Capítulo cinco. Caspia
Capítulo cinco CASPIA
La luz de las lunas se filtraba por las ventanas mientras echaba un último vistazo a la habitación. El suelo estaba impecable, la cama tendida con esmero. El tocador estaba despejado, salvo por tres cartas sobre la superficie de madera.
Una para la tía Oleana. Una para Xandra. Y una para Graciella.
Por la gracia del Divino, volvería a verlas y aquellas cartas no serían mis palabras de despedida. Pero, si no tenía esa oportunidad, quería que cada una de ellas recibiera unas últimas palabras.
Les prometí que regresaría. Que pronto volvería a casa volando como un Estornino y pasaría verano tras verano con mi familia, surcando los cielos de mi ciudad.
Y, cuando regresara, si regresaba, aceptaría con gusto la ira de Oleana por haber desobedecido sus órdenes.
Quizá su enfado sería menor si completaba mi rito y vengaba la muerte de Emery.
Desde la luna en que había visto la muerte de Emery por sexta vez, la llamada que había sentido en el aviario no había hecho más que intensificarse.
Sentía la sangre revuelta, como si algo me estuviera llamando desde el otro lado del océano.
En lo más profundo de mi alma sabía que la visión y mi rito estaban conectados. Y había llegado la hora de responder a esa llamada.
Quizá la tía Oleana tenía razón y, una vez que completara mi rito, las visiones se detendrían.
Hasta entonces, usaría lo que el Divino me había mostrado para honrar la muerte de mi hermana.
Seguiría aquella llamada para descubrir la verdad sobre su destino y matar al hombre de ojos plateados que se había atrevido a quitarle la vida a un Estornino.
La bolsa de cuero a mis pies estaba llena de mudas de ropa, una cantimplora y un bálsamo curativo.
En los bolsillos llevaba un peine de hueso, dos libros y una pequeña lata de aceite para mis rizos.
Y en cada espacio libre que encontraba había guardado varias raciones de té compradas a un boticario de Showe.
Un té para el mareo del mar. Otro para el dolor de cabeza.
Uno para dormir y otro para mantenerme despierta.
Mi kukri estaba asegurado a la espalda, oculto bajo mi amplia capa con capucha. Mis cuchillos más afilados iban sujetos a los brazos y a cada uno de mis muslos.
Levanté la bolsa y me la colgué al hombro. Pesaba tanto como mi corazón.
Existía la posibilidad de que estuviera equivocada y de que aquel viaje fuera un error. Incluso si tenía razón, si aquello era la llamada de mi rito, tal vez no fuera lo bastante fuerte para afrontar la transformación.
No todas las Quiescentes sobrevivían a su primera transformación. El rito era tan peligroso y mortal como poderoso.
¿Era esa la razón por la que mi madre había abandonado Nelfinex? Quizá había recibido la llamada de su rito después de dar a luz a tres hijas y la transformación le había costado la vida. Siempre había resentido que la tía Oleana se negara a hablar de mi madre.
Los secretos de nuestra familia acabarían siendo nuestra perdición.
Mi corazón latía con intensidad mientras una fuerza invisible me atraía hacia las ventanas, como una cuerda atada al pecho que me arrastraba lejos de Nelfinex.
Un zumbido grave recorría todo mi cuerpo, extendiéndose desde el corazón hasta las manos y los pies.
Era como una cuerda de guitarra que vibraba en perfecta armonía.
Más allá de mi ciudad dormida, el mar se extendía hasta fundirse con el cielo iluminado por las lunas. Las olas relucían bajo la luz de las estrellas. Y cada vez que contemplaba aquel horizonte desconocido, sentía el zumbido.
Era hora de partir.
Antes de perder el valor, crucé la habitación y abrí la puerta. Me detuve en el umbral para mirar por última vez por encima del hombro.
–Adiós –susurré, esperando que mi despedida permaneciera flotando en la habitación el tiempo suficiente para que Xandra la escuchara por la mañana.
Cuando viniera a despertarme, aplaudiendo dos veces, vería la habitación ordenada y comprendería enseguida que algo andaba mal. Para entonces, yo ya estaría lejos, navegando hacia el amanecer.
Divinos, guiad mi camino.
Cerré la puerta y avancé despacio hacia la escalera más cercana.
El barco que había contratado me había costado una fortuna, casi todos mis brazaletes de elfalter, pero era rápido y, más importante aún, su capitán, un infame pirata, no me hizo ninguna pregunta.
Existía la posibilidad de que la tía Oleana sobrevolara el Marixmore y me encontrara.
Cuando adoptaba la forma de un vencejo, no había navío en Nelfinex capaz de igualar su velocidad.
Pero esperaba que, al leer mi carta y comprender que aquello no era una simple búsqueda de venganza, me permitiera emprender aquel viaje para completar mi rito.
Mis botas susurraban sobre los escalones de piedra mientras descendía a la planta baja. Cuando llegué al vestíbulo del palacio, me puse la capucha de la capa negra y oculté el cabello.
