Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo once. Caspia
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Capítulo once. Caspia

Capítulo once CASPIA

El capitán fue el último hombre en subir a bordo del Cirrina . Ascendió por una escalera de cuerda mientras el bote que nos había llevado hasta aquella tierra era izado a cubierta.

Una vez que ambos estuvieron a bordo, se acercó al timón y miró hacia la costa.

Hacia Xandra.

Ella se llevó una mano al corazón y extendió la otra hacia un lado, manteniendo el brazo recto y la palma hacia delante. Luego se inclinó desde la cintura en una reverencia.

Una despedida típica de Nelfinex para un ser querido.

El capitán imitó el gesto. Luego se tocó el centro de la frente con dos dedos.

Xandra hizo lo mismo.

–Le prometí que cruzaría el mar para encontrarlo una vez terminara mi rito.

–¿Y qué te prometió él? –pregunté.

–Estar atento al batir de mis alas. –La barbilla le tembló cuando el capitán se dio la vuelta y cruzó la cubierta hacia el timón.

Tomé su mano y la apreté con todas mis fuerzas mientras permanecíamos una al lado de la otra sobre la estrecha playa de arena.

Con las olas rompiendo sobre nuestras botas, observamos cómo la tripulación levaba el ancla y varias lágrimas resbalaron por las mejillas de mi prima mientras las velas negras del Cirrina atrapaban el viento.

Xandra sollozó y se secó las mejillas.

–No puedo creer que esté llorando por un pirata.

–Ya volverás a verlo. –Le pasé un brazo por los hombros y la atraje hacia mí.

–Eso espero –susurró.

El capitán había ofrecido quedarse, pero Xandra insistió en que regresara a Kenn con su tripulación. Solo sería una distracción para su rito. Y, si por alguna casualidad este acababa con su vida, no quería que él quedara atrapado al otro lado del Marixmore, lejos de su hogar.

Habíamos llegado a aquella tierra extranjera dos soles antes.

La costa no era más que una sucesión de inmensos acantilados rocosos.

Nos llevó horas navegar junto a ellos hasta encontrar aquella pequeña playa.

Para entonces ya era demasiado tarde para desembarcar, así que pasamos una luna de insomnio a bordo del Cirrina , esperando ansiosas el amanecer.

Algunos miembros de la tripulación remaron hasta la orilla al amanecer, todos armados con lanzas, cuchillos y arpones, listos para defenderse de cualquier amenaza.

Pero lo único que encontraron más allá de la playa fueron colinas cubiertas de vegetación y un arroyo de agua dulce con el que reabastecieron los barriles.

Una vez que los hombres consideraron que la zona era segura, Xandra y yo desembarcamos junto al capitán para explorar los alrededores.

Yo estaba lista para despedirme del pirata y de su tripulación, pero Xandra pidió una luna más. Así que, mientras ella y el capitán se escabullían hacia su camarote, yo permanecí en el baluarte del barco, observando aquella tierra extraña.

¿Era allí donde Emery había venido con Max? ¿Era aquella la tierra natal del guerrero de ojos plateados? ¿Era allí donde había muerto mi hermana?

Pronto lo averiguaría.

El Cirrina ya estaba a punto de desaparecer en el horizonte cuando le di la espalda al mar.

Los cuchillos atados a mis brazos y piernas se sentían pesados mientras avanzaba por la playa, pero llevarlos conmigo me daba cierta tranquilidad.

Sabía que me mantendrían a salvo hasta completar el rito.

La bolsa que colgaba de mis hombros seguía tan llena como cuando había partido de Nelfinex.

Caminé sin prisa, disfrutando de la arena suave que se hundía bajo mis botas, porque sabía que Xandra necesitaba un momento a solas. Para cuando llegué al lugar donde comenzaba la hierba y se elevaba la ladera de una colina junto al arroyo, ella ya trotaba para alcanzarme.

La hierba más allá de la playa era espesa y me llegaba a la rodilla. Su verde era tan intenso que casi resultaba doloroso mirarlo y atravesarla era como caminar por el agua.

–¿Qué es este lugar? –preguntó Xandra, rozando la hierba con los dedos–. No huele a nada que haya olido antes.

Respiré hondo y contuve el aliento. Había apotecarios en Showe repletos de hierbas, tés, aceites y perfumes. Pero nunca había percibido un aroma como aquel. Era fresco, nuevo y limpio. Terroso, aunque ligeramente dulce. Carecía por completo del aroma especiado y salado de Nelfinex.

–¿Crees que, ahora que ninguna de las dos puede sentir el pulso, se supone que debemos seguir nuestras narices?

–Puede ser –respondió Xandra con una risa, dándome un suave empujón con el hombro.

–¿Estás nerviosa?

–Sí.

–Yo también.

Xandra dio un paso hacia delante y se inclinó hacia un lado. Su hombro chocó con el mío antes de recuperar el equilibrio.

