Rítmica, Póker y Pizza en San Remo Capítulo 23
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Capítulo 23

Martina

Iba sentada en el asiento del coche deportivo negro de Eros mientras devorábamos la carretera de la costa.

Iba vestida con algo playero pero con estilo, como me había sugerido Eros.

Él se había puesto algo de ropa que Lorenzo le había traído de su vestidor, para que Eros no tuviera que subir hasta el pueblo.

Las dos piezas de lino de verano que llevaba y las gafas de sol oscuras le daban un aire seductor tan apetecible que sentía el calor dentro de mí con solo observarlo.

El rugido del motor y cómo movía sus manos sobre el volante hacían que mi atención se desviara constantemente hacia él.

Verlo conducir un coche que al fin encajaba con su tamaño y estilo, dejando atrás la imagen del coche de patrulla o del huevo rosa, era absolutamente magnético.

Cada vez que sus dedos apretaban el volante o cualquier gesto que hiciera con ellos, sentía un chispazo recorriéndome el estómago.

No podía evitarlo. La memoria de tener esas mismas manos sobre mi cuerpo la noche anterior o al despertar esa misma mañana, en la habitación de hotel, me secaba la boca.

Eros era un amante increíble. Yo había estado con otros chicos, pero lo suyo estaba a otro nivel.

Tenía una forma de hacer el amor que me hacía perder el sentido, como si me hubiera abierto una puerta hacia un nivel de placer que ni sabía que existía.

Todavía sentía la piel erizada debajo de mi ropa con solo recordarlo.

Lo único que enmascaraba esa preciosa mañana era saber que el tiempo corría y que en menos de veinticuatro horas estaría subida a un avión de vuelta a España, y aunque me sentía absolutamente feliz, no podía quitarme esa sombra de encima.

No habíamos hablado con detalle sobre lo que vendría después de mi marcha. Mi mente, que no sabía estar quieta, no paraba de dar vueltas a las tres únicas salidas posibles.

La primera era intentar una relación a distancia. Vernos cuando el trabajo nos diera un tregua, vivir pegados a la pantalla del móvil y volar los fines de semana. Era agotador, pero podía ser factible.

La segunda, cortarlo en seco al subir al avión, despedirnos agradeciendo lo bien que lo habíamos pasado, y volver a vernos solo si se daba la ocasión.

Pensarlo me provocaba una punzada dolorosa en el estómago.

Sentía perfectamente que para él tampoco sería fácil, la forma en la que todo había sucedido, cómo me miraba y me trataba en la intimidad, e incluso estando con más gente, no era la de alguien que pasa página al día siguiente.

Y la tercera, si con el tiempo seguíamos sintiéndonos así, sería aparcar mi vida en España y valorar quedarme a vivir en Italia.

Era la más loca, pero no descartable porque yo no tenía trabajo allí, pero eso supondría apartarme de mi ciudad y mis seres queridos.

Con el trabajo de Eros en la comisaría de San Remo, era obvio que él no podría coger las maletas e irse conmigo.

De repente, la idea futura de mudarme aquí, con él, y buscar una nueva vida para mí, era una locura tentadora, divertida y absolutamente disparatada, pero la parte sensata de mi cerebro me decía que nos conocíamos de hacía cinco días y se me estaba yendo la cabeza.

Lo más coherente era volver a casa, ver cómo sobrevivíamos al impacto de la distancia y encajar las piezas poco a poco.

Pero la sola idea de dejar de ver sus ojos oscuros al día siguiente me daba un vértigo terrible.

Sacudí la cabeza, obligándome a expulsar esos pensamientos de la mente. « Hoy no, Martina. Disfruta hoy del día, y de él ».

—¿Se puede saber en qué piensas tan concentrada? —preguntó Eros, echándome una mirada rápida repleta de picardía antes de volver a fijar la vista en la carretera.

—En nada importante, ragazzo . Solo intentando averiguar a dónde me llevas.

—Ya casi estamos. Te prometí un sitio especial y el italiano siempre cumple.

Pocos minutos después, el coche tomó un desvío hacia la zona de Ventimiglia, rozando ya la frontera con Francia. Nos adentramos por una pequeña carretera que bordeaba unos acantilados enormes de rocas rojizas que caían en picado hacia el mar.

Al aparcar y bajar del coche, el impacto de lo que vi me dejó sin habla. Estábamos en un hotel impresionante llamado Balzi Rossi.

El paisaje, literalmente, era sacado de un sueño.

Las paredes de piedra abrazaban una cala escondida de aguas tan turquesas y cristalinas que permitían ver el fondo de piedras blancas desde lo alto.

Abajo, perfectamente integrado entre las rocas, se podía ver un increíble beach club de lujo de ambiente muy relajado con plataformas de madera, sombrillas elegantes y tumbonas colocadas a escasos centímetros de las olas que rompían suavemente.

—Madre mía, Eros... Esto es increíble —susurré, contemplando la postal mientras el aire del Mediterráneo me revolvía el pelo.

—Sabía que te gustaría —sonrió, rodeándome la cintura con el brazo por detrás para pegarme a su pecho y besarme la sien. Ya verás qué increíble se come ahí.

Descendimos por un caminito privado tallado en la roca. En cuanto pusimos un pie en la recepción del club, un hombre alto, con camisa blanca  e impecablemente peinado, se acercó con los brazos abiertos.

—¡ Eros! Che piacere! —exclamó estrechándole la mano a Eros como si fueran amigos de toda la vida y saludándome a mí también con un encanto exquisito—. Todo listo, tal como me pediste ayer. La mejor zona de la terraza, privada y con la hielera a punto.

Eros le agradeció el gesto con un guiño de complicidad y nos guiaron hacia la primera línea del agua.

