Rítmica, Póker y Pizza en San Remo Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

—¡Calla, Martín, que esto es una obra de arte!

—le siseé sin quitar el ojo de la mugre del cristal—.

Madre mía... Vienen con más agentes, encapuchados, pero a Eros y a Lorenzo los reconozco a un kilómetro.

Van con chalecos antibalas, las pistolas en alto y una mala leche que da miedo.

Y, oye... no es por nada, pero el chaleco a Eros le sienta de escándalo. Qué maravilla, la verdad.

—¡Me da igual su chaleco! ¡Déjame sitio! —protestó Candela, dándome un empujón en la cadera que por poco nos manda a todos contra el suelo.

—¡Que no me puedo mover! —rebatí, apretando los muslos—.

Lorenzo acaba de hacerle una llave de judo al calvo contra la mesa.

Brutal. Se lo ha llevado por delante. Y Eros...

dios santo, Eros le ha puesto la pistola en toda la frente a otro antes de que el tipo pudiera moverse. Están chillando en italiano.

— ¡Polizia! ¡A terra! —llegó el chillido desde la nave.

—¡Que me caigo! —gimió Martín, con los brazos temblando bajo mis tobillos—. ¡A la mierda el espectáculo, me voy abajo!

—¡Martín, aguanta un segundo más! —chilló Candela, agarrándome de las posaderas para estabilizar el castillo humano.

Fuera, los matones ya estaban en el suelo, encañonados y siendo esposados a una velocidad increíble por el resto de los agentes. Vi a Eros y a Lorenzo buscando con desesperación por la nave.

—Están buscándonos —dije, y empecé a pegar manotazos fuertes al cristal de la ventanilla—. ¡Eros! ¡Aquí!

El sonido del cristal debió resonar en el almacén. Eros levantó la cabeza de golpe, fijó la mirada en la parte alta del cuartucho y le dio un manotazo en el hombro a Lorenzo. Los dos salieron disparados hacia nuestra puerta.

Escuchamos el crujido de la madera, una patada seca y el portón del despacho se abrió de par en par. La luz de la nave entró en el cuarto.

—¡Abajo, abajo! —grité.

Entre Candela y yo logramos desmontar el invento acrobático justo a tiempo para que Martín no muriera en el suelo. Caí de pie, mientras Lorenzo y Eros cruzaban el umbral con las pistolas aún en la mano.

Lorenzo se guardó el arma en la funda, se pasó una mano por el pelo y nos miró a los tres con cara de sorpresa.

—Madre mía... las españolas —murmuró Lorenzo, negando con la cabeza sonriendo mientras se acercaba a Candela que había vuelto a coger la grapadora para quitársela de las manos—. ¿De verdad ibas a atacar a la mafia con papelería de oficina?

—Es de metal pesado, te aseguro que con el ángulo perfecto podría haber abierto alguna cabeza —se defendió Candela, aunque no tardó ni medio segundo en estar envuelta por un abrazo de Lorenzo que la levantó del suelo.

Yo no tuve tiempo de decir nada. En cuanto mi mirada se cruzó con la de Eros, vi cómo su rostro serio se desmoronaba. Guardó su arma, dio dos pasos largos y me atrapó también en un abrazo. Me pegó a su chaleco antibalas, hundiendo la mano en mi nuca y respirando hondo contra mi cuello.

— Dio santo, Martina... —murmuró con la voz completamente alterada.

Eros se apartó unos centímetros, lo justo para mirarme a los ojos. Tenía la mandíbula apretada y la mirada intensa. Se giró hacia Lorenzo.

—Saca a estos dos fuera y que los médicos les echen un vistazo —ordenó sin más—. Dadme un minuto.

—Entendido —asintió Lorenzo, echándole un brazo por encima a Martín y arrastrando a Candela hacia la salida.

La puerta del despacho se cerró tras ellos y nos quedamos a solas en el cuartucho a oscuras.

Antes de que pudiera articular palabra, Eros me agarró del brazo y me empujó con firmeza contra la pared. Se inclinó sobre mí, acorralándome con su cuerpo, con la respiración agitada y con sus labios y su barba rozándome casi la mejilla.