–Rayos. Lo siento. No estoy acostumbrada a caminar sobre una tierra que no se mueve bajo mis pies.

–Yo también siento que me falta el equilibrio. –Notaba las rodillas inestables y las piernas débiles. Era una sensación tan extraña que me detuve un momento para acostumbrarme–. Deberíamos buscar refugio antes de que salgan las lunas.

–¿Dónde? –preguntó, cubriéndose los ojos del sol mientras giraba lentamente sobre sí misma para inspeccionar los alrededores.

Las colinas verdes parecían interminables y se extendían frente a nosotras como otro mar.

–¿Dónde crees que estamos? –pregunté.

Xandra sacudió la cabeza.

–No lo sé. Nunca leí nada sobre otro continente que no fuera Azzon o Eliam.

Había dos continentes al sur de Kenn, ambos a una luna de navegación a vela. Pero esta vez habíamos navegado hacia el norte.

–Este debe de ser el lugar al que migran los vencejos.

–Si es así, la tía Oleana va a estar furiosa cuando regresemos.

Los Estorninos no rompían aquellas prohibiciones sin sufrir graves consecuencias. Pero ese era un problema para otro sol. Estábamos atrapadas allí hasta completar la transformación. Nuestra única forma de regresar a casa era volando.

Un escalofrío me recorrió la espalda y me erizó la piel de los brazos. Una sensación de temor imposible de explicar me revolvió el estómago.

–¿Nos quedamos cerca del mar o nos adentramos tierra adentro? –preguntó Xandra.

–Sigamos el arroyo. Veamos adónde nos lleva.

Asintió y juntas echamos a andar por la hierba.

Llevábamos pantalones y chalecos idénticos, además de nuestras capas oscuras sujetas a los hombros. Xandra llevaba los rizos sueltos, mientras que yo me los había recogido en un moño tirante.

Para cuando el sol quedó exactamente sobre nuestras cabezas, el viento nos levantó el cabello y nos obligó a quitarnos las capas.

El estruendo de las olas rompiendo contra los acantilados ya se había apagado y había sido reemplazado por el susurro constante de la hierba y el firme andar de nuestras botas.

–Siento los oídos vacíos sin el mar.

–Yo también –respondió Xandra, deteniéndose para sacudir la cabeza–. Todavía no logro recuperar el equilibrio.

–Yo tampoco. –Apoyé las manos en las rodillas y cerré los ojos.

La sensación de inestabilidad empeoraba cuanto más nos alejábamos de la costa.

Pero había pasado demasiado tiempo a bordo de un barco, así que era probable que mi cuerpo solo necesitara unos soles para acostumbrarse de nuevo a la tierra firme.

Xandra colgó su bolsa de un hombro y bebió agua de la cantimplora.

–Por la gracia del Divino, estoy mareada.

–Yo también. –Empezaba a dolerme la cabeza–. ¿Crees que este sea el principio del rito?

–Puede ser. Si es el caso, ¿crees que nos llevará mucho tiempo?

–Espero que no. –Las manos me temblaban mientras tomaba mi cantimplora.

Cada rito era distinto, una experiencia única para cada Estornino.

Emery me había contado una vez que jamás había sentido tanto miedo como el sol en que comenzó su rito. Pero ese era precisamente el propósito del rito: partir solas para ceder al miedo y a la ansiedad.

El rito nos llamaba para, con el tiempo, destrozarnos.

Nos despojaba de nuestras comodidades y privilegios, arrastrándonos hacia lo desconocido, donde aprendíamos a abrazar el miedo. Dejábamos que transformara nuestro cuerpo en algo poderoso. Algo más fuerte y feroz.

Los Estorninos podían transformarse en cualquier bestia que quisieran, aunque casi todas elegían a los vencejos.

No solo eran amados y hermosos, sino que no existía criatura más poderosa en todo el mundo.

Aquellas inmensas aves eran amables, afectuosas y sumamente inteligentes.

Y el Divino les había concedido un cuerpo de un tamaño y una fuerza inigualables.

Pero transformarse en un animal tan grande tenía un precio. Antes de poder adoptar la forma de un vencejo, debíamos soportar un terrible dolor.

Saskia me había advertido de que el dolor de la primera transformación era insoportable y lento. Decía que era como si te dieran la vuelta a todo el cuerpo. Por suerte, se volvía más llevadero con el tiempo y, después de algunas transformaciones, el dolor no era más que una breve molestia.

Xandra y yo estábamos acostumbradas a sentir dolor.

Las Quiescentes éramos llevadas al límite, tanto mental como físicamente, con nuestros regímenes de entrenamiento, para preparar el cuerpo para atravesar la transformación y la mente para que fuera lo bastante resistente como para controlar a las bestias en las que nos convertiríamos.

–Me asusta cuánto va a doler.

Me asustaba no sobrevivir.

Apoyó una mano sobre mi hombro.

–Por la gracia del Divino, danos el rito.

