Capítulo diez. Odessa #2
–Agua. –Agua, pero sin pulso. Aquel flujo constante solo podía pertenecer a un río caudaloso o a una cascada.
La pendiente se volvió más pronunciada y tuve que inclinarme hacia atrás sobre la montura.
A medida que ascendíamos, las paredes rocosas empezaron a perder altura hasta que por fin se abrieron al cielo y a la luz.
Con cada paso que dábamos, el rugido del agua se volvía más fuerte, hasta hacerse tan estruendoso que Evie terminó tapándose los oídos con las manos.
Contuve el aliento cuando alcanzamos la salida del cañón y atravesamos dos enormes columnas de piedra que daban paso a una plataforma natural.
Al otro lado de un abismo tan profundo que era imposible ver el fondo, una cascada parecía derramarse desde el propio cielo. El agua se precipitaba desde un acantilado situado frente a nosotras, formando una inmensa cortina blanca que desaparecía en las profundidades del abismo.
Moví las riendas y Freya se apartó del borde.
El aire estaba cargado de humedad y podía sentir la llovizna fría en la cara. Olía a roca mojada y a musgo.
El estruendo ya no era tan brutal como dentro del cañón, pero, aun así, cuando el hermano Skore movía los labios para hablar, no podía entender ninguna de sus palabras.
Continuó avanzando por un sendero estrecho que bordeaba el precipicio, indiferente al hecho de que un solo paso en falso bastaría para enviarnos a una muerte segura.
–Mierda –dije entre dientes, instando a Freya a seguirlo. No te resbales, querida. Por favor, no te resbales.
A medida que nos acercábamos a la cascada, Evie extendió una mano y rozó la pared rocosa con la punta de los dedos, alejándose cuanto podía del vacío.
Cada vez que Freya levantaba una pata, contenía la respiración y me tensaba.
Skore, en cambio, parecía tan tranquilo como si estuviera cruzando una pradera de flores silvestres.
Mis manos sujetaron con más fuerza las riendas a medida que nos acercábamos a la cascada, mientras el sendero se estrechaba hasta obligarnos a avanzar prácticamente pegados a la roca.
Cuanto más cerca estábamos del agua, más rápido latía mi corazón.
Un dolor intenso floreció detrás de mis ojos y cada gota que caía sobre mi rostro era como un cuchillo diminuto, como cristales de hielo que se clavaban en mi piel.
De pronto, en un abrir y cerrar de ojos, el hermano Skore desapareció entre la llovizna, como si la neblina se lo hubiera tragado por completo.
–¿Dess? –preguntó Evie, aferrándose a mis muñecas.
–Maldita sea. –Tiré de las riendas para detener a Freya–. No había espacio suficiente para dar la vuelta y un vistazo rápido al precipicio me provocó un mareo instantáneo.
No teníamos otra opción que seguir adelante, así que aflojé las riendas y permití que Freya siguiera al sacerdote.
El agua cayó sobre mi rostro y se coló en mis ojos, nublándome la vista. Empapó la bolsa de Faze, que empezó a sacudirse, incómodo. Sujeté a Evie con más fuerza y me incliné sobre ella para resguardarla de la fuerza implacable de la cascada mientras nos internábamos detrás del torrente.
Un instante después, pasamos de estar empapadas bajo una lluvia feroz a encontrarnos completamente a cubierto. La luz se volvió tenue y me sequé los ojos para descubrir una cueva abovedada.
–¿Qué hacemos aquí? –grité por encima del estruendo.
Skore desmontó y señaló un túnel que no había visto al fondo de la cueva.
La oscuridad y el ruido solo parecían intensificar los latidos dentro de mi cabeza, y no estaba de humor para soportar sus órdenes silenciosas.
–Responde a la pregunta. ¿Qué hacemos aquí?
Me hizo una seña para que desmontara de Freya.
Negué con la cabeza.
Frunció los labios.
Y yo resoplé.
–Hay algo en esta cueva que necesito encontrar –respondió, alzando la voz por encima del rugido del agua.
–Fantástico. Estaremos aquí cuando termines.
–Tú vienes conmigo.
–¿Por qué?
–Porque yo no puedo encontrarlo. Y necesito tu ayuda.
Me sequé el agua de la frente. Ahora entendía por qué habíamos estado avanzando en la dirección contraria. ¿En algún momento pensaba siquiera llevarnos a Quentis?
–¿Por qué no me lo dijiste antes?
–Te lo estoy diciendo ahora.
Apreté las riendas con fuerza para evitar hacerle un gesto obsceno.
–Después de que te ayude a encontrar lo que sea que estés buscando, iremos a Quentis. No más desvíos sin explicación. ¿Entendido?
