Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo ocho. Odessa #3
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Capítulo ocho. Odessa #3

Tiré de las riendas para alejar a Freya de los lobos y la impulsé de nuevo al galope.

Cuando los ulfernos habían atacado Ellder, el Sumo Sacerdote los había matado con lanzas de hielo. Necesitábamos lanzas. Necesitábamos cualquier cosa, porque aquel viento de Skore no estaba funcionando.

Seguimos avanzando a toda velocidad entre los árboles.

No me atreví a mirar atrás por miedo a que los monstruos estuvieran demasiado cerca.

Seguí cabalgando con todas mis fuerzas. Pero entonces el bosque terminó y salimos de golpe a un claro donde no había nada más que cielo.

La tierra se transformó en roca y logré frenar a Freya justo a tiempo, antes de que cayera por una cornisa.

La caída no era muy alta. Quizá equivalía a saltar desde el tejado de una casa. Pero bastaría para arrojarnos de la montura. Y, si eso ocurría, los ulfernos se abalanzarían sobre nosotras antes de que pudiéramos levantarnos.

El hermano Skore se detuvo a mi lado y se asomó al borde del barranco. Debió de llegar a la misma conclusión que yo, porque ambos hicimos girar nuestros caballos al mismo tiempo.

Cinco ulfernos enfurecidos avanzaban hacia nosotras, con las orejas pegadas al cráneo y los colmillos al descubierto.

–Sálvanos, Oda –rogué mientras una lágrima me recorría la mejilla.

Incluso si lograba sacar la espada y la daga, no había manera de que pudiera enfrentarme a cinco monstruos.

Cielos, odiaba que aquel fuera nuestro final. Odiaba que Evie sufriera de aquella manera. Odiaba no poder ver el rostro de Ransom una última vez.

–Te quiero mucho, estrellita. –Solté las riendas y la abracé con fuerza, estrechándola contra mí–. Lo siento.

–Te quiero, Dess –susurró entre lágrimas, temblando mientras se aferraba a mí.

–Alabada sea Ama. Querida Madre –recé–, llévanos a tus orillas de luz estelar. Concédenos una muerte rápida, Izzac, y permítenos encontrar la paz, querida Carine. Entrega nuestro amor a quienes dejamos atrás, Arabella, y guíanos con calma hacia tu cielo.

Sujeté a Evie y a Faze con fuerza y cerré los ojos, esperando el golpe final.

Pero nunca llegó.

Y, un instante después, los gruñidos cesaron.

Me incorporé y, al abrir los ojos, vi al hermano Skore con los brazos extendidos a ambos lados.

Tenía los dedos abiertos de par en par y algo había cambiado en los lobos.

Parecían estar tratando de huir de algo. O intentándolo. Permanecían inmóviles, atrapados en el mismo sitio como estatuas clavadas a la tierra.

El hermano Skore murmuraba algo que no lograba comprender y, entonces, uno de los ulfernos lanzó un aullido desgarrador.

La bestia se desplomó y empezó a retorcerse sobre sí misma. Dos más cayeron enseguida. Luego el cuarto y el quinto.

Sus quejidos se mezclaron con alaridos de puro sufrimiento mientras finos hilos de un líquido espeso comenzaban a brotar de sus ojos, fosas nasales y bocas.

Sangre.

Pero no se derramaba sobre el suelo, sino que flotaba en el aire formando una intrincada red, como venas suspendidas que se entrelazaban unas con otras mientras convergían en un único punto: el hermano Skore.

–Madre mía... –Aparté el rostro de Evie contra mi pecho para impedirle ver aquella escena, aunque yo era incapaz de apartar la mirada.

El Voster extraía la sangre de los monstruos a través de todos los orificios de sus cuerpos.

Delgados ríos carmesíes y viscosos fluían desde cada uno de ellos, pasaban sobre sus manos extendidas y ascendían por encima de su cabeza antes de desaparecer más allá del borde del barranco.

Los ulfernos siguieron pataleando y convulsionando mientras eran vaciados por completo.

Skore no se detuvo hasta que los cinco monstruos quedaron tendidos en el suelo, inmóviles, sin vida, con los ojos vacíos y hundidos. No eran más que cinco cáscaras vacías.

Solo entonces la sangre dejó de fluir.

Las últimas gotas permanecieron suspendidas sobre su cabeza.

Las últimas gotas eran verdes.

Aquellos monstruos estaban infectados de la lyssa. La infección había llegado a Ozarth.

Después de todo lo que los guerreros de Ransom habían hecho para impedir que cruzara la frontera de Turah, no había servido de nada. Y, si la lyssa ya había alcanzado aquellas tierras, era solo cuestión de tiempo que se extendiera por toda Calandra.

Los peores temores de todos estaban a punto de hacerse realidad.

Cuando llegaran los crux, era inevitable que acabaran infectándose. Ya eran salvajes sin la lyssa. ¿Y con ella?

Podría ser el fin de nuestro reino.

Incluso si encontrábamos una cura, tal vez ya fuera demasiado tarde.

Y, aun así, ese pensamiento no me aterraba tanto como el Voster que tenía a mi lado.

Me quedé observando a Skore, incapaz de encontrar las palabras. Un escalofrío me recorrió la espalda y la conmoción por lo que acababa de presenciar logró eclipsar, aunque solo un poco, la molestia constante de su magia.

–¿Todos los Voster tienen ese poder?

El hermano Skore bajó los brazos lentamente, pero no respondió.

Sus hombros parecieron relajarse, aunque respiraba con dificultad.

Sin embargo, aquella debilidad apenas duró un instante.

Me sostuvo la mirada un segundo antes de enderezarse sobre la montura y hacer avanzar a su caballo, dejando atrás los cadáveres de los monstruos para que se pudrieran donde habían perecido.

Sentí un nudo en el estómago.

–¿Quién eres? –susurré.

Una ráfaga de viento me azotó la espalda.

Fue toda la respuesta que obtuve.