Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo siete. Caspia
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Capítulo siete. Caspia

Capítulo siete CASPIA

La brisa marina me enmarañaba el cabello y lanzaba un mechón rebelde contra mis ojos. Mis manos se aferraban al borde de la proa y mis uñas dejaban marcas cada vez más profundas en la madera mientras luchaba contra la tentación de apartarme y mirar por encima del hombro hacia Showe.

El frío del amanecer comenzaba a disiparse a medida que el sol ascendía sobre el Marixmore.

Tenía un nudo en el estómago tan enmarañado como el cabello.

No era el constante vaivén del barco sobre las suaves olas lo que me revolvía el estómago, sino las inmensas tierras desconocidas que me aguardaban al otro lado del océano.

Frente a mí no había más que una extensión interminable de agua y cielo.

Pero había algo más allá de tanto azul. Algo que me llamaba.

La fuerza que me impulsaba era cada vez más intensa. Más firme. Como si cada latido de mi corazón me recordara que avanzaba en la dirección correcta. Era exactamente igual a lo que Emery y Saskia me habían descrito cuando sintieron la llamada de sus propios ritos.

Divino, dame la fuerza para soportar el viaje que me espera.

No era el vaivén del barco lo que me mareaba, sino la nostalgia por mi hogar. A esas horas, Xandra ya debía de haber entrado en mi cuarto y haber aplaudido dos veces para despertarme. ¿Habría avisado a la tía Oleana de mi desaparición? ¿Le habría entregado las cartas? ¿Habría leído la suya?

¿Seguíamos lo bastante cerca como para ver la ciudad? Si me daba la vuelta, ¿alcanzaría a distinguir Nelfinex? Mis uñas se clavaron aún más en la madera, hasta provocarme un intenso dolor y obligarme a mantener la vista al frente.

Habíamos navegado durante toda la luna y yo había permanecido anclada a ese mismo lugar, contemplando la oscuridad. Incluso cuando el capitán se ofreció a enseñarme mi camarote bajo cubierta, me negué a moverme.

Me aseguró que mi camarote tenía unas vistas magníficas desde la popa del barco. Pero yo no quería ver cómo mi hogar desaparecía en la distancia, así que decidí quedarme allí, mirando al frente.

–¡Capitán! –gritó un hombre–. ¡Tenemos un problema!

Un gran revuelo estalló a mis espaldas y el sonido de numerosas pisadas resonó sobre la cubierta principal.

Entonces escuché el quejido de una mujer. Me puse rígida.

Se suponía que yo era la única mujer a bordo. Antes de contratar al capitán para aquel viaje, me había dejado claro que toda la tripulación estaba compuesta por hombres.

No había sido una advertencia, sino una simple afirmación tajante. Me aseguró que estaría a salvo y que sus hombres serían respetuosos. Además, había advertido suficientes miradas nerviosas cuando subí al barco como para saber que aquellos marineros sentían un profundo temor por los Estorninos.

Incluso por una Quiescente.

–Soltadme –ordenó la mujer.

No. Mi corazón se detuvo. No podía ser.

Pero sí. Conocía aquella voz tan bien como la mía.

Me aparté de la proa y me giré hacia el alboroto.

Dos hombres arrastraban a Xandra por la cubierta.

Vestía pantalones negros y un chaleco del mismo color ceñido con un cinturón. Una capa oscura descansaba sobre sus hombros.

Al parecer, las dos habíamos elegido exactamente el mismo atuendo para escabullirnos del palacio.

–¿Qué es esto? –preguntó el capitán mientras descendía desde el timón.

–Una polizona, capitán –gruñó uno de los hombres que sujetaban a Xandra.

Podría haberse liberado y haberlo derribado antes de que pudiera pestañear, pero, por alguna razón, había decidido comportarse.

El capitán entrecerró los ojos al detenerse frente a mi prima. Se cruzó de brazos sobre el pecho desnudo, tensando sus impresionantes bíceps.

La mayoría de los hombres de la tripulación se habían quitado la camisa, aunque ninguno era tan corpulento como él. Le sacaba casi diez centímetros al resto y su cuerpo era prueba suficiente del esfuerzo físico que requería gobernar aquel barco.

–A los polizones los lanzamos por la borda –dijo–. A menos que puedan pagar el pasaje.

Xandra lo recorrió con la mirada de pies a cabeza y la sonrisa traviesa que apareció en su rostro estuvo a punto de hacerme reír.

El capitán tenía todo el derecho a lanzarla a las profundidades del mar. Incluso parecía estar planteándose seriamente la idea. Pero ¿ella estaba asustada? Por supuesto que no. Era Xandra. No veía una amenaza, sino a su próximo amante.

–Entonces supongo que tendré que pagar el precio. –Miró fijamente a cada uno de los hombres que la sujetaban.

Cuando el capitán asintió, la soltaron.

Apartó la capa y dejó al descubierto los brazaletes de elfalter que llevaba en los brazos.

–¿Cuántos quieres?

El capitán sonrió.

–Todos.

–La mitad –replicó ella.

El capitán dio un paso al frente y se inclinó hasta que sus narices casi se tocaron.

–Todos, Quiescente.

–Di «por favor». –Apretó los dientes como si estuviera a punto de morderle la boca.

El capitán soltó una carcajada y sus ojos azules permanecieron clavados en los de ella.

–Me parece que tendremos que arrojarla por la borda.

Los hombres se arremolinaron a su alrededor y gruñeron en señal de aprobación.