Era la primera vez que tenía cierta ventaja en aquella relación. Si quería mi ayuda, tendría que hacerme una promesa.
–Está bien. –Señaló el túnel–. Vamos.
–Toma a Faze –le dije a Evie, sacándolo de su bolsa.
Una gota cayó del techo y aterrizó sobre su hocico. Gruñó y saltó al suelo antes de que ella pudiera cogerlo.
–¡Faze, no! –Su voz resonó por la cueva.
–Está bien. –Sentía las piernas rígidas y débiles al desmontar, y la cabeza seguía dándome vueltas. Mi bota resbaló sobre la roca mojada y, antes de que pudiera recuperar el equilibrio, caí al suelo con fuerza. Un latigazo de dolor me atravesó la cadera.
–¡Dess! –gritó Evie.
–Estoy bien. –Respiré hondo y esperé a que el dolor remitiera. Luego me incorporé lentamente.
La magia de Skore se sentía diferente allí. No era el típico hormigueo en la piel, sino que parecía filtrarse hasta los huesos, provocándome náuseas y mareos.
–Está resbaladizo –le advertí a Evie–. Ten cuidado.
Asintió y se sujetó con fuerza a mis hombros cuando la ayudé a bajar de la montura. Apenas tocó el suelo, corrió hacia Faze, que estaba bebiendo agua de un charco.
Después de respirar hondo para recuperar fuerzas, le tendí una mano a Evie.
–Bueno. Vamos.
–Evangeline se queda con los caballos –dijo el hermano Skore.
–¿Qué? No. No voy a dejarla sola.
–No es lugar para una niña.
–Entonces deberías haber pensado en eso antes de traernos aquí –dije, furiosa.
–Por favor. –Era la primera vez que le oía decir esa palabra y me sorprendió lo suficiente como para detenerme a escucharlo.
¿Qué demonios había en aquel túnel?
–¿Estará a salvo aquí?
Asintió.
Mierda . Suspiré y me agaché cuando Evie se acercó a mi lado.
–No. –Tenía los ojos muy abiertos mientras negaba con la cabeza–. No quiero quedarme sola.
–No tardaré mucho. Lo prometo. –Le aparté un mechón de cabello mojado de la frente–. ¿Puedes ser mi niña valiente y cuidar de Faze y de Freya por mí? ¿Asegurarte de que ninguno de los dos se escape?
Volvió a negar con la cabeza y tomó mi mano entre las suyas.
–No.
–Puedes hacerlo. –Le besé la frente y luego retiré la mano–. Volveremos enseguida.
Sus labios empezaron a temblar mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.
–Volveremos enseguida. –Me puse de pie y me acerqué a Skore, fulminándolo con la mirada–. Si le pasa algo, no habrá magia en este mundo que te salve de mi ira. Te arrancaré el corazón con mis propias manos.
Él apenas inclinó la cabeza.
–La niña no sufrirá ningún daño.
–Bien. Vamos.
Con la túnica meciéndose a su alrededor, echó a andar hacia la entrada del túnel.
Lo seguí y, antes de perder de vista a Evie, giré la cabeza.
Las lágrimas le corrían por las mejillas mientras abrazaba a Faze contra el pecho.
Cuídala, Ama. Mantenla a salvo.
No tardamos mucho en internarnos por el túnel antes de que el espacio se volviera más estrecho.
De pronto, el techo era tan bajo que el hermano Skore tuvo que encorvarse para seguir avanzando.
La sensación de su magia era tan intensa y agotadora que terminé apoyando una mano contra la pared para mantener el equilibrio.
–¿Qué sientes? –preguntó.
–Tu magia. –Apreté los dientes y respiré por la nariz. La luz de la cueva ya había desaparecido por completo y apenas distinguía el tenue resplandor de su cabeza blanca y calva–. ¿Tienes una antorcha?
–No la necesitamos.
–¿Puedes ver en la oscuridad? Porque yo, desde luego, no.
El sacerdote gruñó, con un sonido tan parecido a uno de los que hacía Faze que me resultó inquietante.
–Sigue caminando.
Obedecí, deslizando una mano por la pared y midiendo cada paso con cuidado.
Al cabo de diez pasos, un extraño resplandor apareció más adelante y, diez pasos después, comprendí por qué no necesitábamos una antorcha.
Unas vetas iridiscentes de un azul aguamarina recorrían la roca y bañaban el túnel con su luz.
–¿Qué es esto? –Aparté la mano de la pared al descubrir que el resplandor azul se había adherido a la punta de mis dedos. Parecía pintura.
–No lo sé. En todos mis años de viajes, nunca encontré nada parecido. Pero iluminará nuestro camino.
–Si ya has estado aquí antes, ¿por qué me necesitas?