Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo tres. Caspia #2
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Capítulo tres. Caspia #2

Tomamos la escalera más cercana y subimos ocho pisos. Al llegar al nivel superior del palacio, nos cruzamos con un sirviente que salía de la habitación de Saskia.

–Princesa Caspia. Princesa Xandra. –Sus ojos color caramelo brillaron al pasar junto a nosotras camino a la escalera, cargando una bandeja con el desayuno a medio terminar de Saskia.

–Buenos días. –Le devolví una sonrisa cálida y amable.

Una vez que superáramos el rito, una vez que nos convirtiéramos en Estorninos, sería obligatorio que sirvientes y asistentes se arrodillaran e inclinaran la cabeza al vernos pasar por los pasillos.

Nos tratarían como a las Estorninos. Como trataban a la tía Oleana, la reina.

Una vez completado el rito, seríamos parte de la realeza.

Pero todavía no.

Echaría de menos las sonrisas y los saludos casuales. Echaría de menos la informalidad de ser una Quiescente. Echaría de menos mi habitación en el piso medio del palacio, donde estaba más cerca de la ciudad. Echaría de menos visitar a los Pichones todas las tardes en las bibliotecas.

Al menos, como Estornino, ya no tendría que lavarme la ropa.

Pasamos junto a una serie de arcos abiertos que daban a la ciudad y, más allá, al océano de Marixmore. El aroma a salvia, cítricos y sal se filtraba por el pasillo, así que respiré hondo y retuve el aire un momento en los pulmones.

Emery me había dicho una vez que sus sentidos se agudizaron y cambiaron después del rito. Había perdido el gusto por el limón cristalizado y los dulces de miel. Esperaba que, cuando completara mi transformación, siguiera amando el aroma del mar.

Cruzamos puerta tras puerta a lo largo del palacio. Cada una correspondía a la habitación de una Estornino. Hermanas. Primas. Tías. Tías abuelas. Abuelas.

Una risita brotó de una habitación abierta. Una niña pelirroja de cabello rizado, cabello de Estornino, salió corriendo al pasillo con un fének pisándole los talones.

–Graciella. –Sonreí y me agaché, abriendo los brazos.

Se estrelló contra mi pecho, riendo mientras la levantaba y la hacía girar en círculos.

–Hola, tía Caspia.

–¿Cómo está mi dulce niña? –Le di un beso en la mejilla y un toquecito en la nariz pecosa antes de bajarla.

Se apartó un rizo suelto de la cara.

–Aburrida y hambrienta. Íbamos a la cocina a comer algo. Fue idea de Hop.

–Ah, ¿sí? –Extendí la mano para acariciar a Hop detrás de las orejas–. Hola, mi querido amiguito.

Frotó el hocico contra mi pierna y ronroneó.

Su pelaje canela tenía casi el mismo color que los mosaicos del suelo: intenso, cálido y suave.

Los colmillos blancos que le sobresalían de la mandíbula eran tan claros como las paredes.

Hop sacudió la cola peluda y luego empujó la mano de Graciella, como dándole la orden silenciosa de seguir con su travesura.

–Intenta que no te atrapen –le advirtió Xandra.

Graciella rio y sus ojos dorados parecieron bailar de entusiasmo mientras salía corriendo tras mi mascota.

–Nunca me atrapan.

Xandra sacudió la cabeza y seguimos por el pasillo hacia la escalera que llevaba al aviario.

–Esa niña es igual que su madre.

El dolor en el pecho llegó de inmediato.

–Lo sé.

Graciella apenas había visto seis veranos, pero ya, a su corta edad, era el vivo retrato de Emery. Se parecían tanto físicamente como en su personalidad.

A nadie le sorprendió que la tía Oleana decidiera hacerse cargo de Graciella tras la desaparición de Emery. Había hecho lo mismo cuando mi madre abandonó Nelfinex y dejó atrás a tres hijas. Y Emery siempre había sido su sobrina favorita.

La sobrina de la que ahora se negaba a hablar.

Quizá aquella mañana me escucharía. Por el bien de Graciella, para honrar a Emery, lo intentaría.

Una última vez.

Llegamos a una escalera de piedra curva y subimos al nivel superior. El sonido de innumerables alas batiéndose y chillidos nos dio la bienvenida en cuanto terminamos de subir.

El aviario seguía lleno a esa hora de la mañana.

Casi todos los nidos tenían un vencejo. A medida que el sol se elevara en el cielo y la temperatura alcanzara su punto más alto, esos nidos quedarían vacíos.

Las enormes aves abandonarían el palacio para cazar los enormes alces y cabras que poblaban las montañas rocosas de Nelfinex.

Pero, por ahora, estaban todos ocupados, sumidos en un alboroto ensordecedor.

Me acerqué al nido más cercano, donde dormitaba una hembra joven de plumas negras relucientes.

–Hola, bonita.

Levantó el enorme pico hacia mi mano extendida y luego se acomodó para dejarse acariciar las plumas justo entre los ojos oscuros.

La mayoría de los vencejos vivía en estado salvaje, pero un pequeño grupo, los más astutos y fuertes, se quedaba en este recinto.

Xandra se acercó al otro extremo del espacio en busca de Bisten, su macho favorito y el vencejo más grande que habitaba aquel lugar. Sus plumas castaño rojizas destellaban con un brillo dorado bajo la luz de la mañana.

