Capítulo nueve. Caspia
Capítulo nueve CASPIA
La punta de mis dedos seguía el rastro de las marcas que mis uñas habían dejado en la borda. Eran más profundas ahora, después de haber pasado tantas lunas en la proa, mirando el mar frente a mí. Los bordes, antes ásperos, se habían ido puliendo con el roce constante de mis manos.
Cuando aquel viaje terminara, esperaba que el capitán no se enfadara demasiado conmigo por haber marcado el Cirrina .
Las dos lunas flotaban bajas en el cielo, perdiendo intensidad a medida que el amanecer se acercaba.
Habían pasado soles y soles desde que partimos de Nelfinex y, aun así, no había ni una sola señal de tierra en el horizonte.
Sin embargo, el rito me llamaba, firme e insistente, como un latido bajo la piel.
El sonido de un par de botas pesadas sobre la cubierta, justo detrás de mí, fue la única advertencia que recibí antes de que el capitán se detuviera a mi lado. Tenía la mandíbula tensa, como siempre, y la misma ira contenida que había visto la luna anterior.
La tela de lino de su camisa se tensaba sobre sus hombros anchos y sus brazos robustos. Había empezado a hacer más frío a medida que navegábamos y los soles en que los hombres de la tripulación se quitaban las camisas ya habían quedado atrás.
–Bonita mañana –dije, creyendo que quizá un poco de optimismo ayudara a apaciguar su ira.
–Daremos la vuelta –respondió con tono seco, cruzándose de brazos.
Y ahí terminó todo intento de optimismo.
Solté un suspiro y me giré hacia él, enderezando los hombros para afrontar una vez más la misma discusión de siempre con el pirata.
–Todavía no.
–No hay nada ahí fuera, princesa –dijo, extendiendo un brazo hacia el océano abierto y señalando con un dedo la infinita extensión de agua y olas–. Esto es lo más lejos que he navegado desde Kenn y no hay nada.
–Sí que hay algo. Puedo sentirlo. –La presión del rito se había vuelto más fuerte con cada sol que pasaba.
–Me importa un demonio lo que sientas. Llevamos demasiado tiempo siguiendo tu instinto. Nos quedan menos de la mitad de las raciones de comida. Si no damos la vuelta ahora, nos estás condenando a todos a una muerte segura.
–Un sol más.
–No. Regresaremos ahora.
Negué con la cabeza.
–Un sol más.
–Has dicho lo mismo los últimos tres soles.
–Lo sé. Pero, por favor, dame uno más. Mañana no discutiré. –Me presioné los dedos contra la frente–. Tienes mi palabra.
Frunció el ceño.
–Tu palabra no va a servir de nada cuando nos estemos muriendo de sed.
–Puedes repartir mis raciones de agua entre la tripulación.
–No es suficiente.
–Puede ser. Además... podría llover.
–Por la gracia del Divino... –murmuró, pasándose una mano por la barba crecida tras tantos soles en el mar.
Estábamos rodeados de agua y, aun así, se nos estaba acabando.
El capitán no culpaba a Xandra, no después de todo lo que había compartido con ella en la cama. El hombre estaba perdidamente enamorado de mi hermosa prima. Pero eso no cambiaba el hecho de que ella también necesitaba comida y agua. Una persona que nunca había debido subir a aquel barco.
La comida era un problema relativamente sencillo que habíamos conseguido resolver. Los hombres pescaban siempre que podían. Pero el agua era otra historia. Sin lluvia, los barriles bajo cubierta empezaban a vaciarse demasiado deprisa.
Necesitábamos una tormenta.
O llegar a tierra.
¿Era esa la misma dirección en la que Emery había partido con Max? El capitán no sabía adónde había llevado su hermano a mi hermana. Pero tenía que haber algo más adelante. No podíamos regresar. No todavía.
–Por favor. Solo un sol más.
Gruñó.
–Uno. Mañana no te lo preguntaré.
Suspiré.
–Gracias.
El capitán masculló algo entre dientes y se alejó, gritando ya órdenes a una tripulación tan malhumorada como él.
Todos estábamos más que preparados para abandonar aquel barco.
Me cubrí la boca al bostezar cuando Xandra apareció en la proa, ocupando el lugar del capitán. Apoyó los codos en la borda y se quedó mirando el horizonte.
Íbamos vestidas igual: pantalones y chalecos oscuros como el carbón. Pero, debido al frío de aquella mañana, ella llevaba puesta una de las chaquetas del capitán.
