Rítmica, Póker y Pizza en San Remo Capítulo 31
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Capítulo 31

Martina

—Confía en ti, Martina. Eres brillante y hoy solo vas a ir a demostrarles lo que ya sabes hacer. Se van a quedar con la boca abierta.

Las palabras de Eros aún resonaban en mi cabeza como un mantra protector mientras observaba cómo su coche se alejaba tras haberme dejado en la entrada del Complejo Deportivo de Alto Rendimiento.

Me había dado un beso largo y cómplice antes de bajar del coche.

Tenía la sensación de que creía en mí incluso más que yo misma.

El centro deportivo era impresionante, era un edificio moderno, rodeado de setos y con unas instalaciones de primer nivel que me hicieron tragar saliva. Crucé la recepción intentando mantener los nervios a raya.

A diferencia de lo que temía, la acogida no pudo ser más cálida.

Me esperaba la directora técnica del centro, una mujer de unos cincuenta años de sonrisa amable llamada Elena, que venía acompañada por el coordinador de la sección de gimnasia rítmica.

En cuanto notaron mi ligero tono dudoso al saludarlos en italiano, Elena cambió de inmediato al español con un acento fluido.

—¡Martina! Qué alegría tenerte aquí —dijo estrechándome la mano con firmeza—. No te preocupes por el idioma; varios en el comité hablamos español o lo entendemos perfectamente. Nos fascina tu trayectoria. Ven, te enseñaremos las instalaciones y te dejaremos un tiempo a solas para que te prepares.

Me guiaron por unos pasillos luminosos con vistas a los tapices de entrenamiento, donde ya había varias gimnastas realizando sus rutinas.

El sonido de la música de fondo y el roce de las zapatillas de tela sobre el tapiz me produjeron una nostalgia brutal en el pecho.

Me acompañaron a una sala de reuniones, donde me dejaron agua, un proyector preparado y quince minutos de cortesía para organizarme antes de dar comienzo.

Me quedé a solas. Cerré los ojos, llevé una mano a mi pecho y respiré hondo tres veces.

Me metí de lleno en esa mentalidad que no experimentaba desde mis años en activo, la calma concentrada de antes de salir a competir.

El cosquilleo en el estómago dejó de ser miedo para convertirse en pura adrenalina.

A la hora en punto, la puerta se abrió. El tribunal evaluador estaba compuesto por cuatro personas: Elena, como directora del centro, el coordinador técnico, una jueza internacional de la federación italiana y el responsable del área física. Un equipo exigente y equilibrado.

—Cuando quieras, Martina —dijo Elena, indicándome la mesa.

A partir de ahí, la magia flotó en el ambiente.

Proyecté la presentación y comencé a exponer mi propuesta metodológica.

Detallé punto por punto la planificación de entrenamientos para el equipo de tecnificación, integrando el trabajo de flexibilidad activa, el control del estrés en alta competición y la prevención de lesiones en etapas de desarrollo.

Al principio cuidé mucho la pronunciación en italiano, pero a medida que avanzaba y veía sus pequeños gestos de aprobación, las palabras memorizadas fueron salieron solas, más fluidas y con toda la pasión que llevaba dentro.

Cuando terminé, se abrió el turno de preguntas.

El responsable físico me interrogó sobre la adaptación de cargas de trabajo y la jueza sobre los criterios estéticos de las nuevas normativas.

Respondí a cada cuestión con seguridad, aportando ejemplos prácticos y soluciones que demostraban que no solo conocía la teoría, sino que había vivido cada centímetro de ese tapiz.

Al finalizar, las cuatro personas se miraron entre sí con sonrisas de lo que me pareció una clara satisfacción.

—Ha sido una exposición impecable, Martina —concluyó Elena, poniéndose en pie para estrecharme la mano de nuevo—.

Nos ha gustado muchísimo tu enfoque y la frescura de tu proyecto.

Tenemos dos candidatas más esta tarde, pero te daremos una respuesta definitiva en breve, entre hoy y mañana a más tardar.

—Muchísimas gracias por la oportunidad —respondí con una sonrisa que no me cabía en el rostro.

Salí del edificio flotando. Literalmente por las nubes. La sensación de haberlo dado todo y de que la prueba había salido bordada me llenó de un orgullo que hacía años no sentía. Nada más cruzar la valla exterior, saqué el teléfono y marqué el número de Eros. Lo cogió al segundo tono.

—Dime que los has aplastado —dijo nada más descolgar, con la voz llena de expectación.

—¡Ha salido increíble, Eros! —solté entre risas, incapaz de contener la alegría—. Creo que se han quedado encantados con la presentación, me he sentido súper cómoda y me han dicho que entre hoy y mañana me dan la respuesta.

—¡Sabía que lo ibas a bordar, bambina ! —escuché su risa al otro lado de la línea—. Me muero de ganas de celebrarlo contigo. Escucha, coge un taxi y vente hacia el centro de San Remo. Te mando la ubicación del restaurante donde he quedado con Lorenzo en un rato, comemos juntos.

—¡Hecho! Nos vemos en un rato.

A continuación, llamé a Candela. Tampoco tardó ni medio segundo en gritar al teléfono.

—¡Cuéntamelo todo ya mismo o me da un ataque al corazón en mitad de la calle! —exclamó mi amiga sin darme ni los buenos días.

Le resumí rápidamente lo bien que había ido la prueba, la amabilidad del equipo y las buenas sensaciones que tenía.

—Ayyy, ¡que te nos quedas en Italia! —chilló Candela por el altavoz—. Ve preparando el terreno porque como te den el 'sí', ¡mañana mismo estoy comprando los billetes para hacerte la mudanza!

—No sabes lo que me apetece que vengas. De todas formas, mantengamos la calma hasta que me llamen oficialmente.

—Que sí, que sí... pero voy preparándome las maletas por si acaso. ¡Un beso, triunfadora!

Con una sonrisa imposible de esconder, le hice una señal a un taxi que pasaba por la avenida. Le di la dirección que Eros me había pasado del centro de San Remo y me acomodé en el asiento trasero mientras el coche avanzaba bordeando el mar.

El día acompañaba de una forma espectacular.

El sol brillaba sobre el Mediterráneo mostrando destellos turquesas en el agua y las palmeras decoraban el paseo marítimo.

Miraba la ciudad con unos ojos completamente nuevos, llenos de ilusión y de futuro.

Me sentía increíblemente bien allí. Sentí que no era una turista de paso, me sentí como una mujer a punto de empezar el capítulo más emocionante de su vida.