Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo dos. Odessa
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Capítulo dos. Odessa

Capítulo dos ODESSA

¿Y si escapaba?

Sentada a orillas de un lago sin nombre, miré hacia el otro lado del agua, aún calma y cristalina como un espejo, y me obligué a no desmoronarme, a no rendirme ante el dolor y el miedo. A no deshacerme en mil pedazos, como las piedras redondas bajo mi cuerpo.

El lago devolvía el reflejo de las montañas nevadas, los árboles frondosos y el cielo azul pastel. Una réplica impecable de un reino invertido.

Esta pradera era la imagen de la serenidad. Un refugio para el alma exhausta. Una celda sin barrotes ni cerradura.

¿Y si escapaba?

No llegaría lejos. No llegaríamos lejos. Además, estaba perdida. Completamente perdida.

Evie dormía profundamente, acurrucada sobre mi regazo. Por fin había dejado de temblar después del baño que la obligué a darse en el agua helada. Su ropa seguía sucia y manchada de sangre seca, pero al menos ya no la tenía pegada al cabello ni a la piel.

A pesar de que nos habíamos bañado en el lago, seguíamos oliendo a humo, a muerte. Habían pasado cinco días desde lo ocurrido en Ellder y empezaba a temer que ese olor me acompañaría el resto de mi vida.

Le besé el cabello húmedo justo cuando un halcón cruzó el cielo sobre nosotras y lanzó un graznido punzante. Todo mi cuerpo se encogió de miedo.

Evie se sobresaltó y se acurrucó aún más entre mis brazos.

Volví a besarle el cabello y la mecí despacio, de un lado a otro, hasta que se relajó.

Faze ronroneó, acomodándose contra mi pierna.

El agua lamía mansamente la orilla del lago.

Mi estómago rugió.

Pequeños sonidos interrumpían el silencio, aunque ninguno bastaba para acallar los gritos que aún tenía grabados en la mente: el batir de un par de alas inmensas, los chillidos desgarradores de los crux.

Abrí la mano y pasé un dedo sobre la cicatriz rosada de mi palma. Una marca idéntica a la que Ransom llevaba en la suya. Dos cortes hermanados en nuestra carne, hechos el día en que firmamos el Escudo de Gorriones, ese tratado de sangre que nos había convertido en marido y mujer.

Tal vez, si presionaba lo suficiente esa cicatriz, él encontraría el camino de vuelta a mí. Tal vez yo también sentiría el eco de sus latidos y sabría, sin dudarlo, que seguía con vida.

–Alabada seas, Ama. Amada madre –susurré–. Déjalo vivir. Permítenos hallar el camino para reencontrarnos... –Pero la plegaria se interrumpió cuando sentí el cosquilleo de la magia de los Voster trepándome por la nuca.

El hermano Dime avanzaba entre el pastizal que bordeaba el lago, y su túnica borgoña susurraba contra los tallos verdes y dorados al pasar. Extendió la mano hacia una flor amarilla y deslizó su uña gruesa y agrietada sobre los pétalos.

El sol de primera hora de la mañana bañaba la pradera con una luz suave, casi cremosa. Era el único momento del día en que la piel pálida del sacerdote parecía cobrar algo de color.

Se detuvo justo donde el pastizal cedía paso a las rocas de la orilla: lo bastante lejos de mí para que el ardor de su magia no se volviera insoportable, pero lo bastante cerca como para conversar conmigo. Con las manos entrelazadas a la espalda, inclinó la cabeza.

–¿Has descansado?

–No. –Mi voz no me parecía propia. Sonaba demasiado apagada, sin vida.

Adormecida.

Había demasiados horrores esperando su momento. Enterarme de la traición de Jocelyn. La muerte del general Banner. Presenciar la muerte de Brielle. Oír el grito de Evie mientras Zavier se desangraba en la calle.

Ahora no . Esas pesadillas no iban a ninguna parte. Las afrontaría cuando dejara de deambular a la intemperie junto a un Voster que tal vez intentaba salvarme la vida.

–No podemos perder tiempo –dijo.

Llevábamos cinco días cabalgando, deteniéndonos solo lo necesario para no agotar a Freya. Evie y yo estábamos al borde del colapso y esos descansos apenas bastaban para recuperar el aliento, mucho menos para descansar de verdad.

Necesitaría una vida entera para recuperarme de lo sucedido en la fortaleza, no cinco días y unos minutos junto a un maldito lago, por más bonito que fuera.

–No podemos seguir a este ritmo.

–Debes hacerlo, muchacha.

Apreté los dientes para no responder.

A pesar del ritmo agotador del viaje, él nunca parecía estar cansado. Ni siquiera parecía dormir.

El hermano Dime había caminado los cinco días enteros mientras Evie y yo montábamos a Freya, sin perder energía, alejándonos cada vez más de Ellder. De Treow.

De Ransom.

–¿Adónde nos llevas? –pregunté por enésima vez y, por enésima vez, no obtuve respuesta.

–Iré a buscar tu caballo. –Se dio la vuelta y se perdió en dirección a la pradera donde Freya pastaba.

Cuando nos detuvimos antes del amanecer, le había quitado la montura para usarla de almohada, pero le dejé puesto el cabestro para que fuera más fácil atraparla después. Aunque, la verdad, el hermano Dime nunca tenía problemas para hacerlo.

Al verlo acercarse, Freya sacudió la cola y trotó hacia su mano extendida, dejando que le acariciara la mejilla gris.

