Capítulo 19
Martina
En la suite del hotel se sentía como un remanso de paz absolutamente necesario.
Me había puesto cómoda con unos leggins y una camiseta de algodón.
Candela andaba descalza por la moqueta, con el pelo todavía húmedo de la ducha, recogido en un moño deshecho, atacando una bolsa de patatas fritas mientras Martín intentaba concentrarse en un partido de fútbol en la televisión con el volumen muy bajo.
—A mí lo que me falla de este hotel es el minibar —comentó Candela, tirándose en el sofá—.
Solo dos botellines de licor, tres aguas sin gas y una chocolatina triste.
Mal, muy mal. Lorenzo me prometió que me invitaría a cenar a algún sitio de verdad cuando terminara el papeleo, así que le voy a pedir que después de la cena me lleve al local más guay de San Remo a tomar unas copas y desmelenarnos.
—Si no te ha pedido matrimonio ya con la exhibición de flexibilidad de estas últimas horas, poco le falta —me burlé con cariño.
—Cállate, Martina, que tú estabas bebiendo las mieles del Dios del Amor —me soltó ella, lanzándome una patata que pillé al vuelo para metérmela en la boca.
Me dejé caer junto a Candela en el sofá.
El ambiente era tan tranquilo y normal, tras la tormenta de los últimos días, que me permití relajarme del todo.
La imagen del cuerpo desnudo de Eros, su voz grave hablándome en italiano todavía en mi oído y la promesa de su beso al despedirnos me daban una sensación maravillosa en el pecho. Solo tenía ganas de volver a verlo.
De pronto, escuchamos un golpe fuerte seco amortiguado al otro lado de la puerta principal de la suite. Fue extraño. Lo suficiente para dejar todo lo que estábamos haciendo y mirarnos paralizados pensando a qué se debía.
—¿El servicio de habitaciones? —murmuró Martín, dispuesto a levantarse.
—No hemos pedido nada —dije en voz baja, poniéndome en pie de inmediato. El instinto me dijo que no era normal, después de todo lo que habíamos pasado estos últimos días.
Antes de que Martín diera dos pasos hacia la puerta, esta se abrió de golpe.
La cerradura saltó por los aires, pegando un portazo que nos asustó, y dos tipos corpulentos, vestidos de camareros irrumpieron en el salón como dos bestias.
Desde luego, no venían a traer champagne con fresas.
Martín reculó acercándose a nosotras. Uno de ellos llevaba la mano bien metida dentro de la chaqueta, marcando la forma inequívoca lo que parecía una culata.
—Vaya, qué reunión tan acogedora —dijo el más alto, un tipo con cara de matón y un acento italiano cerrado y rasposo. Habló en italiano pero se le entendía perfectamente—. Martín, la gente del jefe quiere hablar contigo antes de que le cuentes cuentos chinos al juez.
—A mí no me tocáis, imbéciles —saltó Martín, dando un paso atrás con el rostro pálido—. La policía está al caer.
—¿La policía? El de la puerta ya está durmiendo en el pasillo, chaval —se burló el segundo, avanzando directamente hacia él—. Muévete si no quieres que las chicas salgan perdiendo.
No nos dio tiempo a pensarlo. El tipo que estaba más cerca estiró la mano para agarrar a Martín, que estaba a mi lado, del cuello de la camiseta. La adrenalina me explotó en las venas sin pedir permiso.
—¡A él no lo toca nadie! —grité.
Aproveché la soltura de mis leggins y mi flexibilidad para soltar una patada frontal limpia y absolutamente directa que le dio de pleno en la barbilla. El impacto resonó en la suite y el tipo dio tres pasos atrás, totalmente grogui por un segundo.
—¡Martina! —chilló Candela, que no tardó ni medio segundo en reaccionar.
Ella estaba cerca del otro matón, en un reflejo rapidísimo agarró la lámpara de pie de latón de la esquina y la blandió como si fuera una maza, asestándole un golpe brutal en las costillas al segundo justo cuando intentaba sacar el arma.
Y en ese momento, el salón se convirtió en un caos absoluto en cuestión de diez segundos.
