Capítulo 30
Eros
Las dos últimas horas de la tarde se me hicieron eternas.
Estaba en la sala de seguimiento, revisando por tercera vez las escuchas y las matrículas de la red de contrabando en la que llevábamos semanas metidos.
Apenas podía concentrarme en la pantalla del ordenador ni en las fichas del caso, esa tarde no.
No dejaba de consultar la hora en el móvil cada cinco minutos.
—Si me hubieran dado un euro por cada vez que has mirado la hora tendría suficiente para comprarme una casa en la montaña—se burló Lorenzo, apoyando los codos en el separador de mi mesa y cerrando de un manotazo su carpeta confidencial—.
Anda, vete ya. Ya hemos cubierto el turno de guardia e informe de hoy.
Se nota a un kilómetro que tienes la cabeza muy lejos de esta investigación.
—Pues mira, no me gusta hacerte caso, pero esta vez, va a ser que sí —respondí levantándome de golpe, guardando el móvil en el bolsillo y cogiendo la chaqueta de cuero del respaldo de la silla—. Como me entre un aviso de última hora, hoy paso, te dejo a ti la revisión de las cámaras del puerto.
—¡Eh, eh! Ni hablar. Eso te toca a ti mañana —se rió mi compañero, haciéndome un gesto rápido con la mano para que despejara la mesa—. Vuela a tu casa antes de que al jefe se le ocurra mandarnos a hacer otra ronda de paisano.
No me lo dijo dos veces. Avisé a Lorenzo de que diera parte de mi salida a Di Santi. Salí al aparcamiento de la comisaría y conduje hacia mi casa con el corazón latiendo a un ritmo acelerado.
En cuanto metí la llave en la cerradura y empujé la puerta, lo noté al instante.
Noté una calidez flotando en el ambiente que mi casa no había visto desde hacía mucho tiempo.
Una melodía suave sonaba desde el salón, la temperatura de la casa era perfecta y un aroma de una mezcla de café recién hecho y canela, llegaba hasta el recibidor.
Inspiré hondo. Me encantaba esa sensación.
Pero lo que más me gustaba, con mucha diferencia, era saber que todo aquello tenía un único nombre: Martina.
Me quité la chaqueta de cuero sin hacer ruido y me descalcé para caminar sigilosamente hacia el salón, muerto de curiosidad por ver qué estaba haciendo. Al asomarme al marco de la puerta, me quedé mudo. Fascinado.
Martina estaba de espaldas a la entrada, realizando un estiramiento que me dejó absolutamente perplejo.
Ya la había visto calentar en aquella casa de la montaña, pero esto era otro nivel.
Llevaba puesto un maillot ajustado que marcaba cada centímetro de su figura, combinado con una pequeña falda corta de tul que le daba el aspecto de una bailarina de otra época.
Lo que más me impactó fue la postura imposible que mantenía en ese momento, estaba apoyada sobre una sola pierna y inclinando todo el torso hacia abajo, arqueaba la espalda en un arco perfecto hacia atrás hasta que la cabeza le quedaba casi bocabajo.
La otra pierna se elevaba hacia el techo en un ángulo vertical absoluto, sujetada firmemente por una cinta elástica azul que partía desde su pie apoyado.
Básicamente estaba haciendo un ángulo de 270º.
Sus manos descansaban en el suelo para mantener el equilibrio, verla así era hipnotizante.
De pronto, percibió mi presencia y giró un poco la cabeza en mitad de esa posición imposible, mirándome de reojo y al revés. Al verme parado allí, observándola con una sonrisa de oreja a oreja, sus labios dibujaron una mueca divertida.
—Hola, señor agente… veo que ya está de vuelta —dijo, comenzando a deshacer la postura para incorporarse.
—No, no... por favor, no pares —la interrumpí rápidamente con voz grave—. Déjame verte. Quiero ver cómo entrenas. ¿Te importa?
Martina soltó una risita suave que me encantó.
—No, claro que no. Toma asiento si quieres.
Me despojé de la chaqueta lanzándola sobre una silla cercana y me dejé caer en el sillón de la esquina, dispuesto a disfrutar del espectáculo en primera fila.
Lo que siguió fue, para mí, una tortura deliciosamente erótica.
Martina comenzó a moverse con una fluidez felina.
La música parecía acompasar cada uno de sus gestos y movimientos mientras pasaba de una postura imposible a otra, estirando los muslos, flexionando la espalda y contorneando las caderas frente a mí, de una manera que de inocente no tenía nada.
Sabía perfectamente que la estaba mirando sin perder el más mínimo detalle y jugaba con ello, me lanzaba miradas descaradas sobre el hombro, me sonreía con picardía y arqueaba el cuerpo marcando las curvas maduras de su cadera y la cintura bajo la tela ceñida y el tul transparente.
Se me escapó una risa ahogada, pasándome la mano por la cara mientras el calor me subía por el cuello y mi entrepierna empezaba a palpitar.
—Madre mía, Martina... me estás volviendo loco —murmuré, negando con la cabeza pero incapaz de apartar los ojos de ella.
Ella se limitó a guiñarme un ojo, aumentando el tonteo.
