Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo cuatro. Odessa #2
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Capítulo cuatro. Odessa #2

–¿Tapaste nuestro olor? –le preguntó Dime a Skore, que asintió.

El viento. No era para empujarme, sino para ocultar nuestro rastro del pardur.

–Ya casi llegamos. –El hermano Dime espoleó a su caballo para seguir adelante, por suerte a un paso más lento.

Tomé una profunda bocanada de aire y estreché a Evie contra mí antes de besarle la frente. Luego busqué a Faze en su bolsa y le acaricié la cabeza antes de hacer avanzar a Freya.

Seguimos al hermano Dime a través del claro hasta internarnos en otro bosque. Después salimos a un amplio campo, donde una luz brillaba a lo lejos. Se hacía cada vez más grande a medida que nos acercábamos a una cabaña situada al borde de otro bosque.

La casa me recordó a las viviendas de Ravalli. Estaba construida con troncos ásperos clavados en el suelo. No tenía estacas en el tejado. Esperaba que quien viviera allí las colocara antes de la migración.

A un lado de la casa había un granero construido a ras de suelo. Un caballo con una raya blanca en el hocico pastaba dentro de un corral cercado.

La puerta principal se abrió y un hombre apareció en el porche con un farol en una mano y una ballesta en la otra.

Era un sujeto enorme, de tez morena y cabello negro con numerosas trenzas.

Sus ojos lucían duros y atentos mientras alzaba el arma.

Luego su expresión adusta se suavizó y bajó la ballesta.

–Hermano Dime.

–Lamento la intrusión, Damon.

–No es ningún problema. Bienvenidos. –Retrocedió hacia el interior de la casa y gritó desde la puerta–. ¡Sally! Tenemos visita. Calienta un poco de agua.

Ambos sacerdotes desmontaron.

–¿Nos quedaremos aquí? –Si íbamos a partir pronto, no había manera de que desmontara. No volvería a ponerme de pie. No aquella noche.

El hermano Dime asintió.

–Gracias a los dioses. –Hice el gesto de los Ocho, desmonté de Freya y ayudé a Evie a bajar.

Enseguida se escondió detrás de mis piernas.

Semanas atrás quizá no habría sido la primera en presentarse, pero tampoco habría estado tan asustada. Culpaba a Banner de esta nueva cautela. Al orgullo y la violencia de los hombres resentidos.

Por mí, Banner podía pudrirse en el infierno de Izzac y deseaba que sufriera eternamente el tormento del dios de la muerte.

Damon se acercó al hermano Dime e inclinó la cabeza ante el sacerdote antes de tomar las riendas de su caballo.

–¿Qué necesitáis?

–Refugio para el Gorrión.

Los ojos de Damon se clavaron en mí cuando levantó el farol. Examinó mi ropa arrugada y sucia con detenimiento. Su mirada se detuvo durante un largo rato en el brazalete de Ransom antes de dedicarme la misma reverencia que les había hecho a los Voster.

–Por supuesto. Será un honor.

–Gracias. –Me giré y animé a Evie a acercarse a la luz–. Ella es Evangeline.

Damon esbozó una sonrisa.

–Hola, querida.

–Y él es Faze. –Saqué al flagris de su bolsa y me agaché para dejarlo en el suelo. Si íbamos a quedarnos en casa de este hombre, debía saber que teníamos una mascota.

Los pasos de Faze eran algo inestables, como si aún estuviera afectado por el agotador viaje. Soltó un rugido y luego olfateó el aire.

–Es... es un... –tartamudeó Damon.

–Un flagris. –Le dediqué una dulce sonrisa–. ¿Tienes un poco de leche?

***

–¿Quieres más? –preguntó Sally mientras removía una olla de estofado con el cucharón.

–No, gracias. –Me limpié la comisura de la boca–. Estaba delicioso.

El plato estaba repleto de carne y verduras, y la casa olía a especias deliciosas. Pero, después de tantos días comiendo tan poco, mi estómago protestó al sentirse lleno.

Evie apenas había probado la mitad de su comida y mordisqueaba un pan de levadura cuando se recostó junto a mí.

Sally me dedicó una sonrisa amable antes de levantarse para recoger la cocina.

Me resultaba casi extraño estar limpia y bien alimentada. Extraño y maravilloso al mismo tiempo. Reconfortante y agotador.

Mientras Damon ayudaba fuera a los Voster con nuestros caballos, Sally nos había invitado a entrar en su casa. En cuanto nos vio bajo la luz, nos condujo de inmediato al pequeño cuarto de baño adosado a la vivienda.