—¿Te has vuelto loca? —me soltó, con rabia que le hacía temblar la voz—. ¿Qué demonios tenías en la cabeza para seguir a dos matones armados en un maldito coche rosa? ¿Sabes el peligro que habéis corrido? ¡Podrían haberos disparado antes de que cruzarais esa puerta!

—¡No me iba a quedar de brazos cruzados viendo cómo se llevaban a mi hermano! —rebatí, sin amedrentarme contra él y clavándole la mirada con toda la altivez que pude—. ¡Tú estabas en la comisaría y ellos estaban en mi habitación! Hice lo que tenía que hacer.

—¡Es nuestro trabajo protegeros, Martina! ¡El mío! —chilló en un susurro, rozando sus labios casi con los míos—. Si te hubiera pasado algo... por una temeridad así.

—Pero no me ha pasado nada. Te aseguro que soy bastante más lista de lo que te crees, italiano —le solté, sin separar mis labios a escasos milímetros de su boca.

Apretó los dientes y soltó algo en italiano que no llegué a entender, y me cerró la boca de golpe.

Su beso fue salvaje, un choque directo de labios y adrenalina acumulada.

Me agarró de la cintura de forma posesiva, pegándome a su chaleco, mientras yo le enredaba las manos en el pelo, devolviéndole la misma desesperación.

Sentir el calor de su boca y las ganas con las que me besaba me hizo flotar y olvidarme de todo lo que acababa de pasar.

Él se obligó a separarse unos milímetros para no perder los papeles allí mismo. Volvió a envolverme con sus brazos.

—No vuelvas a hacerme esto... jamás —susurró en mi oído—. Me has quitado diez años de vida.

He pasado el peor tramo de carretera de mi carrera pensando que llegaba tarde.

Sonreí despacio contra su cuello, relajando las manos sobre sus hombros.

—Admítelo, policía. Te ha impresionado mi técnica de persecución.

Eros soltó una risa amarga.

—La verdad es que sois tremendas.

—Somos tremendamente flexibles, eso es verdad —le guiñé un ojo.

Dame un minuto... solo un minuto para volver a ser un agente profesional —murmuró, dándome un último abrazo suave y separándose colocándose el pantalón.

Cuando se recompuso, se pasó la mano por la cara, me dio un beso corto y firme en los labios y me cogió de la mano para guiarme fuera del despacho.

En el exterior de la nave encontré un despliegue espectacular.

Tres patrullas de la policía con las luces azules parpadeando aguardaban en el exterior de la nave.

Varios agentes custodiaban a los tres matones, que ya estaban metidos esposados en la parte trasera de un furgón, mientras los sanitarios de una ambulancia revisaban a Martín y a Candela.

Martín me saludó con el pulgar hacia arriba desde la parte trasera de la ambulancia, con una manta térmica sobre los hombros, mientras Candela gesticulaba animadamente con Lorenzo.

Eros nos acompañó hasta el coche. El ambiente había cambiado por completo, la amenaza había desaparecido, pero la realidad volvía a imponerse a pasos agigantados. Con la redada completada y los matones entre rejas, la misión estaba oficialmente terminada.

Nos subimos de nuevo al coche huevo rosa, esta vez con Eros al volante y yo en el asiento del copiloto, mientras Martín y Candela se quedaban con Lorenzo un último momento, antes de llevarlos al hotel.

Eros metió primera y el diminuto coche avanzó hacia la carretera principal. Miré por la ventana el parpadeo de las luces azules que quedaban atrás y luego me giré hacia él. Conducía con una mano en el volante, la otra buscando la mía sobre mi muslo mientras se quedaba pensativo.

—Bueno... —rompí el silencio, acariciándole el dorso de la mano con el pulgar—. El caso está cerrado. Martín está a salvo. Y nosotros estamos en un coche rosa.

—Sí. El caso está cerrado —repitió con tono grave—. Pero ahora tenemos un problema bastante complicado de resolver.

—¿Ah, sí? —arqueé una ceja—. ¿Cuál?

Eros detuvo el coche en el semáforo a la entrada de San Remo, se giró del todo hacia mí y me sostuvo la mirada de una manera que me encogió el estómago.

—¿Qué se supone que vamos a hacer ahora, Martina?