Rítmica, Póker y Pizza en San Remo Capítulo 29
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Capítulo 29

Martina

Volvía a Italia. El corazón me latía con fuerza, nerviosa de salir de ese avión y poner el primer pie en lo que, si todo salía bien, iba a ser mi casa, al menos, durante un tiempo.

Rodeé con las manos el asa de mi maleta de mano en cuanto la recuperé de la cinta de equipajes.

Había metido ahí prácticamente toda mi vida a presión: la ropa justa para la prueba y la entrevista, dos pares de zapatillas y un par de conjuntos para salir que Candela me obligó a meter «por si acaso».

La lógica era aplastante, si la prueba salía bien y me contrataban, ya tendría tiempo de volver a España a hacer una mudanza en condiciones.

O mejor aún, Candela se ofreció encantada a empaquetar mis cosas y traérmelas ella misma con la excusa perfecta para plantar su maleta en la Riviera y echarse un revolcón con Lorenzo, según ella.

Al cruzar las puertas automáticas de la terminal de llegadas, busqué y entre el bullicio de viajeros encontré una mano alzada que me saludaba, vi dos figuras altas e inconfundibles que destacaban entre la multitud.

Allí estaban, vestidos de forma informal, pero sabiendo que llevaban la placa escondida. Eros y Lorenzo.

Eros me dedicaba una sonrisa enorme que le iluminaba el rostro. Salí del acceso y acortamos los dos la distancia, solté la maleta y nos fundimos en un abrazo maravilloso… olía a él, me hubiera quedado ahí dentro, entre sus brazos un par de horas.

Se separó suavemente, me sujetó la cara con ambas manos y me besó de forma que quedé aturdida.

Hacía dos largas semanas que no nos veíamos en persona.

Dos semanas de llamadas nocturnas, videollamadas y alguna sesión íntima a través de la pantalla que solo habían conseguido encender el deseo más por él, si es que eso era posible.

— Ciao, bambina —murmuró contra mis labios.

—Hola, agente —sonreí, sintiendo que el pecho me iba a estallar de felicidad.

—Vaya, vaya... Miren a quién tenemos aquí —intervino Lorenzo a nuestro lado, cruzado de brazos y con una sonrisa de oreja a oreja—. La invitada de honor. Bienvenida a Italia de nuevo, Martina.

—¡Lorenzo! —me separé un poco de Eros para darle dos besos en las mejillas al italiano.

—No te has traído al torbellino pelirrojo, ¿verdad? —bromeó guiñándome un ojo—. Pensaba que igual le daba por darme una sorpresa —lo dijo en broma, pero sí noté cierta chispa de desilusión en su comentario. Quizá sí esperaba que la alocada de Candela se fuera a presentar.

—Se ha quedado en Valencia rabiosilla por no venir, créeme —me reí—. Pero me ha dado un mensaje para ti, que como pase la entrevista, se planta aquí en menos de cuarenta y ocho horas para celebrarlo y de paso… bueno, el resto mejor que te lo diga ella personalmente.

—Perfecto! Después le escribo, necesito que me confirme ya de qué va eso —se rió de forma pícara, y me guiñó un ojo—.

—Venga, en marcha. —intervino Eros—. Estamos de servicio, pero hoy era un día tranquilo y el jefe nos debe un montón de horas, así que hemos conseguido permiso para venir a recogerte y dejarte instalada antes de seguir el trabajo.

Nos dirigimos al coche. El trayecto bordeando la costa hacia el pueblo de Eros transcurrió entre paisajes increíbles y una conversación fluida entre los tres.

Insistí en sentarme detrás y no paraba de observar a Eros, como siempre, me volvía absolutamente loca, no veía el momento de estar a solas con él, después de tantos días sin tocarlo.

Cuando el coche se detuvo en la calle tranquila del pueblo en la que vivía Eros, Lorenzo dio dos toques al claxon con tono alegre.

—Yo me espero aquí fuera haciendo guardia —anunció Lorenzo con un guiño cómico—. Tenéis diez minutos para los saludos de bienvenida, ya sabes de qué hablo. No más, Eros, que sé que tienes ganas de algo que yo sé… pero ahora no es momento, amigo.

Eros se rió sacudiendo la cabeza, bajó del coche, cogió mi maleta del maletero y entramos en su casa.

En cuanto cruzamos el umbral y la puerta de madera se cerró a nuestras espaldas con un chasquido sordo, la moderación se esfumó.

Eros soltó la maleta en el recibidor, me acorraló suavemente contra la pared y me apresó la boca con pasión.

Respondí al instante, abrazándolo y apretándole el trasero que tanto había echado de menos contra mí.

Sus manos recorrieron mi espalda con desesperación, bajando hasta mis caderas también para pegarme del todo contra él.

Noté su erección de pleno. El deseo acumulado durante esos días era incontrolable.

—Dios, no sabes lo mucho que te he echado de menos —susurró Eros, separándose un poco de mí, y rozando su nariz con la mía mientras recuperaba el aliento.

—Y yo a ti... Ni te lo imaginas —murmuré, dándole un último beso corto en los labios.

Eros sonrió, sacó un juego de llaves del bolsillo de su pantalón y me lo puso en la palma de la mano, cerrando mis dedos sobre él.

—Toma. Ya eres oficialmente habitante de la casa —dijo con voz suave—.

Ponte cómoda, descansa y aduéñate de lo que quieras.

La cocina es tuya, el armario también. Lorenzo y yo terminamos el turno en unas horas, en cuanto salga, vengo volando.

Podemos ir hablando, cualquier cosa que necesites, lo que sea.

—Ve tranquilo —le sonreí, apretando la llave contra mi mano—. Aquí estaré.

Nos despedimos con un último roce de labios que me dejó con ganas de más. Cerró la puerta y escuché sus paso alejándose, y el sonido del coche al arrancar.

Me quedé sola en el recibidor, respirando hondo. Un cosquilleo de emoción y nervios recorrió todo mi cuerpo.

Curioseé el piso por encima mientras arrastraba la maleta.

Aunque había estado allí hacía poco más de un mes, había sido un rato y no la recordaba con detalle.

Era una casa luminosa y acogedora, con techos altos típicos en los pueblos, suelos de madera clara y ese desorden ordenado de alguien que vive solo.

Subí al dormitorio principal, donde una gran cama me dio la bienvenida.

Dejé la maleta sobre un sillón al lado de la ventana y sonreí al ver que Eros había dejado la mitad del armario completamente vacía con perchas preparadas para mí.

Me cambié por algo cómodo, me preparé un café espresso rápido en la cocina y saqué el portátil para instalarme en la mesa del salón.

Mañana era el gran día. La entrevista y la prueba práctica en el centro deportivo de la federación.

Los nervios, que se habían quedado relegados por la emoción de ver a Eros, volvieron a golpear con fuerza en mi estómago.

Llevaba días investigando la estructura del club, analizando sus últimas competiciones, repasando las fichas de las gimnastas del equipo y preparando una propuesta de planificación de entrenamientos impecable donde volqué todos mis conocimientos de preparación física y prevención de lesiones.

Me jugaba mucho, no solo era una oportunidad de oro para dar un salto profesional enorme y volver a mi pasión tras el parón, sino la llave que abría la puerta a una nueva vida en Italia.

Repasé la presentación diapositiva por diapositiva, memorizando los puntos clave en italiano y ajustando los últimos detalles.

En ella, además, recalcaba mi compromiso férreo en aprender rápido la lengua italiana.

Tenía muchísimas ganas, estaba preparada y, no podía dejar de sentirme emocionada porque sentía en lo más hondo de mi ser que algo bueno estaba por llegar.