Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2)
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Prólogo
El destino de Gorrión Wolfe estaba en manos de cinco hombres.
Los cinco reyes de Calandra.
Se encontraban alrededor de una mesa ovalada, atentos al tratado que yacía sobre la superficie agrietada de madera. La tinta del pergamino seguía húmeda. El sacerdote que había redactado el documento se apresuró a recoger sus pertenencias y abandonó la estancia en cuanto terminó su tarea.
El sótano estaba sumido en las sombras. El olor a roca húmeda y a humo acre impregnaba el aire, y uno de los faroles empezaba a quedarse sin aceite tras horas y horas de negociación.
Gorrión estaba de pie junto a la pared de piedra, como una observadora silenciosa del debate. El fuego crepitaba en el hogar, pero su calor no conseguía ahuyentar el frío que sentía en los huesos. Apretaba los dientes con fuerza para evitar que le castañearan.
Un entumecimiento empezó a apoderarse de su cuerpo y avanzó hasta la punta de los dedos de manos y pies. Con la suerte de la diosa Daria, ese entumecimiento acabaría eclipsando el dolor que sentía en el corazón.
Ninguno de los cinco reyes le prestaba atención, ni siquiera su padre. Estaban demasiado ocupados debatiendo con quién debía casarse.
El Sumo Sacerdote de los Voster permanecía apartado, detrás de los hombres. Sus pies descalzos no habían tocado el suelo desde que entró flotando en el sótano. La tenue luz borraba todo rastro de color de su piel pálida.
Sus ojos, aquellas sólidas piscinas negras, permanecían fijos en el tratado. En cuanto los reyes llegaran a un acuerdo, sellaría sus juramentos con sangre.
Las manos del sacerdote permanecían unidas frente a él, y sus largas y gruesas uñas, de un verde oscuro, sobresalían tanto de los dedos que se curvaban hacia el interior de la túnica, cuya tela borgoña era tan oscura como las nubes que acechaban su corazón.
Los reyes vestían prendas de colores intensos: rojo, verde, azul y aguamarina; cada uno representaba con orgullo a su respectivo reino con los colores y emblemas bordados en sus atuendos.
Gorrión vestía de gris, un tono tan vacío como ella misma de esperanza.
Aquel tratado era una necesidad. Se lo había repetido incontables veces. Acabaría con las guerras que habían asolado su continente durante generaciones. Uniría a los cinco reinos de Calandra para toda la eternidad.
Encontrarían la manera de vivir en armonía. O morirían intentándolo.
La princesa racional que su padre había criado, la política en ciernes, sabía que aquello era esencial para sobrevivir. Pero la joven que soñaba con encontrar el amor había empezado a marchitarse en el momento en que las condiciones matrimoniales entraron en la conversación.
Había una razón por la que Gorrión estaba en ese sótano, algo que no había comprendido hasta que fue demasiado tarde. No estaba allí como heredera de su padre. Tampoco para observar y aprender.
Ella no era más que una moneda de cambio en nombre de la paz.
Aquellos reyes temían que el intercambio de bienes, por sí solo, no fuera suficiente para mantener los acuerdos. ¿Qué mejor manera de unir reinos que atarlos con sangre? Con las generaciones futuras. Con los hijos que algún día tendría. Hijos vinculados a dos reinos.
Un silencio se instaló alrededor de la mesa y le erizó la piel de la nuca. Gorrión enderezó la espalda mientras los reyes asentían.
–¿Tenemos un acuerdo? –preguntó el Sumo Sacerdote, con una voz tan sedosa como el cabello castaño de la muchacha.
Cada rey, incluido su padre, murmuró:
–Sí.
En cuanto firmaran el tratado, todos los reyes y sus futuros herederos tendrían que cumplir sus estipulaciones. Romper aquellos juramentos significaría la muerte.
Iba en contra de la naturaleza turana renunciar al libre albedrío.
Su padre probablemente sentía lo mismo. Sin embargo, Turah no tenía más opción que participar.
Su reino era poderoso, pero no lo suficiente para enfrentarse al resto de Calandra, sobre todo mientras intentaban recuperarse de la migración de los crux.
Su padre no podía detener aquel tratado, pero eso no hacía que su destino fuera más fácil de aceptar.
Uno a uno, los reyes sacaron una daga o un cuchillo de la vaina, se cortaron la palma de la mano, mojaron la pluma en la sangre y escribieron sus nombres sobre el pergamino.
Su padre fue el último. Con la pluma suspendida sobre el pergamino, miró a su hija durante un largo instante.
La compasión y la culpa que se reflejaban en sus acerados ojos grises le dificultaron la respiración.
Los destellos verdes de sus iris brillaron un instante antes de que bajara la mirada al pergamino.
El sonido áspero de la pluma al firmar fue breve, como una flecha que acabara de atravesarle el corazón.
Gorrión bajó la cabeza para que los reyes no pudieran ver las lágrimas en sus ojos.
Listo . Ya estaba hecho.
Calandra estaba en ruinas por la migración de los crux. Ahora los reinos la reconstruirían juntos. Comerciarían juntos. Vivirían juntos.
Procrearían juntos.
Aquella noche, Gorrión se había convertido en una yegua de cría, igual que Helena, su yegua favorita.
