Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo uno. Ransom
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Capítulo uno. Ransom

Capítulo uno RANSOM

Treow era un cementerio.

La zona común estaba desierta. Ningún guardia ocupaba los puestos de vigilancia. El viento hacía oscilar una escalera de cuerda de un lado a otro, arrancándole un débil quejido. La casa del árbol, suspendida en lo alto, estaba tan vacía como el resto del asentamiento.

¿Dónde estaba Odessa? Tendría que estar aquí.

El pánico invadió mis venas y sentí que la cabeza me daba vueltas. Me llevé los dedos a la boca y silbé con todas mis fuerzas. El sonido agudo rebotó entre los árboles antes de que el bosque se lo tragara.

Y al apagarse, no quedó más que silencio.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

Algo no iba bien. Podría haberse perdido en la oscuridad al salir de Ellder, aunque con la luz del día habría encontrado el camino de regreso sin problemas.

De pronto, a lo lejos, resonó el galope de un caballo. Contuve el aliento, deseando que fueran Odessa y Evie, pero la amazona venía sola, y su cabello era blanco y lacio, no rizado, rojizo e indomable.

Cathlin frenó a su yegua y desmontó. Ató al animal al mismo tronco donde yo había dejado a Aurinda.

El pelaje negro de mi semental seguía empapado de sudor tras la agotadora cabalgada desde la fortaleza hasta el asentamiento.

–Deberías haberte quedado en Ellder –dije.

Se detuvo junto a mí y un mechón blanco le rozó la cara con la brisa.

–Estabas furioso. Tenía miedo de que...

–¿De que le hiciera daño a mi propia esposa? –pregunté, indignado.

Sí, estaba furioso. Asustado. Aterrado. Confundido. Pero antes me clavaría un cuchillo en el pecho que hacerle daño a Odessa.

–No. –Se cubrió las mejillas sonrojadas con ambas manos–. Solo estaba preocupada. Ya no sé qué pensar, Ransom.

–Yo tampoco.

La imagen del crux, aquella mujer, seguía ardiendo con intensidad en mi mente. ¿Cómo era posible? ¿Qué clase de magia era esa? ¿O mi mente estaba jugando conmigo?

Había salido de la fortaleza convencido de que estaba metido en una pesadilla.

Incluso después de encontrar a Aurinda y ensillarlo para venir hasta Treow, seguía sintiendo que avanzaba envuelto en una neblina espesa, como si cada uno de mis movimientos se demorara una eternidad, a la espera de que algo me despertara.

–Su cabello –murmuró Cathlin.

El crux había dejado de ser una bestia para convertirse en una mujer hermosa. Una joven que compartía demasiados rasgos con Odessa: el cabello, la nariz y la delicada curva de la barbilla. El parecido era imposible de ignorar.

Y su sangre...

–¿Crees que Odessa lo sabe?

–No. –Me negaba a aceptar que me hubiera ocultado un secreto así.

Metí la mano en el chaleco y saqué un mechón del cabello corto de la polimorfa. Enrollé el rizo sedoso en mi dedo, dejando que los tonos cobrizos y anaranjados captaran la luz, y después lo solté al viento.

–¿Quemaron el cuerpo? –pregunté.

–Sí.

–Bien.

–¿Dónde está todo el mundo? –preguntó Cathlin, recorriendo los árboles con la mirada–. Los puestos de vigilancia ya estaban vacíos cuando llegué.

–Se fueron. Treow está desierto.

¿Dónde estás, Cross? ¿Dónde diablos estás?

Ya había recorrido el asentamiento dos veces. Llamé a Odessa y a Evie a gritos hasta quedarme sin voz y notar cómo me ardía la garganta.

Si mi padre se las llevó, si les hizo daño, no me importaba qué juramento de sangre hubiera firmado. Le arrancaría las extremidades una por una. Y, si algún otro monstruo las había encontrado durante la noche, solo esperaba que Odessa hubiera encontrado un lugar donde refugiarse.

–Odessa y Evie deberían estar aquí –dije–. Las mandé a través de los calabozos y les dije que las encontraría en este lugar.

El color desapareció del rostro de Cathlin.

–¿Dónde mierda está? –Me pasé una mano por la cara–. Nunca debí separarme de ella.

Cathlin me puso una mano en el hombro.

–Las vamos a encontrar.

Las encontraría. Aquí o bajo las sombras del cielo.

–Encontré esto de camino al corral –dijo Cathlin, metiendo la mano en la alforja y sacando dos cuchillos.

Los cuchillos de Odessa.

Manchados de sangre.

Mierda . Detestaba pensar que anduviera sin ellos, ahí fuera, en algún lugar, desprotegida. Sin mí.

El crujido de una rama hizo que Cathlin y yo nos volviéramos hacia la zona común. El corazón se me detuvo y un nudo me atenazó el estómago, pero era solo Mariette, que avanzaba entre los árboles.

–Guardián. –La cuidadora inclinó la cabeza–. Cathlin.

–¿Dónde está todo el mundo, Mariette? –preguntó Cathlin.

–Se han ido. –El cabello le caía sobre los hombros; algunos mechones canosos se habían escapado del moño apretado.

Sus ojos castaño oscuro parecían cansados e inyectados en sangre.

Llevaba una capa gris y gruesa, y un pesado bolso colgaba de sus hombros–.

Yo fui la última en marcharme. Estaba a punto de cruzar el último puesto de vigilancia cuando oí un silbido y regresé.

El rey y sus soldados pasaron antes del amanecer y nos advirtieron sobre el heraldo de los crux.

Seguiremos a su comitiva hasta Allesaria.

–¿Odessa y Evie estaban con él? –pregunté.

Negó con la cabeza.

–No las vi. El rey no iba acompañado de mucha gente. Apenas una veintena de soldados. Se abastecieron y siguieron adelante.

–Mierda. –Tensé la mandíbula–. Deberías irte ya para alcanzar al resto.

Tenía que salir de Treow cuanto antes, mientras todavía pudiera.

Mariette dudó un instante y levantó la vista hacia la casa del árbol que se alzaba sobre nosotros.

La casa de Odessa. Se quedó mirándola un momento, como si le costara abandonar Treow, como si supiera que no volvería a verla.

Pero la duda se disipó tan deprisa como había llegado, y se marchó entre los inmensos árboles hasta desaparecer de la vista.

–Si no está con tu padre, entonces ¿dónde? –preguntó Cathlin, girando despacio sobre sí misma.

¿Dónde? ¿Dónde mierda estaba mi esposa?

Un miedo distinto a todo lo que había sentido hasta entonces se me clavó en los huesos. Se me heló la sangre.

–¿Cuántos saben lo del crux?

–No muchos. Pocos sobrevivieron a aquella noche.

–Regresa a Ellder. Paga a los guardias para que no hablen del crux, de la mujer.

Y a cualquier otra persona también, si es necesario.

–Me acerqué a Aurinda y até los cuchillos de Odessa a la montura con una correa de cuero–.

Quédate con Zavier. Cuídalo. Si despierta, avísame.

Y, si no... entiérralo junto a mi madre.

Los ojos de Cathlin se llenaron de lágrimas.

–¿Y exactamente adónde quieres que te avise?

Monté en mi caballo y me alejé por el camino que Mariette había tomado, el mismo que, tarde o temprano, me llevaría a Allesaria.

Había muchas probabilidades de que Odessa usara los grabados de mi brazalete y se dirigiera a la capital. Pero algo me decía que llevaría a Evie a otro lugar. Un sitio donde pudiera esconder a mi hermana de nuestro padre. Un lugar donde se sintiera a salvo.

–Quentis.