Accionó una bomba manual que hizo caer una lluvia suave desde una manguera instalada en el techo y, aunque el agua estaba fría, la mayor parte del polvo y la suciedad desapareció por el desagüe.

Mientras nos peinaba a Evie y a mí, Sally nos consiguió ropa limpia. Me prestó unos pantalones suyos que, aunque me quedaban un poco grandes, logré ajustar a la cintura con una cuerda. La túnica era de un sencillo color canela.

El brazalete de Ransom quedaba oculto bajo la manga.

El collar descansaba bajo la túnica y podía sentir el calor del metal contra mi piel.

Evie llevaba una camisa azul que había pertenecido a Damon cuando era niño.

Tenía un olor rancio por haber estado años guardada en un baúl de cedro, pero, al menos, estaba limpia.

No tenían pantalones de su talla, así que le lavé los suyos en el lavadero de Sally y luego los tendí para que se secaran.

La puerta se abrió de repente y Damon entró en la casa. Había salido para deshacerse del agua sucia de la cocina y asegurarse de que los Voster estuvieran cómodos en el altillo del granero.

Por primera vez en días, no sentí el ardor de su magia. Era una bendición.

Faze estaba en un rincón de la habitación, lamiéndose las patas después de haber comido algunas sobras de carne y bebido un poco de leche.

Damon cruzó la habitación hacia Sally, le besó el cabello color miel y luego tomó asiento en un banco frente al que compartíamos con Evie.

Un collar que no había advertido antes asomaba por el cuello de su túnica color arena.

Evie se incorporó y sus ojos quedaron fijos en la garra negra atada a una cinta de cuero.

–¿Qué es eso?

–Ah, es de un aureón. Fue un regalo de mi padre –respondió Damon, levantándolo para que la luz lo iluminara–.

La historia cuenta que encontró al monstruo atrapado en una trampa.

Y que, como muestra de agradecimiento por liberarlo, la criatura le entregó una de sus garras.

Mi padre la llevaba así, colgada al cuello, y nunca enfermó.

Nunca sintió dolor. Me la regaló el día que decidió partir hacia las sombras del cielo.

Ahora me mantiene sano y fuerte. Y algún día se la daré a mi hijo.

Al escuchar aquello, sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

No podía ser. Tuve que hacer un gran esfuerzo por no quedarme boquiabierta mientras Sally se sentaba junto a su esposo.

Damon apoyó una mano sobre el vientre creciente de su esposa.

–Bonita historia –dijo Sally, tocando el collar con la garra–. Creo que a ellas solo les gusta cómo queda.

Damon rio y sus ojos castaños se iluminaron de amor.

–Quizá tengas razón.

O quizá era magia.

¿Cómo era posible que tan poco tiempo antes me hubiera sentado a otra mesa y escuchado exactamente la misma historia?

Luella había mencionado que aparecía en el diario que llevaba el mismo emblema que mi collar grabado en la tapa.

Un diario que la había ayudado a crear el elixir que desempeñó un papel fundamental en la creación de la lyssa.

Un diario que llevaba en mi morral.

¿Acaso la persona que había escrito aquella historia conocía a estas personas? ¿Luella las había conocido? Quizá al día siguiente pudiera hablar con Damon en privado y preguntárselo. Pero no quería mencionar a Luella con Evie tan cerca. Aún no estaba preparada para decirle que Luella había muerto.

Evangeline bostezó, abriendo mucho la boca.

–Creo que será mejor que la lleve a la cama. –Me puse de pie y levanté mi cuenco.

–Deja eso ahí –dijo Sally, haciendo un gesto con la mano–. Ve a descansar. Nos vemos por la mañana.

Cogí a Faze para asegurarme de que no hiciera trizas el sillón durante la noche. Luego llevé a Evie a la habitación donde dormiríamos. Una vez que la acosté en el catre y se quedó dormida, crucé la habitación de puntillas hasta mi morral y saqué el diario de cuero negro.

Mis dedos recorrieron el emblema de las alas encerradas en un círculo. Luego lo abrí y observé las páginas repletas de palabras que no podía leer.

La vieja lengua.

No sabía cómo ni cuándo lo lograría, aunque me llevara meses, pero leería todas y cada una de las páginas de aquel diario. Si existía siquiera una posibilidad de que contuviera pistas para encontrar una cura para la lyssa, memorizaría hasta la última de ellas.