Rítmica, Póker y Pizza en San Remo Capítulo 32
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Capítulo 32

Martina

Apuré el último sorbo de café mientras apurábamos la sobremesa en la mesa del restaurante. La ciudad todavía bullía a esas horas, pero en nuestra mesa la conversación fluía tranquilamente después de la montaña rusa de emociones tras la entrevista.

—Martina… —empezó Eros, inclinándose un poco hacia adelante sobre la mesa y buscando mi mirada—.

Quería preguntarte, ¿qué planes tienes para esta tarde?

Se me ha ocurrido que, ya que tenemos la tarde despejada, podríamos subirnos al pueblo e ir a casa de mis padres para que podáis conocerlos.

A mi madre le hace una ilusión bárbara, ¿qué opinas?

Sentí un cosquilleo cálido en el estómago. Eros me observaba con una sonrisa suave, esperando mi reacción.

—Me encantaría —dije sin dudarlo, dibujando una sonrisa sincera—. De verdad, tenía muchísimas ganas de conocerlos.

—Perfecto —dijo Eros, sacando ya el teléfono del bolsillo—. Les aviso ahora mismo para que no los pille desprevenidos.

Marcó el número de su madre y puso el altavoz a un volumen discreto. Al segundo tono, la voz vibrante y dulce de su madre resonó al otro lado.

— Pronto, caro!

—Hola, mamá. Escucha, hemos pensado Martina y yo en pasarnos esta tarde por casa para que la conozcáis. ¿Estáis en casa? ¿Os parece bien?

Se escuchó al otro lado una exclamación de alegría que nos hizo sonreír a los tres.

— ¡Ma davvero?! ¡Ay, Dios mío, claro que sí! Aquí estamos, ordenando un poco. Venid cuando queráis, os esperamos para merendar un café o lo que sea. ¡Qué alegría, Eros!

—Vale, mamá, salimos para allá en cuanto terminemos. Un beso.

Eros colgó guardando el teléfono y miró a Lorenzo.

—Por cierto, Lorenzo, anota estas horas en el ajuste de las pendientes.

—Hecho, señor —se burló Lorenzo levantándose de la silla—. Visto lo visto, me marcho ya, que me vais a empalagar la tarde. Martina, un placer como siempre. No dejes que Manolo te lleve por el mal camino.

Nos despedimos entre risas y abrazos cariñosos. Y aunque la incertidumbre por la llamada seguía rondándome la cabeza, ir de la mano de Eros me devolvía un poco de seguridad.

Subimos en el coche hacia el pueblo en un trayecto tranquilo.

Al llegar, Eros aparcó justo enfrente de la pizzería familiar.

La persiana estaba echada y el cartel de «Cerrado» colgaba tras el cristal.

Eros sacó el manojo de llaves, abrió la puerta lateral de acceso a la vivienda y subimos las escaleras de piedra que conducían al piso superior.

Antes siquiera de que Eros llegara al último peldaño, la puerta principal ya se abrió de par en par.

La estampa no pudo ser más entrañable. Sus padres estaban allí de pie, esperándonos, arreglados para la ocasión.

Su padre era un hombre alto, con el mismo atractivo maduro y la mirada de Eros, pero con el pelo canoso peinado hacia atrás.

Su madre, más bajita, tenía unos ojos desbordantes de vitalidad y una sonrisa encantadora.

— ¡Benvenuti! —exclamó ella, dando un paso al frente sin ningún tipo de protocolo.

Sus padres hablaban principalmente en italiano, utilizando algunas frases y expresiones sueltas en español para ponérmelo más fácil.

Aunque yo iba entendiendo prácticamente todo gracias al contexto, a todo lo que había escuchado y lo que había empezado a estudiar, Eros se encargaba de ir traduciéndome casi de forma simultánea en voz baja.

Yo también me soltaba a responderles alternando el español con las cuatro palabras en italiano que ya dominaba, y entre unos y otros la conversación fluyó de maravilla.

No hubo un solo segundo de mal entendimiento ni de barrera lingüística.

Las ganas de entendernos hicieron que todo resultara infinitamente cálido y natural.

Antes de que pudiera reaccionar a su saludo, me estrechó entre sus brazos con un gran abrazo cálido. Al separarse, me tomó el rostro con suavidad entre las manos.

—Pero qué guapa eres, Martina… Eros nos había dicho que eras preciosa, pero se ha quedado corto.

—Mamá, por favor, que la vas a asustar —protestó Eros entre risas, aunque con los ojos brillándole de orgullo.

—¡Déjame tranquila! —le espetó su madre con gracia antes de volverse hacia su marido—. Vincenzo, mira qué encanto.

El padre de Eros se acercó con una sonrisa afectuosa. Me tendió la mano y luego me dio dos besos en las mejillas.

—Es un placer enorme conocerte por fin, Martina. Pasa, por favor, estás en tu casa.

Nos acomodamos en un salón acogedor, repleto de fotografías familiares. Su madre no tardó ni dos minutos en servirnos un café recién hecho acompañado de unos dulces caseros que tenían una pinta estupenda.

La conversación fluyó de una manera muy cómoda. El encanto fue absolutamente mutuo.

—No te dejes engañar por esa cara de chico bueno que pone ahora —me contó su madre con tono conspirador, inclinándose hacia mí mientras Eros ponía los ojos en blanco—.

De pequeño nos volvía locos. Tenía una manía terrible con querer tocarlo todo en la cocina de la pizzería.

Con cuatro años se llenaba la cara de harina y decía que él ya era el mastro pizzaiolo de la casa.

—Y bueno… no se me acabó dando mal, mamá —puntualizó Eros cogiendo un dulce.

—Bueno, bueno… que cuando eras jovencito se te quemaban los bordes porque te distraías mirando a las chicas por la ventana —añadió su padre con picardía, haciéndonos reír a todos.

Estuve muy a gusto con ellos. Entre risas me contaron algunas anécdotas más sobre Eros y también me hicieron preguntas amables sobre la entrevista en el Centro y mi pasado como gimnasta, que Eros ya les había avanzado. Me hicieron sentir como si llevara toda la vida formando parte de su vida.

Cuando llegó el momento de despedirnos, su madre me cogió de las manos en el recibidor, y me dijo algo que que me encogió el corazón.

—Martina, escúchame bien —dijo con afecto—. Esta casa está abierta para ti siempre que quieras. Si algún día Eros está trabajando, o si estás sola y te apetece charlar un rato, tomarte un café o comer algo… vienes y llamas a esta puerta. No necesitas excusas. Esta es tu casa.

—Muchísimas gracias de verdad —respondí, emocionada por la calidez tan auténtica con la que me habían acogido—. Prometo volver muy pronto.

Nos despedimos con abrazos y promesas de vernos pronto. Al bajar las escaleras y salir de nuevo a la calle, miré a Eros, que me tomó de la mano y me dedicó una sonrisa complice. Sin añadir nada, los dos sabíamos que aquella tarde se había cerrado un círculo muy especial.