Cojines volando, jarrones rotos contra la pared y el sonido seco de los golpes.
Volví a cargar contra el tipo de la cicatriz, esquivando un manotazo torpe con una pirueta y bloqueándole el brazo, pero la diferencia de peso era aplastante.
El tipo acabó pegándome un empujón violento que me mandó directa contra el aparador, haciéndome perder el aire para respirar por completo.
Candela le estampó una bandeja metálica del servicio de habitaciones en la cara al otro, pero este, enfurecido, consiguió darle un fuerte bofetón que la mandó al suelo.
En mitad del desorden, el que había intentado coger a Martín consiguió sacar la pistola, apuntando directamente a la cabeza de Martín.
—¡Ni un paso más, coño! —rugió chillando, respirando con fatiga y sangrando por el labio—. Tú te vienes conmigo ahora mismo o les pongo una bala a tus dos amiguitas aquí mismo.
Martín nos miró con los ojos desorbitados, aterrorizado. Levanto las manos despacio, temblando.
—Vale, vale... no les hagas nada. Voy contigo.
—¡Martín, no! —suplicó Candela desde el suelo, agarrándose la mejilla encendida.
El matón agarró a mi hermano por la nuca, encasquillándole el arma en el costado, y lo empujó sin miramiento hacia la puerta destrozada.
El segundo tipo, cubriéndose la cara sangrante con una mano, nos apuntó con su propia pistola unos segundos mientras retrocedía, advirtiéndonos con la mirada antes de dar un portazo.
Me quedé un segundo en el suelo, recuperando el aliento a bocanadas, mientras los latidos me golpeaban en los oídos.
—¿Estás bien? —me preguntó Candela, levantándose a toda prisa con los ojos inyectados en sangre.
—Sí, ¿Y tú? No me importa si estoy bien —dije, incorporándome de un salto y agarrando las llaves del coche que estaban sobre la mesa—. A esos dos imbéciles no les va a dar tiempo ni de salir del callejón.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Candela.
—Coger el huevo rosa. ¡Mueve el culo!
Salimos de la suite descalzas, esquivando al policía de la patrulla que yacía inconsciente en el pasillo, respirando, afortunadamente, y vimos cómo se metían por las escaleras de emergencia a toda velocidad, para pasar desapercibidos.
Les seguimos en la distancia con el mayor sigilo posible.
Llegamos hasta el aparcamiento subterráneo del hotel justo a tiempo para ver a través de la verja cómo metían a Martín a empujones en el asiento trasero de un todoterreno negro con cristales tintados.
El todoterreno quemó rueda, haciendo retumbar el garaje, y salió disparado hacia la rampa exterior.
—¡Vamos! —gritó Candela, tirando de la manilla del copiloto de nuestro diminuto Fiat Rosa.
Nos metimos de un brinco. Arranqué el motor, metí primera y salí disparada tras ellos acelerando todo lo que me fue posible con los pies descalzos, haciendo rechinar los neumáticos sobre el hormigón pulido.
Subimos la rampa justo cuando el todoterreno se incorporaba al tráfico de la avenida principal hacia la zona del puerto.
—Candela, toma mi móvil y marca a Eros —le ordené, pegada al volante, manteniendo la distancia a lo lejos para no perder la pista del todoterreno entre el tráfico de la tarde.
—Voy, voy... —Candela sacó el teléfono con dedos temblorosos, buscó el contacto y le dio a llamar, poniendo el altavoz de inmediato.
El tono de llamada sonó dos veces antes de que la voz de Eros apareciera. Se le escuchaba relajado, con un murmullo de fondo de oficina.
—Dime, bambina... —contestó con la voz grave, lenta y rematadamente seductora que en cualquier otro momento me hubiera puesto del revés—. ¿Ya me echas de menos? Porque yo apenas una hora aquí, tomándome un café… y ya estoy pensando en volver a esa habitación…
Apreté las manos contra el volante, esquivando un vespa por la derecha mientras no quitaba los ojos de las luces traseras del todoterreno negro.
—A ver, Eros... —respiré hondo, tratando de mantener la voz firme—. Tengo que contarte una cosa. Me parece que vas a tener que aparcar el café.