Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo cuatro. Odessa
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Capítulo cuatro. Odessa

Capítulo cuatro ODESSA

Una rama me golpeó en la cara.

–Ay. –La aparté de un manotazo, con el sabor de la salvia y las agujas de pino en la boca. Llevé una mano con cuidado al ardor de mi mejilla y, al retirar los dedos, estaban húmedos.

Justo cuando creía que aquella noche no podía empeorar. Ahora estaba sangrando. Hijo de perra.

Cielos, odiaba aquello.

Odiaba los árboles. Odiaba la naturaleza. Odiaba mi montura y odiaba aquella noche.

La tenue luz de las dos lunas crecientes, Aurinda y Aurrellia, apenas bastaba para ver mi propia mano delante de la cara, así que no había manera de esquivar las ramas.

Intentar ver en aquella oscuridad me provocaba dolor de cabeza.

Y el hermano Dime, que cabalgaba delante de mí, ni siquiera se molestaba en avisarme para que me agachara.

Le lancé una mirada furiosa a la oscuridad, con la esperanza de que sintiera mi irritación de la misma manera que yo podía sentir su magia.

De no ser por el sonido de los cascos de su caballo y esa molestia constante de su magia, no habría tenido ni la más mínima idea de que estaba delante de mí.

Lo mismo valía para el hermano Skore, que se mantenía atrás, probablemente para asegurarse de que no se me ocurriera escapar de nuestra encantadora procesión.

Llevábamos tres días miserables desde que abandonamos el lago de montaña y me dolía todo el cuerpo, de pies a cabeza. Ni siquiera mi primer viaje por Turah, cabalgando junto a Tillia, había sido tan doloroso como este.

Pensar en su bello rostro me provocó un dolor agudo en el corazón. ¿Halston seguía con vida? ¿Había sobrevivido a perder la pierna a manos del crux? ¿Tendría la oportunidad de conocer a su bebé?

¿Qué haría Tillia en esta situación? ¿Seguiría cabalgando con los Voster? ¿O los mandaría al demonio e intentaría escapar?

Evie se acomodó en la montura y me sacó de mis pensamientos. Su cuerpo estaba pegado al mío, su peso descansaba en mis brazos y apoyaba la cabeza en mi hombro mientras dormía.

Aunque me costara la vida, encontraría la manera de llevar a esta niña a Quentis. De mantenerla a salvo. Así que seguí adelante, distinguiendo de vez en cuando la silueta del hermano Dime mientras cabalgábamos hacia la noche.

Con las manos flojas sobre las riendas, recorrí la cicatriz de mi palma con el pulgar.

Sentía el vacío en mi pecho más grande por la noche. En la oscuridad, todo parecía más tranquilo, más solitario.

Está vivo.

Estaba vivo. Tenía que estarlo. No habría esperado mucho en Treow antes de regresar a Ellder para seguir nuestro rastro. ¿Nos alcanzaría pronto?

¿O el hermano Dime tenía alguna manera de ocultar nuestro rastro? Quizá usaba ráfagas de viento para cubrir nuestras huellas con tierra.

Cielos, odiaba a los Voster. Odiaba su magia. Odiaba sus comentarios imprecisos sobre el destino. Odiaba sus uñas inquietantes y sus ojos espeluznantes.

El odio bullía bajo mi piel, un ardor constante en el pecho. Y avivar esa ira hacía que el dolor fuera más fácil de olvidar.

Ransom confiaba en los sacerdotes. Eso me había parecido razón suficiente para seguir al hermano Dime en aquel calabozo de Ellder. Pero quizá mi esposo se equivocaba. Quizá yo había tenido razón todo ese tiempo al sospechar de la hermandad.

La duda y el miedo me estaban consumiendo.

Habíamos hecho más paradas de lo habitual en los últimos tres días para que los caballos descansaran. Debería haber sido tiempo suficiente para recuperarme, pero cada vez que cerraba los ojos me invadía el pánico de que los Voster se llevaran a Evie mientras dormía.

La última parada había sido al mediodía. Por fin había logrado dormir unas pocas horas, hasta que un sueño me despertó con brusquedad.

Varias horas después del atardecer, la pesadilla de la muerte de Luella seguía acechando mis pensamientos. En aquella oscuridad, era difícil borrar de la memoria la imagen de su cuerpo partido en dos por el crux.

Otra rama salió disparada hacia mi cara, pero esta vez logré apartarla a tiempo.

Poco después de abandonar el lago, el hermano Dime me había advertido de que tendríamos que cabalgar de noche.

Insistió en que aquellas montañas estaban plagadas de pardures.

Zavier me había dicho una vez que los monstruos no veían bien de noche, así que era mejor viajar después de que el sol se ocultara.

¿Había monstruos en aquellos bosques? ¿O la amenaza de morir entre colmillos y garras era otra de las estrategias de Dime, una excusa para asegurarse de que yo no pudiera orientarme?

Por lo que sabía, podríamos estar en Turah, en Ozarth o en el desfiladero de Evon.

El hermano Skore murmuró algo detrás de mí: un murmullo grave, lo bastante audible para llegar a mis oídos, pero demasiado suave para que pudiera distinguir las palabras. Después de tres días y noches escuchando aquellas palabras incomprensibles, había llegado a la conclusión de que estaba rezando.

Aunque me llamaba la atención que nunca hacía el gesto de los Ocho. No hablaba con ninguno de los Seis. En cambio, seguía invocando al Divino. ¿Era ese otro nombre que los Voster usaban para Ama y Oda?

