Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo seis. Odessa
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Capítulo seis. Odessa

Capítulo seis ODESSA

Un grito desgarra la noche. Brielle me mira, mientras las lágrimas se deslizan por su rostro. Tiene las manos cubiertas de sangre. Dos cuchillos destellan sobre la tierra a la luz del fuego. El humo satura el aire.

En un momento, Brielle está en la calle. Al siguiente, ya no.

***

Me desperté sobresaltada y me incorporé tan rápido que la pequeña habitación empezó a dar vueltas a mi alrededor. Me llevó un momento recordar que no estaba en aquella calle de Ellder. Que estaba a salvo en esta casa, lejos de la fortaleza.

Mierda . Presioné los dedos sobre la sien, haciendo pequeños círculos mientras le daba a mi corazón tiempo para calmarse.

Si las pesadillas de Evie eran tan reales como las mías, no me sorprendía que se sacudiera, diera patadas y gimoteara mientras dormía.

Estaba acurrucada contra mi cadera, con las manos bajo una de sus mejillas. Sus pestañas parecían dos lunas crecientes oscuras sobre la suavidad de su rostro. Un mechón de cabello castaño le caía sobre la cara.

Con cuidado de no despertarla, salí de debajo de la manta hecha con retazos de tela y me levanté del catre.

El suelo estaba frío bajo mis pies descalzos mientras avanzaba lentamente hacia la silla del rincón donde había dejado los pantalones y los calcetines.

Cuando terminé de vestirme, me senté y empecé a revisar la pila de libros que había ordenado la noche anterior.

Aquella mañana parecían más pesados, como si el peso de sus palabras creciera con cada hora que pasaba.

El diario marcado con el emblema de mi colgante seguía siendo indescifrable hasta que aprendiera la antigua lengua, así que lo dejé a un lado.

Luego revisé los otros dos libros de Luella que había encontrado ocultos en el compartimento secreto bajo la escalera del sótano de la migración.

Ambos estaban repletos de anotaciones escritas de su puño y letra.

Uno contenía una lista detallada de ingredientes y los pasos necesarios para crear el elixir que le había dado a Ransom y que ella misma había tomado.

También incluía notas sobre dónde y cómo conseguir los suministros necesarios.

Desde el korakin hasta el jengibre de las cuevas, allí estaba la receta completa del elixir, junto con una lista de todas las personas que se lo habían inyectado.

El otro diario era mucho menos ordenado. Sus páginas estaban llenas de anotaciones, hipótesis y garabatos sobre cómo encontrar una cura para la lyssa. Algunas ideas aparecían rodeadas por círculos. Otras estaban tachadas con líneas furiosas que revelaban su frustración.

Esperaba que, si entregaba aquellos dos libros a los curanderos y alquimistas de mi padre, pudieran descifrar las notas de Luella y encontrar una cura. Y, si además contaban con la ayuda de los sacerdotes del santuario del castillo, quizá también lograrían traducir el diario del emblema alado.

¿Acaso los Voster conocerían la antigua lengua? Detestaba la idea de pedirle ayuda al hermano Dime, pero tal vez pudiera enseñarme algo durante nuestro viaje por Calandra.

Dejé a un lado los diarios de Luella y abrí el último libro que llevaba en mi morral. Mi propio diario. Sus páginas estaban llenas de bocetos de monstruos y de un mapa incompleto de Turah.

Ahora que tenía el brazalete de Ransom, podía terminarlo y trazar el camino hacia Allesaria.

Durante generaciones, los turanos habían mantenido en secreto la ubicación de la ciudad.

La mayoría sospechaba que estaba oculta en las profundidades de las montañas…

o que ni siquiera existía. Hubo un tiempo en que Perris había sido la capital, pero, tras quedar devastada durante una migración, el rey abandonó el antiguo castillo en ruinas y trasladó su corte.

La riqueza, el conocimiento y la historia de Turah descansaban ahora en Allesaria.

Me arremangué la túnica y observé el brazalete. Mis dedos recorrieron las líneas que Ransom había grabado en el cuero oscuro. Algunas marcas estaban desgastadas y suavizadas por el tiempo; otras parecían recientes y profundas.

Un mapa. Probablemente el único mapa completo de Turah.

Los mapas estaban prohibidos en Turah y cualquiera que fuera encontrado con uno era condenado a muerte.

Aun así, Ransom había creado uno en este brazalete.

Había marcado pueblos y aldeas junto a las muescas que señalaban a los monstruos infectados con la lyssa que habían sido abatidos, registrando el avance de la enfermedad por todo el reino.

Y también había trazado una línea más fina que marcaba la ruta hacia una ciudad oculta.

El camino a Allesaria.

Una capital protegida por juramentos de sangre y magia. Y, aun así, de algún modo, Ransom había encontrado la manera de eludir las restricciones de aquel juramento.

Todos los reyes de Calandra matarían por poseer este brazalete, incluido mi padre.

Mi padre me había enviado a Turah no solo como el Gorrión para cumplir las obligaciones de Quentis con el tratado, sino también como espía. Me había encomendado encontrar una manera de llegar a la capital turana.

Pero yo no era una espía. Había fracasado estrepitosamente en mis intentos por obtener información de los turanos.