–Caspia. –La voz de mi tía resonó por toda la sala, acallando el resto de los sonidos.

Estaba de pie en una entrada en arco con las manos entrelazadas a la espalda, mirando Showe a lo lejos. Tenía una expresión vacía e ilegible.

Su cabello estaba sujeto con pequeñas cintas de cuero; la gruesa trenza le caía recta por la espalda. Llevaba un vestido color ámbar, de tela ligera, que se mecía con la brisa sobre sus pies descalzos.

Nunca tuvo hijas propias; en su lugar, había optado por criarnos a mis hermanas y a mí como si lo fuéramos.

De las tres sobrinas, decían que yo era la que más se le parecía.

Que, cuando ella tenía mi edad, nos habrían confundido con mellizas.

Teníamos la misma nariz recta, los mismos labios definidos.

El mismo rostro ovalado y la misma barbilla delicada.

Podíamos parecernos físicamente, pero en espíritu éramos tan distintas como el sol y las lunas.

La tía Oleana no era una mujer cariñosa. Era una líder, una gobernante, una política. Se regía por un fuerte sentido de la responsabilidad hacia su pueblo, hacia su país y hacia nuestro linaje.

Consideraba mi corazón sensible una debilidad. Una reina no podía permitirse sentir afecto. Ni siquiera por las niñas que había criado como propias.

Cuando me acerqué, el vencejo hembra que había estado acariciando se incorporó y extendió las alas cuanto le permitió el espacio. Saltó hacia otro arco y, con un único impulso de sus fuertes patas, se lanzó desde el borde, desplegando las alas al máximo. Las púas de sus bordes cortaron el aire.

–Hermosa, ¿no crees? –dijo la tía Oleana cuando me situé a su lado. Ambas manteníamos la vista fija en la hembra, que se elevaba cada vez más alto en el cielo.

–Sí.

–Si Graciella no logra cambiar después del rito, las emparejaré como jinete y montura. –Habló tan bajo que sonó más a un pensamiento en voz alta que a algo dirigido a mí. Un miedo al que no quería dar voz.

–¿Por qué crees que no podrá cambiar?

–Es solo un plan de contingencia –respondió, esbozando una pequeña sonrisa, antes de que sus ojos se posaran en los brazaletes de mis brazos. La sonrisa se le borró de inmediato.

Después de veinticinco veranos, ya debería haber pasado mi rito. Oleana lo había hecho a los quince. Emery y Saskia, a los dieciséis.

Mi madre se fue de Nelfinex cuando yo era un bebé y, como nadie en mi familia hablaba de ella, ni siquiera sabía a qué edad había superado su rito o si llegó a hacerlo.

Cada Estornino sentía la llamada a su debido tiempo y nada podía apresurarla ni forzar la transformación.

Solo nos quedaba rezarle al Divino para que así lo decidiera.

La madre de Xandra, mi tía Ofelia, nunca había pasado el rito. Tampoco su hija mayor, Hara. Habían nacido con sangre de Estornino, pero aun así no pudieron transformarse. Serían Quiescentes para siempre, volando a lomos de los vencejos en lugar de tener alas propias.

El mayor miedo de Xandra era no superar nunca su rito.

Igual que el mío.

En toda la historia escrita de las Estorninos no había constancia de que el don simplemente no se manifestara. Según mi tía, Ofelia había sido la primera. Y Hara, la segunda.

Por más que odiara pensarlo, existía la posibilidad de que yo nunca llegara a ser una Estornino. El don que corría por nuestra sangre podía haberme saltado a mí. Y podía haberle pasado lo mismo a Graciella.

–Emery se transformó a los dieciséis –le dije a la tía Oleana–. Su don era fuerte. Estoy segura de que se lo transmitió a Graciella.

La reina se quedó callada.

Como siempre, cada vez que mencionaba a Emery, se quedaba callada. Igual que cuando mencionaba a nuestra madre.

Lo único que la tía Oleana me había contado de mi madre era que solía ser una soñadora. Una parte de mí se preguntaba si los «sueños» de mi madre habían sido visiones como las mías.

De pronto, un alarido desgarrador resonó desde arriba, justo antes de que un macho enorme se lanzara desde las torres del palacio.

Después llegó un grito, libre y entusiasmado, cuando el ave alzó el vuelo con las alas extendidas.

Hara iba montada sobre su lomo, sujeta por el arnés alrededor del pecho del animal.

Mi prima giró para saludarnos con una sonrisa radiante.

Oleana levantó el brazo para devolverle el saludo. Si no la conociera, habría pensado que aquella humedad en sus ojos eran lágrimas. Pero la conocía.

No lloraba.

Mi tía no era una mujer que aceptara un destino desafortunado sin más. En cambio, había construido este aviario para que los vencejos que domesticábamos pudieran ser las alas de Ofelia y Hara. Para que mi intrépida prima pudiera volar, aunque fuera a lomos de su preciada ave.

En dos, tres o cuatro generaciones, tal vez el don de las Estorninos se habría diluido tanto que no quedaría más que un recuerdo.

Tal vez para entonces, lo que corría por nuestra sangre y hacía especial a mi linaje se habría diluido hasta desaparecer por completo.

Pero, por ahora, todavía podíamos volar.