Por más tentador que fuera preguntárselo, el hermano Skore no parecía sentir un afecto desbordante por esta princesa.

De hecho, diría que estaba tan entusiasmado con caminar por las montañas de noche como yo. Quizá podríamos encontrar algo en común en nuestra miseria.

Una ráfaga de viento llegó por detrás: la señal de Skore de que iba demasiado despacio.

Quizá no.

Me volví para mirar por encima del hombro, apartando los rizos apestosos que el viento me había azotado contra la cara, y le lancé la mirada más feroz de mi repertorio. ¿Podría ver en la oscuridad como Ransom? Esperaba que sí.

–Papá. –El cuerpo de Evie se sacudió y lanzó una patada.

El sobresalto fue suficiente para despertar a Faze en su bolsa. Se revolvió y sus patas me golpearon las costillas con tanta fuerza que hice una mueca de dolor.

–Shh. –Mecí a Evie de un lado a otro–. Está bien.

Soltó un quejido, lanzó otra patada y su boca se torció en un gesto de tristeza.

Sus pesadillas estaban empeorando y aquellas largas noches oscuras no ayudaban.

La noche anterior se había sacudido con tanta fuerza que casi se me cayó de los brazos.

Era como si estuviera reviviendo lo ocurrido en Ellder una y otra vez.

Como si estuviera luchando conmigo mientras la alejaba del cuerpo de Zavier.

–Está bien. Estás bien.

Pateó con más fuerza, retorciéndose para soltarse.

–Despierta, Evie. –Por mucho que necesitara dormir, mis brazos estaban demasiado cansados para sostenerla mientras se sacudía–. Despierta.

Abrió los ojos de golpe, muy abiertos y aterrados. Me miró parpadeando, como si todavía estuviera atrapada en el pasado. Entonces la realidad la golpeó de frente.

Una realidad en la que su padre ya no estaba.

Unas lágrimas gruesas y devastadoras se deslizaron por sus mejillas.

–Quiero a papá.

–Lo sé, estrellita.

Su cuerpo entero tembló cuando enterró el rostro en mi pecho y dejó escapar el llanto que había estado conteniendo durante días.

No me importaba si molestaba a los Voster. Sujeté las riendas de Freya con más fuerza y la obligué a detenerse. Luego envolví a Evie en un fuerte abrazo, sosteniéndola con firmeza mientras lloraba.

–Quiero a papá. –Sus lágrimas empaparon mi ropa. El sonido de su dolor impregnó la noche, resonando entre los árboles hasta elevarse por encima de sus copas como humo, destinado al cielo.

–Lo siento, Evangeline –susurré sobre su cabello–. Lo siento mucho.

Una ráfaga mágica de viento me golpeó la espalda. Pero la ignoré.

El hermano Skore podía irse al demonio mientras nos tomábamos este maldito minuto para llorar.

Sujeté a Evie con fuerza y le acaricié el cabello mientras lloraba, protegiéndola del viento.

Podía lanzarnos todas las ráfagas que quisiera, ese cretino . No pensaba moverme.

Solo cuando su caballo se detuvo a mi lado y el hormigueo de la magia se intensificó, levanté por fin la vista.

En la oscuridad, su piel blanca y su túnica pálida destacaban.

–¿Qué? –pregunté, furiosa–. Solo danos un minu...

De repente, un rugido resonó en la distancia. Un rugido que estaba lo bastante cerca como para detener el llanto de Evie y hacer que se incorporara de golpe.

Ah, demonios. Conocía ese rugido. Pardur .

Skore señaló el camino por delante. Si las otras ráfagas de viento que me había lanzado eran advertencias sutiles, el vendaval que se estrelló contra mis hombros en ese momento fue claramente una orden.

Me puse en marcha, sujetando con firmeza las riendas de Freya mientras la guiaba hacia delante.

Partimos a toda prisa entre los árboles y alcanzamos al hermano Dime cuando pasamos junto a él a medio galope.

Me acomodé en la montura, ya que los músculos de mis piernas protestaban al esforzarme por mantener una mayor velocidad, con Evie delante de mí y Faze en su bolsa, pegado a mis costillas.

Mi morral, cargado de libros, y la daga que Ransom me había dado rebotaban donde los había asegurado a la montura.

La espada enfundada me golpeaba la espalda.

–Sujétate –le dije a Evie. Y me lo repetí a mí misma–. Solo sujétate.

Otro rugido resonó en la distancia, lo bastante fuerte como para ahogar los latidos acelerados de mi corazón, las frenéticas pisadas de Freya y el llanto de Evie.

El viento del hermano Skore era implacable y nos empujaba hacia delante mientras él se mantenía a mi lado, con la túnica ondeando alrededor de su cuerpo desgarbado.

Cabalgamos a toda velocidad durante lo que parecieron días enteros hasta que por fin cruzamos el bosque y salimos a un claro iluminado por las lunas.

El hermano Dime se detuvo enseguida y esperó a que llegáramos a su lado. Respiraba con dificultad y, por primera vez, me pareció que aquel ritmo agotador empezaba a afectarle.

–No podemos seguir así. –Sentía un gran ardor en los pulmones y tenía la voz ronca. Algo húmedo me golpeó el brazo y me llevó un momento comprender que no era lluvia, sino una de las lágrimas de Evie–. Por favor. Tenemos que detenernos.