó la mano mientras caminábamos con dificultad por el bosque. Tenía la palma húmeda y el rostro de un gris pálido.
Di un paso en falso y me torcí el tobillo, pero su mano me sostuvo antes de que cayera.
Sentía la cabeza dándome tantas vueltas que el mundo parecía una mancha verde y castaña bajo el azul del cielo.
La respiración se me entrecortaba y el sudor que me empapaba el cuerpo no hacía nada por apagar el fuego que rugía en mis venas.
Llevábamos tres soles caminando por aquella extraña tierra, esperando el rito que iba a transformarnos. Nos había preocupado que el aire húmedo y mohoso de la cueva nos enfermara, pero tal vez deberíamos habernos quedado allí. Con cada sol que pasaba, nos sentíamos cada vez más enfermas.
Esperaba que encontráramos algún refugio donde descansar hasta que se nos pasara. Pero lo único que encontrábamos eran árboles y más árboles.
–Necesito parar –murmuré.
Xandra me soltó la mano y, como si esa hubiera sido la única razón por la que seguía en pie, se desplomó sobre el suelo cubierto de musgo.
Se sujetó el estómago con los brazos y se meció de atrás hacia delante, acurrucada en posición fetal.
Tenía los ojos anegados en lágrimas, que ya empezaban a deslizarse por sus mejillas.
Mis rodillas cedieron y se estrellaron contra el suelo con fuerza cuando me derrumbé. Y, al igual que Xandra, me acurruqué en posición fetal sobre la tierra verde y húmeda.
La lluvia era constante: pasaba de aguaceros tormentosos a suaves lloviznas. Ya no recordaba lo que se sentía al llevar ropa seca. Estábamos empapadas hasta los huesos, pero el agua era una molestia menor comparada con el dolor.
Por la gracia del Divino, cuánto me dolía. Sentía que algo me desgarraba por dentro con una garra invisible. La cabeza me palpitaba y cada latido de mi corazón era como un martillazo contra el cráneo.
Ninguna de las dos había podido comer desde aquella primera luna en la extraña cueva.
El pescado seco que habíamos traído del barco seguía intacto, aunque probablemente ya no estaba tan seco como creíamos.
Aquella luna dormimos junto a las resbaladizas paredes de roca y, por la mañana, las dos nos despertamos con calambres en el estómago.
Durante el primer sol habíamos logrado avanzar bastante por aquella tierra, obligándonos a ignorar la incomodidad mientras cruzábamos los acantilados y nos adentrábamos en aquel denso bosque, con la esperanza de encontrar un pueblo o una aldea donde descansar y conseguir información sobre un guerrero de ojos plateados.
Mientras caminábamos, no dejaba de maravillarme la intensidad del verde, tan brillante y vívido que no se parecía al de ningún bosque de Nelfinex.
Ahora ese mismo color se sentía como una puñalada en los ojos. Era tan cegador como el sol en su cénit y lo único que quería era encontrar otra cueva donde la oscuridad bloqueara aquel verde nauseabundo.
Incluso cuando cerraba los ojos, lo único que veía era verde. Lo único que sentía era dolor. Los calambres en el estómago eran diez veces peores que los que había sentido en la cueva. Notaba la piel caliente al tacto y un dolor insoportable invadía cada músculo de mi cuerpo. Incluso respirar dolía.
–No creo que este sea el rito, Xandra –murmuré–. ¿Y si hicimos algo mal?
–No lo sé –dijo Xandra entre quejas.
–Lo siento. –Se me escapó un sollozo, pero gritar me dolía tanto que tuve que contener las ganas–. Nunca debería haberte traído aquí.
Deberíamos estar en Showe, en nuestro palacio, con nuestra familia.
–No es culpa tuya –dijo Xandra, acercándose para tomarme las manos–. El rito nos llamó a las dos.
–¿Y si este no es nuestro rito?
–Lo es. Tiene que serlo. Tenemos que ser fuertes. –Cerró los ojos mientras las lágrimas seguían deslizándose por sus mejillas. Había empezado a llorar–. ¿Caspia?
–¿Sí?
Su respiración empezó a sonar entrecortada.
–No quiero morir aquí.
–Yo tampoco. –El dolor era insoportable cuando la envolví entre mis brazos y la acerqué hacia mí, mientras las dos llorábamos.
Había una razón por la que estaba prohibido seguir a los vencejos hasta sus tierras de migración. Había una razón por la que ningún Estornino llegaba tan lejos durante su rito.
Íbamos a morir allí.
Nunca volvería a mi amada tierra. Nunca volvería a escuchar la risa de Graciella. Nunca volvería a acurrucarme con Hop ni a acariciarle la cola esponjosa.
Y Xandra no tendría la oportunidad de encontrar al capitán en el Marixmore.
Moriríamos en aquel bosque verde.
Estaríamos perdidas para los Estorninos.
–Al menos estamos juntas.
–Por la gracia del Divino –dijo Xandra, abriendo los ojos y esbozando una sonrisa triste mientras me llevaba una mano a la mejilla.
–Por la gracia del Divino.
Algo no iba bien en sus ojos. El resplandor dorado se veía apagado y sus iris tenían un brillo pálido, como si la llama de su interior se estuviera extinguiendo. Como si toda la fuerza vital de su sangre se estuviera agotando.
Culpa mía.
Si nunca hubiera emprendido aquel viaje, Xandra estaría a salvo en casa. Estaría con las aves aquella mañana, acariciando las suaves plumas de los vencejos en los que se suponía que íbamos a convertirnos.
