Capítulo 33
Martina
Me desperté algo más entrado el día de lo que quería.
El hueco de Eros en la cama estaba vacío.
Me acerqué a su almohada y aspiré su aroma, notaba restos de su perfume.
Dios, cómo me gustaba. Me levanté y me dirigí hasta la cocina, donde todavía notaba el aroma a café, que se habría hecho antes de marcharse, flotando en la cocina.
Hoy tenía un día complicado en el trabajo, al parecer tenían un operativo o redada y había salido antes y me dijo que vendría a mitad tarde.
Así que, tenía el día tranquilo y, de momento, poco que hacer.
Organicé algunas cosas de la casa y, como no podía quedarme quieta, me vestí con ropa cómoda y zapatillas y salí a dar un paseo por el pueblo.
Hacía un día espectacular, con un sol brillante que bañaba los edificios antiguos.
Se respiraba tranquilidad por las calles, sin embargo, por dentro, el estómago se me encogía cada vez que sentía el peso del móvil en el bolsillo, ante la inminente llamada.
Avanzaba por la acera reflexionando en silencio.
Todo este viaje, toda esta locura de moverme a Italia se había conformado casi dando por hecho que la prueba saldría bien...
pero ¿y si salía mal? Si me decían que no, el golpe iba a ser durísimo.
¿Qué haría entonces? ¿Pasaría algunos días aquí para después coger las maletas y volver derrotada a España?
¿O me quedaría aquí con Eros sin un proyecto propio?
Antes de venir me sentía tan segura de mí misma, y ahora, aunque me sentía muy feliz, las dudas ante la incertidumbre me devoraban.
Necesitaba escuchar una voz familiar, así que saqué el teléfono y llamé a mi madre.
—Cielo, ¿cómo estás? —respondió al primer tono—. Estaba esperando tu llamada. ¿Te han dicho algo ya del centro?
—Aún no, mamá. Estoy muy nerviosa. Se supone que me llaman hoy... Pero no dejo de darle vueltas. ¿Y si me dicen que no?
—Martina, por favor. Tu padre y yo estamos segurísimos de que te van a decir que sí. Lo hiciste fenomenal.
—Ya, pero... si me dicen que no, no sé qué hacer —confesé con un hilo de voz—. Si me cogen, todo está clarísimo. Pero si no... solo sé seguro una cosa, que quiero estar con Eros.
Hubo un silencio al otro lado de la línea antes de que mi madre suspirara suavemente.
—Mira, Martina... Cuando nos dijiste que querías irte a Italia con Eros, a tu padre y a mí nos dio un pequeño vuelco el corazón.
Nos sorprendió muchísimo y, no te voy a mentir, nos costó unos días asimilarlo Pero viéndolo ahora, con calma, nos hemos dado cuenta de que es una oportunidad maravillosa.
Lo que tenéis Eros y tú es algo muy bonito, mi amor.
Se os nota en la mirada. Sería una lástima que no lucharas por intentarlo.
Hagas lo que hagas, y pase lo que pase con ese trabajo, vas a estar bien. Tienes nuestro apoyo absoluto.
Las palabras de mi madre me devolvieron el aire. Sonreí, limpiándome una lágrima de la mejilla.
—Gracias, mamá. De verdad. Os quiero mucho.
—Y nosotros a ti. Llámanos en cuanto sepas algo.
Colgué sintiéndome mucho más serena. Mientras emprendía el camino de vuelta, dos señoras mayores que caminaban despacio en sentido contrario se detuvieron al verme.
Las reconocí al instante, eran las dos vecinas que habían parado a saludar a Eros el primer día que paseé con él por el pueblo, cuando estábamos en la cabaña.
— ¡Buongiorno, signorina! ¿Come sta? —me saludó una de ellas con una sonrisa amable.
— ¡Buongiorno! —respondí, deteniéndome—. Ehm... io... sto bene, grazie. E voi?
Tuvimos una pequeña conversación en italiano.
Yo intentaba comunicarme con mi vocabulario limitado y bastante patoso, pero las dos mujeres estaban absolutamente encantadas de ver que me esforzaba por dominar su idioma.
Se despidieron de mí tocándome el brazo con cariño y deseándome un buen día.
Al retomar la marcha, me sentí ridículamente orgullosa, como si hubiera ganado una pequeña medalla personal hablando italiano.
Al llegar a la casa, me preparé una comida ligera con lo que había en la nevera y me puse una película romántica en italiano para seguir educando el oído.
Pero al terminar, la inactividad me volvió a traicionar.
Hice una sesión intensa de estiramientos en el salón, mirando la pantalla del móvil cada cinco minutos.
La llamada era inminente, la espera se me estaba haciendo insoportable y la casa se me caía encima.
A media tarde, incapaz de aguantar más entre cuatro paredes, me acordé de los padres de Eros, María y Giovanni. Saqué el teléfono y le envié un mensaje rápido a Eros, no sabía a qué hora exacta iba a llegar.
