Rítmica, Póker y Pizza en San Remo Capítulo 28 #2
86%

Capítulo 28 #2

No dejé de reír con cada palabra que iba soltando. Le di un último abrazo antes de salir.

Volví a la mesa en una nube, sin poder dejar de mirar a Eros, que me recibió con cariño, como siempre.

Se me aceleraba el corazón solo de procesar lo que Candela acababa de soltarme.

No me molestó en absoluto que hubiera movido hilos a mis espaldas; todo lo contrario, le estaba infinitamente agradecida.

Una oportunidad así era algo que jamás me habría atrevido a imaginar ni en mis sueños más optimistas.

Y lo más curioso era que la idea no me daba miedo.

Al contrario, me llenaba de una ilusión desbordante.

A punto de cumplir treinta y la madurez de saber lo que quería, tenía claro que hacía años que no sentía nada parecido por nadie.

Eros merecía cada uno de los riesgos, valía la pena apostarlo todo con él.

Además, el enfoque me parecía fácil. Si iba allí, hacía la prueba y por lo que fuera no salía bien el trabajo, o si la convivencia no funcionaba, España y mi familia seguirían estando en el mismo sitio.

Siempre podía volver. Pero en el fondo de mi pecho, una voz segura me decía que con Eros todo saldría bien.

Que esto era el principio de algo grande.

Me moría de ganas de contárselo. Dudé por un segundo si soltar la bomba allí mismo, entre los platos de la paella y las bromas con Candela, pero miré de reojo a mi amiga, y decidí reservarlo.

Quería decírselo en la intimidad de la habitación del hotel, mirándolo a los ojos, a solas con él. Sabía que se iba a alegrar muchísimo.

Después de la larga sobremesa, nos marchamos despidiéndonos de Candela.

Eros y yo fuimos a pasear a la playa que quedaba cerca, para mojarnos un poco los pies en la orilla mientras dábamos un corto paseo.

Ya cansados nos marchamos al hotel. Yo ya había avisado a mi madre por la mañana que esa noche no iría a dormir a casa; no pensaba desaprovechar ni un solo segundo del poco tiempo que nos quedaba antes de que volviera a Italia.

En cuanto la puerta de la habitación se cerró tras nosotros y Eros dejó la tarjeta de acceso sobre la cómoda, me giré hacia él antes de que pudiera hacer nada.

—Eros, espera... Necesito hablar contigo. Tengo algo muy importante que contarte.

Él se detuvo al instante, arqueando una ceja con una mirada curiosa. Se acercó despacio, sujetándome suavemente por la cintura.

—¿Pasa algo, bambina ? Me estás asustando con esa cara…

Le conté todo sin rodeos. Le expliqué la conversación del baño con Candela, los contactos de la federación y esa oportunidad que acababa de abrirse en el centro deportivo cerca de San Remo para realizar una entrevista y una prueba práctica.

A medida que las palabras salían de mi boca, vi cómo su expresión cambiaba de la sorpresa inicial a la fascinación.

La sonrisa que se le dibujó en los labios fue real y absolutamente sincera.

—Martina... eso es… increíble —murmuró, tomándome el rostro entre las manos con ternura—. Tu talento es enorme, no me extraña que quieran valorarte allí. No quiero meterte presión, pero saber que tienes esa puerta abierta allí, en mi tierra, y que quieras estar cerca de mí… me hace muy feliz.

—Tengo que pasar el proceso de selección, claro... pero voy a ir —afirmé con seguridad, mirándolo a los ojos—. Voy a presentarme a esa prueba.

—Y te van a coger, no tengo la menor duda —dijo con voz grave para proceder a darme un beso intenso que devoró cualquier resquicio de duda que me pudiera quedar.

En cuestión de segundos, el deseo entre los dos era abrasador. Eros me levantó, haciendo que me enredara a su cintura mientras sus manos se colaban por debajo de mi camiseta, buscando la piel de mi espalda. Caímos sobre la cama respirando de forma agitada y nos quitamos la ropa a toda prisa.

Verlo sobre mí, con los hombros marcados, el pecho desnudo y sus ojos fijos en los míos, me volvía a dejar sin aliento.

Eros descendió despacio, repartiendo besos húmedos por mi cuello, la clavícula y en mis pechos, haciéndome arquear la espalda mientras sus dedos se abrían paso entre mis muslos, encontrándome ya empapada de deseo.

Rozó mi centro con una presión lenta que me sacó un gemido contra su hombro, antes de alinearse conmigo y empujar despacio, llenándome por completo de una sola embestida.

El gemido fue compartido. El calor de su piel en contacto con la mía, el ritmo de sus caderas hundiéndose en mí una y otra vez, y…

tal y como él sabía que me gustaba, el sonido de sus susurros en italiano pegados a mi oído me llevaron directamente al límite.

