Capítulo 20
Martina
Un silencio tenso se apoderó de la línea telefónica durante dos segundos exactos. Candela sostenía el móvil con el altavoz puesto a escasos centímetros de mi cara mientras yo sorteaba a un autobús urbano con un volantazo seco.
—Martina, ¿dónde estás? —La voz de Eros cambió de golpe. Desapareció el policía seductor y relajado y en su lugar emergió el tono directo, cortante y helado —. ¿Qué ha pasado?
—Han venido a la suite. Dos tipos—dije de un tirón, con la vista clavada en el todoterreno negro que avanzaba a toda velocidad dos manzanas por delante de nosotras—. Han dejado al guardia que había fuera K.O., nos hemos peleado en el salón, pero han sacado un arma y se han llevado a Martín.
—¿¡CÓMO QUE SE HAN LLEVADO A MARTÍN!? —escuché rugir a Lorenzo de fondo, antes de que Eros lo silenciara de un manotazo.
—Ascolta, bambina, escúchame muy bien —ordenó Eros, y pude oír de fondo el ruido de llaves, pisadas apresuradas —. Quiero que os quedéis en el hotel. Lorenzo y yo salimos para allá en este preciso instante con tres unidades. No salgáis de la habitación.
—Eros, no estoy en el hotel.
—¿Cómo que no estás en el hotel?
—Estoy detrás de ellos. Bueno, Candela y yo. Vamos en el huevo rosa.
— ¡¿QUÉ?! ¡Por todos los santos! ¡Martina, estás loca! —Eros perdió por completo la compostura italiana—. ¡Da la vuelta ahora mismo! Esos tipos están armados y desesperados, ¡no es un juego! ¡Frena ese maldito coche rosa!
—¡No voy a dejar que se lleven a mi hermano a no sé dónde! —rebatí, acelerando al ver que el todoterreno se pasaba un semáforo en ámbar—. Candela te acaba de enviar la ubicación en tiempo real por WhatsApp. Seguid el punto en el mapa y daos prisa.
—Martina, escúchame bien —suplicó Eros, esta vez con desesperación—. No os acerquéis. No hagáis ninguna maniobra estúpida. Mantened la distancia y no intentéis nada por vuestra cuenta. Vamos hacia vosotras a toda velocidad.
—Vale. Pero como le hagan algo a Martín, no respondo —dije antes de hacerle una señal a Candela para que fuera ella quien colgara mientras se le oía a Eros por detrás soltando improperios en italiano.
Candela cortó la llamada y me miró con la boca abierta.
—¿Te das cuenta de que le has colgado a la policía mientras te gritaba en italiano? Me pareces fascinante y completamente demente.
El todoterreno dejó atrás las avenidas principales de San Remo y se desvió hacia las afueras, tomando una carretera secundaria hacia una zona de naves industriales viejas para acabar en un polígono medio abandonado.
—Allí se paran —susurró Candela, incorporándose sobre el salpicadero.
El vehículo negro redujo la marcha y se internó por un portón oxidado que daba acceso a un almacén. Apagué los faros del coche huevo justo a tiempo, detrás de un container abandonado a unos cincuenta metros.
—Aparcar este chisme aquí es como esconder un flamenco en un descampado —murmuró Candela, mirando la chapa rosa.
El teléfono volvió a vibrar. Era un mensaje de texto de Eros: «Estamos a diez minutos. NO OS MOVÁIS. Es una orden, Martina» .
—¿Qué hacemos? —preguntó Candela, tragando saliva.
—Acercarnos a cotillear. Me da un pánico terrible lo que le puedan estar haciendo a Martín ahí dentro mientras esperamos a que Eros llegue.
Nos bajamos del coche sin hacer el menor ruido, seguíamos descalzas, me metí el teléfono por dentro del pantalón sujetándolo bien en la goma de mis braguitas, y caminamos casi a gatas entre los matorrales secos de la zona descampada y las sombras de los contenedores.
La brisa fresca de la tarde que caía ya hacia el anochecer nos daba de lleno en los brazos desnudos, pero la adrenalina nos mantenía ardientes.
Nos deslizamos por el lateral del almacén hasta alcanzar una ventana baja con los cristales sucios.
Martina me hizo una seña, nos incorporamos despacio y pegamos la cara al cristal.
Allí dentro, conseguíamos ver que los dos tipos estaban empujando a Martín hacia el fondo.
De repente, una voz fría y seca sonó justo detrás de nuestras nucas, acompañada por el «click» del sonido inequívoco de una pistola.
—Guarda, guarda…
Candela y yo nos quedamos congeladas. Levantamos las manos despacio y nos giramos milímetro a milímetro. Un tercer matón, bajito, calvo y con unos bigotes ridículos pero con un revolver impresionante, nos encañonaba a menos de un metro.
—Dentro. Voi due. Piano.
Nos hizo caminar hacia la puerta trasera. En cuanto pisamos el interior del almacén, uno de los tipos de dentro se giró, con un reguero de sangre seca que iba desde el labio a su barbilla por la patada que le había dado antes.
—Mira lo que ha traído la noche —se burló el tipo—. Las princesitas pensaban que jugaban a detectives.
—¡Martina! —gritó Martín—. ¿Qué hacéis aquí? ¡Os he dicho mil veces que no os metáis en mis líos!
—Cállate, idiota, que hemos venido a salvarte —le espetó Candela, sin perder la chulería ni estando encañonada.
