Rítmica, Póker y Pizza en San Remo Capítulo 17
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Capítulo 17

Eros

Llegamos a la casa intentando no hacer demasiado ruido al abrir la puerta, cargados con las cajas de las pizzas encontramos el salón a oscuras, iluminado únicamente por la luz tenue que se filtraba desde el piso de arriba por el hueco de la escalera.

Martina y yo entramos y abrimos la lamparilla del salón, nos quedamos paralizados escuchando el silencio e intentando averiguar qué es lo que había pasado con Lorenzo y Candela.

Justo un segundo después, un gemido bastante claro se escuchó directamente desde la planta de arriba, seguido de un crujido de cama que dejaba bien claro qué es lo que estaba pasando.

Nos miramos bajo la luz suave. A Martina se le escapó un resoplido y se tapó la boca con la mano para frenar una carcajada. A mí me dio la risa floja mientras dejaba las cajas de pizza sobre la mesa del salón.

—Madre mía con la diplomacia internacional... —susurró ella entre dientes, aguantándose la risa.

Subí los escalones de dos en dos hasta llegar al pasillo del primer piso y le di dos toques suaves a la puerta de la habitación en la que estaban encerrados.

—Chicos —dije en voz alta, intentando poner tono profesional pero sin poder evitar el cachondeo—. Ya estamos aquí. Vemos que habéis aprovechado el tiempo y no habéis perdido el ritmo. Os esperamos abajo con la pizza. Si bajáis bien, si no, nos las comemos nosotros.

Escuché un golpe seco dentro de la habitación, el sonido de algo cayendo al suelo y una palabrota sofocada de Lorenzo, seguida de un susurro de Candela diciéndole que se callara.

Martina me esperaba abajo con una sonrisa de oreja a oreja, apoyada en el borde de la mesa.

El ambiente en la casa había cambiado por completo; la complicidad entre nosotros era más que evidente, y la escena de arriba le había metido una chispa de picardía que nos tenía a los dos con la guardia baja.

La miré a los labios, recordando el sabor del vino tinto en su boca cuando la tenía subida a la encimera de la pizzería hacía poco menos de una hora, y sentí unas ganas tremendas de besarla.

Pocos minutos después, Lorenzo y Candela bajaron las escaleras intentando poner cara de total normalidad, aunque venían con cara de haberse cenado el uno al otro en la habitación.

—Espero que la pizza siga caliente —dijo Lorenzo, aclarándose la garganta.

—Nos habéis dejado a dos velas y sin cenar, maleducados —saltó Candela, haciéndose la indignada mientras se sentaba en el sofá y agarraba directamente una porción de la caja—. Mmm, madre mía, Eros. Te perdono todo solo por esta masa.

Nos sentamos los cuatro alrededor de la mesa del salón, abriendo las cajas y la botella de vino, y aunque nosotros ya habíamos cenado, acabamos probando un par de porciones cada uno. El ambiente flotaba entre risas y tonterías.

—Por cierto... —cambió de tema Candela, mirando hacia mí con curiosidad genuina—. ¿A ti por qué te pusieron Eros? Ponerle a su hijo el nombre del dios del amor en Italia es… arriesgarse mucho.

Martina se rió, apoyando la barbilla en la mano para escucharme.

—Pues… partimos de la base que mi madre es una romántica empedernida —confesé, dejando la copa de vino sobre la mesa—.

Según ella tuvo un sueño al poco de quedarse embarazada, en él me llamaba Eros.

Y le gustó. Le dio muchas vueltas, pero ese nombre siempre acababa en su cabeza.

Mi padre quería llamarme Marco. Al final acabaron llamándome Eros Marco, que es mi verdadero nombre. Pero todo el mundo me llamaba Eros.

—Es unn nombre con mucha responsabilidad… —bromeó Martina, mirándome juguetona.

—Intento estar a la altura de las expectativas —le contesté en un susurro acercándome a su oído, para que solo ella escuchara, haciéndola sonreír.

Entre bromas, la conversación derivó hacia lo que pasaría al día siguiente. La instrucción judicial de la redada en el casino avanzaba rápido.

—Mañana será nuestro último día aquí arriba —explicó Lorenzo, poniéndose un poco más serio—.

