Rítmica, Póker y Pizza en San Remo Capítulo 27
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Capítulo 27

Martina

Seis semanas exactas habían pasado desde que nos despedimos en el aeropuerto de Niza, y resultaba fascinante comprobar cómo la distancia, lejos de enfriar lo nuestro, había actuado como una mecha encendida a fuego lento.

Cada noche, sin falta, nos habíamos reservado una hora sagrada para nosotros.

Hablar, contarnos cómo había ido el día y abrirnos el uno al otro había hecho que nos conociéramos a un nivel que no nos había dado tiempo a explorar en la Riviera.

Ahora sabía exactamente qué tipo de películas le gustaban, qué cosas le estresaban de su trabajo, cómo le cambiaba la voz cuando estaba cansado y los planes que tenía para conseguir la plaza de Inspector.

Y él, de igual manera, conocía ya mis rutinas, mis pequeñas manías y mis proyectos de trabajo.

La química y la atracción entre los dos, por supuesto, seguían totalmente intactas. Absolutamente vivas.

Imposible olvidar la noche en que todo se nos fue de las manos por primera vez.

Ocurrió hacía un par de semanas; mientras hablábamos, empezamos recordando una de nuestras noches más ardientes en el hotel de Italia, la conversación fue subiendo de tono, los susurros en italiano se volvieron más profundos , excitándome demasiado, y la respiración de ambos terminó acoplándose a través del auricular.

Acabamos tocándonos cada uno en su habitación, a cientos de kilómetros de distancia, guiados únicamente por el sonido de nuestras voces.

Fue una experiencia increíble, íntima y brutalmente erótica.

Desde entonces, el sexo a distancia se había convertido en nuestro secreto favorito. Eros le hacía honor a su nombre incluso a través de la pantalla de un teléfono.

Cuando se lo conté a Candela en una de nuestras tardes de ejercicio, mi amiga ni se inmutó.

Resulta que ella y Lorenzo hacían exactamente lo mismo de vez en cuando.

De hecho, me dio un consejo muy práctico con su naturalidad habitual: «Cómprate un buen vibrador, Martina, y úsalo tú la próxima vez que juguéis. Vais a flipar los dos».

Por supuesto, le hice caso. Compré uno en una tienda on line, me aseguraron que el paquete no llevaba ningún nombre extraño en la caja, para evitarle sustos a mis padres.

Era de silicona suave y  tenía varias velocidades, y esa misma noche se lo conté a Eros por llamada.

Escuchar su reacción de sorpresa y morbo al otro lado de la línea casi me hizo perder la cabeza antes de empezar.

La noche que lo probamos juntos fue sencillamente maravillosa.

Él me susurraba las órdenes con esa voz grave y tan erótica que tenía, también me susurraba cosas en italiano, y yo me dejé llevar hasta el límite. No veía el momento de repetir.

Pero ese día no podía quitarme la sonrisa de la cara por un motivo mucho más grande.

La noche anterior, durante nuestra llamada habitual, Eros me dio la noticia que llevaba semanas esperando escuchar.

Había conseguido cuadrar un par de días libres en el trabajo y ya tenía reservados los billetes de avión y un hotel cerca de mi zona para aprovecharlos junto con el fin de semana.

Se venía a Valencia. Me emocionaba pensar que en unos días estaría aquí, recorriendo mi ciudad, comiéndose conmigo esa paella prometida y, sobre todo, teniéndolo al alcance de mis manos sin pantallas ni cobertura de por medio.

Estaba feliz. Absolutamente feliz.