Cuando me transformara en un Estornino, podría ir y venir cuando quisiera. El momento favorito de Saskia para volar era cuando las lunas alcanzaban su punto más alto en el cielo. Al igual que el de Oleana. Pero, como princesa Quiescente, mis horarios estaban sometidos a un estricto control.
Para salir del palacio, siempre debía ir acompañada de guardias.
No importaba que pudiera derrotar a cualquiera de ellos en combate.
Hasta que pudiera transformarme, hasta que llegara el día en que fuera capaz de adoptar la forma de cualquier animal para defenderme de una amenaza, permanecería bajo la protección de las Espadas Reales de la reina.
Avancé de puntillas, manteniendo la capucha baja sobre el rostro.
De pronto, se oyeron pisadas y voces masculinas en el pasillo que tenía delante.
Me apresuré a refugiarme junto a la pared más cercana y me oculté en un nicho, justo cuando un par de guardias doblaban la esquina y entraban en el vestíbulo.
Ambos vestían uniformes de color beis y portaban espadas, cuchillos y dagas. Las Espadas Reales hacían honor a su nombre.
Contuve la respiración y esperé a que pasaran de largo sin advertir mi presencia. A medida que sus imponentes figuras desaparecían tras otra esquina, me aparté de la pared y tomé el pasillo que conducía a los jardines.
En cuanto crucé la puerta, una brisa fría acarició mi rostro y una abrumadora necesidad de llorar me hizo escocer la nariz.
Nunca en mi vida había pasado una luna fuera de aquel palacio. Una pequeña parte de mí dudaba siquiera haber llegado tan lejos como ahora. Y una parte aún más pequeña esperaba que me atraparan, que no lograra llegar a tiempo al barco que me esperaba en el puerto.
Tragué el nudo que tenía en la garganta y crucé a toda prisa el sendero de piedra del jardín, serpenteando entre flores de vivos colores y disfrutando de sus fragancias mientras me dirigía hacia la reja de hierro más cercana.
Cuando apareció ante mí, respiré hondo, enderecé la espalda y me bajé la capucha.
Los guardias del jardín no eran Espadas Reales. Solo los mejores guerreros tenían permitido entrar en el palacio.
Los hombres y mujeres apostados en el exterior eran simples centinelas cuya tarea principal consistía en impedir que alguien entrara.
Y, a diferencia de las Espadas Reales, que entrenaban con los Quiescentes todos los soles, los centinelas no estaban familiarizados con mi rostro.
En la oscuridad, confiaba en que me confundieran con Saskia.
Los diez anillos que llevaba en los dedos deberían ayudar.
Solo los Estorninos usaban anillos de elfalter, un símbolo de estatus y poder.
Eran anchos y cubrían la falange inferior de cada dedo.
Los que adornaban mis manos habían pertenecido a Emery.
Los había robado de la habitación de la tía Oleana cuando fui a visitar a Graciella para dejar a Hop bajo su cuidado y despedirme de ella.
Cuando mi hermana partió de Showe con Max, dejó atrás sus anillos de elfalter. Igual que había dejado atrás a Graciella.
Era probable que hubiera sido una bofetada para nuestra tía después de la terrible discusión que habían tenido por Max. Como Oleana no tenía hijas, se suponía que Emery sería su heredera. Mi tía le había prohibido tomar a un beesano como consorte y le dio un ultimátum.
Deja a Max o despídete de la corona.
A la mañana siguiente, Emery se había marchado. Había dejado los anillos, regalos de Oleana tras completar su rito, sobre la mesa junto a la cama de Graciella.
No culpaba a Emery por elegir al hombre que amaba. Pero ¿abandonar a su hija? Eso era algo que no podía comprender.
Nuestra madre nos había abandonado. Emery sabía lo que se sentía. ¿Cómo pudo hacerle lo mismo a su propia hija?
Más allá de sus diferencias con Oleana, Emery amaba a Graciella. Tenía que creer que mi hermana no se habría marchado con intención de no regresar. Quizá estaba de camino a casa cuando el hombre de ojos plateados la asesinó.
Y eso era precisamente lo que pensaba averiguar.
Me sentía mal usando sus anillos, pero al menos me garantizarían la libertad.
Acentué mis pasos para que los centinelas me oyeran acercarme. Luego levanté la barbilla y extendí una mano para que los anillos destellaran bajo la luz de las lunas.
–Estornino. –El hombre hizo una reverencia y bajó la mirada.
–La reja, señor. –Solo por la gracia del Divino conseguí mantener la voz firme.
El centinela levantó la barra que mantenía cerrada la reja y, tras otra reverencia, la abrió. Las bisagras crujieron al desplazarse hacia fuera.
Si se preguntó por qué salía por la reja en lugar de sobrevolar la muralla, no lo demostró.