Se movía con potencia y delicadeza a la vez, buscando mi mirada en cada empuje hasta que el clímax nos golpeó a los dos casi al mismo tiempo, dejándonos abrazados, sudorosos y con los corazones latiendo a mil por hora en la penumbra de la habitación.

El domingo fue el día D: la prueba de fuego con mis padres.

Prepararon una comida familiar en casa. Cuando Eros cruzó la puerta con una botella de vino italiano de gran reserva que se había empeñado en comprar el día antes en una tienda gourmet del centro, y un ramo de flores precioso para mi madre, yo sabía que la partida ya la tenía mitad ganada.

Ya sentados a la mesa, tras los primeros platos de aperitivo, mi padre atacó con la clásica curiosidad paternal.

—Así que eres de San Remo, ¿eh, Eros? —dijo mi padre, sirviéndose un poco más de agua—. Una zona bonita, pero seguro que con bastante trabajo para la policía.

—Tiene sus días intensos, señor —respondió Eros en un español casi perfecto, manteniendo ese toque italiano tan atractivo—.

Bueno, yo no vivo en la ciudad exactamente, sino en un pueblo que está a treinta minutos.

Pero es una buena ciudad para vivir. Y bueno, además estoy preparando oposiciones para ascender a inspector, así que el tiempo libre escasea un poco.

—Ay, la policía... qué vocación tan sacrificada —suspiró mi madre, mirándolo con evidente agrado—. ¿Y tus padres a qué se dedican? ¿Están muy lejos de allí?

—No, qué va. Viven en el mismo pueblo que yo. Tienen una pizzería familiar allí —contestó Eros con una sonrisa—. De hecho, es donde acabo yendo cada vez que quiero comer bien. Mi madre dice que hago las pizzas casi tan bien como mi padre, pero no me atrevo a discutirle la receta.

—¿Una pizzería? —mi padre alzó las cejas, claramente interesado—. Bueno, bueno... entonces de buena comida entiendes. Habrá que ir algún día probar esa pizza artesanal.

—Eso está hecho, señor. Quedan invitados desde ya —aseguró él con de una manera que hizo sonreír a mi madre.

La comida acabó siendo un éxito absoluto.

Eros encajó a la perfección, mis padres se dieron cuenta de que era respetuoso, divertido, atento conmigo y con ellos.

Eros se pasó la comida echándole miradas cómicas a Martín cada vez que salía el tema de nuestro "viaje de aventuras".

Mis padres quedaron fascinados con él, veían cómo me miraba y la seguridad que transmitía, y supe que se quedaban más que tranquilos.

La noche del domingo, la última antes de que su vuelo saliera a primera hora de la mañana, la pasamos en la habitación de su hotel.

Estábamos tumbados en la cama, abrazados en la penumbra tras haber vuelto a hacer el amor, porque era imposible tener las manos quietas cuando estábamos en la intimidad. Mi cabeza descansaba sobre su pecho desnudo, escuchando el latido de su corazón.

—Eros... —murmuré, acariciándole el abdomen.

—Dime, bambina .

—Estaba pensando en la fecha para ir a San Remo. Si Candela gestiona la entrevista para dentro de dos semanas, tendría que coger los billetes ya mismo.

Noté como Eros sonrió en la oscuridad y me rodeó los hombros con más fuerza, dándome un beso tierno en la sien.

—No veo el momento de que vengas, la verdad. No sabes la ilusión que me hace. Te recojo en el aeropuerto de Niza y nos instalamos en mi casa.

—A ver si voy a invadir su espacio personal, agente... —bromeé, apoyando la barbilla en su pecho para mirarlo.

—A mi espacio le haces mucha falta tú —respondió con la voz grave que me ponía la piel de gallina—. Haces la entrevista, demuestras lo buena que eres y organizamos todo para que te quedes de verdad. Te salga o no. A no ser que después acabes queriendo volverte… Pero eso… lo tendrás que decidir tú.

—Bueno… creo que ya sabes que estoy encantada de que vayamos a intentarlo —sonreí, sintiendo un cosquilleo helado y dulce a la vez en el estómago—. Me da vértigo, no te voy a mentir, pero me muero de ganas de empezar esta aventura contigo.

—A mí también me da vértigo, Martina, pero de las cosas buenas. Va a salir bien, ya lo verás.

A la mañana siguiente, la despedida en el aeropuerto tuvo un sabor diferente a la anterior.

Seguía habiendo un pellizco amargo de verle cruzar el control de seguridad, el nudo en la garganta al soltar su mano, pero esta vez la tristeza no iba a durar demasiado, y eso me reconfortaba de alguna manera.

Nos miramos a través del cristal antes de que se perdiera por el pasillo.

La promesa de volver a vernos no era un deseo flotando en el aire con incertidumbre, era un billete de avión con fecha cercana, una nueva oportunidad y la ilusión y seguridad preciosa de que estábamos listos para apostarlo todo el uno por el otro.