Rítmica, Póker y Pizza en San Remo Capítulo 28
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Capítulo 28

Martina

Los días previos a la llegada de Eros los pasé en una especie de espiral de nervios y preparativos. Pero antes de que pisara suelo valenciano, tenía una misión importante, poner las cartas sobre la mesa con mis padres.

Mi hermano y yo ya les habíamos contado, un par de días después de llegar,  la historia completa de lo que nos había pasado en Italia.

O bueno, la versión oficial y razonable, el lío en el que Martín se había visto envuelto sin comerlo ni beberlo y cómo la policía italiana, y en concreto Eros, nos había echado un cable fundamental para resolverlo todo.

Ahora debía de sentarme de nuevo con ellos, y explicarles que aquel policía no era solo eso para mí.

Aproveché una cena, días antes de que llegara, que los vi de buen humor.

—Así que... el tal Eros no es solo un policía cualquiera conocido de la Riviera —dijo mi madre, mirándome con los ojos entrecerrados mientras estábamos sentados en la mesa—. Es el policía que os sacó del apuro y el mismo que te hace sonreírle al teléfono todas las noches a las nueve.

—Es un tío muy centrado, mamá —intervino Martín, saliendo en mi defensa con total naturalidad—. De verdad. A mí me echó una mano enorme y se portó de diez con nosotros. Si no fuera por él, a saber cómo habríamos terminado.

—Es un hombre increíble —añadí yo, sintiendo que me ponía roja como un tomate, pero sosteniéndole la mirada a mi padre—. Es educado, responsable y sí, durante aquellos días surgió algo entre los dos y nos hemos estado conociendo más este último mes y medio. Viene a Valencia este fin de semana.

Mis padres se miraron entre ellos. Noté la sorpresa inicial, pero al verme tan segura y al escuchar el respaldo de mi hermano, el ambiente se relajó de golpe. Confiaban en nosotros.

—Pues si viene a tu ciudad, lo mínimo es que venga a esta casa a comer una buena paella como Dios manda —sentenció mi padre, dando un golpe suave en la mesa—. Habrá que ver si este italiano supera el filtro familiar.

Eros llegó un jueves por la tarde. Fui a recogerlo al aeropuerto de Manises con el coche de Martín, ya que yo seguía sin comprarme uno, tampoco lo necesitaba especialmente y me iba apañando con el transporte público o mi hermano me dejaba el suyo.

Estacioné cerca de la terminal de llegadas hecha un manojo de nervios, incapaz de controlar el aleteo desbocado en mi estómago.

En cuanto vi su figura cruzar las puertas automáticas, el corazón se me derritió por completo.

Después de tantos días de pantalla de móvil y soñándolo, volver a verlo así, en vivo…

estaba para comérselo; llevaba una camisa blanca y unos pantalones beige que le sentaban de escándalo, las gafas de sol colgadas del cuello y una pequeña maleta de mano.

Derrochaba un atractivo natural que me secaba la boca.

Al cruzar nuestras miradas entre la multitud, una sonrisa enorme se iluminó en su rostro y en el mío.

Me acerqué a él caminando a paso ligero y él soltó el asa de la maleta, abrió los brazos de par en par y no lo pensé dos veces, corrí hacia él los últimos metros y me arrojé a su cuello.

Eros me envolvió en un abrazo, levantándome unos centímetros del suelo mientras pegaba su rostro al mío.

Nos besamos allí mismo, un beso largo, de película.

Me importó poco si alguien nos estaba mirando o no, porque en ese momento solo estaba él.

Fue un reencuentro perfecto que paralizó absolutamente todo a nuestro alrededor.

—Hola, bambina … Te he echado mucho de menos… —murmuró contra mis labios deteniendo el beso, sin soltarme de la cintura.

—Hola, italiano —suspiré, apoyando mis manos en su nuca y mirándolo con una sonrisa pícara—. Tienes suerte de estar tan guapo, porque si no te habría hecho esperar cinco minutitos mientras te miraba escondida para hacerte sufrir un poquito… por haber tardado tanto en venir a verme.

Eros dejó ir una risa, pegándome todavía más a su cuerpo con un suave apretón.

—¿Guapo? Bueno, me alegra oír eso… He intentado venir decente pensando en ti, a ver si así me ganaba un beso de bienvenida. Y me ha salido bien. Aunque creo que me debes alguno más…

—Mmm... el beso ha estado bastante bien, no te voy a mentir —sonreí, rozando mi nariz con la suya—. Pero el resto te los vas a tener que ganar durante el fin de semana.

—Ok. Que así sea, ragazza. Aunque… algo me dice que si me pongo a susurrarte algunas cosas en italiano al oído me gano alguna cosa extra seguro… —bromeó guiñándome un ojo y dándome un suave beso en los labios para después atrapar mi mano con la suya mientras recogía la maleta.

Eros había reservado una habitación en un hotel precioso del centro, algo que acordamos para mantener nuestra independencia y no invadir de golpe la casa de mis padres, aunque la idea era apenas pisarlo si no era para dormir o para pasarlo en grande juntos a puerta cerrada.

Nuestros dos primeros días fueron una auténtica maravilla.

