Rítmica, Póker y Pizza en San Remo Capítulo 18
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Capítulo 18

Martina

Me desperté con un peso delicioso sobre la cintura. Eros me rodeaba con un brazo, pegado a mi espalda, respirando pausado contra mi nuca. Durante unos segundos me quedé inmóvil, disfrutando de la paz de la habitación y del contacto de su cuerpo contra el mío.

Aún me escocía la piel de forma gustosa. Recordar lo que había pasado la noche anterior me provocó un temblor en la entrepierna, recordar sus manos sobre mi cuerpo, la fuerza con la que se movía dentro de mí y cómo habíamos terminado. Hacía tiempo que no me sentía tan bien.

Giré la cabeza despacio sobre la almohada para mirarlo.

Tenía el pelo oscuro revuelto sin nada de la fijación que solía verle y su cara era angelical y atractiva a partes iguales, su corta barba me volvía loca y respiraba tranquilidad quitando cualquier rastro del policía que había visto.

Me resultaba adictivo. Pensé en despertarlo besándolo directamente, o pasar mi lengua por sus labios juguetona.

Debió de haber notado que estaba despierta porque entreabrió sus ojos oscuros y me dedicó una sonrisa.

— Buongiorno —murmuró con la voz grave de recién levantado.

— Buongiorno —susurré dándome la vuelta para quedar cara con cara.

Eros no tardó ni tres segundos deslizar su mano desde mi cintura hasta mi muslo, acariciando la piel desnuda con lentitud con su mano, y que fue subiendo hasta tocarme el culo, y apretarlo suavemente con la su palma encendiéndome la sangre.

Se inclinó, sin haber dicho nada más, y pegó la boca y su lengua a mi cuello y empezó a dejar besos húmedos mientras su mano empezó a deslizarse hasta mi entrepierna.

—Dímelo —murmuré, arqueando suavemente la espalda cuando sus dedos rozaron la zona caliente entre mis piernas.

—¿El qué? —preguntó contra mi piel.

—Dime algo en italiano. Antes de hacer nada.

Eros soltó una risa baja. Me miró a los ojos, provocador.

— Sei una tentazione continua, Martina... non mi basti mai —susurró contra mis labios, con ese italiano que había descubierto que me sonaba a pecado puro.

No me dio tiempo a pedir traducción. Eros se incorporó, hizo que me tumbara y fue deslizando  su boca hacia abajo, lamiendo mis pechos y dejando un rastro de besos ardientes por mi vientre, mientras me abría las piernas con suavidad.

Disfrute de la delicia de su boca y me empecé a poner nerviosa por lo que sabía que iba a hacer. Dios, no deseaba nada más que eso.

Cuando su boca se posó entre mis muslos, y noté su lengua en el centro, ahogué un gemido en la almohada y me agarré con una mano al cabezal de forja.

Se tomó su tiempo, lento, rítmico, alternando su lengua con su aliento tibio, mientras me sujetaba firmemente las piernas con sus manos, que intentaban moverse por el placer.

Oía cómo me besaba, el sonido de cada vez que separaba para volver a lamer…

me volvía loca. Por un momento no sabía ni donde estaba, solo que el placer me había poseído, y los espasmos amenazaban con hacerme perder el control otra vez.

Torpemente, pidiéndole que no parase, alargué mi mano y cogí un preservativo de la caja que habíamos dejado sobre la mesilla.

—Toma, Eros. Póntelo, y entra, por favor —dije con la voz totalmente excitada.

Antes de dejarme romper del todo, subió de nuevo sobre mi cuerpo, cogió el preservativo que le tendía, se lo puso en dos segundos, mientras yo lo miraba deseándolo.

Buscó mi boca con un beso desesperado que sabía a mí, deslizándose dentro con un movimiento firme que nos dejó a los dos sin aire.

Hicimos el amor con movimientos urgentes, pero con cada caricia y beso lleno de ternura y admiración, hasta alcanzar un clímax casi conjunto que nos dejó jadeando sobre el colchón.

Fue absolutamente maravilloso. Desde luego, Eros era para mí, el Dios del amor.

Media hora después, tras una ducha rápida, bajamos al salón. Candela y Lorenzo ya estaban allí, en torno a la mesa, con una cafetera y un paquete de galletas.

—Mira quiénes se dignan a aparecer —saltó Candela con los ojos brillantes y una sonrisa de oreja a oreja—. Pensábamos subir con un cubo de agua fría.

—Hemos tardado en recoger la habitación, nada más —improvisé riendo y mirando a Eros.

Aprovechando que los chicos se enfrascaron en una conversación técnica sobre la comisaría y la logística del traslado a San Remo, Candela me dio un tironazo de la manga y me arrastró hacia el rincón del fregadero.

—A mí no me engañas, Martina —me susurró, rozándome el hombro con el suyo—. Tienes cara de haber descansado muy poco y disfrutado muchísimo.

—Tampoco ha estado mal, no te voy a mentir —sonreí, tomando un trago de café—. ¿Y tú? Ayer escuchamos ciertas cosas desde la escalera…

Candela soltó un risilla de triunfo y se inclinó hacia mí.