–¿Has podido dormir? –preguntó.
–No.
Dormir se había convertido en un lujo que ya no podía permitirme. En cuanto cerraba los ojos, las visiones invadían mi mente casi todas las lunas. Las personas y los lugares que veía me resultaban desconocidos y llegaban con tanta frecuencia que los detalles empezaban a entremezclarse.
Solo quería que se detuvieran.
–¿Qué viste? –insistió Xandra.
–Un niño sentado en el suelo. Tenía el cabello negro y sedoso, y unos ojos tan oscuros que parecían iluminarse con un destello azul. Estaba rodeado de libros. Cogió uno y lo lanzó al aire. Pero el libro no cayó, sino que siguió elevándose, flotando cada vez más alto.
–¿Libros flotantes? –preguntó Xandra, arqueando una ceja.
Asentí.
–Libros flotantes. Tal vez solo fuera un sueño y mi imaginación estuviera fuera de control.
–¿Lo sentiste como un sueño?
–No. –Las visiones tenían un realismo que las volvía nítidas y definidas. Los sueños eran más borrosos y, en cuanto despertaba, se desvanecían. Las visiones, no. Permanecían en mi mente como recuerdos.
–Después vi a un joven en un bosque. Estaba cazando con arco y flechas, con una capa tan verde como los árboles.
Encontró un gato dorado atrapado en una trampa.
Las púas del artefacto se le habían clavado en la pata y le habían arrancado varios dedos.
Por mucho que intentara liberarse, no lo conseguía.
El hombre se acercó y la bestia sacudió su cola con púas para espantarlo.
Bufó, mostrando sus dientes negros y afilados.
Pero llevaba varios soles atrapada y estaba perdiendo poco a poco todas sus fuerzas.
Nunca había visto un animal como ese en mis visiones. Había rumores sobre gatos dorados en los países del sur de Kenn, pero ninguna criatura como aquella merodeaba por las tierras de Nelfinex. Su pelaje lucía curtido y brillante, de un tono intenso, casi como la luz amarilla del atardecer.
–Colapsó –continué–. Y, cuando el hombre se acercó, no se resistió ni intentó luchar.
El joven abrió la trampa y dio un paso atrás con las manos en alto, rendido.
El gato no lo atacó, pero, antes de marcharse, empujó hacia él uno de sus dedos cercenados.
Entonces desapareció en el bosque. El hombre tomó la garra negra y se la colgó al cuello.
Lo vi regresar a su hogar después de la cacería para reencontrarse con su joven esposa. Vi cómo se convertía en padre de un niño adorable de ojos castaños y rizos oscuros. Vi una vida llena de sonrisas hasta que envejeció y sus trenzas negras se tiñeron de gris.
–Llevó la garra colgada al cuello toda su vida. Nunca enfermó. Nunca se sintió débil. Nunca sintió dolor. Y, un sol, le entregó el collar a su hijo. Entonces salió a explorar un bosque cercano, se sentó bajo un árbol para descansar y murió.
–Entonces, ¿la garra del gato dorado prolongó su vida? –preguntó Xandra.
–Puede ser. O quizá le dio fuerzas. O tal vez no significaba nada y solo era un adorno. No lo sé. No entiendo estas visiones. No sé qué quieren decir.
Una arruga se le formó entre las cejas.
–Es el rito. Tiene que serlo.
–O quizá demasiados soles a bordo de un barco me han nublado la cabeza. –Me apreté el tabique de la nariz–. Mañana el capitán nos llevará de regreso.
–Me sorprende. ¿Lo convenciste para que siguiéramos un sol más?
–Más bien se lo supliqué. Estamos cerca. Puedo sentirlo.
Xandra exhaló y pasó un brazo por el mío, entrelazándolo con él.
–Yo también puedo sentirlo.
La miré de golpe.
–¿También puedes sentirlo? ¿El rito?
Una sonrisa tímida asomó a sus labios.
–Sí. Por fin. Es extraño... Es como si la sangre circulara de otra manera por mi cuerpo, como si algo dentro de mí me empujara hacia delante. Y siento un latido extraño en el pecho, como si fuera otro corazón.
–Un pulso.
Asintió.
–Sí. Es como una recompensa por ir en la dirección correcta. Incluso pensar en dar la vuelta...
–Duele. –Aquella sensación reconfortante se desvaneció y fue sustituida por un nudo punzante. Un dolor tan incómodo que era imposible ignorarlo.