Pero no habría transformación. No volaríamos. Nosotras no.
Las lágrimas me nublaron la vista.
–Lo siento mucho.
Xandra me acarició la mejilla con el pulgar.
–Yo no.
Apoyé la frente contra la suya y juntas lloramos por la vida que no tendríamos.
Hasta que la oscuridad se llevó el dolor.
Y borró todo ese verde maldito de nuestro alrededor.
***
Los aplausos de Xandra me despertaron.
Abrí los ojos enseguida y, por un breve instante, estaba en casa. En la calidez de mi cama, envuelta por los aromas especiados de Showe que entraban por las ventanas en arco del castillo.
Pero cuando me incorporé sobre la tierra cubierta de musgo y vi el bosque frente a mí, la cruel realidad llegó como una bofetada.
Mi casa estaba en la otra punta del mundo.
El sonido volvió a oírse y comprendí que no eran los aplausos de Xandra, sino una serie de notas agudas y estridentes, como el chasquido de una lengua. Eran tan fuertes que rebotaban entre los árboles y me recorrían la espalda con un escalofrío.
–Xandra –susurré, sacudiéndole un hombro–. Despierta.
Se quejó y se volvió hacia delante sobre el estómago.
–Xandra, rápido. –Con la poca fuerza que me quedaba, me puse de pie, aunque con dificultad. Después me agaché para cogerla del brazo y la sacudí hasta que abrió los ojos. Estaba demasiado débil para levantarla del suelo, pero conseguí moverla con fuerza.
–¿Q-qué? –Abrió los ojos lentamente. Los tenía blancos.
–Levántate. Ahora.
Me miró furiosa, como si hubiera estado perdida en un sueño. Como si la hubiera despertado en la cama del capitán, a bordo del Cirrina . Pero entonces los chasquidos volvieron a sonar y se incorporó sobresaltada.
–¿Qué ha sido eso?
–No lo sé. Pero no podemos quedarnos aquí. –La tomé de la mano y la ayudé a ponerse de pie.
Ninguna de las dos se había molestado en dejar las bolsas cuando nos desplomamos en el suelo, así que, cogidas de la mano, echamos a andar por el bosque, esquivando rocas y ramas, mientras aquellos chasquidos parecían seguirnos cada vez más de cerca.
El aire era pegajoso y húmedo, de modo que cada respiración se hacía pesada, y el sudor que me resbalaba por la frente me caía en los ojos.
–Deberíamos escondernos.
–¿Dónde? –preguntó Xandra, respirando con dificultad–. No hay nada. ¿Dónde está todo el mundo?
Estábamos rodeadas de árboles, pero sus ramas y troncos eran demasiado resbaladizos para trepar por ellos, además de que ninguna de las dos tenía fuerzas para hacerlo.
También había enormes rocas dispersas entre los árboles, demasiado grandes para escalarlas con facilidad.
Pero tampoco nos servirían para ocultarnos.
Tal vez podríamos cubrirnos con puñados de musgo para camuflarnos. Pero, a medida que los chasquidos se hacían más fuertes, comprendí que aquello que nos seguía no se dejaría engañar con tanta facilidad.
El sonido estaba tan cerca que me hacía vibrar los huesos.
Xandra temblaba y sus ojos se encontraron con los míos.
–¿Caspia?
Tomé el cuchillo que llevaba a la espalda. Xandra sacó una daga de la vaina que llevaba en la pierna.
–¿Lista?
Negó con la cabeza.
–Corre.
Empezamos a abrirnos paso por el bosque a toda velocidad, tropezando una y otra vez mientras corríamos una junto a la otra. El terror disipó un poco la neblina que me embotaba la mente mientras avanzábamos desesperadas.
Si los chasquidos seguían sonando, quedaron ahogados por el estruendo de mi pulso y de mi respiración, pesada y laboriosa. El bosque era demasiado denso para correr deprisa. Incluso a máxima velocidad, si algo nos perseguía, seríamos demasiado lentas.
Entonces, por la gracia del Divino, un estrecho sendero de tierra rompió el verde del bosque. Un camino marcado por dos huellas de ruedas se abría paso entre los árboles.
Estaba tan contenta de verlo que di un paso en falso y tropecé con una roca. Se me torcieron el tobillo y la rodilla, y salí disparada hacia el camino, donde caí de bruces sobre la tierra.
–¡Caspia! –gritó Xandra, acercándose a toda prisa y sujetándome del brazo.
–Estoy bien. –Una punzada de dolor me atravesó el tobillo, pero la ignoré y dejé que me ayudara a levantarme.
–Vamos. –Xandra entrelazó su brazo con el mío–. Quizá este camino nos lleve a algún lugar seguro.
Cada paso era una agonía mientras avanzaba renqueando lo más rápido que podía, mirando constantemente por encima del hombro. Los chasquidos parecían haber quedado atrás a medida que avanzábamos por el camino, hasta que lo único que se oía era nuestra respiración entrecortada.
–¿Qué crees que era eso? –preguntó Xandra.
–No lo sé. –Aflojé el paso y me llevé una mano al costado, donde un calambre me atenazaba el cuerpo.
–¿Cómo tienes el tobillo?
Lo sentía palpitar y, al apoyar el pie, una punzada de dolor me recorría toda la pierna.
–Está bien.
–No me mientas.
Suspiré.