—A la habitación del fondo —ordenó el calvo, empujándonos con el cañón del arma—. Allí no molestaréis hasta que se decida qué hacemos con los tres.
Nos metieron a los tres a empujones en un cuartucho pequeño de techos altos que debía de ser el antiguo despacho del encargado del almacén. La puerta se cerró de golpe y escuchamos el crujido de una llave girando en la cerradura desde fuera.
Nos quedamos a oscuras, a excepción de un haz de luz que entraba por una ventanilla rectangular situada casi rozando el techo.
—Genial. Espectacular —protestó Martín, dejándose caer contra la pared—. Ahora estamos los tres atrapados. Se van a deshacer de nosotros.
—Cálmate, Martín —dije, sacando mi móvil sujetado en la goma de mis bragas—. Todavía tenemos esto, y Eros tiene la ubicación exacta. Saben dónde estamos y vienen para acá con media comisaría.
De pronto, el teléfono empezó a vibrar en mi mano en modo silencio. En la pantalla parpadeaba el nombre de Eros. Lo descolgué de inmediato, pegándomelo a la oreja mientras me pegaba a la pared y bajaba la voz al mínimo.
—¿Martina? ¿Dónde demonios estáis? —la voz de Eros entró con un pánico que era la primera vez que veía—. Hemos llegado a la zona, veo el coche rosa, pero vosotras no estáis dentro. ¿¡Dónde os habéis metido!?
—Eros, escucha... —respiré hondo—. Nos han visto cotilleando por una ventana. Nos han cogido a Candela y a mí y nos han metido dentro de la nave. Estamos los tres encerrados en un cuartucho del fondo.
—¿¡QUÉ OS HAN COGIDO!? —Eros perdió por completo el control y empezó a respirar fuerte y decir palabras sueltas en italiano—. ¡Por todos los santos, Martina! ¿Cómo demonios estás hablando conmigo si os han atrapado?
—Porque me he metido el móvil en las bragas antes de que me registraran, ¿vale? No se han dado cuenta.
—Dio mío... —Eros respiraba fuerte intentando recuperar al tipo policial para tomar el control de la situación—.
Escúchame muy bien. Mantened la calma. Tenemos el perímetro de la nave rodeado en este preciso instante.
Varios agentes están posicionados en las salidas.
Vamos a intervenir ya. No hagáis NADA, ¿me oyes? NADA. Ni un solo movimiento.
—Tranquilo, buscamos un plan de defensa por si entran antes en el cuartucho —susurré.
—¡Nada de planes de defensa! —ordenó con voz enfadada—. Resistid ahí. En un minuto estamos dentro.
Cortó la llamada. Guardé el móvil de nuevo y me giré hacia los otros dos.
—¿Y si tardan con todo el rollo diez minutos y estos tipos deciden entrar antes? —preguntó Candela, mirando a su alrededor—. Hay que trazar un plan de contingencia, por si fuera necesario. A la defensiva.
El cuartucho apenas tenía un escritorio hecho polvo, un calendario de 1998 colgado en la pared y varios clasificadores llenos de polvo. Nos pusimos a registrar los cajones como locos buscando algo útil.
—¡Mirad esto! —exclamó Candela, sacando una grapadora industrial pesada de metal y dos tijeras grandes de oficina—. Con esto puedo sacarle un ojo a cualquiera.
—Yo tengo esto —dijo Martín, enseñándonos un sello de caucho gigante para estampar en facturas—. Si se acercan, les marco la frente con el logotipo de "PAGADO".
—Oye, pues tiene su gracia. Gran amenaza, Martín, van a temblar —se mofó Candela, sopesando la grapadora como si fuera una pistola de calibre pesado—. Bueno, siempre puedes lanzárselo a alguien con fuerza.
—A ver, ¡podéis callaros! Silencio los dos —les interrumpí, señalando la ventanilla alta—. Necesitamos ver qué pasa ahí fuera para saber cuándo entran los policías o si los matones se mueven.
El único modo de llegar a la ventanilla era subir a alguien. Martín se pegó a la pared y dobló las rodillas.
—Venga, Candela. Súbete a mis hombros.
—Que se suba Martina encima de ti, y yo me subo encima de ella.
—¿Un castillo humano de tres pisos en un despacho a oscuras? ¿Estáis locas? —protestó Martín.
Al final, tras dos intentos absurdos en los que casi nos desmontamos contra el suelo, Martín se colocó como base, yo me subí a sus hombros haciendo equilibrio gracias a mis años de competición, y Candela subida a la mesa me agarró firme por la cintura para no tambalearnos.
Llegué a la altura del marco de la ventana, retiré la capa de mugre con la mano y pegué el ojo.
—¿Qué ves? —susurró Candela desde abajo, apoyando la barbilla en mi muslo.
—Veo a uno hablando por teléfono. El calvo está sentado en una caja... Espera.
A lo lejos, a través de la nave principal, se escuchó lo que parecía un crujido metálico de la puerta que salió reventada de un solo impacto y que resonó en toda la nave, seguido de un reguero de luces que provenían de linternas.
—¡Joder! —se me escapó en un soplo—. Creo que ya están aquí.
—¿¡Quiénes!? ¿Ha venido Lorenzo? —preguntó Candela, nerviosa e intentando trepar un centímetro más—. ¡Déjame ver, Martina! ¡Que yo también quiero ver al italiano repartiendo leña!
—¡Oye, que me estáis partiendo la columna en dos! —protestó Martín desde la base, temblando como un flan—. ¡Como no os deis prisa me desplomo y nos matamos los tres!