Por la tarde bajaremos a San Remo. Os dejaremos en el hotel donde está Martín bajo custodia hasta que el juez tome declaración a todos para que podáis estar tranquilas hasta que tengáis que coger el vuelo de vuelta a España.

La mención del regreso a España hizo que me fijara en Martina. Que asentía despacio, mirando al suelo. La idea de que ella volvería a casa empezó a pesarme en el pecho.

Cuando las cajas de pizza quedaron vacías y el vino se terminó, Lorenzo se levantó, acariciando a Candela en el hombro y me miró con una mueca de cansancio.

—Bueno chicos, yo me retiro. Mañana tengo que madrugar para llamar a la comisaría —dijo.

—Te sigo —añadió Candela, guiñándole un ojo a Martina con descaro absoluto antes de subir las escaleras tras él.

—Buenas noches chicos —dijimos Martina y yo casi al unísono.

Nos quedamos los dos solos en el salón. La tranquilidad nos envolvía. Nos miramos durante unos segundos, valorando con nuestras miradas cuál podría ser el siguiente paso.

—Bueno... —murmuró Martina, cruzándose de brazos—. Parece que la casa se ha quedado muy silenciosa de golpe.

—Demasiado —admití.

Me incorporé y me acerqué a ella despacio.

Mirarla me producía una sensación que llevaba años sin experimentar.

Cuando la besé en mi casa y en la pizzería, cuando sentí su boca desesperada contra la mía y sus brazos rodeando mi cuello, algo dentro de mí se desató.

Hacía muchísimo tiempo que no me sentía tan hipnotizado por una mujer.

No era solo la atracción física que sentía por ella, que me quemaba por dentro; era cómo se reía, cómo me miraba y cómo me hacía olvidar cualquier coraza policial en cuanto se acercaba dos centímetros.

Martina me sostuvo la mirada, parecía esperar a que yo diera el paso.

—¿Te apetece dormir en mi habitación? —le pregunté en voz baja, sin rodeos.

Martina parpadeó, me miró a los ojos y asomó una sonrisa pequeña que me sacudió.

—Pensaba que no me lo ibas a pedir nunca —susurró.

Le agarré la mano y subimos las escaleras en silencio. Entramos en mi dormitorio y cerré la puerta con seguro tras de nosotros. La única luz que entraba era el reflejo azulado de la luna a través del ventanal que daba a los pinos de la montaña.

No quise hablar más. Me acerqué a ella, le pasé las manos por la cintura y la pegué de forma firme a mi cuerpo. Martina dejó escapar un largo suspiro, rodeándome el cuello con los brazos y buscando mi boca.

En el beso dejamos explotar todas las ganas que habíamos acumulado durante las horas y días pasados.

Le quité la sudadera por la cabeza, dejándola en una camiseta tirantes fina que no tardó en volar al suelo.

Martina me quitó la mía, rozándome el pecho desnudo con la yema de los dedos y haciéndome gruñir contra sus labios.

La levanté del suelo sujetándola por los muslos y ella se enganchó a mi cintura.

La llevé hasta la cama y la tumbé despacio sobre las sábanas, situándome entre sus piernas.

Gracias a luz de la luna podía ver su rostro en la penumbra y el pelo desparramado sobre la almohada.

Estaba guapa, muy guapa. Ella aprovechó que la miraba para deshacerse del sujetador, dejando sus preciosos pechos a la vista.

Eran absolutamente preciosos, pequeños y tentadores.

Me incliné y los tapé con mis manos,  sintiendo cómo sus pezones se endurecían, me deleité acariciándolos mientras ella arqueaba su espalda por mi contacto.

Me incliné del todo para dejar un reguero de besos húmedos que empezaron por su boca, pasando por su mandíbula, su cuello y las clavículas, hasta llegar a sus pezones mientras ella seguía arqueando la espalda y enredando sus dedos en mi pelo, soltando gemidos suaves que me encendían la sangre.

Dejé de besarla, y me incorporé para quitarme los pantalones y la ropa interior mientras ella hacía lo mismo, y yo la ayudaba estirando, dejándola completamente desnuda ante mí.

Me miró con los ojos llenos de deseo, sin una sola sombra de duda.

Abrí el cajón de la mesilla de noche y saqué un preservativo. Lo rasgué con los dientes sin quitarle los ojos de encima. Martina me observó en silencio, con la respiración entrecortada y mordiéndose el labio, esperándome, mientras yo me lo colocaba, disfrutando de la tensión erótica de ese segundo.