¿Volvería a ver a Helena? ¿Regresaría alguna vez a Turah? ¿O la llevarían directamente desde aquel miserable sótano de Ozarth hasta una ciudad de Génesis, donde la exhibirían como su nueva reina?
¿Los habitantes de Génesis la odiarían igual que su rey, Tanis Oak, odiaba a su padre?
La idea de pasar el resto de su vida unida a un hombre que odiaba a su familia, a su gente, le provocaba un gran malestar en el estómago. ¿Tanis descargaría su ira sobre ella? ¿La haría sufrir por una rivalidad que se remontaba a muchos años atrás, incluso antes de que ella naciera?
El tratado le prohibía matarla, pero había destinos mucho peores que la muerte.
Tanis, al menos diez años mayor que ella, era el único rey soltero de la sala. Y ella era la única princesa de Calandra con edad para quedarse embarazada. Quizá, después de darle un hijo, él se olvidaría de ella. Si los dioses se apiadaban, la dejarían en paz.
Gorrión cerró los ojos con fuerza mientras el temor y el dolor amenazaban con hacerla derramar más lágrimas. No cabía duda de que Tanis no se tomaría bien tener una esposa llorona. Y ella era una turana.
No iba a llorar.
Los dioses tenían la culpa de todo aquello.
Bastardos . Los Seis habían maldecido Calandra con sus monstruos.
Con los crux. Había sobrevivido a la última migración solo para pasar de una pesadilla a otra.
Los dioses podían pudrirse. Y también los Voster, con sus juramentos y la magia que usaban para manipular a los hombres.
Apretando los dientes con tanta fuerza que parecían a punto de partirse, enderezó la espalda y alzó la barbilla.
La mirada del Sumo Sacerdote la estaba esperando.
Lo odiaba más que a cualquier otra persona en aquella habitación. La atraparía en aquel tratado sin el menor remordimiento. Casi podía saborear el odio que sentía por su magia, como el sabor metálico de la sangre.
Con una leve inclinación de cabeza, la invitó a acercarse a la mesa.
–¿Tu nombre?
–Gorrión Wolfe. –Su voz sonó firme y serena, sin traicionar el desbocado latido de su corazón.
El sacerdote la observó durante un largo instante.
–Este tratado será conocido como el Escudo de Gorriones.
Cualquier otra princesa habría apreciado que un tratado llevara su nombre.
Gorrión ahogó un grito.
–Gorrión Wolfe, princesa de Turah, ¿aceptas defender el Escudo de Gorriones por medio de tu unión con Tanis Oak, rey de Génesis? –preguntó el Sumo Sacerdote.
Todos los reyes de la sala parecieron contener el aliento, esperando su respuesta.
Los ojos de su padre se llenaron de lágrimas cuando asintió.
–Yo, Gorrión Wolfe, acepto –susurró.
Sin mirarla a los ojos, su padre le tendió el cuchillo.
Se cortó la palma, negándose a mostrar el dolor cuando la hoja afilada le abrió la carne. Escribió su nombre con sangre con un rápido movimiento de muñeca.
Después, Tanis escribió el suyo junto al de ella y pronunció su propio juramento en voz alta. Su voz era suave y profunda. Insensible y fría.
Un escalofrío recorrió la espalda de Gorrión.
El Sumo Sacerdote apoyó ambas manos sobre el tratado y cerró los ojos.
No sintió nada. No hubo ningún indicio de su magia recorriéndole los fluidos. Pero, cuando abrió los ojos y retiró las manos, no le cabía la menor duda de que ahora estaba unida a aquel tratado.
El Escudo de Gorriones.
–Ya está hecho. –Las palabras del Sumo Sacerdote le arrancaron todo el aire de los pulmones.
Tanis abandonó el sótano.
Los demás reyes lo siguieron y subieron por las escaleras que los alejarían de aquella cámara secreta bajo la capital de Ozarth.
El Sumo Sacerdote presionó ambas manos sobre su corazón e hizo una leve reverencia.
Ella se mordió la lengua para mantenerse en silencio.
Después enrolló el tratado y lo guardó con esmero. La tinta, su sangre, apenas se había secado cuando se marchó.
Ahora que estaban a solas, su padre suspiró. El aire que brotó de sus pulmones hizo que los hombros se le vencieran hacia delante y que su inmenso torso pareciera encogerse ante los ojos de su hija.
No pudo evitar sentir que el alma se le partía en dos.
Nada de aquello habría ocurrido si no existieran los crux. Si no hubiera más migraciones.
–¿Por qué los Seis nos maldijeron con estos monstruos? ¿Por qué nos odian?
–Porque son dioses crueles –respondió–. Porque solo los humanos tenemos el poder de hacer que los dioses se sientan insignificantes.
Gorrión miró a su padre, deteniéndose en la firmeza de su perfil.
–Nunca volveré a adorarlos. Nunca volveré a confiar en los Voster.
–Yo tampoco. –Esbozó una sonrisa triste y abrió los brazos–. Lo siento, hija mía.
La joven se desplomó sobre el pecho de su padre y quedó envuelta por aquellos fuertes brazos que la habían sostenido desde que era un bebé.
–¿Qué hago?
Le besó el cabello.
–Sé audaz, Gorrión mío. Sé valiente.