Habían preparado una zona exclusiva para los dos, dos tumbonas dobles mullidas sobre una plataforma de piedra justo encima del mar y una mesa baja donde nos esperaba una botella de vino blanco local sumergida en hielo.

—Madre mía, Eros… Es absolutamente precioso… ¡Me encanta! —exclamé dando suaves palmadas como una niña ante su sonrisa de emocionado por el día que teníamos por delante.

El día transcurrió en una desconexión perfecta.

Pasamos las horas dándonos baños en el mar, en los que rozábamos nuestros labios salados y nos regalábamos alguna caricia deliciosa bajo el agua cristalina, alternados con ratos al sol sobre las tumbonas plagados de risas y copas de vino sin ninguna prisa.

Estábamos hablando sobre qué otras zonas de Italia eran las que más le gustaban a Eros, cuando mi móvil sonó en mi bolso. Era Candela. Me disculpé con Eros con una sonrisa y atendí la llamada mientras me acomodaba en la tumbona.

—¡Dime que sigues viva y no te ha perseguido ningún mafioso…. o no te ha devorado ningún italiano imponente… ya sabes! —disparó Candela a modo de saludo.

—Se podría decir que ha intentado comerme un par de veces, sí… pero solo te digo una cosa, no me importaría que hubiera una tercera… Así que, sí, sigo de una pieza y muy bien acompañada, tranquilízate —me reí, ajustándome las gafas de sol—. ¿Dónde estáis vosotros? Cuéntame.

—¡Ay, Martina! ¡Nosotros hemos salido con una nave espacial sobre dos ruedas!

—gritó con entusiasmo—. Resulta que Lorenzo tampoco mintió del todo cuando dijo que trabajaba en el mundo de las motos.

Bueno… a ver, es por su padre, trabaja en no se qué de representante de marcas deportivas de moto y el tío tiene en el garaje un bicho negro de tropecientos caballos que parece que la haya sacado de un circuito de Moto GP.

¡Nos hemos ido a hacer una ruta por la carretera de la costa y, Martina…

me he sentido la autentica reina de Italia!

Por supuesto, he aprovechado y le he sobado todo lo que he podido mientras iba sentada detrás, menos cuando aceleraba que parecía que iba a salir disparada.

Pero cuando reducía… la virgen, me he puesto las botas.

A toda velocidad ha sido una experiencia religiosa.

—Veo que te has recuperado rápido del susto de ayer —se la devolví, riendo.

—Por favor, Martina, el trauma se cura antes con la brisa marina y un italiano así de buenorro conduciendo. ¿Y tú qué? ¿Dónde te ha metido el maderazo sexy?

—Pues estamos en un beach club escondido entre acantilados. Se llama Balzi Rossi. Es... alucinante, Cande.

—Uf, beach club chulo … Con vino y vistas al mar... Suena también a despedida por todo lo alto. Ya me contarás los detalles guarros en el hotel, que Lorenzo se acaba de poner el casco y me está haciendo señas con esos ojos de chulo que me matan. ¡Disfruta, amiga!

—¡Cuidado en las curvas! —le advertí antes de que colgara entre risas.

Guardé el teléfono en el bolso, todavía sonriendo por la energía que desprendía, y me reencontré con la mirada de Eros, que me observaba divertido desde su tumbona.

Comimos en el restaurante del propio club, en una mesa colgada literalmente sobre el acantilado, pedimos algo de marisco fresco y una pasta con bogavante, estaba todo espectacular.

Mientras compartíamos como postre un Tiramisú tradicional italiano con un toque de limoncello, dejé que la sombra del día siguiente planeara sobre la mesa. A esas alturas ninguno podía fingir ya que no estaba ahí.

—Mañana a estas horas estaré ya en España —me atreví a decir, clavando la cucharilla en el tiramisú —. Siento una rabia enorme que todo esto tenga una fecha de caducidad tan concreta.

Eros alargó el brazo sobre el mantel y envolvió mi mano con la suya, apretándola con firmeza. Sus ojos me sostuvieron la mirada de una manera que me encogió el estómago.

—No tiene por qué caducar nada, Martina. Esto no ha sido un juego de unos días. Lo sabes, ¿no?

—Lo sé —suspiré, intentando sacar una sonrisa—. Pero la realidad es la que es. Yo vivo en España y tú aquí. La distancia no es fácil.

—Nada de lo que vale la pena lo es —contestó él—. San Remo y España no están en mundos distintos. Hay aviones, hay días libres... y yo tengo bastantes vacaciones pendientes.

—Eso… me está empezando a sonar a propuesta formal, ragazzo —dije coqueteando, intentando aliviar la amargura de la conversación—.

Se me ocurre que podríamos empezar por venirte a Valencia unos días.

A mi tierra. Te aseguro que te encantaría el mar, la ciudad, el ambiente...

Y sobre todo, te invitaría a probar una paella valenciana de verdad, no los inventos que seguro que os hacen por aquí.

Eros empezó a sonreír ante la idea.

—Conozco la ciudad, pero jamás he estado —admitió, acariciándome el dorso de la mano con el pulgar—. Así que acepto el trato. Yo prometo buscar cualquier hueco para escaparme a verte y tú me enseñas Valencia y te encargas de que yo pruebe esa paella.

—Iremos viendo cómo funciona, paso a paso —asentí, sintiendo un alivio enorme al escucharle—. Sin presiones, pero sin darnos por vencidos antes de empezar.

—Trato hecho —concluyó él, inclinándose sobre la mesa para sellar la promesa con un beso lento.

Hasta que llegamos al hotel, solo existimos nosotros dos y el recuerdo de que ese rincón de la Riviera italiana se nos iba a quedar grabado a fuego para siempre.