Tal vez por eso no había intentado escapar con más empeño: temía que Freya no quisiera alejarse de él. O tal vez temía regresar a Ellder y enfrentarme a lo que quedaba del lugar después de nuestra partida.

Estaba aterrada de volver y descubrir que había una razón concreta para ese vacío que me oprimía el pecho.

Está vivo .

Ransom tenía que estar vivo. No podía haber muerto, no cuando aún nos quedaba tanto por delante.

Seguramente estaba en Treow, furioso por no encontrarme allí. Cuando por fin nos reuniéramos, aceptaría con gusto su ira y su arrogancia insufrible. Cualquier cosa, mientras estuviera vivo.

Si volver a Ellder significaba enfrentarme a otra verdad, si significaba perderlo por culpa de los dioses, entonces tal vez prefería quedarme en tierras turanas para siempre.

Suspiré y le acaricié la mejilla a Evie.

–Hora de despertar, estrellita.

Le llevó un momento abrir del todo los ojos grises. Por un instante, sus destellos azules relumbraron con intensidad antes de apagarse poco a poco con cada parpadeo, hasta quedar completamente cubiertos de gris.

Le sonreí, pero ella no me devolvió el gesto.

Se quedó mirándome, desesperanzada, como si esperara que el tiempo retrocediera y la devolviera a una vida en la que Zavier siguiera respirando. Una vida en la que la sangre de su padre no le manchara la ropa.

Había entregado su vida para salvar la nuestra. La mía.

No era justo que una niña tan pequeña hubiera perdido tanto. Un padre. Y una madre.

¿Qué le diría Luella? ¿Cómo ayudaría a su hija a atravesar tanto dolor?

Ayúdame . Mandé esa plegaria silenciosa a los dioses y tragué el nudo que me cerraba la garganta, decidida a no ceder a las lágrimas. No podía derrumbarme, no todavía. No mientras ella me necesitara entera.

–¿Tienes hambre? –pregunté.

Evie negó con la cabeza.

No estaba comiendo lo suficiente. Yo tampoco.

No eran solo aquellos días largos e interminables los que me tenían sin fuerzas; el bombardeo constante de la magia del hermano Dime también me había quitado el apetito.

Él se cuidaba de mantener la distancia, siempre atento a no tocarme. Sostenía las largas riendas de Freya mientras nos guiaba a través del bosque, pero ni siquiera eran lo bastante largas. Y, aun así, se las arreglaba para mantenerse fuera de nuestra vista.

¿Y si escapaba? ¿Nos detendría?

Le temía demasiado a su magia para arriesgarme a comprobarlo.

No nos trataba como prisioneras, pero tampoco era tan ingenua como para creer que éramos libres.

La noche en que partimos de los calabozos de Ellder, le pedí a Dime que nos llevara a Treow.

Ransom me había dicho que siguiera a la luna, Aurinda, y que así llegaría al asentamiento. Me había sentido aliviada por contar con una escolta, aunque fuera mágica. Pero, cuando giramos en dirección contraria, alejándonos de las lunas gemelas, le rogué a Dime que diéramos la vuelta.

Me quitó las riendas de Freya de las manos y siguió adelante, internándose en la oscuridad.

Al cabo de cinco días, había aprendido que el Voster comunicaba casi todas sus órdenes sin necesidad de hablar.

–Arriba. –Le aparté el cabello de la cara a Evie y la ayudé a levantarse antes de ponerme en pie yo también.

Faze estiró las patas delanteras, clavando las garras en las pequeñas piedras mientras sacudía la cola. Luego saltó hacia delante y cazó un insecto al vuelo. Tenía las costillas mucho más marcadas desde que habíamos dejado Ellder.

Lo había estado alimentando con restos de la carne seca que el hermano Dime nos daba a Evie y a mí, pero el flagris también estaba acostumbrado a la leche.

Y, como nosotras, ya estaba cansado de cabalgar.

Había pasado demasiados días encerrado en su bolsa.

Los constantes vaivenes y la falta de libertad lo tenían de mal humor.

Cuando lo levanté hacía unas horas, me enseñó los colmillos y me bufó. Tuve que darle un golpecito en el hocico para que entrara en razón.

Evie caminaba arrastrando los pies por la orilla, con los brazos caídos a ambos lados del cuerpo.

Me llevé una mano al pecho y la froté sobre el dolor. ¿Cómo se hacía esto? ¿Cómo se ayudaba a alguien así? No tenía ni idea de cómo contarle la muerte de Luella, ni siquiera de cómo ayudarla a sobrellevar la pérdida de Zavier. Era demasiado pequeña para haber visto tanta sangre, tanta violencia.

–Calma el dolor de su corazón, diosa Carine. –Hice el gesto de los Ocho, trazando un círculo con la mano frente al rostro y el corazón–. Tráele paz.

Si mis propias plegarias no obtenían respuesta, lo soportaría. Pero esperaba que, por el bien de Evie, algún dios, o todos los Ocho, estuvieran escuchando.

Faze salió disparado y se enroscó entre las piernas de Evie.

Había momentos en los que estaba segura de que el animal percibía su dolor.

A pesar de los gruñidos y resoplidos que me dedicaba a mí, apenas se había apartado de su lado en los últimos cinco días.

Siempre cerca, siempre paciente. Cuando ella lo levantaba en brazos y hundía la cara en su pelaje rosado, no parecía importarle en absoluto.