Sin decir una sola palabra, crucé la reja y me encaminé hacia la calle más cercana.
Podía sentir la intensa mirada del centinela clavada en mi espalda mientras me alejaba con pasos mesurados, ni muy rápidos ni muy lentos, hasta que la pendiente de la calle que descendía desde el palacio me permitió ocultarme tras un edificio y apoyarme contra su áspera pared de piedra blanca.
–Vexx. –Me llevé una mano al corazón acelerado y los anillos tintinearon al chocar unos contra otros. Uno por uno, me los quité y los guardé en el bolsillo de los pantalones.
El pirata que había contratado recibiría mis brazaletes de elfalter como pago, pero no quería que supiera que también tenía aquellos anillos. No confiaba en que mantuviera el precio acordado si descubría que podía ofrecerle más.
Las Quiescentes poseían poca riqueza personal, a pesar de la inmensa fortuna de nuestra familia. Eso cambiaría una vez que atravesara el rito y me convirtiera en un Estornino. Mi herencia de elfalter, oro, plata y joyas me convertiría en una de las personas más ricas de Nelfinex.
Pero aún no había llegado ese momento.
Cuando los anillos estuvieron a salvo, me aparté de la pared y crucé Showe a paso ligero en dirección al puerto.
Las calles estaban desiertas, iluminadas por la luz de las dos lunas y los faroles ocasionales de algunas casas.
La piedra blanca con la que estaban construidos todos los edificios parecía emitir su propio resplandor, lo que me permitía distinguir los colores: tejados rojos, puertas de caoba, adoquines de un oscuro tono ocre.
Y, por encima de mi hombro, el palacio de suaves tonos melocotón, con sus faroles brillantes y sus techos relucientes de elfalter.
La tentación de dar media vuelta y regresar a mi habitación era tan abrumadora que tropecé con mis propios pies. Aun así, logré mantener el equilibrio y seguir adelante sin permitirme mirar atrás, por miedo a que el palacio me convenciera de regresar.
Cuando llegué a la entrada del puerto, tenía un nudo en el estómago y la cabeza no dejaba de darme vueltas.
Este era mi rito. Tenía que serlo. Me negaba a creer que todo hubiera sido producto de un sueño sin sentido. Aun así, aminoré la marcha mientras las dudas se extendían como veneno por mi mente.
¿Y si estaba equivocada?
Un silbido breve y estridente rasgó la oscuridad.
En cualquier otra luna, me habría irritado que un pirata me llamara como a un perro. Pero en ese momento necesitaba ese silbido para seguir adelante.
El capitán estaba reclinado contra un poste de luz, mordisqueando un palillo.
Sus brazos musculosos estaban cruzados sobre su amplio pecho y tenía las piernas cruzadas con aire despreocupado.
Su cabello rubio era largo en la parte superior y rapado a los lados.
Varios aros dorados adornaban sus orejas.
Se parecía a Max, atractivo y descarado, con un aire travieso en los ojos cobalto. Podía entender por qué mi hermana se había enamorado de su propio pirata y por qué había permitido que se la llevara lejos de Nelfinex.
–¿Lista, Estornino? –preguntó, apartándose del poste y tirando el palillo al suelo.
–No soy un Estornino. –Todavía no.
–Mientras me pagues con elfalter de Estornino, me da igual lo que seas. –Extendió una de sus manos robustas.
Saqué los brazaletes de elfalter del bolsillo de la capa y se los entregué.
–Tu pago, tal como acordamos.
Los examinó con atención, inclinándolos de un lado a otro para que el metal captara la luz.
–Son reales.
Puse los ojos en blanco.
–Claro que son reales.
–No está de más ser precavido. –El capitán esbozó una sonrisa radiante y luego me condujo por el laberinto de muelles de madera, entre puestos y casetas donde pescadores y mercaderes venderían sus productos al amanecer.
Nuestras pisadas se mezclaban con el sonido del agua golpeando los pilotes del muelle. Cuando llegamos a la zona más alejada de la costa, pasamos junto a embarcaciones de todos los tamaños hasta detenernos frente a un navío de velas negras.
El capitán alargó un brazo hacia la pasarela que unía el barco con el muelle.
–Después de usted, princesa.
–Gracias...
De repente, un grito desgarrador cortó el aire.
Alcé la vista al cielo de inmediato, buscando el batir de unas alas. La encontré surcando el cielo alrededor del chapitel más alto del castillo, rodeando el aviario.
La tía Oleana.
Incluso en la oscuridad y a esa distancia, reconocí su elegante silueta entre las estrellas.
Presioné dos dedos contra el centro de la frente.
–La vengaré, mi reina. Te lo prometo.
El capitán se aclaró la garganta.
–Su barco, Estornino.
No me molesté en corregirlo otra vez. Asentí y subí a la pasarela para abordar la nave.
El barco se mecía de un lado a otro bajo mis botas.
Y, antes de que estuviera preparada, partimos hacia la oscuridad.