Volví sobre ella, acariciándole la cara y besándola con una lentitud desesperante que la hizo jadear.

—Eros... —suplicó en un susurro, clavando las uñas en mis hombros.

Me posicioné a la entrada y me deslicé dentro de ella despacio, sintiendo el calor apretado de su cuerpo envolviéndome por completo. Martina echó la cabeza hacia atrás con un gemido agudo y apretó las piernas alrededor de mis caderas, buscando más de mí.

Empecé a moverme con un ritmo lento y profundo al principio, buscando su mirada en la penumbra.

Ella me sostuvo los ojos, buscando mi boca con la suya, llevándonos a una danza pasional y acompasada.

Sin separar nuestras bocas, pasé mi mano entre los dos cuerpos para rozar su intimidad, quería acariciarla, darle placer.

Establecí un movimiento suave y rítmico con la yema de mis dedos en su clítoris mientras empujaba, aumentando el ritmo poco a poco, llevado por la intensidad de sus gemidos y por la forma en que su cuerpo respondía a cada embestida.

La habitación se llenó del sonido de nuestras respiraciones totalmente descontroladas y del calor de nuestras pieles chocando con fuerza.

Martina se agarró a mis brazos, mordiendo suavemente mi labio inferior mientras un gemido intenso salía de su garganta.

Pegué mi boca en su cuello mientras mis movimientos se volvían más veloces y profundos y mis dedos seguían acariciando su punto de placer, sentir cómo ella se apretaba contra mí y respiraba gimiendo me nubló por completo.

— Dio mío, Martina... mi fai impazzire —le susurré contra la piel con la voz completamente rota, incapaz de no hablar en mi propia lengua.

Volví a besarla con la misma desesperación con la que me movía dentro, hasta que sentí cómo todo su cuerpo se tensaba de golpe, con suaves espasmos, entregándose al orgasmo con un gemido ahogado contra mis labios.

Verla así me hizo perder el control del todo, aceleré los últimos empujones y me dejé llevar con ella, alcanzando el clímax segundos después con un gemido que me vació por completo.

Me dejé caer encima de ella, apoyando mis brazos para no aplastarla, quedando los dos sudorosos, buscando aire con el pecho subiendo y bajando a mil por hora. Sentí su risa en mi cuello. Reí yo también sin saber por qué lo hacía.

—¿Te ríes? —pregunté con guasa mirándola a esos ojos que tanto me gustaban—. No sé si preocuparme por eso —. Le di un beso suave en los labios.

—Me río porque… empiezo a tener claro porque ese nombre estaba predestinado para ti.

Reí con su comentario y la volví a besar dulcemente antes de incorporarme y escuchar sus quejas por separarme de ella.

Retiré el preservativo, lo tiré a la papelera y volví a la cama para envolverla con mis brazos, pegando su espalda a mi pecho bajo la fina sábana.

La noche afuera era fresca, pero allí dentro, con nuestros cuerpos totalmente desnudos y pegados, estábamos ardientes.

Martina se acomodó contra mí, entrelazando sus dedos con los míos sobre su vientre. Se giró un poco para mirarme por encima del hombro, con una sonrisa me preguntó:

—Oye, italiano...  ¿qué has dicho antes en tu idioma?—murmuró, pasándome un dedo por la barbilla. Sonreí contra su hombro y le mordisqueé suavemente el lóbulo de la oreja.

—He dicho: «Dio mio, Martina... mi fai impazzire» .

—¿Y eso significa...? —insistió, girándose un poco más para buscar mi mirada con curiosidad.

—Significa «Dios mío, Martina... me haces enloquecer». O «me vuelves loco», según cómo lo traduzcas.

Martina esbozó una sonrisa lenta, llena de satisfacción.

—Me gusta la traducción. Y me ha gustado cómo suena cuando pierdes el control y susurras cosas así en italiano.

—Intento no perderlo a menudo, pero contigo, al parecer, es una causa perdida —admití, apretándola un poco más contra mi pecho—. Y ahora duérmete, que si me sigues mirando así me pongo a susurrarte en italiano y volvemos a empezar.

Soltó una risita suave, apoyó la cabeza en mi pecho y cerró los ojos, completamente rendida.