«Me está dando un ataque de nervios en casa por la espera. Voy a pasarme un momento a ver a tus padres» .
Bajé a la calle y caminé hacia la zona antigua.
Al llegar, vi que la pizzería familiar, que quedaba justo bajo la casa de sus padres, tenía la puerta entreabierta.
Empujé la puerta y me asomé. Al ver el interior del restaurante no pude evitar recordar la última vez que había estado allí con Eros, sentí un pellizco en el estómago.
— ¿Permesso?
María salía en ese momento de la cocina cargada con una pila de platos y, al verme, se le iluminó la cara por completo.
— ¡Martina! ¡Cara! —exclamó, dejando el paño para venir a darme dos besos cálidos en las mejillas—. ¡Giovanni, mira quién está aquí!
Giovanni salió de la zona del horno luciendo su gorro de cocinero y se acercó para saludarme con un abrazo entrañable de padre.
Me preguntaron cómo estaba, si ya sabía algo de la entrevista.
Charlamos un rato en la sala como pudimos.
Utilicé la App de IA para ayudarme con el idioma en algunas frases que me costaba entender o explicarles.
Estaban terminando de preparar el local para la apertura de la tarde noche que sí abrían, limpiando mesas y ajustando detalles.
—Oye... ¿os puedo ayudar en algo? Me gustaría hacerlo —me ofrecí, señalando las mesas desnudas.
—¡Oh, no, no, por favor! —se apresuró a decir María, negando con las manos—. Eres nuestra invitada, Martina. No te vas a manchar ni a molestar.
—De eso nada, insisto —sonreí con firmeza—. De verdad que me apetece muchísimo estar ocupada. Dadme un delantal, por favor.
Tras mucho insistir, María cedió con una sonrisa y me tendió un delantal de tela negra con el logo de la pizzería.
Me lo até a la cintura y me puse manos a la obra.
Aunque ya lo sospechaba, los padres de Eros me demostraron, de nuevo, que eran el típico matrimonio italiano de película entrañable, algo ruidosos, pero compenetrados y más que cariñosos. Trabajar a su lado era una maravilla.
Poco antes de la hora de apertura, entro la primera pareja de jóvenes y María los acompañó a una mesa junto a la ventana. Instantes después, cruzó el umbral un matrimonio mayor. Viéndome ya en mi salsa, me adelanté con una sonrisa radiante.
— ¡Buonasera! Benvenuti, seguitemi da questa parte, per favore. —los saludé en italiano, imitando el tono acogedor que le había visto hacer a María.
Mientras los acomodaba y daba las cartas, al fondo, Giovanni y María me miraban con ternura, y me pareció ver orgullo en sus ojos.
Unos minutos más tarde, mientras estaba de espaldas junto a la barra ordenando con esmero las cartas de la cena, escuché una voz grave, profunda e inconfundible justo detrás de mi nuca.
—Buenas noches... ¿tendría una mesa libre para mí, signorina ?
Me giré de golpe y me encontré a Eros. Llevaba el pelo ligeramente despeinado y esa sonrisa que me aceleraba el pulso. No pude evitar que se me dibujara una a mí gigante en la cara.
Nos dimos un beso pequeño en los labios, había clientes en la sala y sus padres estaban delante, pero nuestras miradas se cruzaron con una intensidad que lo decía absolutamente todo.
Eros me miró de arriba abajo, totalmente sorprendido de verme con el delantal puesto y manejándome por el local como si fuera mi casa de toda la vida.
— ¡Mio hijo! —María se acercó rápidamente, le dio un beso sonoro en la mejilla a Eros y le dio un apretón cariñoso que lo hizo sonreír.
Sin decir una palabra más, Eros se unió a la dinámica familiar.
Se quitó la chaqueta de cuero, la colgó en el perchero, cogió un delantal, se lavó las manos en la barra y pasó al lado de su padre tras el mostrador de masa.
Me resultó una imagen absolutamente preciosa, los cuatro colaborando en perfecta armonía.
Durante la hora siguiente, la pizzería se llenó de vida.
Y en mitad del ajetreo, Eros y yo no parábamos de buscarnos.
Él estiraba las masas o metía las pizzas al horno de leña y me lanzaba miradas cargadas de muchas cosas; yo cruzaba la sala llevando platos, mientras iba aprendiendo todo lo que María me iba enseñando, y le devolvía la sonrisa por encima de las cabezas de los clientes.
El aire entre los dos quemaba de complicidad y amor.
En un momento de calma, aproveché para ir a un rincón apartado del pasillo trasero a recoger un taco de servilletas y cubiertos limpios.
Escuché pasos rápidos a mis espaldas y, antes de que pudiera darme la vuelta, Eros se colocó detrás de mí.
