Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo seis. Odessa #2
12%

Capítulo seis. Odessa #2

–¿Qué te parece si te pones la camisa limpia con la que dormiste anoche?

–Quiero ponerme esta.

–Pero está muy sucia. –Empecé a quitársela, pero me apartó la mano y retrocedió–. Evie...

–Es mi camisa.

La camisa manchada con la sangre de Zavier.

–No puedes llevar esto, estrellita.

–Sí, claro que puedo. –Dio una fuerte patada al suelo y se cruzó de brazos.

Cerré los ojos, invocando toda mi fuerza para una discusión que solo traería dolor.

–Quítatela, Evangeline.

Sacudió la cabeza mientras las lágrimas brotaban de sus enormes ojos grises y retrocedía.

–No.

–Lo siento –susurré y, esta vez, cuando me acerqué para quitarle la camisa, no me apartó–. Lo siento mucho.

–¡No! –gritó desesperada mientras se la quitaba y la arrojaba a un lado.

Pataleó y se retorció, forcejeando conmigo en todo momento, mientras levantaba la camisa limpia del suelo. Sus manos me empujaban la mandíbula y su cabeza se sacudía de un lado a otro. Sin embargo, de algún modo, logré ponerle la camisa por la cabeza.

–Lo siento –repetí la disculpa una y otra vez, esperando que pudiera escucharme entre sus gritos.

Para cuando ya tenía puesta la camisa limpia, era un mar de lágrimas y todo su cuerpo temblaba y se sacudía mientras las fuerzas la abandonaban.

–Quiero a papá y a Luella. Quiero ir a casa.

–Ya lo sé. –La envolví con los brazos y la mecí de un lado a otro sobre mi regazo–. Lo sé.

Se acurrucó contra mí, enterrando la cabeza en mi hombro.

Mientras viviera, nunca olvidaría el sonido de su corazón roto. Llegó tan hondo en mí que se aferró a mis huesos.

El nudo en la garganta y el ardor en la nariz eran insoportables. Me mordí el interior de la mejilla para evitar llorar.

Todavía no. Tendría la oportunidad de derrumbarme, pero ese no era el momento. No delante de Evie.

Al otro lado de la habitación, oí la puerta abrirse y cerrarse; probablemente era Sally, que salió para darnos un poco de intimidad.

El dulce aroma del pan recién hecho impregnaba toda la casa.

Un caballo relinchó fuera. Y Evie lloró y lloró hasta que finalmente se desplomó en mis brazos, entre hipidos, mientras le secaba las últimas lágrimas.

Cuando la ayudé a levantarse, se quedó mirando durante un largo rato la camisa tirada en el suelo. Por un momento, esperé que intentara recogerla.

No habría tenido fuerzas para quitársela una segunda vez.

Pero la dejó en el suelo, con los hombros caídos, y se acercó a Faze, que se estaba lamiendo las patas. Lo levantó en brazos y lo llevó al catre, donde se acurrucó sobre la almohada, de espaldas a mí.

No la culpaba por estar enfadada. Yo también lo estaría.

Una vez que recogí la camisa sucia del suelo, la dejé sola y regresé al salón principal, donde el pan de Sally se estaba enfriando sobre la mesa.

La casa se sentía sofocante, con el aire saturado de dolor y culpa. Dioses, necesitaba aire. Abrí la puerta, subí la escalera y salí al campo cubierto de hierba. Sentía el cuerpo demasiado caliente, el corazón me latía con fuerza y tenía el pecho oprimido.

¿Qué he hecho? ¿Cómo podía calmar su dolor?

Si Ransom estuviera aquí. Lo necesitaba.

Yo lo necesitaba.

El frío aire turano llenó mis pulmones, pero no hizo nada para apagar el fuego que ardía en mi garganta. Las lágrimas amenazaban con desbordarse y el escozor en la nariz era el doble de intenso que la molestia que me provocaba la magia de los Voster.

No llores, Odessa. Todavía no.

–Perdí a mis padres cuando era niña –dijo Sally al acercarse a mi lado, con la vista fija en las montañas nevadas que se alzaban a lo lejos–. Le llevará tiempo, pero acabará encontrando la forma de superar el dolor.

–Necesita a su madre –dije con voz temblorosa–. Yo solo soy un pobre reemplazo.

–Ah, yo no estaría tan segura de eso –dijo Sally, tomando la camisa de mis manos y sosteniéndola contra la luz de la mañana–. ¿Sabes? Creo que todavía podemos salvarla. Damon suele ensuciarse muchísimo trabajando con el ganado. Tengo un método que hace maravillas con las manchas de tierra.

–No es tierra. Es la sangre de su padre de la noche en que murió.

Sally parpadeó una sola vez.

–Bueno, veamos qué puedo hacer.

Si conseguía quitar aquellas manchas, si lograba recuperar la camisa para que mi estrellita conservara una parte de su hogar, le estaría eternamente agradecida.

–Tiene un conejo de peluche. Se llama Merry. ¿Te importaría intentar limpiarlo también?

Asintiendo, Sally regresó a la casa y me dejó sola en el campo.

En cuanto el sonido de sus pasos se desvaneció, sentí un hormigueo en la nuca y la piel de los brazos se me erizó.

Solté un quejido, pues sabía perfectamente lo que encontraría al darme la vuelta.

