Capítulo ocho. Odessa #2
Fruncí el ceño y apreté los dientes mientras avanzábamos hacia el humo.
Se volvió cada vez más denso, lo suficiente como para irritarme la nariz y hacer toser a Evie.
Entonces, una ráfaga mágica de viento partió la nube de humo en dos y la elevó por encima de las copas de los árboles hasta perderse en el cielo azul.
Ahora que el humo se había disipado, divisé una hoguera en medio del claro. Las llamas anaranjadas iluminaban el paisaje pardo y verde. Un crujido seco rasgó el aire, seguido de un constante crepitar.
Una mujer de cabello gris y enmarañado echaba un puñado de agujas de pino a la hoguera, que ardía casi tan alta como el hermano Skore.
Llevaba un vestido terroso y sucio que en otro tiempo debía de haber sido blanco.
Al parecer, le había arrancado las mangas y dejaba sus brazos delgados al descubierto, recorridos por una piel rosada y arrugada.
Tenía la vista fija en el fuego mientras el humo gris se elevaba y se perdía entre los árboles, ajena a nuestra presencia.
De pronto, un estallido la sacó de su trance y se acercó a una manta extendida en el suelo, que sacudió con brusquedad.
Se sentó junto a una cesta de mimbre, un cubo de agua y un cuchillo.
El hermano Skore levantó una mano para indicarme que me detuviera cuando estuvimos lo bastante cerca como para sentir el calor de la hoguera. Desmontó y me lanzó las riendas antes de avanzar hacia ella.
La mujer advirtió por fin su presencia. La comisura de su boca se curvó apenas hacia abajo, en un gesto desgarrador al reconocer al Voster, y extendió el brazo.
Tenía sangre en la muñeca: dos hilos oscuros brotaban de dos heridas idénticas.
Skore intentó acercarse, pero ella lo apartó con un gesto brusco y se volvió para destapar la cesta de mimbre.
Con la mano sana, sacó una cuerda.
No, una cuerda no.
Una serpiente.
Evie se tensó contra mí y se pegó aún más a mi cuerpo.
El reptil no se retorció ni intentó escapar porque, cuando lo sacó por completo, vi que no tenía cabeza.
–Donde hay veneno, hay una cura –dijo la mujer, dejando el cuerpo de la serpiente sobre su regazo sin apartar la vista del fuego–. Aún no está lo bastante caliente.
Sentí un nudo en el estómago.
No por la herida ni por la serpiente muerta, sino porque ya había visto aquello antes. Sabía lo que ocurriría luego.
Era una de las historias del diario de Luella, una que había leído la primera noche después de mi primera lección con Skore sobre la antigua lengua.
Una vez que la mujer considerara que el fuego había alcanzado la temperatura adecuada, arrojaría el cuerpo de la serpiente a las brasas. Después, con la piel quemada y cubierta de ampollas, la usaría como remedio para la mordedura.
Donde hay veneno, hay una cura.
– Cielos – murmuré, sin poder apartar la vista de la mujer, mientras esperaba a que las agujas de pino se convirtieran en ceniza y el fuego alcanzara tal intensidad que incluso Freya empezó a inquietarse.
Los ojos se me humedecieron por la conmoción y el humo.
Tal como había leído en el diario, la mujer se obligó a ponerse de pie y se acercó tambaleándose al fuego. El calor de las llamas le empujó el cabello hacia atrás, chamuscándole las puntas más frágiles. Con ambas manos, arrojó el cuerpo de la serpiente a la base de la hoguera.
Al retroceder, estuvo a punto de perder el equilibrio al enredarse en su propia falda, pero, de algún modo, evitó caer. Sin apartar la vista de la serpiente calcinada, fue directa a la manta, cogió el cuchillo y el cubo de agua y volvió al fuego con tanta prisa que temí que cayera sobre las llamas.
El hermano Skore debió de haber pensado lo mismo, ya que hizo un ademán para sujetarla, pero ella ya estaba de rodillas, cortando la piel chamuscada de la serpiente.
–Cierra los ojos –susurré a Evie, levantando una mano para tapárselos, aunque ella ya lo estaba haciendo por su cuenta.
Se giró y enterró el rostro en mi pecho mientras yo le cubría las orejas con las manos.
Apreté con fuerza, como si pudiera apagar de algún modo los gritos de agonía de la mujer cuando apoyó la piel de la serpiente sobre su brazo y se quemó la piel.
Cayó al suelo, llorando, mientras soportaba el dolor. Luego, cuando consideró que había sido suficiente, hundió el brazo en el cubo. El fuego era tan intenso que me dificultó escuchar el siseo del vapor, pero alcancé a ver la breve nube blanca antes de que desapareciera por completo.
En el diario, la mujer sobrevivía; incluso llegaba a vivir muchos años después de aquella mordedura que debería haberla matado. Le enseñaba a su nieta los venenos y sus curas. Y llevaba aquella cicatriz arrugada y manchada con orgullo.
Pero el libro no mencionaba que el hermano Skore la apartara del fuego y la recostara sobre la manta. Ni que recogiera agua de un árbol cercano y cubriera su herida con hielo.
El único Voster al que había visto crear hielo de esa manera era el Alto Sacerdote.
¿Quién era realmente aquel compañero de viaje? ¿Qué posición ocupaba dentro de la hermandad?
