Rítmica, Póker y Pizza en San Remo Capítulo 22
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Capítulo 22

Eros

—Es imprevisible —masculló Lorenzo a mi lado, ajustándose el chaleco antibalas mientras tomábamos la última curva antes de la zona industrial—. Te gustan las chicas con personalidad, Eros, pero esta te va a costar un infarto antes del fin de semana.

—Cállate y revisa el cargador —le corté sin despegar la vista de la carretera.

No podía decirse que fuera amor. No todavía, al menos.

Llevábamos exactamente cuatro días conociéndonos, eso sí, habían sido noventa y seis horas de puro contacto, con una química salvaje que no tenía ningún sentido.

Pero era la responsabilidad de llevar el uniforme, sumada a la atracción abrasadora y lo que ella me hacía sentir por dentro lo que me estaba sacudiendo de una manera complicada.

La idea de que le pasara algo bajo mi custodia me revolvía el estómago de una manera agónica.

Llegamos al descampado apagando las luces y cortando las sirenas a más de trescientos metros. El protocolo era claro, primero se llevaría a cabo la aproximación silenciosa. Cuatro agentes de la patrulla se desplegaron por el flanco izquierdo según las órdenes que les había dado por la radio.

Cuando vi el coche rosa aparcado torpemente detrás de un container, algo me golpeó por dentro. Estaba vacío.

—No están dentro —murmuró Lorenzo, bajando la voz al mínimo y cargando la Beretta.

Cogí mi teléfono y la llamé. Escuchar la voz de Martina susurrando desde el interior de la nave, contándome que las habían retenido y que mantenía el teléfono escondido en las bragas, me hizo sentir alivio de saber que estaban bien y pánico ante la situación.

Estaba empezando a entender que los tíos armados no eran el problema, el problema era lo impredecible que podía llegar a ser esa mujer si decidía tomarse la justicia por su mano.

—Están encerrados en una habitación —le indiqué a Lorenzo con una seña de mano, señalando a los otros cuatro agentes para que cubrieran los accesos laterales—. En tres, dos...

El impacto contra la puerta lateral fue limpio.

— ¡Polizia! ¡A terra!

Uno de los hombres que quedaba más cerca intentó llevarse la mano a la cintura, pero le puse el cañón de la pistola a dos centímetros de la frente antes de que pudiera parpadear.

El tipo del bigote cayó al suelo bajo el peso de Lorenzo.

En menos de cuarenta segundos, la nave estaba asegurada, los tres individuos esposados en el suelo y el perímetro libre de riesgo.

Recorrí la nave con la mirada desesperada buscando alguna habitación. No las veía.

De pronto, un golpe seco llamó mi atención.  En una pared al fondo, alguien parecía golpear una pequeña ventana que quedaba a una altura considerable. Parecía que algo se movía tras la mugre del cristal.

Fuimos hacia allí a toda velocidad. Forcé la puerta de madera con el hombro y encontré a las chicas y su hermano a salvo, intentando recomponerse de a saber qué estaban haciendo.

Verlos sanos y salvos hizo que me cayeran todas las defensas.

Y en cuanto la tuve a solas, el enfado por su imprudencia y la necesidad de comprobar que estaba bien acabaron explotando en un beso increíblemente posesivo que casi nos hace perder el control allí mismo, contra la pared del despacho y con mis compañeros en el operativo de afuera.

El resto de la tarde noche fue una vorágine de burocracia, informes y coordinación.

Para evitar cualquier contratiempo con los flecos de la investigación, se tomó la decisión de que nadie volvía al hotel del centro.

Lorenzo y yo enviamos a dos agentes a recoger todo el equipaje de los chicos y los trasladamos a un hotel boutique en la zona alta de San Remo, mucho más discreto y seguro.

Cuando aparqué frente a la fachada iluminada y les entregué las tarjetas de las habitaciones, Martina me miró con curiosidad.

—Tres habitaciones —anuncié con una sonrisa—. Una para Martín, otra para Lorenzo y Candela, si es que quieren compartirla, que imagino que sí, y la última para ti y para mí, si es que tú también quieres, por supuesto.

A ella se le iluminaron los ojos de una manera que no intentó disimular.

—Te tengo que dejar un par de horas —le dije, dándole un toque suave en la barbilla—. Tengo que cerrar el atestado en la comisaría y coordinar la transferencia de los detenidos. Vuelvo en cuanto termine.

—No me hagas esperar mucho, agente —susurró, rozándome los labios antes de subir en el ascensor.

Regresé dos horas después, agotado por todo lo ocurrido y una necesidad física de ella que no había podido quitarme de la cabeza.

Al abrir la puerta de la habitación con la tarjeta magnética, la penumbra del cuarto solo estaba alterada por la luz de las farolas que entraba por la ventana y la televisión que estaba encendida con el sonido prácticamente eliminado.

Martina estaba tumbada de lado sobre la cama. Solo llevaba ropa interior de encaje negro.

Me quedé congelado en el marco de la puerta. Podía ver su silueta de forma espectacular sobre la cama y con esa mirada directa hacia mí.

—Has tardado exactamente ciento veinte minutos —dijo con una voz que me sonó provocadora.

Cerré la puerta tras de mí con un golpe seco de talón y me quité la chaqueta de la pistola tirándola al suelo sin romper el contacto visual. En tres pasos largos crucé la estancia.

