Capítulo ocho. Odessa
Capítulo ocho ODESSA
–Un hombre de cabello dorado está de pie en un… –Estudié la siguiente palabra del libro, intentando traducirla de la antigua lengua–. Elvi’a-celf’an-telf’i-lelf’a-delf’o.
El hermano Skore se acercó con su caballo para mirar la página. Valía la pena soportar la punzada de su magia con tal de que me ayudara a traducir aquel diario.
–Acantilado.
–Acantilado –repetí–. Entendido.
Gruñendo, el sacerdote se alejó.
Skore había accedido a regañadientes a enseñarme la antigua lengua y, durante los últimos tres días, si no estaba enseñándomela o corrigiéndome, se mantenía en su habitual silencio.
Habíamos empezado a descifrar el diario el día que el hermano Dime partió de la casa de Damon y Sally. Las lecciones eran breves. No solo había un límite para el tiempo que podía soportar estar cerca de su magia, sino que el hermano Skore parecía igual de molesto por mi compañía.
Aunque no lo suficiente como para dejarnos solas y permitirnos escapar.
Desde que abandonamos la cabaña, la única vez que nos daba algo de espacio a Evie y a mí era cuando necesitábamos internarnos entre los árboles para hacer nuestras necesidades; e, incluso entonces, se aseguraba de quedarse con Freya.
Así que, mientras esperaba el momento adecuado para escapar, aprendía aquella antigua lengua.
Por suerte, no era especialmente complicada. Era más bien un dialecto que los habitantes de Calandra habían ido acortando y simplificando con el paso del tiempo.
Ya habíamos llegado casi a la mitad del diario y cada vez me costaba menos descifrar las palabras. Tenía una cierta musicalidad, una cadencia que había empezado a percibir cuando leía en voz alta o susurraba las frases para mí misma.
En todo caso, lo que más me costaba era descifrar la letra.
Algunas páginas eran claras y nítidas, con una caligrafía elegante que parecía casi una obra de arte.
En otras, en cambio, las letras se convertían en manchas incomprensibles.
Las páginas también estaban arrugadas, como si Luella hubiera pasado más tiempo estudiando unas que otras.
–«Un hombre de cabello dorado está de pie en un acantilado» –continué–.
«Un barco está anclado en una bahía mientras las olas lo mecen de un lado a otro.
Siete círculos de mujeres permanecen sentadas juntos en la cubierta, con la cabeza inclinada en una oración silenciosa.
Pero una mujer de cabello cobrizo y suelto se pone de pie y se aleja de las demás.
Permanece en la popa, observando cómo el último bote de sus hermanas se aleja de una playa de arena al pie de los acantilados.
Solo cuando todas las mujeres están a bordo, formando su propio círculo de oración, vuelve la mirada hacia el hombre de cabello dorado.
La orden de levar anclas resuena a su alrededor, mezclándose con los graznidos de las aves marinas.
Las lágrimas resbalan por su rostro. El hombre permanece en el acantilado hasta que el sol se oculta en el horizonte, llorando por su amada mientras ella parte hacia tierras desconocidas».
Al igual que la mayoría de las historias de aquel libro, esta también era un relato breve. Pero leerlo me llevaba una eternidad, ya que debía detenerme constantemente para interpretar las oraciones y descifrar los distintos fragmentos donde la letra se volvía casi ilegible.
Cathlin había mencionado que el libro parecía una recopilación de sueños. Como Los noventa sonetos .
Deseaba que mi amiga estuviera allí para hablar sobre aquello conmigo. Para ayudarme a entender cómo Luella se había inspirado en esas historias para crear un elixir que contribuyó a desatar la infección más letal y peligrosa que nuestro continente había conocido jamás.
¿Cathlin seguía con vida? ¿Había sobrevivido a la noche de los crux en Ellder? Cielos, esperaba que sí. Hice el gesto en honor a los Ocho, rezando para que algún día volviéramos a encontrarnos.
–¿Crees que regresó con el hombre de cabello dorado? –preguntó Evie, mirando el diario que sostenía entre las manos.
–Eso creo.
Evie se quedó pensativa un instante.
–Yo también.
La verdad era que no tenía ni idea de si se habían vuelto a ver. Pero necesitaba creer que sí. Que aquellos amantes se habían reunido de nuevo, que el hombre había encontrado a su amada antes de partir hacia las sombras del cielo.
–Tengo hambre –murmuró Evie, mirando al hermano Skore–. ¿Podemos parar?
No respondió.
Eso significaba que no.
–Eso significa que no –balbuceó Evie, arrancándome una risa.
Día tras día, volvía a ser la de antes. Aún tenía momentos de tristeza y lágrimas, pero mi niña valiente y perspicaz estaba aprendiendo a superar el duelo.
–Cuando lleguemos a Quentis, conocerás a Arthalayus –dije, esperando distraerla del hambre.
–¿Quién es?
–Mi hermano. Lo llamamos Arthy. Tiene casi tu misma edad y apuesto a que seréis muy buenos amigos.
Era una pequeña esperanza a la que ambas podíamos aferrarnos por el momento. Cualquier cosa que nos permitiera seguir adelante. Cualquier cosa que nos ayudara a continuar hasta llegar a Quentis.
