Capítulo diez. Odessa
Capítulo diez ODESSA
El hermano Skore añadió otra rama a la hoguera, haciendo que una lluvia de chispas anaranjadas se elevara hacia el cielo nocturno antes de apagarse bajo el intenso resplandor de las lunas gemelas.
Estaba sentado al otro lado del fuego, con las piernas cruzadas y la túnica extendida a su alrededor. Tenía las muñecas apoyadas sobre las rodillas y las palmas abiertas hacia el cielo estrellado, mientras mantenía los ojos cerrados.
¿Así dormían los Voster?
Era la primera vez que se quedaba con nosotras por la noche y, aunque el hormigueo de su magia me impedía dormir, agradecía su protección.
Evie dormía a mi lado, envuelta en su manta, mientras Faze se había adueñado de la otra.
Después del ataque de los ulfernos, apenas recordaba la cabalgata hasta aquel campamento. Habían pasado horas antes de que mis manos dejaran de temblar, igual que las de Evie. Cuando el miedo por fin se desvaneció, lo que quedó fue un cansancio tan profundo que parecía pesarme en los huesos.
Cuando el hermano Skore detuvo su caballo para decirnos que acamparíamos allí, prácticamente me deslicé de la montura de Freya.
Cielos, estaba agotada. Dolorida. Irritable. Asustada.
¿Era culpa mía que los monstruos nos hubieran perseguido? ¿Se habían sentido atraídos por algo en mí... por eso que hacía que mis ojos fueran dorados y me permitía sentir la magia de los Voster?
Quizá, si se lo preguntaba al hermano Skore, obtendría alguna respuesta. Pero dudaba que estuviera preparada para escucharla.
¿Y ahora qué? Por más que quisiera escapar del Voster, no podía ignorar lo que había hecho unas horas antes con su magia. Si era capaz de drenar la sangre de aquellas criaturas, ¿qué le impedía hacerle lo mismo a Freya? ¿A Faze?
¿A Evie?
Se me revolvió el estómago con solo pensarlo. Ahí quedaba otra vez mi intento de escapar. No podía ponerlas en peligro. Y, siendo justa, sin Skore habríamos sido devoradas por los ulfernos.
Cerré los ojos y recorrí con el pulgar la cicatriz de mi palma.
¿Dónde estaría Ransom aquella noche? ¿Seguiría camino de Quentis? ¿Habría llegado a la costa y contratado un barco para cruzar el Krisenth? Cielos, solo esperaba que no estuviera herido, atrapado en la enfermería de Ellder, luchando por su vida.
La incertidumbre empezaba a extenderse como una herida infectada, creciendo y borrando toda esperanza con cada día que pasaba.
Está vivo.
Cada vez que empezaba a dudarlo, lo repetía una y otra vez en mi mente.
Está vivo.
–Por la gracia del... –El murmullo del hermano Skore me obligó a abrir los ojos. Sus palabras fueron tan suaves que no pude distinguir el resto de la oración. Sus labios se movían, pero su cuerpo permanecía completamente inmóvil. Ni siquiera su pecho parecía acompasar el ritmo de su respiración.
Me parecía una intromisión observarlo mientras rezaba, así que aparté la vista hacia el fuego mientras un bostezo afloraba a mis labios.
–Deberías dormir –dijo de pronto. Sus ojos verde oscuro ya estaban clavados en mí cuando levanté la mirada.
–¿A quién le rezas?
–Al Divino.
–¿Oda? –pregunté. Había quienes consideraban al Padre el más importante entre los dioses, aunque yo prefería a Ama, la Madre.
–No. Al Divino.
–¿Es un dios?
–Es el único dios, muchacha.
Un escalofrío me recorrió la espalda y contuve el impulso de hacer el gesto de los Ocho.
¿Era ese el dios al que debía sus poderes extraordinarios? ¿Aquel que le permitía dominar el viento, el agua y la sangre... y drenar la vida de un monstruo con un simple acto de voluntad?
Otro escalofrío me recorrió los hombros y acerqué a Faze para sentir su calor.
–En ese diario escrito en la antigua lengua hay una historia sobre una mujer y una serpiente. Y narra exactamente lo que ocurrió hoy. ¿Cómo es posible haberla leído antes de presenciarlo con mis propios ojos?
Skore levantó un dedo y lo hizo girar en una pequeña espiral. El humo de la hoguera imitó el movimiento y se arremolinó en el aire.
–¿Magia? –pregunté.
–No. Por la gracia del Divino.
–No sé qué significa eso. –Solté un suspiro, demasiado cansada para molestarme o enfurecerme–. Tú y el hermano Dime tenéis el mismo talento para responderme sin darme ninguna respuesta.
Lanzó el humo hacia mi cara.
Lo aparté con la mano y lo miré, fastidiada, desde el otro lado del fuego.
–¿Adónde vamos?
–Al cañón de Orson –respondió.
Por un segundo, resultó agradable hacer una pregunta y recibir una respuesta. Fue casi como un regalo.
El problema era que no tenía ni la menor idea de dónde estaba ese lugar.
***
Tardamos cuatro días en llegar al cañón de Orson.
Las interminables horas de cabalgata por el bosque hicieron que esos cuatro días se fundieran unos con otros, como si nada los distinguiera, y estaba tan cansada de ver árboles que sentía que, en cualquier momento, iba a ponerme a gritar.
