Capítulo doce. Odessa
Capítulo doce ODESSA
–Prueba las naranjas ahora. –Una voz dulce y melodiosa me sacó de mi noche sin sueños.
Tardé en abrir los ojos, ya que sentía los párpados pesados. Sobre mí había un cielo azul y las copas de unos árboles de hojas verdes y amarillas.
Lo último que recordaba era un túnel iridiscente y un charco negro. ¿Dónde demonios...?
–¡Evie! –dije, y tomé una brusca bocanada de aire al incorporarme demasiado rápido. Un dolor enceguecedor me atravesó el cuello y, por un instante, mi visión quedó en blanco. Hice una mueca de dolor y me froté el cuello con la mano–. Ay.
–¡Dess! –Un cuerpo pequeño se estrelló contra el mío y volví a caer de espaldas–. Estás despierta.
La envolví con los brazos mientras el dolor se desvanecía y las manchas desaparecían de mi visión.
–¿Estás bien? –Le recorrí los hombros, la espalda, la cabeza y los brazos, asegurándome de que estuviera bien–. Estás bien.
Se apartó de mí y me tomó del codo para ayudarme a sentarme.
–Has dormido una eternidad.
Tenía un tronco detrás de mí, a modo de respaldo para el saco de dormir. Me recosté contra él, parpadeando para disipar los últimos rastros de neblina en mis ojos, hasta que pude ver bien a Evangeline.
Se la veía… bien. Completamente seca, viva, ilesa. Se me subió al regazo y pasó las rodillas a ambos lados de mis piernas.
–Estaba un poco asustada, pero el hermano Skore me prometió que ibas a despertarte.
–Lo siento. –Le puse un mechón de cabello detrás de la oreja y solo entonces miré a nuestro alrededor.
Habíamos acampado en medio de una agradable arboleda de árboles de tronco blanco y hojas acorazonadas, y el césped estaba cubierto de flores silvestres. Los caballos bebían agua de un arroyo que serpenteaba entre los árboles y nuestras monturas descansaban junto al tronco que tenía a mi espalda.
Sentado sobre otro tronco, apartado de nosotras, al otro lado de una montaña de cenizas y carbones de la hoguera de la noche anterior, estaba el hermano Skore.
–¿Qué pasó? ¿Dónde estamos? ¿Cuánto tiempo he estado dormida?
–Dos días –respondió Evie, bajándose de mi regazo para acercarse a Skore, de quien tomó un puñado de flores blancas de tallos trenzados.
A un lado de Skore, sobre el tronco, había una pila de flores naranjas que debía de haber recolectado en el campo.
El miedo que se había apoderado de ella antes de adentrarnos en la cascada ya no estaba. Parecía sentirse tan cómoda cerca de Skore como conmigo. Aun así, no quería que estuviera cerca del Voster, no después de lo que había pasado en los túneles.
–Evie. Ven, siéntate conmigo. –La llamé con un gesto de la mano, conteniendo el aliento hasta que estuvo a mi lado.
Me dio las flores blancas cuando se arrodilló sobre mi manta.
–Estas son para ti.
–Gracias, son hermosas. –El alivio de verla ilesa, de verla incluso sonreír, era tan reconfortante como agotador. Una parte de mí solo quería acurrucarse y seguir durmiendo–. ¿Dónde está Faze?
–Mmm... –Se tocó la barbilla mientras miraba alrededor con los ojos entrecerrados. Después se llevó las manos a los lados de la boca y soltó una especie de arrullo, no un silbido, sino algo más parecido al canto de un pájaro.
A los pocos segundos, Faze asomó por encima del tronco.
–¿Dónde aprendiste a hacer eso? –pregunté mientras le acariciaba las orejas a Faze.
–Me lo enseñó el hermano Skore. Estuvimos practicando. Hay que darle un premio cuando viene.
Se levantó y, antes de que pudiera detenerla, fue hacia el sacerdote con Faze siguiéndola de cerca. Tomó un trozo de carne seca de la mano del hermano Skore y se lo dio al flagris.
En todo momento, la mirada profunda del Voster permaneció fija en mí.