Cerré el diario y lo guardé en mi morral. Había aprendido por las malas que leer tanto mientras cabalgaba me provocaba mareos y un dolor de cabeza insoportable.
–¿Qué te parece otra historia? ¿Una que leí en un libro de mitos y leyendas? ¿Cathlin te contó alguna vez la historia de Sora?
–No. ¿Quién es Sora?
–Sora era una mujer que cruzó todo el reino. Se marchó durante cien años y, cuando regresó, trajo consigo criaturas que nunca habíamos visto.
–¿Qué clase de criaturas? –preguntó, girándose para mirarme–. ¿Animales? ¿O monstruos?
–Monstruos –susurré–. Según la historia de Sora, fueron creados por un dios poderoso. Un dios que no conocemos. Y fue ella quien los trajo a Calandra.
Evie me miró con desconfianza.
–Luella me contó que los Seis crearon a los monstruos.
–Sí.
–Entonces, ¿quién es ese otro dios? ¿Cómo se llama?
–No estoy segura. Solo conozco a los Ocho. Quizá se llamaba Harry. O Hank. O Herman.
–¿Herman? –preguntó Evie antes de estallar en carcajadas, y su risa me llenó el corazón.
–Bueno, quizá no Herman.
La leyenda de Sora no era más que una historia, una fantasía para entretener a los niños. Pero, si conseguía arrancarle una risa, pasaría horas enteras inventando nombres ridículos para un dios imaginario.
–Apuesto a que Luella lo sabría. Ella sabe mucho –dijo Evie, mirando al frente mientras tarareaba–. Echo de menos a Luella.
–Yo también.
Mantener en secreto su muerte se sentía cada vez más como una mentira, pero no podía soportar seguir aumentando el dolor de Evie. Al menos, no todavía.
Evie ni siquiera sabía que había perdido a su madre. Para ella, Luella siempre había sido una cuidadora y una maestra. Cuando llegara el momento de contarle toda la verdad, quería que la escuchara de boca de Ransom.
Había secreto tras secreto envuelto en la identidad de aquella niña.
No tenía ni idea de que Ransom era su hermano. Que era la hija del rey y la reina de Turah. Y tampoco sabía que Zavier no era su verdadero padre.
Rayos, Zavier ni siquiera era su verdadero nombre.
Era Dray.
Dray era el primo de Ransom y, debido a su parecido físico, había sido el doble del príncipe durante más de una década. Aun así, no podía llamarlo de otra manera que no fuera Zavier. Podía ser el nombre que le dieron a Ransom, pero le pertenecía a su primo.
Zavier era el hombre con el que creía que me había casado. Se presentó ante mi padre como el príncipe heredero. Zavier era el guerrero más leal de Ransom.
Pero no era un príncipe ni el padre de Evie.
Ese era el rey Ramsey, un hombre al que odiaba con cada fibra de mi ser.
Algún día, Evie tendría que saber la verdad. Pero no tenía ninguna prisa por que ese día llegara. No cuando significaría que perdería a su padre una vez más.
–¿Crees que volveremos a ver a Damon y a Sally? –preguntó, sacándome de mis pensamientos.
–Eso espero.
Y esperaba poder compensarlos algún día por toda su amabilidad y hospitalidad.
Sally se había asegurado de que tuviéramos la tripa llena y había conseguido quitar la mayoría de las manchas de sangre de la camisa de Evie; solo quedaba una ligera decoloración en la tela. Incluso Merry, el pequeño conejo de orejas grandes, parecía nuevo.
Damon se encargó de cuidar de Freya, dándole grano y un buen baño. Nos consiguió unas alforjas para no tener que cargarlo todo en mi morral. Y, cuando llegó la hora de marcharnos, nos entregó ropa de sobra, comida y cantimploras para el agua.
Sin oro ni monedas, la única manera que tuve de pagarles por toda su generosidad fue con una advertencia. Al despedirme de Damon, le hablé del heraldo de los crux y le insistí en que se preparara cuanto antes para la migración.
El día que partimos de su cabaña, rodeamos las montañas de Axmar por su extremo más austral. Aquella noche fue la última que dormiría bajo el cielo turano.
Habíamos cruzado a Ozarth y, desde entonces, viajábamos por el otro lado de las montañas de Axmar.
El paisaje era prácticamente el mismo: un bosque frondoso a los pies de aquellas inmensas montañas escarpadas.
Pero no era Turah y, durante todo el día, tuve la incómoda sensación de que estábamos yendo por el camino equivocado.
Estábamos demasiado lejos de casa.
Y aún nos esperaba un viaje muy, muy largo hasta llegar a Quentis.
Evie se inclinaba hacia un lado, aferrándose al cuerno de la montura mientras levantaba la vista hacia los inmensos árboles. Frunció la nariz.
–¿Qué? –pregunté justo cuando percibí una esencia punzante–. Hermano Skore, ¿eso es humo?
Llevó un dedo a sus delgados labios y se apartó del camino para internarse entre los árboles.
La esencia se volvía cada vez más intensa mientras lo seguíamos. Más allá de los troncos y las ramas, un tenue resplandor rosado apareció en la distancia.
Skore nos estaba llevando hacia allí.
–¿Es una buena idea? –pregunté en un susurro cargado de desesperación.
Pero él siguió cabalgando.