No llegó a tocarme, pero sentí su cuerpo pegado al mío y el calor de su aliento al hablar junto a mi oído.
—Llevo todo el día esperando para decirte algo que ya no puedo aguantar más —me susurró con una voz tan grave y profunda que se me erizó hasta el último vello del cuerpo—.
Y ahora llego cansado del trabajo, entro aquí y te veo así...
más guapa que nunca, con el delantal puesto en el lugar donde crecí, ayudando y pendiente de los míos.
Hizo una pausa corta, escuchando sus labios casi rozando el lóbulo de mi oreja.
—Martina, te quiero. Te quiero muchísimo. Y necesitaba que lo supieras ya.
Un vuelco violento y absolutamente maravilloso me sacudió el corazón. Me giré despacio para mirarlo a los ojos, sintiendo que me derretía por dentro.
—Eros… Señor pizzero,,, —dije intentando mantener la voz firme pero con los ojos brillando de picardía—, necesito que entre conmigo a la despensa un momento. Hay un tarro en el estante de arriba que no llego a coger.
Eros arqueó una ceja, entendiendo la jugada al instante.
—A la orden, signorina .
Me fui directa hacia la pequeña despensa del fondo mientras Eros me seguía de cerca.
Entramos en el pequeño cuartito, que era una despensa curiosamente organizada, él cerró la puerta de madera a nuestras espaldas, dejándonos sumidos en la penumbra de un puntito de luz de emergencia, rodeados por el aroma intenso a orégano y tarros de tomate artesanal italiano.
Nada más escuchar el chasquido de la cerradura, me acerqué a él despacio, le rodeé el cuello con los brazos y apoyé la frente contra la suya, sintiendo su respiración.
—Yo también te quiero, Eros —murmuré, mirándolo fijamente a los ojos—. Te quiero con todo mi corazón. Siente que venir aquí ha sido la mejor decisión de mi vida.
Eros me sonrió con ternura, acunándome el rostro entre sus manos y acariciándome las mejillas con los pulgares.
—Has cambiado mi mundo, Martina —susurró con voz suave, rozando sus labios con los míos , para darme después un beso dulce y pausado—. Y no pienso soltarte.
Nos quedamos así unos segundos, abrazados en silencio en mitad de la penumbra de la despensa, disfrutando simplemente de lo que sentíamos el uno por el otro.
Entonces, un sonido agudo rompió la magia.
Riiiing... Riiiing…
Di un respingo de pura sorpresa y me separé un centímetro de su abrazo. El teléfono, guardado en el bolsillo delantero de mi delantal, no paraba de vibrar.
Tragué saliva. Eros se quedó completamente quieto frente a mí, mirándome con los ojos muy abiertos y casi aguantando la respiración. Nos quedamos un segundo en absoluto silencio, sabiendo perfectamente lo que significaba aquella llamada.
Con la mano temblorosa, saqué el móvil del bolsillo. En la pantalla parpadeaba un número desconocido. Miré a Eros. Él me dedicó una sonrisa y me hizo un gesto suave con la cabeza, dándome toda la fuerza que me faltaba. Descolgué y me llevé el auricular a la oreja.
—Pronto? —dije con voz firme pero emocionada.
—¿Martina? Hola, soy Elena, del Centro Deportivo. —La voz de la directora técnica sonaba cálida al otro lado de la línea—. Te llamaba porque el comité ya ha tomado una decisión respecto a la plaza.
Hice una pausa, conteniendo el aliento y apretando la mano de Eros con todas mis fuerzas.
—Bienvenida a la familia, Martina. El puesto es tuyo.
Un sollozo de felicidad se me escapó de la garganta. Miré a Eros a los ojos, incapaz de articular palabra, y le asentí con la cabeza mientras una lágrima de alegría comenzaban a rodar por la mejilla mientras le daba las gracias y me despedía.
Al colgar, Eros soltó una carcajada de alegría, me atrapó de nuevo en sus brazos y me levantó en en mitad de la despensa. Me sentí feliz, infinitamente feliz. Sentí que mi vida había tomado una senda maravillosa junto a un hombre que me quería de verdad y me hacía sentir única.
Deshice el abrazo despacio para buscar su mirada.
—Martina… me siento tan afortunado de que hayas aparecido en mi vida —susurró con la voz tomada y los ojos brillándoles de la emoción—. Estoy muy… muy orgulloso de ti.
—Y yo de ti —respondí al borde del susurro, acariciándole la mejilla antes de darle un beso dulce, lleno de todo lo que sentía—. Te quiero, Eros.
Sonrió contra mi boca y nos quedamos allí, abrazados en la penumbra de esa despensa acogedora, entre tarros de conserva de tomate artesano de Liguria, sacos de harina y especias… la esencia de Italia nos envolvía y convirtieron aquel escondite en un lugar mágico.
Y yo me sentí plena… feliz, ilusionada y lista ante el comienzo de mi nueva vida.