Capítulo 26
Martina
El avión aterrizó en el aeropuerto de Manises perfectamente. Ya estaba en casa. En teoría, podría haber sentido cierto alivio por haber dejado atrás los sobresaltos y las mafias, pero la realidad era que sentía el alma cayéndome a los pies.
En cuanto el piloto desactivó la señal de los cinturones y desactivé el modo avión, el teléfono empezó a vibrar notificación tras notificación. Pero solo una me hizo dar un vuelco al corazón. Un mensaje de Eros.
Apenas has despegado y San Remo me parece una ciudad desierta y aburrida. Dime que has llegado bien, bambina. Te echo de menos.
Sonreí como una idiota. Le escribí a toda prisa mientras avanzábamos por el pasillo hacia la salida.
Aterrizada y de vuelta en la realidad. Yo también te echo de menos, ragazzo. Hablamos luego con calma, toca dedicarle un poco de tiempo a la familia.
Perfecto. A las nueve te llamo. No te me escapes.
En la zona de recogida de equipajes, Candela se despidió de nosotros dos antes de ir a buscar un taxi. Se giró hacia mi hermano y le plantó dos besos sonoros y un abrazo de oso.
—Martín, de verdad, mil gracias por liarme para este viaje —dijo, ajustándose el bolso al hombro—.
Ha sido la aventura de mi vida. No solo he sobrevivido a la mafia italiana, sino que además me he llevado al huerto a un pivón de proporciones épicas.
Si vuelves a meterte en problemas con internacionales, me avisas la primera.
—Tomaré nota, Cande —se rió Martín, sacudiendo la cabeza—. Aunque espero no tener que volver a pisar una comisaría en lo que me queda de vida.
Candela se volvió hacia mí y me envolvió en un abrazo.
—Anímate, amiga. Tenéis un plan y las cosas claras. Ahora descansa, asimila todo y en un par de días quedamos para nuestra sesión de estiramientos y entrenar un poco, que tanto vino y tanta pasta nos van a pasar factura.
—Hecho. Te quiero, Cande —le dije, viéndola marchar a paso firme hacia la salida.
El regreso a casa con Martín fue tranquilo. Al cruzar el umbral del piso de mis padres, la sensación a hogar nos recibió de golpe. Abrazar a mi madre y ver a mi padre sonreír al vernos entrar intactos me devolvió un poco de paz.
Nos sentamos en el salón a tomar algo improvisado.
Martín y yo habíamos pactado la estrategia durante el vuelo, él les contaría toda la verdad sobre el lío en el que se había metido al día siguiente, con calma y asumiendo su parte, pero hoy estábamos demasiado agotados.
Así que nos limitamos a dar detalles generales de la costa, el torneo, el hotel y lo bonita que era la Riviera.
Eso sí, cumpliendo nuestro pacto para ir preparando el terreno, Martín soltó el cebo sin mojarse mucho.
—La verdad es que nos trataron de lujo. Sobre todo la policía de allí —dijo Martín, dándole un trago a su vaso y lanzándome una mirada—.
Conocimos a uno, se llamaba Eros, se portó increíble con nosotros.
De hecho... creo que a Martina le ha hecho un tour privado bastante apañado por la zona. Hay bastante buen rollo entre ellos.
—¿Ah, sí? —mi madre levantó la vista al instante, clavando en mí sus ojos de madre que todo lo detecta—. ¿Un policía italiano, Martina? ¿Que se llamaba Eros? Qué nombre más… curioso.
—Sí, la verdad es que sí es curioso. Bueno, es que lo conocimos de casualidad, en un restaurante. Un chico muy profesional y encantador, mamá. Nada más —disimulé, sintiendo cómo me ponía roja, mientras miraba fijamente la comida de mi plato—. Pero sí, nos caímos bien.
Dejamos la conversación en el aire, lo justo para dejar la puerta abierta a que el nombre de Eros no les sonara a chino si en unas semanas aparecía por Valencia, se volvía a nombrar o yo terminaba cogiendo un vuelo de vuelta.
Pasé el resto de la tarde contando los minutos, mirando el reloj del salón cada cinco minutos.
Tenía los nervios a flor de piel, una sensación absurda, como si estuviera a punto de tener una primera cita con un desconocido en lugar de hablar con el hombre con el que había compartido las noches más intensas de mi vida.