—Tenía cosas que arreglar —murmuré, subiéndome a la cama sobre ella, acorralándola entre mis brazos.

—Pues ahora arregla esto —respondió, enredándome los dedos en el pelo y tirando de mi cabeza hacia abajo.

La devoré con la mirada un segundo antes de que nuestras bocas se unieran.

Nos entregamos besos cargados de necesidad mutua, abrasadores y alimentados por la adrenalina de la tarde y de, forma inconsciente, porque sabíamos que nuestro tiempo se agotaba.

Algunos gemidos graves se escapaban de nuestras gargantas, mientras mi boca bajaba por la curva de su cuello y mi mano impaciente se deslizaba por su vientre para entrar bajo su ropa interior y acariciarla, lo hice rítmica y suavemente mientras ella gemía contra mi boca.

Ella se bajó los tirantes del sujetador para que yo tuviera acceso a sus pechos, que aparecieron frente a mí para besarlos. Martina arqueó la espalda, mientras enroscaba sus manos en las sábanas.

—Eros, si no paras me voy a… —

Detuve mis caricias y me separé para ponerme de pie y quitarme la camiseta y el resto de la ropa.

No dejé de cruzar la mirada con ella, que observaba mi desnudez con absoluto deseo mientras me colocaba el preservativo.

Le tendí la mano y la ayudé a incorporarse para que quedara de rodillas sobre la cama, sugiriéndole que se diera la vuelta y poder colocarme detrás de ella de manera que quedamos mirando frente al espejo que hacía de puerta del armario empotrado, justo al lado de la cama.

Nos miré en el espejo, su cuerpo desnudo tapaba el mío.

—Eres tan preciosa —le susurré al oído para después atraparle el lóbulo de la oreja con mis labios.

Martina encendía cada poro de mi piel de una manera que me era difícil controlar.

La abracé por detrás con un brazo mientras ella buscaba la inclinación perfecta para que yo pudiera entrar.

Un gemido de placer brotó en los dos. Empecé a moverme, mientras le besaba y mordía suavemente el cuello, con una mano le acariciaba el pecho y con la otra su punto de placer.

—Eros, dime algo en italiano… —dijo casi gimiendo.

— Sei incredibile, bambina... Mi fai impazzire —le susurré al oído con la voz rota y grave, pegando mi pecho a su espalda mientras marcaba un ritmo lento, profundo e hipnótico que le hizo soltar un jadeo entrecortado.

Los ojos de Martina me miraban a través del espejo mientras yo le susurraba al oído.

Mi mano apretaba su pecho con suavidad, pellizcando suavemente su pezón, mientras la otra mantenía las caricias en su intimidad, sincronizadas con cada embestida y el movimiento sutil que ella también hacía contra mí para recibirme.

— Sei mia, Martina... Solo mia per questa notte —continué diciéndole rozándole el lóbulo de la oreja, combinando las palabras en italiano con mordiscos suaves en el cuello que la hacían temblar—. Guardaci... Guarda come tremiamo insieme.

Las palabras en mi idioma actuaron como un detonante directo. Martina echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en mi hombro, perdiendo el control por completo suplicándome que no parara. Aumenté el ritmo, acelerando el movimiento de mis caderas mientras mis dedos la llevaban al límite exacto.

—Eros... ¡Eros, dios mío! —gritó, clavando las uñas en mis muslos.

El espasmo del orgasmo la atravesó de golpe, una ola intensa y salvaje que la hizo arquearse contra mí mientras los músculos de su cuerpo se contraían a mi alrededor.

Sentir su orgasmo y verlo a través del espejo hizo que diera las últimas embestidas para dejarme llevar tras ella, alcanzando un clímax abrasador que nos dejó a los dos sin aliento.

Caímos juntos hacia un lado sobre la cama deshecha, completamente agotados durante unos segundos, hasta que Martina se giró lentamente entre mis brazos, buscando el calor de mi pecho con la respiración todavía desbocada.

La envolví con mi cuerpo, besándole la frente sudorosa mientras el pulso de los dos volvía poco a poco a su ritmo normal.

Ambos teníamos dibujada la misma sonrisa de absoluta satisfacción, saboreando el eco de lo que acababa de pasar.

—Madre mía, Eros… Ha sido… No tengo palabras —dijo con una sonrisa enorme en la cara.

—Ha sido increíble… —le confesé mientras le daba un suave beso en los labios.

Ella cerró los ojos y se dejó envolver por el momento. Estuvimos así unos maravillosos segundos.

—Martina… no me apetece para nada decir esto en voz alta pero… te queda un día aquí —dije en voz baja, rompiendo la calma.

Martina suspiró, mostrando nostalgia en la mirada.

—Sí, un día. Mañana. Pasado mañana, por la mañana sale nuestro vuelo a Madrid.

—Pues entonces… a no ser que no quieras… mañana tienes el día entero reservado conmigo —dije dándole un beso en la punta de la nariz—. Lorenzo y yo hemos pedido el día libre. Él se va a llevar a Candela por ahí, y tú te vienes conmigo.

—¿Ah sí…?  Pues… me parece perfecto. Y… ¿A dónde vamos? —preguntó curiosa, jugando con el corto vello de mi pecho.

—Es una sorpresa. Un sitio especial en la costa. Lejos de la mafia, de las comisarías y de las persecuciones. Creo que te gustará.

Martina sonrió, acomodando su frente contra mi cuello.

—Me gusta cómo suena eso, ragazzo .