Durante un momento había creído que era más débil que Dime, porque no percibía su magia. Pero quizá me equivocaba, no era debilidad. Quizá tenía un mayor control sobre sus poderes.
Skore se alejó de la mujer, que ahora dormía sobre la manta, mientras las llamas empezaban a extinguirse y se desplomaban sobre sí mismas. Montó en su caballo como si nada hubiera ocurrido y ni siquiera se tomó un momento para mirar atrás.
Si no hubiera sido por el diario, me habría negado a abandonarla.
Pero viviría. Lo sabía en el fondo de mis huesos.
Sin decir una palabra, seguí a Skore cuando hizo girar su caballo y se internó de nuevo en el bosque, alejándose de la hoguera.
Para cuando el mareo empezó a disiparse, ya no percibía el humo, salvo por el olor que había quedado impregnado en mi cabello y mi ropa.
–Hermano Skore, leí...
Me hizo callar alzando una mano. Luego se tocó la punta de la oreja. Era tan pálida como el resto de su piel y la tenía muy pegada a la cabeza.
Cerré la boca y agucé el oído, intentando detectar aquello que había captado su atención.
Clic. Clic. Clic.
Un terror helado me recorrió las venas. Mi corazón se detuvo.
No.
Freya se tensó bajo nosotras. Faze se removió dentro de la bolsa, como si también reconociera aquel sonido.
Ulfernos.
–No. –Apreté con más fuerza a Evie contra mí y sujeté las riendas de Freya.
El hermano Skore frunció los labios.
–Nos están cazando.
–¿Dess? –gimoteó Evie.
–Ah, cielos. ¿Qué hacemos?
–Cabalgad. Rápido. –Señaló hacia delante–. Vamos. Ahora.
–Sujétate fuerte. –Clavé los talones en los costados de Freya, instándola a acelerar la marcha.
La yegua empezó a galopar y, en cuestión de segundos, corríamos a toda velocidad entre los árboles. Mi corazón latía con tanta fuerza que parecía seguir el mismo ritmo que sus cascos.
Me atreví a mirar por encima del hombro. Skore nos seguía de cerca, con la túnica celeste agitada a su alrededor.
Todo aquello me resultaba demasiado familiar y desagradable. Estábamos expuestos. Solo que, esta vez, no era un pardur lo que nos perseguía, sino una jauría de lobos.
–¡Dess! –gritó Evie cuando una sombra negra surgió entre los árboles: un lobo con los colmillos al descubierto.
Cielos, era enorme. Su lomo llegaba casi a la altura de mi montura. No importaba cuántas veces hubiera visto monstruos; su tamaño, sus colmillos y sus garras siempre lograban sorprenderme.
La parte delantera de la criatura estaba cubierta por un pelaje negro que marcaba cada músculo de su poderosa anatomía. La parte trasera, en cambio, estaba revestida de escamas erizadas con espinas tan afiladas como cuchillas.
Los Seis habían creado aquellos monstruos con un único propósito: Matar.
Chasqueé la lengua para que Freya acelerara aún más, aferrándome con fuerza para no perder el equilibrio con Faze atrapado entre Evie y yo.
El ulferno cambió de dirección y empezó a correr a nuestro lado. Con cada zancada, las espinas de sus escamas se flexionaban y contraían. Sabía que, si se acercaba demasiado, podrían cortar a Freya.
La guie hacia el otro lado, intentando mantener la distancia.
Y fue entonces cuando comprendí algo: el monstruo estaba jugando con nosotras.
Nos estaba arreando.
Tardé demasiado en darme cuenta de que nos estaba empujando hacia otro miembro de la jauría. El segundo monstruo apareció por el lado contrario, cerrándonos el paso.
–¡No! –grité, buscando desesperadamente una salida. Tenía las dos manos ocupadas. No podía alcanzar la espada sin soltar las riendas o a Evie. Lo único que podía hacer era mantenerme firme y seguir cabalgando.
De pronto, una ráfaga de viento estalló sobre mi hombro y casi me lanzó hacia delante. Impactó de lleno contra el ulferno que se aproximaba.
La bestia perdió el equilibrio y rodó tres veces por el suelo antes de acabar estrellándose contra el tronco de un árbol.
Su pelaje y sus escamas quedaron cubiertos de tierra y hojas, pero, aun así, logró incorporarse.
Sus ojos negros siguieron clavados en nosotras mientras nos alejábamos a toda prisa por el bosque.
El hermano Skore lanzó otra ráfaga de viento contra el ulferno que nos perseguía, pero apenas consiguió hacerlo tambalearse antes de que continuara la persecución.
Cabalgué tan rápido como pude, sintiendo cómo el viento me arrancaba lágrimas de los ojos. Un claro entre los árboles, unos metros más adelante, me dio la esperanza de que quizá podríamos escapar.
Pero entonces otros tres monstruos emergieron precisamente de esa dirección.
Una jauría de cinco.
Estábamos muertas.
Freya se detuvo de golpe y se encabritó con tanta violencia que casi salimos despedidas de la montura.
Solo porque Evie seguía aferrada al cuerno de la montura y yo a ella logramos mantenernos sentadas hasta que la yegua volvió a apoyar las patas delanteras en el suelo.
El ulferno que nos perseguía gruñó y saltó hacia nosotras, pero, antes de alcanzarnos, otra ráfaga de viento lo golpeó de lleno y lo lanzó hacia un lado.