Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo diez. Odessa #3
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Capítulo diez. Odessa #3

Me instó a seguir adelante hasta que llegamos a una bifurcación donde el túnel se dividía en tres pasajes.

–¿Por cuál? –pregunté.

–Eso debes decidirlo tú.

Ahora fue mi turno de gruñir.

–¿Podrías ser un poco más claro?

Estaba empapada, tenía frío y el dolor de cabeza empeoraba con cada segundo que pasaba. Si quería que esta aventura miserable continuara, tendría que empezar a explicarse mejor.

–Sigue el dolor –dijo.

–¿Qué?

–Si puedes sentir mi magia, también puedes sentir la magia de este lugar. Síguela.

Así que por eso me había traído. Porque podía sentir la magia.

–¿Qué es este lugar?

–Un lugar muy antiguo –respondió.

Un escalofrío me recorrió la espalda como una serpiente.

–Cuanto más discutes conmigo, más tiempo pasa la niña sola.

–Eres un bastardo manipulador –dije entre dientes, pero la advertencia surtió efecto. Pasé a su lado y elegí uno de los túneles.

No fue hasta que el dolor de cabeza empezó a disminuir y la presión en mi pecho desapareció cuando comprendí que estaba sola y que el único sonido a mi alrededor era mi respiración entrecortada y los latidos de mi corazón.

Sigue el dolor.

No había dolor, no en aquel túnel. Di media vuelta y regresé a la entrada, donde encontré a Skore esperándome.

Tomé el segundo túnel, caminando sola hasta que el dolor cesó.

–Maldita sea. ¿Un poco de ayuda, Daria?

Si alguna vez necesitaba la ayuda de la diosa de la suerte, era ahora.

El aire se sentía distinto mientras avanzaba por el tercer túnel. Era cálido y pesado. Cada inhalación parecía no ser suficiente, como si mi propio cuerpo se resistiera a tomar aquel camino.

Al parecer, iba en la dirección correcta.

–Por aquí –grité al hermano Skore.

Apareció unos segundos después, aún agachado para no golpearse la cabeza contra el techo del túnel.

–¿Y ahora qué? –pregunté.

–Sigue caminando.

Nos internamos cada vez más en las profundidades del túnel, tomando curvas y cruzando charcos. El inquietante resplandor azul empezó a hacerme daño en los ojos y el dolor de cabeza se volvió tan insoportable que terminé inclinándome hacia delante, presa de las arcadas.

–Agh. –Me limpié la saliva de la boca y me apoyé contra la pared. Mi quejido fue devorado por la cueva. Reuní todas las fuerzas que pude y, cuando el túnel volvió a dividirse, tomé el camino de la izquierda. Al comprobar que el dolor no disminuía, seguí avanzando lentamente.

Otro cruce. Y luego otro. Y otro más. Cada vez que aparecía una bifurcación, escogía un camino y, si el dolor desaparecía, volvía sobre mis pasos.

Era un laberinto diseñado para hacerme perder la cabeza. Era imposible que aquellos túneles hubieran sido creados por el agua. Alguien los había excavado en la roca, aprovechando la cascada para ocultar la entrada.

¿Qué era este lugar? Me guardé la pregunta para más tarde, cuando dejara de sentir que me estaba desmoronando, mientras todo dentro de mí se revolvía y cada fibra de mi cuerpo me suplicaba que escapara .

Aquel lugar estaba mal.

Tropecé con una roca y caí de rodillas. Las lágrimas me escocían en los ojos.

–Mierda.

–Debes seguir.

–¿Adónde? –grité, aprovechando el arrebato de ira para ponerme de pie–. ¿Qué demonios hay aquí abajo? Tendremos suerte si no acabamos perdiéndonos.

Silencio.

Solté un grito de frustración que esperaba le hubiera hecho doler los oídos tanto como a mí. Luego, solo porque sabía que no me dejaría marchar y porque había una niña esperándome, seguí adelante.

Caminé y caminé, tanto que estaba segura de que acabaríamos saliendo por el otro lado de la montaña. Los túneles parecían excavados por gusanos gigantes, extendiéndose en todas direcciones.

Sentía las piernas tan pesadas que cada paso equivalía a diez. Hasta que doblé una esquina y me detuve.

El final.

El túnel terminaba en una pared de roca sólida. No había nada más que vetas azules y ningún lugar adonde ir.

–No hay nada aquí. –La decepción en la voz del hermano Skore llenó todo el espacio–. Has tomado el camino equivocado.

–No, claro que no. –Me froté la sien–. He hecho exactamente lo que me pediste. Ahora llévame de vuelta con Evie.

Levantó las manos y recorrió frenéticamente la pared, como si buscara algo.

–Por favor –le rogué y, cuando mi súplica no obtuvo respuesta, me dejé caer al suelo. Me apoyé contra la roca mientras el Voster continuaba examinando el túnel.

A mi lado había un pequeño charco, apenas más largo que mi brazo. Su superficie era oscura y lisa, igual que la de tantos otros que había pisado o esquivado durante el trayecto. Extendí una mano y rocé el agua con la punta de los dedos.

Un dolor insoportable se apoderó de mi mano y se disparó por todo el brazo, como si la espada más afilada del mundo me hubiera atravesado la carne.

Grité y me aparté de inmediato, sujetándome la muñeca contra el pecho mientras las lágrimas recorrían mis mejillas.

El hermano Skore se detuvo frente a mí al instante.

–¿Qué has tocado?

–Por favor –supliqué, incapaz ya de contener el llanto–. Por favor, déjame ir.

El hermano Skore miró el charco y volvió la vista hacia mí.

–Bien hecho, muchacha.

Antes de que pudiera apartarme, me tomó la mano.

Y todo a mi alrededor se volvió negro.