Una sola noche sin la magia de los Voster no había sido suficiente.

Me froté los brazos para intentar aliviar aquella incomodidad.

Luego suspiré, di la espalda al impresionante paisaje y encontré al hermano Dime caminando hacia mí.

Llevaba las manos entrelazadas delante del cuerpo. Su túnica borgoña se mecía sobre la hierba mientras avanzaba descalzo. Se detuvo a unos metros de mí e inclinó la cabeza.

–Te quedarás aquí hoy para descansar. Después continuarás el viaje. El hermano Skore te acompañará para mantenerte a salvo. Yo debo partir. El Sumo Sacerdote me espera y ya me he entretenido demasiado.

–¿Te vas? –Tuve que contener el impulso de celebrarlo.

Si el hermano Dime se marchaba, quizá podría escabullirme de Skore. Escapar de un sacerdote debía de ser mucho más sencillo que escapar de dos. Y, ahora que tenía una idea más clara de dónde estábamos, Evie y yo podríamos dirigirnos a Perris y contratar un barco que nos llevara a Quentis.

–No pongas a prueba la paciencia del hermano Skore. Quédate con él –me advirtió, como si pudiera leerme la mente.

Asentí.

–Claro – que no .

Me observó durante tanto tiempo que empecé a sentirme incómoda. Finalmente, volvió a inclinar la cabeza y se marchó.

–Espera. –Levanté una mano, pero temblaba tanto que terminé bajándola–. Mencionaste que Ransom era leal al Sumo Sacerdote y lo hiciste sonar como si fuera algo malo. Pero ahora ¿vas a reunirte con él?

–Todos debemos mantener las apariencias.

Cielos, esas respuestas vagas estaban empezando a agotarme la paciencia.

–¿Qué apariencias tenéis que mantener? Sé más específico. ¿Ransom está en peligro?

–No es momento para preguntas.

–¿Y cuándo lo será? Te estás marchando. Es mi última oportunidad. ¿Qué quieres de mí? ¿Por qué no podemos navegar hasta Quentis?

Se dio media vuelta y siguió caminando.

–¿Por qué el Sumo Sacerdote preguntó por mi madre? ¿Por qué puedo sentir tu magia? –le grité a la espalda, sabiendo que me ignoraría.

Y eso fue exactamente lo que hizo.

–Necesito aprender la antigua lengua.

Aquello sí pareció captar su atención. Se detuvo y miró por encima del hombro. Sus ojos se encontraron con los míos apenas un instante.

–El hermano Skore te enseñará.

–¿Cómo? ¿Acaso habla? –¿O pensaba enseñarme una lengua casi muerta lanzándome ráfagas de viento a la cara?

–Habla cuando es necesario.

Eso no me tranquilizó en absoluto.

–Es aterrador.

–Sí. –El hermano Dime sonrió. O, al menos, era lo más parecido a una sonrisa que podía ofrecer un Voster. Apenas lograba parecer menos inquietante y aterrador que de costumbre–. Volveremos a vernos, muchacha.

–No puedo esperar. –Me mantuve inexpresiva mientras se alejaba hacia el granero, donde Damon estaba preparando su caballo.

Incliné la cabeza hacia el cielo azul y observé las nubes blancas teñidas por la luz dorada del sol. Poco después, el sonido de un caballo al galope llegó a mis oídos. Cuando por fin se perdió en la distancia, cerré los ojos y recorrí la cicatriz de la palma de mi mano.

Te echo de menos, Ransom.

Un nuevo escalofrío me recorrió la espalda. La sensación de estar siendo observada. Me giré y encontré al hermano Skore detrás de mí.

Tomé una bocanada de aire y retrocedí un paso. Luego otro. Necesitaba poner distancia entre nosotros. Se había acercado sin hacer el menor ruido. Ni el roce de su túnica contra la hierba. Ni una sola pisada sobre la tierra. ¿Podía levitar igual que el Sumo Sacerdote?

Las mangas de su túnica eran tan largas que ocultaban las puntas de sus dedos y el dobladillo se mecía suavemente con la brisa. No parpadeaba. Y tampoco se movía.

–Eh... El hermano Dime dijo que nos llevarías a Quentis.

Skore no respondió.

–Y también dijo que podrías enseñarme la antigua lengua.

Silencio.

Bueno, si realmente podía hablar, al parecer aquel no era uno de esos momentos necesarios .

Inquietante sí, desde luego.

–Yo... eh... –Retrocedí otro paso y señalé con el pulgar por encima del hombro–. Creo que será mejor que vaya a ver cómo está Evie.

Solo cuando estuve de nuevo dentro de la casa, sentada junto a Evie mientras devoraba un trozo de pan, comprendí por qué Skore había conseguido acercarse sin que lo notara: no había sentido su magia.

Ni un hormigueo. Ni un cosquilleo. Nada.

Si era más débil que el otro Voster, entonces existía una mínima posibilidad de que pudiéramos escapar. Cabalgaríamos desde las montañas de Axmar hasta la costa. Si conseguía llegar a Perris, encontraría un barco para cruzar el Krisenth. Y quizá, solo quizá, encontraría a mi esposo.

Ransom había prometido que me encontraría. Aquí o en las sombras del cielo.

Bueno, no si yo lo encontraba primero.