El cañón rocoso habría sido un cambio de paisaje bienvenido, de no ser porque resultaba más aterrador que mil demonios.
Cabalgamos por un corredor estrecho rodeado de gigantescas paredes de roca.
Era como si Oda hubiera golpeado la tierra con toda su fuerza y la hubiera partido en dos.
En algunos tramos del desfiladero apenas podíamos avanzar en fila india y la punta de mis botas rozaba las paredes de piedra a ambos lados.
La luz era tenue, pero no llegaba a convertirse en oscuridad total. ¿El desfiladero de Evon sería así? Nunca había viajado hasta aquel desfiladero que separaba Quentis de Génesis, pero decían que era aterrador y que, en el fondo, la oscuridad era tan profunda como la muerte misma.
El hermano Skore cabalgaba por delante, balanceándose suavemente al compás del movimiento de su montura.
En un lugar tan cerrado, su magia debería haber sido insoportable. Tendría que haberla sentido con más intensidad, rebotando entre aquellas paredes rocosas.
Pero, apenas entramos en el cañón, la sensación punzante desapareció. Debería haberme tranquilizado, pero solo consiguió preocuparme más. ¿ Por qué ya no podía sentir su magia? ¿La estaba ocultando de algún modo? ¿Acumulándola para usarla después?
¿Los Voster podían siquiera hacer algo así?
Apremié a Freya para acercarme a él, con la esperanza de que acelerara el paso. Pero no parecía importarle en absoluto que estuviéramos atrapados.
Podían atacarnos monstruos en cualquier momento y no tendríamos dónde escapar. Aunque, pensándolo bien, él probablemente no estaría asustado, no cuando era capaz de drenar la sangre de cualquier criatura viva que se cruzara en nuestro camino. Yo incluida.
–No me gusta este lugar –murmuró Evie, moviéndose incómoda delante de mí.
–A mí tampoco –admití, temblando de miedo y apretando los dientes para luchar contra la sensación de que las paredes se cerraban poco a poco a nuestro alrededor–. ¿Cuánto falta?
Skore me ignoró.
–¿Estás seguro de que vamos por el camino correcto? –insistí–. ¿No deberíamos alejarnos de las montañas y dirigirnos hacia las llanuras de Ozarth, hacia el río Harrow, al sur?
Volví al sentir un cosquilleo en la nuca.
No había nadie ni nada detrás de nosotras. Sobre nuestras cabezas solo había roca gris. Y, aun así, no lograba quitarme la sensación de estar siendo observada.
–Hermano Skore, ¿adónde vamos?
La punzada de su magia me golpeó con la brusquedad de una ráfaga de viento.
Hice una mueca de dolor y me froté los brazos.
–Podrías simplemente responder a mi pregunta.
–Lo he hecho. –Su voz resonó entre las paredes del cañón.
Bastardo.
A sus espaldas, Evie le sacó la lengua.
Desesperada por encontrar una distracción, saqué el diario de una de las alforjas y lo abrí por una entrada que aún no había leído.
Desde el episodio con la mujer de cabello gris, me costaba cada vez más sumergirme en aquellas páginas, porque temía lo que pudiera encontrar en ellas.
Pero me obligaba a leer al menos una historia al día y solo se la compartía a Evie cuando estaba segura de que era inofensiva para ella.
***
Un hombre con tres cicatrices en el rostro desuella a una bestia colgada de un gancho de hierro. La piel del animal tiene un tono verde lima, casi tan brillante como la luz del sol en algunas zonas. Está cubierta por gruesas placas que encajan entre sí formando cuadrados duros y elevados.
La sangre gotea del cuello cercenado de la bestia.
La cabeza yace en el suelo, separada del cuerpo.
Su boca abierta está llena de dientes blancos y serrados.
Su larga cola cuelga del gancho y desciende a lo largo de todo su cuerpo.
Aun así, es tan larga que da una vuelta completa sobre el suelo.
Tiene cuatro patas cortas y garras grises en cada una de ellas.
Tres garras, como las cicatrices que marcan el rostro del hombre.
El cuchillo que utiliza está afilado, pero la piel de la criatura es tan gruesa y dura que debe detenerse una y otra vez para volver a afilar la hoja.
Empieza por la cola y avanza lentamente hacia la cabeza.
Corta y desgarra la piel, tratando al cadáver con la misma crueldad con la que la bestia trató su rostro. Sin piedad.
Solo cuando la piel está tendida sobre una soga, ya limpia de sangre y colgada para secarse, el hombre deja por fin el cuchillo a un lado.
Aquel cuero se convierte en ropa. Cose un abrigo y confecciona un par de botas.
Crea una máscara para cubrir sus cicatrices y ocultar la cuenca vacía de su ojo.
Y, la próxima vez que se encuentra con una bestia verde lima, esta no lo ataca.
Porque, bajo su disfraz, las criaturas no pueden ver su andar.
***
Un lagarsk. Ese debía de ser el monstruo que describía aquella entrada del diario. Lo cerré, ya que había decidido guardarme esa historia para mí.
Evie suspiró y se removió inquieta en la montura.
–¿Cuánto falta?
Abrí la boca para darle una respuesta aproximada, pero el hermano Skore se adelantó.
–Ya casi hemos llegado. Escuchad –dijo.
Un suave murmullo se abrió paso por el fondo del cañón. Parecía el viento agitando un montón de hojas secas, aunque no había un solo árbol cerca.
–¿Qué es eso? –preguntó Evie.