Rítmica, Póker y Pizza en San Remo Capítulo 25
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Capítulo 25

Martina

Nuestra última noche en Italia fue, simplemente, una cena perfecta entre amigos en el restaurante del hotel.

Nos juntamos los cinco alrededor de la mesa. El contraste respecto a los días anteriores que habíamos pasado era más que curioso. Martín, con un plato de pasta delante y una copa de vino que apenas había probado, se encargó de hacernos soltar las primeras risas de la velada.

—Oye, por cierto —empezó a contar—, como sabéis esta mañana he dejado el Fiat rosa en la oficina de alquiler que había en la ciudad.

Menudo espectáculo he tenido que sufrir para llevarlo hasta allí, de verdad.

Sentía que todo el mundo me miraba como si me hubiera escapado de un circo.

Definitivamente, ese coche es demasiado para mí.

—El coche cumple su función, Martín —defendí, riendo—. Y te prometo que cuando lo llevas un rato le coges cariño, ¿verdad Eros? —me dirigí a él guiñándole un ojo.

—He de reconocer de que tiene su comodidad —confirmó Eros—. Eso sí, el color… es más que cuestionable.

—Bueno, sea como sea el coche, tengo que comunicaros que al final el viaje no me ha salido tan mal —añadió mi hermano con una sonrisa, acomodándose en la silla—.

Mientras vosotros estabais de parranda en la playa, cada una con lo suyo, yo me conecté desde la habitación a un torneo online de póker...

y oye, me he sacado un pellizco majo. Así que ni tan mal.

Aunque, sinceramente, tengo unas ganas locas de pisar mi casa y dormir tres días seguidos sin miedo a que un mafioso me pida explicaciones.

—Poco se habla de mi día —interrumpió Candela—.

Lorenzo me ha llevado por la costa en su moto a una velocidad que rozaba la ilegalidad.

Llevo todo el día con el efecto de una ampolla flash en la cara.

Pero tengo que reconocer que me lo he pasado pipa.

Teníais que haber visto cuando hemos parado a tomar un espresso en una terraza de un pueblo perdido, que el camarero pensaba que éramos una pareja de estrellas de cine de incógnito.

Por supuesto, improvisando con mi italiano españolizado le he seguido el juego, como no podía ser de otra forma; aunque Lorenzo no sabía dónde meterse.

Lorenzo se reía a su lado, negando con la cabeza pero mirándola con cierta fascinación que a mí me encantó, y que creo no pasó desapercibida para nadie.

Eros, sentado a mi lado, apoyaba su mano sobre mi muslo por debajo de la mesa, mientras hacía movimientos suaves con el pulgar. Su cercanía me daba una paz enorme, pero al mismo tiempo sentía ese nudo en el estómago que no dejaba de avisarme de que el reloj seguía corriendo.

Cuando subimos a la habitación, el mundo exterior volvió a desaparecer para nosotros.

Hicimos el amor, de una manera diferente a las anteriores.

Nos deshicimos en caricias lentas que grabábamos en nuestros cuerpos para poder memorizarlas después.

Entre besos intensos y profundos nos susurrábamos cosas, promesas de volvernos a ver pronto, de no olvidar lo que nos recorría por dentro.

Saboreamos cada segundo, sin ninguna prisa, recorriendo con detenimiento cada uno el cuerpo del otro mientras Eros me decía cosas bonitas en italiano al oído haciéndome enloquecer, hasta acabar rendidos y dormirnos abrazados, con su pecho marcando el ritmo de mi respiración, apretándome contra él para no olvidar esa sensación.

A la mañana siguiente, el proceso de recoger las maletas rozó lo doloroso para mí. El desayuno en el hotel fue… raro. Con muchas miradas que hablaban y muchos silencios, roces en la espalda, en el brazo, como si cada contacto debía recordarnos que todavía estábamos juntos.

Nos dividimos en dos coches para ir al aeropuerto de Niza. Martín vino con nosotros en el coche de Eros, dejándonos a Candela y a Lorenzo el otro vehículo para que tuvieran su propio espacio. El trayecto se me hizo corto, dramáticamente corto.

Al llegar a la zona de salidas de la terminal, el impacto de la realidad nos golpeó a todos. Eros aparcó y nos acompañó con el equipaje hasta la zona de acceso a los controles.

A pocos metros, Candela y Lorenzo se despedían.

Eché una ojeada y vi cómo se daban un abrazo intenso; ella mantenía su sonrisa fresca y desenfadada tan típica en ella, encajando la despedida con una ligereza de la que sentí envidia.

Yo, en cambio, sentía el corazón encogido, incapaz de esbozar ninguna sonrisa a la vida en ese momento.

Eros se giró primero hacia mi hermano. Extendió la mano con su postura firme de policía, pero Martín ignoró el protocolo y le dio un abrazo que me encogió el alma.

—Gracias por todo, de verdad —le dijo Martín, dándole un par de palmaditas en la espalda—. Por sacarme del lío en el que me metí sin querer y por cuidar de nosotros.

—Era mi trabajo, Martín. Pero me alegro de que todo haya acabado bien —respondió Eros con una sonrisa cálida.

—Y oye... —añadió mi hermano, bajando un poco la voz, mirándome de reojo— me alegra mucho que hayas empezado lo que sea que sea esto con Martina. La verdad es que me mola bastante la idea de tener un cuñado italiano y policía encubierto.

Eros soltó una breve risa y asintió, dedicándole una mirada de respeto. Martín nos dio un espacio disimulado y se adelantó hacia la puerta con las maletas.

Entonces, Eros se volvió hacia mí. Me tomó de la cintura y me pegó a su cuerpo.

—Llegó el momento, bambina —murmuró, pegando su frente a la mía.

—Odio las despedidas. Odio esto —admití, sintiendo que los ojos se me empezaban a encharcar de lágrimas.

—Esto no es una despedida —me corrigió con rotundidad, sujetándome la barbilla para obligarme a mirarlo—. Es solo una pausa. Avísame en cuanto aterrices en Valencia. Y esta noche te llamo, ¿de acuerdo?

—De acuerdo —susurré.

Nos dimos un último beso. Fue un beso largo, de despedida que me dejó con su sabor en mis labios durante horas. Antes de separarnos tanto Candela como yo nos despedimos con un sentido abrazo de Eros y Lorenzo, respectivamente.

Antes de cruzar, nos miramos unos segundos más, reteniendo la imagen del otro, hasta que finalmente me giré para alcanzar a mi hermano y a Candela.

Subimos al avión y nos acomodamos en nuestros asientos. Nada más despegar, me quedé mirando por la ventanilla cómo la costa italiana se reducía hasta perderla de vista.

—Ey... arruga esa cara un poco menos, anda —me dijo Candela, dándome un codazo suave desde el asiento contiguo.

—No puedo evitarlo, Cande. Siento como si me hubiera dejado la mitad de mí en San Remo.

—Te entiendo, pero míralo por el lado bueno, habéis quedado en que vais a intentarlo —intentó animarme con tono comprensivo—.

Yo he hablado con Lorenzo y hemos quedado en lo mismo.

Si coincide que bajamos a la misma ciudad o si subo yo, nos veremos.

Sin agobios, a ver qué pasa. Yo estoy tranquila, Martina. Lo que tenga que ser, será.

La miré, envidiando su pragmatismo. Candela era capaz de disfrutar del momento sin dejar que el futuro la arrastrara.

Yo, en cambio, tenía la cabeza llena de incertidumbre y el pecho agobiándome, esperando únicamente a que el avión tocara tierra para encender el móvil y ver su nombre en la pantalla.