–Por la gracia del Divino, vuélvenos verdad –terminé el rezo de las Quiescentes y entonces giré lentamente sobre mí misma, mirando a mi alrededor.

A lo lejos, el verde se disipaba y las colinas daban paso a una serie de acantilados terrosos. Pero no había ninguna señal de que aquel lugar estuviera habitado: no había caminos, ni una ciudad, ni un pueblo.

–Está todo… tan vacío.

–¿Dónde está la gente? –preguntó Xandra, protegiéndose los ojos del sol con una mano mientras inspeccionaba las colinas.

Showe era la ciudad más grande de Nelfinex. Cada diez o quince veranos, la muralla se expandía para dar cabida a nuevas viviendas y edificios. Más allá de sus límites, numerosos pueblos se extendían por todo el campo. En cualquier dirección, una podía caminar de un pueblo a otro en menos de un sol.

Este lugar, en cambio, parecía totalmente despoblado.

–Vayamos hacia los acantilados y veamos si encontramos un lugar donde acampar –dije.

Llenamos las cantimploras en el arroyo y nos pusimos en marcha hacia los acantilados. A medida que nos acercábamos, la vegetación se volvió tan densa que tuvimos que abrirnos paso a empujones entre arbustos y árboles.

Mi bolsa se enganchó en una rama y, al liberarla, otra me golpeó en la cara.

–Ay –grité, sacando el kukri para cortarla.

Xandra avanzaba casi sin aliento, con la frente empapada de sudor, mientras se apoyaba en el tronco de un árbol.

–Gracias al Divino que ya casi hemos llegado. Me duele la cabeza.

–Solo un poco más. –Reuní fuerzas y seguí caminando. Cada paso era como si mi cuerpo me estuviera traicionando, esperando el vaivén de las olas en lugar de la firmeza de la tierra.

De pronto, un trueno retumbó entre las nubes que se habían acumulado en el cielo, cubriéndolo todo con un manto gris.

–Tenemos que refugiarnos antes de que empiece a llover –dije, pero, apenas terminé de hablar, las nubes descargaron toda su agua sobre nosotras, empapándonos y pegándonos la ropa al cuerpo.

–Vexx –dijimos al unísono.

El agua se escurría por mi cabello y mi rostro. Se me metía en los ojos y en la boca. Pero seguimos adelante. El siguiente trueno fue tan fuerte que me hizo estremecer.

–¡Caspia! –gritó Xandra por encima del ruido, apartándose los rizos empapados del rostro y señalando hacia los acantilados–. ¿Eso es una cueva?

Miré en aquella dirección, entrecerrando los ojos, y distinguí un arco oscuro que rompía la superficie clara de la roca.

Por favor, que sea una cueva. Asentimos y cambiamos de dirección, apresurándonos entre los árboles. A medida que nos acercábamos, la abertura parecía hacerse cada vez más grande. Sin duda era una cueva. Estaba situada tras una montaña de rocas y los restos de un derrumbe.

El suelo se volvió traicionero y resbaladizo cuando subimos por las rocas, ya que la lluvia había hecho de las suyas. Aun así, logré subir y me giré para ayudar a Xandra.

–Gracias, Divino –susurré, dejando la bolsa a mis pies mientras contemplaba el inmenso techo abovedado.

La roca tenía un color terroso amarillento, similar al del exterior del acantilado.

Era tan amplia y alta como el gran salón del palacio.

El aire se sentía sofocante y estaba impregnado de olor a roca húmeda.

A nuestro alrededor había decenas de formaciones extrañas, como si la roca misma se hubiera derretido igual que la cera de una vela.

Del techo descendían unas estacas y columnas que terminaban en puntas finas y de las que goteaba agua. Una serie de estacas similares cubría el suelo de la cueva, pero estas apuntaban hacia arriba.

–Dientes –murmuré–. Es como si la cueva tuviera dientes.

Y cada uno tuviera su reflejo. Cada estaca del techo derramaba agua sobre su contraparte en el suelo.

Allí donde las columnas se encontraban con las paredes de la cueva, se formaba una especie de laberinto de raíces y ramas retorcidas.

–¿Qué es este lugar? –preguntó Xandra, y su voz resonó por todo el espacio oscuro.

–No lo sé. –Toqué una de aquellas columnas con la punta del dedo, sintiendo su superficie lisa y resbaladiza–. Pero creo que deberíamos quedarnos aquí hasta que deje de llover.

Fuera seguía lloviendo con gran intensidad.

–No vamos a poder encender una hoguera –dijo Xandra–. Está demasiado húmedo, dentro y fuera. Y tampoco creo que podamos secar la ropa.

–Quizá no. –Solté un suspiro mientras me quitaba la capa. La escurrí para quitarle el agua–. Emery me contó una vez que su rito estuvo lleno de miseria y dolor.

Xandra soltó una risa.

–Bueno, entonces parece que lo estamos haciendo bien.

–Eso creo.

Que comience el rito.