Capítulo tres. Caspia
Capítulo tres CASPIA
Un hombre de ojos plateados atraviesa el corazón de Emery con su espada. Las plumas se convierten en carne. Las alas se pliegan y se transforman en brazos. Las garras se vuelven dedos.
Cae de las estrellas junto al guerrero de ojos plateados.
Mi hermana se desploma hacia la tierra.
Hasta que no queda nada más que sangre y polvo.
***
Desperté sobresaltada por la visión. Tenía el cabello empapado de sudor, pegado a la frente, y cada hueso de mi cuerpo me dolía como si yo misma hubiera caído del cielo estrellado. Sentía un dolor punzante en el pecho, como si la espada hubiera atravesado mi corazón en lugar del de Emery.
–No, otra vez no. –Me aferré a las sábanas y cerré los ojos, dándole a mi corazón tiempo para calmarse. Después las aparté con los pies y me levanté. Crucé el suelo de piedra para abrir las ventanas de mi habitación.
La brisa salada me besó las mejillas. El aire frío me llenó los pulmones. Aromas de especias y humo dulce me llegaron a la nariz.
La visión de la muerte de Emery me acecharía durante horas y, mientras el peso de su pérdida se asentaba sobre mis hombros, me recosté en el alféizar abierto y contemplé la ciudad dormida que se extendía a los pies del palacio.
Los rayos de la luna bañaban Showe con una luz gris y pálida. Las calles estaban vacías. La ciudad permanecía sumida en el silencio, aunque sabía que esa quietud no duraría.
Pronto el sol emergería de las profundidades del océano para besar el cielo de la mañana.
Al amanecer, la costa se llenaría de pescadores, que llevarían sus botes de velas coloridas hacia el mar.
Las carretas partirían hacia los campos para empezar la cosecha del día.
Los pastores cruzarían la muralla de la ciudad para atender a sus rebaños.
Y los mineros se apretujarían en las carretas que los llevaban a las minas de elfalter, donde extraerían el preciado metal del manto rocoso de Nelfinex.
El ruido y el caos de las calles de Showe se filtrarían por todas las ventanas abiertas del palacio, haciendo imposible volver a dormir. Aunque tampoco significaba que tuviera tiempo para eso, no con mis tareas y mi estricto régimen de entrenamiento.
Lo sensato sería volver a la cama y descansar hasta el amanecer, pero sabía que, en cuanto cerrara los ojos, volvería a ver a Emery y al guerrero de ojos plateados.
¿Quién era él?
¿Y dónde estaba ella?
Decidí quedarme sentada en el amplio alféizar y abrazarme las rodillas contra el pecho.
En el fondo del corazón, sabía que mi hermana se había marchado por una buena razón.
Pero, si mi visión me mostraba la verdad, si Emery había muerto a manos de ese hombre y el Divino la había llamado al más allá, nunca sabríamos por qué había acabado encontrando un destino tan fatídico.
Y yo nunca habría tenido la oportunidad de despedirme.
–Emery –susurré al viento, deseando que la visión no fuera real. Esperando que el sol saliera antes de que ella me respondiera con su propio susurro.
No era la primera luna que pasaba despierta junto a la ventana, empapándome de la luz de las estrellas.
Para cuando los primeros rayos dorados asomaron por el horizonte, sentía la espalda rígida y los párpados pesados.
Durante el entrenamiento mi cuerpo se movería con torpeza y ya podía oír la voz de mis tutores regañándome por ello.
De pronto, oí una serie de pasos en el pasillo, al otro lado de mi habitación. Al cabo de unos segundos, alguien llamó a la puerta y giró el picaporte sin esperar respuesta. Xandra nunca esperaba a que la invitaran a pasar.
–Caspia, ¿estás despierta? Si no lo estás, despiértate. –Mi prima entró en el cuarto y aplaudió dos veces.
Llevaba el largo cabello rizado de tono cobrizo firmemente recogido en la nuca.
Ya tenía puesto el uniforme: pantalones color crudo, ajustados a las curvas esbeltas de sus caderas y sus muslos, y un chaleco del mismo color que dejaba al descubierto sus fuertes brazos.
Alrededor de los bíceps y los antebrazos llevaba las bandas de metal de elfalter que señalaban su rango. Nuestro rango.
Quiescentes.
Xandra y yo aún estábamos a la espera de superar el rito. Después nos convertiríamos en Estorninos, y esos brazaletes relucientes serían reemplazados por anillos, uno en cada dedo.
Los anillos representaban lealtad: a nuestra nación, al pueblo de Nelfinex, a nuestra familia.
A los Estorninos.
–Estoy despierta. –Estiré las piernas y las dejé colgando del alféizar antes de bajar de un salto.
Xandra miró mi cama deshecha y mi túnica blanca.
Mis rizos, del mismo tono cobrizo intenso, caían sueltos hasta la cintura.
Por lo general, cuando entraba sin permiso en mi cuarto, me encontraba todavía dormida, babeando la almohada.
Esos dos aplausos se habían convertido en mi despertador de cada mañana.
Frunció el ceño cuando me desplomé sobre el borde de la cama.
–Tuviste otra visión, ¿verdad?
–Sí. –No tenía sentido negarlo. No necesitaba un espejo para saber que mis ojos delataban el miedo.
–¿Fue la misma? ¿Sobre Emery?