La única razón por la que conocía la ubicación de Allesaria era Ransom.

Había confiado en mí lo suficiente como para entregarme aquel brazalete y encomendarme la protección de su secreto.

Había confiado en mí para no traicionar a su pueblo. A nuestro pueblo.

No sabía qué pretendía mi padre con Allesaria, pero, hasta descubrirlo, mi mapa seguiría incompleto. Cerré el diario y lo guardé en el morral. Después me bajé la manga para cubrir el brazalete.

Uno a uno, guardé los demás libros, rogando que las costuras del morral resistieran hasta llegar a Quentis.

Faze se levantó del catre donde había dormido a mis pies durante toda la noche, manteniéndomelos calientes. Saltó al suelo, se estiró y luego se acercó para subirse a mi regazo, empujando mi mano con el hocico.

–Sigues siendo un consentido –susurré mientras le acariciaba detrás de las orejas.

Respondió con un suave rugido.

Dos nuevas filas de escamas anaranjadas y rojas comenzaban a formarse a lo largo de su lomo. Las cuatro hileras que tenía se estaban convirtiendo en seis. Su pelaje seguía siendo rosado, pero poco a poco se oscurecía, y sus costillas se volvían más marcadas con cada día que pasaba.

–¿Qué voy a hacer contigo? –pregunté suavemente para no despertar a Evie–. No podemos quedarnos contigo para siempre. Tal vez deberíamos dejarte aquí. No sé si sería buena idea llevarte a Quentis.

Como si hubiera entendido cada una de mis palabras, sus intensos ojos violetas se clavaron en los míos con una expresión tan afligida que me recordó demasiado a Evie.

–¿Vosotros dos conspiráis contra mí cuando no estoy mirando?

Ronroneó.

–Eso pensaba –murmuré. Le di una última caricia antes de dejarlo en el suelo. Luego recogí las botas de la pila de ropa sucia y salí de la habitación.

Sally estaba en la cocina, dándole forma a un bollo de masa. La habitación olía a salvia, levadura y humo dulce.

Mi estómago rugió.

–Buenos días. –Sonrió con las mejillas sonrosadas.

–Buenos días. –Me acerqué al asiento junto a la mesa y me puse las botas–. Gracias por permitirnos quedarnos.

–Es un placer. Nosotros venimos de Westor y allí siempre había algún familiar o amigo que pasaba a visitarnos.

Teníamos visitas todos los días. Era raro que Damon y yo cenáramos solos.

Pero ahora que nos mudamos lejos de la ciudad, no recibimos muchas.

Todavía estoy aprendiendo a cocinar solo para dos. Es encantador teneros aquí.

–¿Y dónde es exactamente aquí? –Miré por la ventana, pero, como la casa estaba semienterrada, lo único que podía ver era césped y tierra.

–Estamos al sur de la cordillera de Axmar, a medio día de cabalgada de la frontera con Ozarth.

Cielos, con razón me dolía todo el cuerpo después de tantos días de cabalgada. Habíamos cruzado casi todo el reino de Turah en solo ocho días.

Las montañas de Axmar funcionaban como una frontera natural entre Turah y Ozarth. Era la cordillera más larga y traicionera de toda Calandra. Y en algún lugar de esas montañas, si estaba leyendo el brazalete de Ransom correctamente, se encontraba Allesaria.

–Damon siempre quiso vivir en el campo –dijo Sally, sonriendo mientras arrojaba el bollo de masa a un recipiente de hierro fundido.

Lo cubrió con una tapa y lo llevó al fuego, donde lo deslizó sobre una rejilla para que el pan pudiera hornearse–.

Nos llevó un tiempo acostumbrarnos. Solo vamos al pueblo una vez cada varios meses a comprar provisiones.

En invierno, incluso menos. Pero creímos que quizá sería más seguro estar aquí durante la migración que en una ciudad llena de gente.

La pareja que vivía aquí antes que nosotros sobrevivió a dos migraciones.

Se acercó al centro de la habitación y golpeó una alfombra con el pie.

–Hay un túnel aquí que lleva a una cueva subterránea. Tenemos agua fresca y el sótano lleno de provisiones. Es bastante grande, así que estaremos cómodos con el bebé. La próxima primavera será lo suficientemente grande como para pasar tiempo bajo tierra.

Pero la migración no llegaría la próxima primavera. El heraldo de los crux en Ellder era un indicio de que solo faltaban meses para la migración o, peor aún, semanas. La horda de crux llegaría antes del invierno.

–Deberíais prepararos ya. No esperéis.

Frunció el ceño.

–Pero todavía no es invierno.

Abrí la boca para contarle lo del heraldo de los crux, pero, antes de que pudiera advertirla, Evie salió de la habitación vestida con el camisón ensangrentado y sucio que había llevado antes de darse un baño.

–Evie, ¿qué llevas puesto?

–Mi camisa. –Miró las manchas y luego a Sally–. ¿Dónde está mi pantalón?

Sally asintió y se dirigió a la cuerda donde lo había colgado durante la noche para que se secara.

Recogí el pantalón y regresé con Evie al cuarto. Una vez que cerré la puerta, me arrodillé frente a ella con el pantalón sobre el regazo.