Capítulo tres. Caspia #3
Hara y su vencejo se alejaron más allá de la muralla de la ciudad, mientras los cuernos del animal destellaban bajo el sol al perderse en la distancia.
–Tienes que empezar a ocuparte de Bisten –dijo la tía Oleana, volviéndose hacia mí y señalando a Xandra, que acariciaba las plumas del vencejo.
–¿Por qué? –El temperamento de Bisten era casi legendario: picoteaba a todo el mundo, excepto a Xandra. A mi prima le encantaba su mal humor; a mí me resultaba insoportable–. Está mejor con Xandra.
–Puede ser. Pero lo elegí para ti.
Asentí, sabiendo que discutir no tenía sentido. Oleana siempre tenía una razón para cada decisión que tomaba.
Como si Bisten hubiera presentido que pasaríamos tiempo juntos, soltó un bufido grave y saltó hacia una de las ventanas en arco, abandonando su nido para alejarse del palacio.
Xandra se acercó al estante de herramientas para empezar con sus tareas. Para quienes aún no habíamos pasado el rito, los soles empezaban con este tipo de trabajo. A Xandra y a mí nos tocaba el aviario y, cuando terminábamos allí, retomábamos las lecciones y el entrenamiento con armas.
–Si es necesario, puede elegir otro macho –dijo Oleana–. Se lleva bien con la mayoría.
–Espero que no sea necesario. Para ninguna de las dos.
–Yo también.
Nuestra nación era inmensa, la más grande del continente de Kenn. Pero Oleana no era la única gobernante y las tres naciones del sur estaban en manos de tiranos.
Si sospechaban que la fuerza de las Estorninos se debilitaba, no dudarían en atacar. Los reyes del sur tenían sed de poder y de tierras.
Teníamos que mantenernos fuertes.
Teníamos que asegurarnos de que cualquiera que se atreviera a hacer daño a una Estornino encontrara una muerte rápida.
–Tía Oleana, tengo que decirte algo.
Se volvió hacia mí, con una mirada tan firme que casi me intimidó.
–¿Tu rito? ¿Sientes la llamada?
–No. –Todavía no.
–Ya veo. –La decepción invadió su rostro antes de que pudiera esconderla bajo esa expresión de fría indiferencia–. ¿Qué tienes que decirme?
Enderecé la espalda.
–Volví a tener la visión de la muerte de Emery.
Si quedaba algún resto de calidez en sus ojos dorados, se apagó de inmediato.
–Emery no está muerta.
–Yo tampoco quiero creer eso. Pero ¿y si...?
–No está muerta. –Su voz fue tan afilada como una espada–.
Nos abandonó para irse de viaje con ese hombre.
Abandonó a su familia, a su hija, después de que le ordené expresamente que no lo hiciera.
Desobedeció mis órdenes. Olvidó su deber.
Pero no está muerta. Regresará y ocupará el lugar que le corresponde.
–Pero la visión...
–Ya basta. –La mano de Oleana cortó el aire.
Escondí los puños detrás de la espalda.
–Tuve la misma visión de Emery seis veces, tía Oleana. Es más real que cualquier otra cosa que haya sentido en mi vida. Hay un hombre de ojos plateados que...
–Te he dicho que ya basta –gritó tan fuerte que tuve que retroceder un paso–. No vas a volver a hablar de esto. Te lo prohíbo, Caspia.
No era una orden de mi tía. Era una orden de mi reina.
Bajé la frente, como la princesa obediente que siempre había sido.
–Sí, Su Majestad.
Me puso un dedo bajo la barbilla y me obligó a levantar el rostro para mirarla a los ojos.
–Son solo sueños, Caspia. Eso es lo único que siempre fueron. Nada más. Tu hermana está viva. Y, por la gracia del Divino, volverá pronto.
Sueños. Más allá de todos los que se habían vuelto realidad, más allá de todas las veces que le supliqué que me creyera, para ella siempre serían solo sueños.
–Sí, tía Oleana.
Me llevó la mano a la mejilla.
–Tenemos que concentrarnos en nuestra familia.
En esta nación. El rey de Beesan lleva tiempo presionando nuestra frontera sur.
Si llega a sospechar que la sangre de las Estorninos se está debilitando, sus ambiciones no tendrán límite.
No voy a permitir que ni una sola persona de Nelfinex sufra el mismo destino que los Velvi’os-telferE.
No vamos a permitir que nos expulsen de nuestra propia tierra, que nos persigan hasta el borde de la extinción.
Tenemos que mantenernos fuertes. Unidas. ¿Entendido?
–Sí –asentí.
–Bien. Ahora ve a hacer tu trabajo. –Pasó junto a mí y se dirigió hacia la escalera, levantándose el dobladillo de la falda mientras se alejaba hacia su auditorio, donde pasaría el resto del sol gobernando nuestra nación.
Esperé a que se fuera antes de relajar los hombros.
Xandra dejó la pala a un lado y cruzó la habitación para situarse a mi lado, junto al arco.
–Lo siento. Creo que no debí presionarte para que se lo contaras. Pensé... pensé que esta vez te escucharía.
–No es culpa tuya. –Tampoco era culpa de mi tía.
No quería ni considerar la posibilidad de que Emery hubiera muerto y de que mis visiones fueran simplemente algo que Oleana no podía comprender. Solo dos personas habían creído alguna vez que encerraban algo de verdad.
Xandra.
Y Emery.
Cuando pasara el rito, si es que llegaba a pasarlo, ¿se detendrían las visiones? Una parte de mí esperaba no volver a soñar nunca.
Me alejé de Xandra y dejé que la mirada se perdiera en el mar, donde las olas rompían con fuerza contra la costa.
La playa era tan azul como una joya de azurita y la arena brillaba tanto como nuestros uniformes.
El agua se extendía sin fin, oscureciéndose cada vez más a medida que avanzaba hacia lo desconocido.
Un hormigueo empezó a subirme por los brazos, erizándome la piel. La sangre se me agitó. Algo en mi interior me atrajo hacia ese azul profundo con tanta fuerza que di un paso involuntario hacia delante y ahogué un grito.
El rito.
–¿Caspia? –preguntó Xandra–. ¿Qué pasa?
–Nada –mentí, porque todavía no estaba lista para ponerle nombre a esa sensación. Llevé la mano al colgante que descansaba sobre mi corazón y el metal de elfalter se calentó bajo mi palma al cubrirlo.
Había respuestas al otro lado del mar. Respuestas sobre Emery. Respuestas sobre mí misma.
Oleana siempre decía que el rito nos llamaba de formas distintas. A algunas las llamaba hacia las montañas. A otras, a cruzar el desierto a pie.
Mi futuro estaba más allá de las costas de Nelfinex.
–Ah, no me gusta nada esa mirada –murmuró Xandra.
Aparté la vista del mar, fingiendo sorpresa.
–¿Qué mirada?
Apretó los labios en una fina línea.
–La mirada que dice que nos vas a meter en problemas.