Con un movimiento deliberado, se acercó a mi sillón a paso lento, manteniendo la postura erguida.
Al llegar a mi altura, se inclinó hacia adelante para levantar una pierna, mientras la otra se quedaba en el suelo para hacer un ángulo de 180º, entonces arqueó su torso hacia atrás de manera que tenía sus pechos al alcance de mis manos.
Deseé tocarlos, pero intenté tener paciencia.
Se incorporó y se giró, con un movimiento rítmico y delicioso, se abrió de piernas frente a mí, y giró sobre si misma de manera que casi rozaba el tul de su falda sobre mi pecho.
Hacía movimientos de los que solía hacer pero lo hacía de forma descarada casi pegada a mí, provocándome, para dejar al final su cara a escasos centímetros de mis labios. Olía tan bien…
—¿Le distrae la gimnasia, señor agente? —susurró con una voz juguetona y acercándose un poco más para intentar darme un suave beso.
El autocontrol me duró exactamente un segundo más.
—Se acabó el espectáculo —sentencié con una sonrisa salvaje.
En un movimiento rápido, me levanté del sillón, la cogí por la cintura antes de que pudiera reaccionar y la cargué directamente sobre mi hombro. Martina soltó un grito de sorpresa seguido de una carcajada.
—¡Eros! ¡Que me mareo!
—No puedo más. Ya he aguantado bastante sin tocar. Ahora toca comerte entera —anuncié dándole un azote cariñoso en el muslo mientras avanzaba a zancadas hacia el dormitorio.
Y así fue. La puerta de la habitación se cerró tras nosotros.
Le quité toda esa ropa ceñida de entrenamiento y la besé entre sus piernas hasta que perdió el control y a caricias deseadas y a un sexo lento, apasionado y libre de prisas que nos dejó a los dos completamente exhaustos y abrazados entre las sábanas durante un buen rato.
—Oye, bambina ... —murmuré acariciándole la espalda desnuda—. ¿Por qué huele toda la casa a canela?
—Porque mientras esperaba a que llegaras, me puse nerviosa y me dio por cocinar. He hecho un bizcocho típico de Valencia, nosotros lo llamamos “ coca en llanda” , y es un bizcocho muy esponjoso que lleva bastante canela y azúcar por encima.
—¿Un bizcocho casero? —asentí con entusiasmo, dándole un beso en la frente—. Eso merece acompañarse con un buen caffè latte . Vamos a la cocina.
Nos pusimos ropa cómoda y nos preparamos un par de tazas.
El bizcocho estaba espectacular, esponjoso y con el toque justo de especia.
Sentados uno al lado del otro, mientras le contactaba algún detalle del trabajo y las tonterías de Lorenzo, sentía todo tan natural que parecía que lleváramos años viviendo juntos.
—Mañana por la mañana salimos juntos temprano —le recordé, poniendo mi mano sobre las suyas—. Te acerco en el coche al centro deportivo para que no tengas que preocuparte por el transporte.
—Hasta ahora me sentía segura, pero he de reconocer que a estas alturas tengo un nudo en el estómago, Eros —confesó, suspirando—. ¿Y si la presentación no convence? ¿Y si mi italiano falla en mitad de la explicación técnica?
—Oye, mírame —le pedí con dulzura—. El italiano que te has preparado es genial, y de la parte técnica sabes más que la mitad de los jueces de este país. Hacemos una cosa, si te parece bien, hazme la presentación a mí ahora mismo. Ensaya conmigo.
Martina lo dudo un segundo, pero terminó sonriendo.
Fue a por el portátil al salón, lo abrió sobre la mesa de la cocina y comenzó a exponer su plan de entrenamiento para el club.
Habló de metodología, de prevención de lesiones en gimnastas jóvenes y de la estructura de las rutinas.
Lo hizo todo con una pasión, seguridad y una claridad que me dejaron fascinado.
Además, el italiano que había preparado sonaba bien, se notaba que estaba aprendiéndolo, pero era casi tangible el esfuerzo que había hecho para poder hacer la exposición de manera impecable.
Cuando terminó de hablar y cerró el portátil, me quedé mirándola un segundo en silencio.
—Martina... si no te cogen después de ver esto, es que en ese club son rematadamente tontos —dije con total sinceridad—. Ha sido impecable.
Ella suspiró, aliviada, y me regaló una sonrisa radiante.
—Bueno, habrá que empezar a practicar el italiano técnico de verdad, ¿no te parece? —bromeó, tocándome la punta de la nariz.
—Tienes a un profesor aquí mismo… y este profesor está dispuestísimo a enseñarte todo lo que haga falta.
Pasamos el resto de la tarde organizando sus cosas, intentando enseñarle ya algunas expresiones más comunes del idioma, para acabar cenando algo ligero.
Por la noche, cuando me metí en la cama tras apagar las luces de la casa, la vi acurrucada en mi lado de la cama, se había quedado profundamente dormida.
Me quedé observándola unos minutos en la penumbra, sintiendo cómo la felicidad me recorría el pecho.
Me deslicé a su lado, la rodeé con el brazo pegándola a mi cuerpo y cerré los ojos, sintiéndome afortunado y con una ilusión latente por todo lo que estaba por venir.