A las nueve en punto, la pantalla de mi móvil se iluminó con su llamada. Me encerré en mi habitación, tomé aire para calmar el aleteo en el estómago y descolgué.
—¿Sí?
— Ciao, bellísima —resonó su voz al otro lado, grave, y con ese acento que me revolvía todo, absolutamente todo, por dentro.
Dios, solo escucharle pronunciar esas dos palabras hizo que se me erizara la piel de los brazos al instante. Lo echaba de menos con una fuerza que me asustaba.
—Hola, italiano —suspiré, dejándome caer de espaldas sobre la cama y sonriendo al techo—. No sabes el alivio que me da oírte.
—¿Tan dura ha sido la llegada a España? —se rió él, y pude imaginar perfectamente la curva de sus labios y cómo habría salido su hoyuelo al otro lado de la línea.
—Ni te lo imaginas. He bajado un momento a la calle y he oído que llamaban a un hombre que se llamaba Manolo. Y se me ha caído el alma al suelo, Eros. Ha sido la confirmación de que va a ser muy difícil no tenerte cerca.
Eros soltó una risa suave.
—Prometo compensártelo pronto. No quiero que te olvides de mi toque italiano.
—Tienes razón… vas a tener que decirme cosas en italiano por teléfono… Me has acostumbrado mal.
—Yo te susurro lo que tú quieras, mia bella ragazza. Mi mancherai... tantissimo.
El tono grave con el que pronunció cada sílaba en su idioma me volvió a atravesar como una descarga eléctrica.
Sentí cómo un escalofrío me recorría la espalda hasta instalarse de lleno en la parte baja del vientre.
La vibración de su voz, sumada al peso emocional de lo que suponía me estaba diciendo, me provocó un vuelco en el pecho e hizo que la piel se me erizara de pies a cabeza.
Dios, escucharlo así a través del teléfono rozaba la tortura.
—Mmm... vas a tener que repetirme esa y otras frases más, más veces, de verdad —murmuré, apretando el auricular contra la oreja y cerrando los ojos para saborear la calidez que me subía por las mejillas.
—Todas las noches que tú quieras, bambina —prometió él.
—Cuéntame tú... ¿qué tal tu día? ¿Cómo han ido las cosas por allí?
—Tranquilas, por fin —suspiró Eros, dejando oír el roce de una silla al acomodarse—.
En la comisaría hemos terminado de atar todos los flecos del informe de los Bellini.
El tema de los Bellini está cerrado del todo y Di Santis está más que satisfecho.
Después, cuando he subido al pueblo, he aprovechado para ir a ver a mis padres y cenar con ellos, que hacía días que no sabían nada de mí y ya estaban empezando a protestar.
Les he hablado de que estos últimos días había conocido a una española que me había… revuelto un poco la vida.
Oír eso, me llenó de una felicidad que no esperaba. No supe muy bien cómo explicarle lo bien que me hacía sentir que lo hubiera hecho.
—¿Sí? Vaya… Me alegro mucho, de verdad —sonreí, imaginándomelo rodeado de su familia, relajado al fin tras el follón de los últimos días.
Estuvimos hablando un buen rato más, saboreando la cercanía que nos daba la llamada, hasta que el cansancio del viaje empezó a pasarme factura. Nos despedimos despacio, con mucho cariño y no sin suspirar antes de colgar.
—Buonanotte, mia bella. Riposati... stasera me ne andrò a dormire pensando solo a te —murmuró con suavidad… derritiéndome por dentro.
—Buonanotte, Eros... Yo también voy a soñar contigo —respondí en un susurro.
Dejé el teléfono sobre la mesita de noche y me acomodé entre las sábanas de mi cama de siempre.
El silencio de mi habitación contrastaba con el lío de pensamientos que me llenaba la cabeza.
Cerré los ojos y dejé que mi cuerpo tomara el control, recordando sus manos sobre él, el sabor de sus besos en la playa, la pasión de nuestras noches en el hotel y su forma de hacerme el amor, haciéndome tocar el cielo.
Sonreí en medio de la penumbra, abrazando la almohada con fuerza. La distancia con él era real y el futuro seguía siendo incierto. Me dormí, con mi piel echándolo de menos y la mente perdida en el recuerdo de mi particular Dios del amor.