Lo llevé a pasear por las callejuelas del casco antiguo de la ciudad, enseñándole el Carmen, la Plaza de la Virgen y la Catedral.

También le enseñé toda la parte más moderna de la Ciudad de las Artes y las Ciencias la cual le encantó y le fascinó saber que se habían grabado allí muchas escenas futuristas de películas y series de Hollywood recientes.

—Tengo que admitir que tu ciudad tiene mucho encanto, bambina —me comentó abrazándome por la espalda mientras paseábamos por el paseo marítimo de la Malvarrosa para acabar tomándonos algo en La Marina frente al mar.

—Aún no has probado lo mejor —le advertí, girándome entre sus brazos para darle un beso corto en los labios.

Poco después lo llevé hasta Alboraya, una población pegada a Valencia famosa por ser la cuna de la  horchata, la tradicional bebida valenciana por excelencia y que se tomaba con fartons artesanos, una especie de bizcochos muy tiernos con azúcar glaseado por encima que estaban de muerte y que pasaban a otro nivel cuando lo mojabas con la horchata.

Eros miraba el vaso blanco con curiosidad.

—¿Y dices que esto es una leche vegetal que se hace con unas legumbres llamadas chufas? —preguntó, alzando una ceja con una expresión curiosísima.

—Así es. Pruébala y calla, italiano. Que eres muy tiquismiquis para lo tuyo.

Se llevó la pajita a la boca, dio un trago y se quedó pensando un segundo. Una sonrisa lenta se dibujó en su cara.

—Mmm. Dulce, fresca... Sí, me gusta.

Disfrutamos del sol de la tarde y de la complicidad que no había hecho más que crecer a pesar de los kilómetros.

El sábado al mediodía fuimos hasta El Palmar a comer a orillas de la Albufera.

Candela se unió a nosotros para comer esa ansiada paella valenciana a la leña, y la comida discurrió entre buena conversación, risas, vino blanco y el cachondeo habitual de mi amiga.

En un momento en que Eros se quedó en la mesa hablando por teléfono, Candela y yo fuimos al baño.

En cuanto se cerró la puerta, Candela me agarró de los hombros con los ojos desorbitados de emoción.

—A ver, morena, atenta porque te voy a soltar una bomba y no quiero que te dé un síncope.

—¿Qué pasa, Cande? Me estás asustando.

—Ahí va. Atenta. Llevo semanas moviendo hilos, averiguando cosas…

y no te he dicho nada porque no quería darte falsas esperanzas, pero ya puedo decírtelo—dijo, bajando la voz pero con tono triunfal—.

Sabes que el club de gimnasia en el que trabajo tiene convenios internacionales, ¿no?

Pues bueno, espero que no te moleste lo que he hecho…

pero hablé con el contacto de un contacto, y ya sabes como va esto, uno preguntando, el otro averiguando…

el tema es que estuve muy pendiente, y la persona indicada…

acabó hablando con la federación en la zona de Liguria.

Martina… allí hay un centro deportivo de alto rendimiento muy cerca de San Remo donde llevan tiempo buscando una especialista en técnica.

El tema es que les lanzaron la posibilidad de que cierta ex gimnasta española que se va a trasladar a vivir a aquella zona…

pudiera tener la oportunidad de una entrevista con ellos…

para si todo saliera bien, y encajara en el club, pudiera cubrir la plaza e incorporarse en un par de meses.

Me quedé helada, mirándola fijamente con el corazón desbocado.

—¿Qué... qué estás diciendo?

—¡Pues eso! Que hablé de tu currículum, de tus títulos y de tus años como entrenadora.

Y me inventé que llevabas idea de irte a vivir allí por temas personales, ya sabes, me eché un farol como los de tu hermano, a ver qué decían…

y mira por dónde… ¡Les ha encantado tu perfil, Martina!

Quieren una entrevista formal contigo y una prueba práctica allí mismo.

¡Ojo! ¡Cuidado, amiga! No te están regalando nada, te lo tienes que currar tú en el proceso de selección, pero la puerta la tienes abierta de par en par.

¡Podrías trabajar allí! Si quisieras, claro.

Espero que ahora no me mandes a la mierda por haberme metido donde no me llaman…

—Cande... Dios mío, ¿estás hablando en serio? —sentí que se me encharcaban los ojos de la emoción y la abracé con todas mis fuerzas—. No me lo puedo creer... ¡Eres la hostia, Cande! ¡Eres la mejor amiga del mundo!

—Lo sé, lo sé —se emocionó, dándome palmaditas en la espalda—.

Sé que si te vas a vivir allí te voy a echar mucho de menos…

pero te conozco. Y te veo flotando como nunca con Eros.

Creo que te mereces intentarlo con él, allí.

Si todo sale bien vamos a seguir viéndonos.

No te creas que vas a librarte de mí. Iré a verte siempre que pueda, y tirarme a Lorenzo en cada escapada.

Y si lo de Lorenzo no sale bien, pues me buscaré a un Marco, o a un Enzo, o al que me salga del papo.

Ahora vuelve ahí fuera, cómete a ese policía a besos y piénsalo.

Es tu oportunidad para no tener que elegir entre tu carrera y él.