–¿Por qué no vas a buscar más flores mientras hablo con Odessa? –dijo él.
La niña frunció el ceño, pero obedeció y se fue corriendo por el césped, con Faze pisándole los talones.
–¿Qué pasó en el túnel? –pregunté en cuanto Evie estuvo lo bastante lejos como para no oírme–. ¿Qué tenía esa agua?
–No deja de sorprenderme la manera en que formulas tus preguntas –dijo el hermano Skore, sacudiéndose la túnica.
–¿Qué pasó? –insistí entre dientes. Me puse de pie, pero no pude evitar tambalearme, ya que la sangre abandonó mi cabeza tan deprisa que tuve que sentarme otra vez en el tronco para no caerme.
–Descansa un poco más. Estás a salvo. –Se acercó a los caballos y pasó la soga alrededor del cuello del suyo.
Volví a ponerme de pie, esta vez más despacio, mientras él colocaba la montura sobre el caballo.
–¿Adónde vas?
–Sigue este arroyo. Te llevará a Norcrest, al sur. Si salís pronto, llegaréis antes del anochecer.
–Espera. ¿Nos vas a dejar solas?
–Sí –respondió–. Tengo que partir. Ya me he retrasado demasiado.
Parecía demasiado bueno para ser verdad. Había soñado con encontrar la manera de escapar y ahora éramos libres.
Seguíamos perdidas.
Pero éramos libres.
–Espera. –Me acerqué a su caballo para impedirle levantarlo del suelo, pero una ráfaga de viento, acompañada por una intensa punzada de su magia, me empujó hacia atrás–. ¿Adónde vamos después de Norcrest?
–Al sur, por el Harrow. Cuando lleguéis a los pantanos, encontraréis a gente que conoce el camino a Quentis. –Mientras hablaba, colocaba la montura sobre el caballo sin molestarse en mirarme–. No os demoréis.
Partiríamos en cuanto pudiera cargar a Freya. Pero, si esa era la última vez que veía a Skore, no iba a dejar pasar la oportunidad de preguntarle por el túnel.
Sin importarme el dolor que pudiera causarme su magia, me acerqué a su caballo y le quité la soga de las manos.
–¿Qué había en ese túnel?
–La libertad.
Un gruñido de frustración me retumbó en la garganta.
–Esa no es una respuesta.
–No le cuentes a nadie lo de la cascada. La vida de tu padre depende de que guardes el secreto.
–¿Qué tiene que ver la cascada con mi padre?
Me arrancó la soga con tanta fuerza que no tuve más remedio que soltarla para no quemarme las manos con la fricción. Estábamos tan cerca que su magia debería haberme resultado, como mínimo, molesta, pero, más allá de aquel único instante, había desaparecido.
–¿Por qué no siento tu magia ahora?
Levantó una mano y extendió sus dedos esqueléticos. Por un instante no sentí nada. Pero, de repente, fue como si mil arañas me caminaran por los brazos y las piernas.
Di tres pasos atrás, aterrada y boquiabierta.
–Puedes detener tu magia. ¿C-cómo?
El hermano Skore siguió ensillando su caballo.
–Hay una guerrera en Calandra. Una guerrera que salvará este mundo. Encuéntrala.
Era casi gracioso que me estuviera dejando para que cruzara el continente sola y, aun así, siguiera dándome órdenes.
–Claro. ¿Quieres que le lleve algún mensaje de tu parte a esa guerrera poderosa? ¿Tiene nombre?
Para sorpresa de nadie, me ignoró.
Cielos, el dolor de cabeza que había sentido en el túnel estaba regresando.
–No soy tu enemigo, muchacha.
Resoplé.
–Me tocaste y quedé inconsciente durante dos días.
–Te estoy dejando marchar, tal como me lo pediste. Puse fin a tu dolor en aquel túnel y te traje hasta aquí.
–Pero ¿dónde es exactamente aquí?
–Estamos a medio día de cabalgata de la cascada. Os traje desde la montaña para que descansarais.
¿Acaso esperaba que le diera las gracias? Bueno, no pensaba hacerlo.
–Volveremos a vernos –dijo–. Es mi destino.