El rito nos llamaba y estábamos dispuestas a responder a su llamada.
–Le hice una promesa al capitán. Este es el último sol. Después tendremos que regresar. Le preocupa su tripulación.
–Tú le hiciste una promesa. Yo no. –Esbozó una amplia sonrisa–. Si necesitamos más tiempo, puedo ser bastante persuasiva.
–Mi mayor arrepentimiento es no haber traído algodón para los oídos.
Xandra soltó una carcajada y sus mejillas se tiñeron de rosa, sin dejar de mirar de reojo al capitán, que seguía al timón.
–Es increíble. ¿Te conté que lleva un piercing en el pene? Por el Divino, se siente tan bien.
–Basta. Ahora. Te lo ruego –me quejé–. Ya es bastante difícil compartir mamparo con su camarote.
Rio con más fuerza, sin ningún reparo. Hacía tiempo que no la escuchaba así. Ya fuera porque el capitán y su relación no eran más que una forma de entretenerse durante el viaje o porque el alivio de que el rito por fin la hubiera llamado. Quizá ambas cosas.
–Tú y el capitán. Es más que una aventura pasajera, ¿verdad?
Se encogió de hombros.
Sí, lo era.
Suspiré y apoyé la cabeza en su hombro cuando otro bostezo me venció.
–Deberías intentar dormir –dijo.
–Bueno... –Quizá por fin estaba tan cansada que podría hacerlo.
Solté su brazo y caminé hacia mi camarote. Era un espacio diminuto; apenas cabían una cama y un baúl para mis cosas. Una vez me quité las botas, me senté sobre la fina manta, cerré los ojos y me acomodé sobre la almohada.
El sueño llegó con facilidad.
Y la visión, también.
***
Un hombre de cabello castaño y cuerpo robusto cabalga sobre un semental marrón. Frente a él, en la misma montura, viaja una niña de ojos grises. Lo mira con una amplia sonrisa y le pide que se acerque. Cuando él inclina la cabeza para acercar el oído, ella le susurra algo que hace reír a ambos.
Sin perder la sonrisa, el hombre da un leve toque con los talones a su caballo y avanza. Juntos se alejan, cabalgando por una pradera de hierba alta que se mece con el viento, en dirección a unas montañas índigo coronadas de blanco.
***
La risa de la niña seguía resonando en mis oídos cuando desperté. La última imagen de la visión quedó suspendida en mi mente, como un retrato pintado en el techo de madera.
Nunca había visto montañas tan altas que parecieran tocar el cielo con sus picos escarpados. ¿Qué era aquello blanco que coronaba la cima? ¿Arena? ¿Rocas?
El paisaje de aquella visión no era tan distinto a los anteriores, pero el hombre y la niña eran completamente nuevos.
Era un joven atractivo, de mandíbula marcada y nariz recta. Y ella era una de las niñas más hermosas que había visto. Había algo en ella que me recordaba a Graciella. Quizá porque parecían tener casi la misma edad, unos seis o siete veranos. O tal vez era aquella risa contagiosa.
La risa de Graciella siempre lograba lo mismo en mí: hacerme sonreír sin darme cuenta.
Llevé una mano al pecho al sentir una nostalgia dolorosa por mi sobrina. Por mi hogar. Incluso por mi tía.
¿Oleana estaría enfadada con nosotras? ¿Preocupada? Ya llevábamos fuera mucho más de lo habitual para un rito. ¿Habría desestimado nuestra ausencia como había hecho con Emery? ¿O todavía guardaba la esperanza de que regresáramos como Estorninos?
El pulso en mi sangre se volvió tan intenso que me obligó a incorporarme en la cama. Sentí cómo se expandía por mi pecho hasta ocuparlo por completo, dejándome casi sin aire.
Pum. Pum. Pum.
Me puse de pie, como si unas alas invisibles me empujaran hacia arriba, quedando apenas apoyada sobre las puntas de los pies. Los brazos se me abrieron solos, ligeros, y un hormigueo me recorrió los dedos de las manos.
Mi bocanada de aire resonó por toda la habitación. Y entonces, el pulso se detuvo.
Caí de nuevo sobre los talones y me quedé inmóvil, esperando a que regresara, pero no lo hizo.
Levanté la vista hacia el cielo justo cuando un grito llegó desde arriba. Una sola palabra que explicaba la ausencia de aquella fuerza.
–Tierra.