—Oye, solo te digo una cosa, la gimnasia rítmica sirve para la vida.

Puse en práctica tres estiramientos de cadera que ni en la selección nacional.

Lorenzo se quedó absolutamente paralizado al principio y luego...

en fin. Digamos que repitió tres veces. El chico aprende rápido y tiene buena elasticidad de base.

Un diez, Martina. No te lo pienses, demuéstrale a Eros que no tendrás nombre de diosa del amor pero que tienes una elasticidad capaz de matarlo a orgasmos.

Me entró la risa, como siempre con Candela, y me fijé que los dos nos miraban desde la mesa con cara de no entender nada.

El resto de la mañana pasó volando. Recogimos la casa de la montaña, metimos las pocas cosas en una bolsa, volvimos a vestirnos con la ropa de fiesta y nos preparamos para la partida.

La vuelta se organizó en dos coches, Lorenzo y Candela se fueron en el que él había traído el día anterior, y Eros y yo nos subimos de nuevo al diminuto coche huevo rosa.

El trayecto por las carreteras hacia la costa fue totalmente distinto al de ida. Había comodidad entre los dos, una electricidad que se notaba en cada roce que él buscaba, al tocarme la rodilla en algún momento, por el mero hecho de tocarme, o en las miradas de reojo.

—Sabes que esto es raro, ¿no? —comenté, mirando el paisaje de colinas que se alejaba.

—¿El qué? —preguntó Eros, sin quitar los ojos de la carretera.

—Esto. Nosotros. Empezó todo con una cobra en un reservado y míranos ahora. No sé… además en nada me vuelvo a España.

Eros apretó el volante un segundo antes de responder.

—Lo de España va a ser una molestia —dijo con tono desenfadado, pero con una mirada seria que me caló profundo—. No me gusta la distancia.

—Tampoco es que tengamos una relación oficial, señor policía —bromeé para rebajar el peso en el pecho—. Somos... amigos con derecho a pizza.

Eros sonrió, estirando su mano, tomando la mía y tirando para llevársela a los labios y darle un beso en los nudillos.

—Llámalo como quieras, Martina. Pero a mí no me engañas, los dos sabemos que esto no es una tontería de fin de semana.

Oír eso hizo que una corriente agradable recorriera mi cuerpo de arriba abajo.

No dije nada más porque no hacía falta añadir más información.

Yo sentía absolutamente lo mismo. Ambos éramos conscientes de la sombra del billete de vuelta, pero la atracción entre nosotros era tan auténtica y tan fuerte que resultaba imposible ignorarla.

Llegamos a San Remo a media tarde. Dejamos el huevo rosa aparcado en el parking y el de Lorenzo frente al hotel donde nos habíamos hospedado días antes.

Eros y Lorenzo nos explicaron que debían ir urgentemente a la comisaría central para cerrar el atestado con el fiscal y dejarlo todo atado para el juicio.

Nos despedimos en la acera. Lorenzo le dio un abrazo cariñoso a Candela, prometiendo pasar a buscarla más tarde, y Eros se acercó a mí.

Se quedó de pie a pocos centímetros, me miró con una intensidad que me flaquearon las piernas. Me agarró de la barbilla con suavidad y me dio un beso lento, delante de todo el mundo, ignorando los coches que pasaban.

—Sube a ver a tu hermano —me dijo al oído, con la voz grave—. Volveré en cuanto termine con el papeleo. No te vayas a ningún sitio, por favor.

—Aquí estaré —prometí.

Subimos al hotel. Había un policía de guardia cerca de la puerta de la suite. En cuanto entré, Martín se levantó del sofá de un salto. Iba en chandal, con cara de cansancio acumulado, pero al verme se le iluminó la cara.

—¡Martina! —me abordó, dándonos un abrazo sentido a las dos—. Madre mía, qué alivio veros. ¿Estáis bien?

—Nosotras todo bien, Martín. Hemos estado a salvo y tranquilas en un pueblecito cercano —le tranquilicé, dándole un par de palmaditas en la espalda mientras Candela se acomodaba en uno de los sillones.

Nos sentamos en la mesa redonda de la suite y hablamos acerca de todo lo que nos había pasado, tanto a él como a nosotras.

Le contamos por encima todo, omitiendo, por supuesto, los detalles de mi vida nocturna con el agente Eros.

Martín escuchaba atento, pero se le notaba la tensión en los hombros.

Apoyó los codos en la mesa y se pasó las manos por la cara con preocupación.

—No sé, Martina... me alegro de que los hayan pillado, de verdad, pero no me fío un pelo de esa gente —confesó mi hermano, mirando hacia la ventana—.

Esta mafia tiene tentáculos en todas partes.

En cuanto nos dejen salir de aquí, quiero que cogamos el primer avión a España y nos olvidemos de Italia para siempre.

Miré a Martín y luego a la ventana, pensando en Eros conduciendo hacia la comisaría. La sola idea de coger ese avión y cerrar la puerta a lo que acababa de empezar entre nosotros me dejó un nudo amargo en la garganta.