La sonrisa de Xandra se ensanchó aún más mientras comenzaba a quitarse los brazaletes y los depositaba uno a uno en las enormes manos del capitán.

–Está bien. Todos, entonces.

–Bienvenida a bordo del Cirrina . ¿Cómo te llamas?

–¿De verdad necesitas saberlo?

–No. –Le guiñó un ojo y, a continuación, indicó con un gesto de la cabeza al resto de la tripulación que volviera al trabajo antes de regresar al timón.

Xandra se quedó observándolo mientras se alejaba, sobre todo su fornido trasero. Sonrió satisfecha y luego caminó hacia mí con toda tranquilidad.

Ya sentía lástima por ese pobre hombre.

Para cuando llegáramos a nuestro destino, ya se habría acostado con él. Probablemente él conservaría los brazaletes de elfalter, pero ella se marcharía con su corazón en el bolsillo.

–Debería ordenar que te devolvieran a tierra –dije, cruzándome de brazos mientras ella subía la escalera hacia la proa–. Al menos podrías tener la decencia de parecer culpable.

Se acercó directamente a mí y me envolvió en un abrazo.

–¿Culpable de qué?

–Eres terrible –suspiré antes de abrazarla con más fuerza.

Cuando por fin nos separamos, caminamos hacia la proa y nos colocamos de espaldas a la tripulación para poder hablar con tranquilidad. Mis dedos recorrieron la madera en busca de los surcos que había dejado con las uñas.

–No deberías estar aquí, Xandra.

–Tú tampoco, Caspia.

–Es mi rito.

–¿Y si te digo que también es el mío?

Me quedé mirando el mar que se extendía ante nosotras, sintiendo aquella fuerza vibrar en mi pecho. Por su bien, esperaba que hubiera sentido la misma llamada.

–¿Lo es?

–No –susurró–. Todavía no. Quizá nunca.

–Lo siento.

Se encogió de hombros.

–Ya he hecho las paces con eso. Si ese don no corre por mis venas, al menos haré este viaje contigo, vayas donde vayas. Aunque esto es algo más que tu rito, ¿verdad? También tiene que ver con la visión. Con vengar a Emery.

–Sí. –Estaba demasiado cansada por no haber dormido como para fingir lo contrario.

–Entonces ese hombre de ojos plateados tendrá que enfrentarse a las dos. –Sujetó mi mano entre las suyas.

El rito era un viaje que cada Estornino emprendía en soledad. Tenerla conmigo no se parecía en nada a la forma tradicional de hacer las cosas. La tía Oleana insistiría en que Xandra regresara a Nelfinex.

Pero quizá algunas tradiciones estaban hechas para romperse. Quizá el Divino sabía que seríamos más fuertes juntas.

–¿Sabes adónde vamos? –preguntó.

–No, pero puedo sentirlo.

–Entonces, ¿ese pirata simplemente navega siguiendo tus indicaciones? –Se volvió para mirar por encima del hombro y sonrió–. Porque no me importaría darle algunas órdenes yo misma. Es… guau. ¿Quieres que me mantenga alejada de su cama?

Me reí, algo que no habría creído posible aquella mañana.

–Será mejor que duermas en su cama, así no me quitas sitio en la mía.

Xandra se inclinó y me besó en la mejilla.

–Por eso eres mi prima favorita.

Cerré los ojos y apoyé la cabeza en su hombro.

–Me alegro de que estés aquí.

–Yo también.

Nuestro momento de quietud se vio interrumpido por el grito de uno de los marineros.

–¡Medularias! ¡A estribor! ¡Dos!

La tripulación entró en acción de inmediato. Los hombres cogieron arpones y lanzas de los soportes donde estaban sujetos.

Xandra y yo intercambiamos una mirada y pusimos los ojos en blanco. Acto seguido, ella se dirigió a estribor y se inclinó sobre la borda, extendiendo una mano hacia el agua.

Yo fui hacia babor e hice lo mismo.

Las olas golpeaban el casco del barco y salpicaban la palma de mi mano. Fue entonces cuando unas escamas de color zafiro con puntas turquesas rompieron la superficie del agua.

La medularia avanzó junto a la embarcación, entrando y saliendo del agua con elegancia. Una aleta blanca e iridiscente brilló bajo la luz del sol de la mañana.

La criatura giró y se sumergió en las profundidades.

Un instante después volvió a emerger, atravesando la superficie con el hueso que sobresalía de su cráneo.

A juzgar por su porte elegante y su belleza, deduje que era una hembra.

Rozó mi mano extendida con el hocico antes de hundirse de nuevo en el agua.

Después reapareció una vez más, en busca de otra caricia.

Al otro lado de la cubierta, mi prima soltó una carcajada mientras la medularia macho hacía exactamente lo mismo con ella.

–Estornino –susurró un marinero a mi espalda.

Todavía no era un Estornino. Pero la sangre de los Estorninos corría por nuestras venas. Y, cuando completara mi rito, esa sangre nos permitiría adoptar la forma de cualquier criatura de este mundo, incluidas aquellas magníficas bestias marinas.

Los marineros tenían razón al temer a las medularias y sus cinco hileras de dientes afilados. Pero sus armas no serían necesarias. No mientras Xandra y yo estuviéramos a bordo.

El Divino había unido nuestra sangre a las criaturas de este mundo. Jamás le había tenido miedo a un animal, por muy peligroso que pareciera.