Asentí, jugueteando con la uña del pulgar.
–Vexx –maldijo.
–No dejes que nadie te oiga decir esa palabra.
Maldecir estaba estrictamente prohibido para las Quiescentes. Éramos el epítome del estoicismo y maldecir era un arrebato emocional, según repetía sin falta mi tía.
Xandra frunció el ceño.
–Sé que no quieres volver a hablarle de las visiones, pero…
–No. –Me puse de pie, me alejé de mi prima, de aquella conversación, y entré en el vestidor.
A la tía Oleana no le interesaba escuchar mis visiones, y mucho menos esta.
No importaba cuántas veces le hubiera repetido que eran algo más que simples sueños; para ella no eran más que producto de mi imaginación desbordada.
Las desestimaba como tonterías, como terrores lunares que se desvanecerían en cuanto pasara el rito.
Incluso cuando las visiones resultaban ser ciertas, cuando tenía pruebas de que lo que había visto realmente había ocurrido, no me creía.
Dejé de contarle mis visiones a Oleana cuando cumplí dieciséis años.
Durante años, fingí ser su Quiescente obediente y, si alguna vez se preguntó si seguía teniendo esos sueños , jamás lo demostró.
Pero, cuando esta visión de Emery comenzó a repetirse una y otra vez, decidí romper el silencio.
Y ella, con un simple gesto de la muñeca, volvió a desestimarme.
Así que no, no se lo contaría de nuevo.
El suelo del vestidor estaba cubierto de ropa. Una toalla colgaba de la puerta del cuarto de baño. La cajonera que estaba contra la pared estaba casi vacía, con su contenido esparcido en pilas desordenadas por todas partes.
Me quité la túnica y la arrojé a la pila más cercana, que pensaba ordenar más tarde. Después rebusqué entre el desastre en busca del uniforme menos sucio. Todos estaban arrugados y los había usado al menos una vez.
En lugar de pasarme la luna sentada en la ventana, debería haber lavado la ropa. Pero era la tarea que más detestaba y, en ese momento, la menor de mis preocupaciones. Me puse los pantalones y el chaleco, idénticos a los de Xandra, y empecé a trenzarme el cabello en dos.
Xandra estaba haciendo la cama cuando salí del vestidor.
–No tenías que hacer eso.
–No me molesta. –Se encogió de hombros y acomodó una almohada–. ¿Dónde está Hop?
–Graciella me pidió que lo dejara dormir en su habitación.
–Si no tienes cuidado, te va a robar tu fének.
–Puede que tengas razón –reí, enderezando una esquina de la manta y pasando la mano sobre la tela color azafrán. Después me senté en el borde de la cama para ponerme las botas de cuero que me llegaban hasta las rodillas.
Xandra se sentó a mi lado.
–Si se lo cuentas, quizá esta vez te crea.
–Claro que no. –De eso no tenía la menor duda.
–Pero es la única visión que se ha repetido. Eso tiene que significar algo.
–Sí –murmuré, mientras una sensación inquietante se asentaba en mi estómago.
Había tenido visiones toda la vida. De niña llegaban con poca frecuencia, pero a medida que crecí y pasé de Pichón a Quiescente, a medida que maduré hasta convertirme en mujer, empezaron a llegar con más regularidad. A veces, cada cuatro o cinco soles.
Sin embargo, en todo ese tiempo, la visión de Emery y el guerrero de ojos plateados era la única que se había repetido más de una vez. La de la luna pasada había sido la sexta.
Nunca nada bueno salía del número seis.
–Tienes que contárselo, Caspia. Si no es por tu propia tranquilidad, hazlo por Graciella. Si es verdad, tiene derecho a saber que su madre no va a volver. Y si a Emery la asesinaron, alguien tiene que pagar por eso.
Tenía razón. Las dos sabíamos que tenía razón. Vexx.
Por el bien de Graciella, necesitaba contárselo a mi tía. Y Emery merecía venganza.
Así actuaban los Estorninos.
–Está bien –murmuré.
–Gracias –dijo Xandra, tomándome la mano y apretándola con fuerza.
Con la otra, levantó el colgante de elfalter que llevaba al cuello y se lo llevó a los labios.
El metal rojo anaranjado relució bajo la luz del sol.
El ala de plata incrustada en el círculo brilló como una estrella–.
Por la gracia del Divino, ella te escuchará.
Levanté mi collar y besé el emblema de Nelfinex, el del Estornino, mientras repetía una oración en silencio.
Por la gracia del Divino, concédenos el rito.
Por la gracia del Divino, vuélvenos verdad.
–Deberíamos ir. –Me puse de pie y me estiré el chaleco, con la esperanza de quitarle algunas arrugas.
–¿A hablar con la tía Oleana? –preguntó Xandra.
–Sí. Antes de perder la cabeza.
–Prométemelo. Así no pierdes la valentía.
Los Estorninos valorábamos la lealtad. Creíamos en la venganza, en la fuerza, en la disciplina. Pero, por encima de todo, cumplíamos nuestras promesas. O moríamos en el intento. Por eso llevé dos dedos al centro de la frente.
–Tienes mi promesa.
–Gracias.
Me acerqué a la bandeja del tocador donde guardaba mis brazaletes de elfalter y me los puse rápidamente en los brazos y los bíceps. Luego seguí a Xandra fuera de la habitación.