–¿Cuándo? –Aunque tampoco esperaba ese reencuentro con muchas ganas.
–Después de que tú cumplas con el tuyo.
Hacía bastante que mi destino no formaba parte de aquella conversación. No lo había olvidado. Lo único que me importaba de mi futuro era que Evie sobreviviera y encontrara a Ransom.
–¿Regresas con el Sumo Sacerdote, como el hermano Dime?
–Haz caso a esta advertencia. –Bajó la vista por encima de su nariz aguileña para asegurarse de que estuviera escuchando–. Mantente alejada del Sumo Sacerdote.
–Pero Ransom confía en él.
–Tú no puedes.
Tragué saliva.
–Me preguntó por mi madre. ¿Por qué? ¿Ella también podía sentir la magia de los Voster?
–Muy pocos en la hermandad conocieron a tu madre antes de que muriera.
–¿El hermano Dime?
–Sigue el arroyo. Encuentra a la guerrera.
–La punzada de su magia regresó, clavándose en mi piel como agujas y obligándome a retroceder otra vez, mientras montaba su caballo.
Clavó los talones descalzos en los ijares del animal y pasó a toda velocidad junto a mí, obligándome a apartarme.
Skore galopó por la pradera donde Evie estaba de pie, con las manos llenas de flores silvestres naranjas.
Y entonces desapareció.
Debería haber sido un alivio. Debería haber deshecho el nudo que tenía en el estómago. Pero ahora estábamos solas y vulnerables. La única persona que podía salvar a Evie de un monstruo era yo.
Así que no tenía intención de perder tiempo allí.
Fui deprisa hasta el tronco, recogí la manta que tenía extendida en el suelo y la enrollé.
–Evie, vamos. Tenemos que irnos. Trae a Faze.
Soltó las flores y salió corriendo a buscar al flagris. Lo levantó y lo llevó hasta donde estaba yo.
–Guarda todo en las alforjas –dije mientras guardaba la manta. Mientras ella recogía sus cosas, me apresuré a ensillar a Freya y apagué los últimos rescoldos de la hoguera.
–¿Adónde vamos? –preguntó cuando la senté sobre el lomo de Freya.
Le di la espalda a los árboles y miré hacia el arroyo.
–¿Qué pasó en el túnel cuando salió el hermano Skore?
–Te llevaba en brazos –dijo–. Te subió a su caballo y dijo que tenía que atarte para que no te cayeras. Después me hizo subir a Freya y llevar a Faze, mientras él iba caminando.
–¿Volvisteis por el cañón de noche?
Asintió.
–Tuve mucho miedo.
–Me lo imagino. –Esbocé una sonrisa triste, deseando no haber permanecido inconsciente tanto tiempo–. ¿Y después qué pasó?
–Vinimos aquí y dijo que acamparíamos hasta que te despertaras.
–Además de a mí, ¿lo viste sacar algo más del túnel?
–No.
Maldita sea.
–Pero sí sacó algo de su bolsa y lo escondió entre los árboles anoche. Pensó que estaba dormida.
El orgullo creció en mi pecho. Cielos, esta niña. Mi pequeña espía.
–¿Qué cosa?
–Algo redondo y brillante. También un poco transparente. Era así de grande. –Me mostró con las manos un objeto del tamaño de un melón.
Un objeto de ese tamaño bien podía haber estado en el fondo de aquel charco del túnel. Pero, si lo llevaba encima, ¿no debería haberlo sentido aquel día? A menos que lo hubiera llevado al bosque y mi cuerpo se hubiera recuperado lo suficiente como para despertarme solo cuando lo escondió.
¿Sería una fuente de magia? ¿Acaso reforzaba sus propios poderes? Se me hizo un nudo en el estómago al comprender que yo lo había ayudado a encontrarlo en aquella cueva.
–Bueno, vámonos de aquí. –Me senté en la montura, detrás de ella, lista para otro día de cabalgata.
–¿Adónde vamos?
–Al sur –respondí.
–¿Adónde, al sur?
Ahogué una risa seca y le di la orden a Freya para que siguiera el arroyo.
–Sé tanto como tú, estrellita.