Rítmica, Póker y Pizza en San Remo Capítulo 16
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Capítulo 16

Martina

Caminamos por las callejuelas empedradas a paso tranquilo, uno al lado del otro, dejando que la electricidad del beso que nos habíamos dado siguiera con cada pequeño contacto entre los dos.

Me estuvo contando anécdotas del pueblo, dónde organizaban las fiestas en verano, curiosidades de algunas casas que íbamos dejando atrás, haciéndome sentir muy cómoda en todo momento.

Nos detuvimos ante una fachada de piedra con un cartel de madera barnizada donde se leía en letras doradas: Pizzeria da Maria e Giovanni . Eros sacó el móvil del bolsillo, tecleó un mensaje rápido y esperó un segundo antes de meter la llave en la cerradura.

—He avisado a mi madre —dijo en voz baja, abriendo la puerta—. Aquí todo el mundo se entera de todo. Si algún vecino ve luz dentro a estas horas, en cinco minutos tengo a mi padre abajo con el palo de la escoba pensando que han entrado a robar.

—¿No abren por las noches? —pregunté, colándome al interior mientras él buscaba el interruptor de la luz.

—Entre semana solo abren a mediodía para los trabajadores del pueblo y los de la zona —explicó, encendiendo una luz cálida que iluminó el comedor—.

Los fines de semana sí abren de noche, pero el resto de la semana mis padres prefieren cenar tranquilos y descansar.

Menos en verano, que suelen alterar los horarios.

Aprovecharé que la cúpula de piedra aún retiene el calor de este mediodía y reavivo las brasas en un segundo para hacerlas.

La luz tenue reveló un espacio que parecía sacado de una postal antigua.

Tenía paredes de ladrillo, techos altos y vigas de madera y apenas diez mesas cuadradas vestidas con los típicos manteles de cuadros rojos y blancos.

Todo estaba impecable, desde las vinagretas de cristal en cada mesa hasta los pequeños jarrones con diminutas flores secas.

Se notaba a leguas que era un negocio familiar que se cuidaba con cariño.

—Puedes cotillear lo que quieras —me dijo Eros, señalando la sala mientras se quitaba la sudadera y se quedaba en una camiseta negra de manga corta que le marcaba la espalda—. Reavivo las brasas y saco la masa.

—Permiso concedido —sonreí.

Me paseé por el comedor con las manos en los bolsillos del chándal, disfrutando del silencio.

En una de las paredes de piedra había una colección enorme de marcos de fotos en blanco y negro y en color.

Me acerqué a mirar. Había imágenes de sus padres de jóvenes, en algunas aparecía un niño amasando subido a un taburete, supuse que era Eros, y un montón de fotos con clientes.

Puse los ojos como platos al fijarme bien en algunas caras.

—Oye Eros… A ver…  ¿esta de aquí no es Laura Pausini? —pregunté, inclinándome hacia un marco.

—Sí, vino hace unos seis años a pasar un fin de semana tranquilo al valle —resonó la voz de Eros desde la barra.

—¿Y este es Eros Ramazzotti? —aluciné, pasando al siguiente marco—. Madremía, tu padre tiene aquí un salón de la fama.

—A la gente famosa le gusta esta zona porque no hay prensa —comentó con naturalidad.

Seguí recorriendo la pared hasta que me detuve en seco ante una foto en color, algo más reciente.

En ella salía un Eros un poco más joven, con el pelo algo más largo, sonriendo al lado de un tipo enorme con barba canosa, gorra y cara de pocos amigos, pero que le pasaba el brazo por el hombro con familiaridad.

—Dime que este no es Russell Crowe —dije, dándome la vuelta para mirarlo.

Eros salió de la cocina atándose las cintas de un delantal negro a la cintura y que, para variar, le quedaba bien… demasiado bien.

—El mismo —se rió, acomodándose el delantal sobre las caderas—.

Estuvo por aquí hace unos años buscando locaciones para un rodaje y alguien le recomendó la pizzería.

Mi padre casi se da un tiro porque no sabía quién era y pretendía cobrarle la Coca-Cola, pero Russell se comió dos pizzas de trufa él solito y se quedó charlando con nosotros en la terraza hasta las dos de la mañana.

Es bastante simpático si le das de comer.

Solté una risa suave, fascinada por haber descubierto eso, negando con la cabeza, y volví a mirarlo a él.

Eros se dirigió hacia la zona de trabajo, una cocina abierta tras la barra donde descansaba una mesa enorme de mármol blanco y un horno de piedra abovedado. Me acerqué despacio a la barra, apoyando los codos sobre la madera pulida para observarlo.

Decidí no seguir viendo fotos ni la sala, prefería verlo a él.

Observarlo trabajar era un espectáculo. Hundió las manos en un cajón de madera para extraer tres bolas de masa que tenían reposada.

Había una seguridad casi hipnótica en cada uno de sus movimientos.

No lo hacía con prisa, sus manos se movían rápido sobre la harina de una manera que era imposible dejar de observar.

Agarró la masa, la presionó con las yemas de los dedos desde el centro hacia fuera, creando el borde perfecto, y la hizo girar en el aire un par de veces con un movimiento leve de muñeca antes de posarla suavemente sobre el mármol.

Mientras hacía el movimiento me miró y me lanzó una sonrisa…

sabía que estaba alucinada. Es que estaba… muy muy bueno.

Así que sí… seguí completamente atontada mirando al detalle sus hombros, cómo se tensaban sus bíceps al estirar la masa y la delicadeza de sus dedos con los pequeños movimientos.  Vi como un mechón de pelo le caía sobre la frente. La escena provocaba un cosquilleo en mi estómago.

—¿Vas a seguir mirándome como si fuera un postre o vas a ayudarme a abrir el vino? —preguntó de pronto, sin levantar la vista de la masa, pero con una sonrisa de lado que delataba que sabía perfectamente el efecto que me estaba causando.

—Sí, claro… Estaba comprobando tu técnica —disimulé, respirando y aclarándome la garganta—. De momento… apruebas.

Me indicó dónde podía encontrar una botella de vino tinto y un sacacorchos, descorché la botella con cuidado y serví un par de dedos en cada copa mientras él terminaba de poner el tomate casero, la mozzarella fresca, unas hojas de albahaca y algunos otros ingredientes sobre las pizzas.

Metió la primera en el horno con una pala de madera larguísima. El calor que desprendía la piedra inundó el ambiente al instante.

Se lavó las manos en el fregadero, se secó con un paño limpio y cogió su copa de vino. Rodeó la barra y se sentó en uno de los taburetes altos, justo a mi lado, quedando muy cerca.

—Un brindis —dijo, alzando la copa—. Porque la operación ha salido bien, Martín está a salvo y, aunque todavía queda mucho trabajo que hacer, la mafia de San Remo, de momento, tiene un problema gordo.

—Por eso —asentí, chocando las copas con un tintineo suave, mirándolo sobre el borde de la copa.

Eros apoyó la espalda contra la barra, observándome. No me pareció un policía encubierto, había desaparecido por completo; solo veía un hombre tranquilo sentado a mi lado.

—Sabes... sé que eres exgimnasta, que tienes un hermano que juega al póker y con posible tendencia a meterse en líos —empezó, con tono divertido—. Pero no sé a qué te dedicas en España cuando no estás haciendo estiramientos… o atacando a matones con mangueras de bombero.

Me hizo sonreír, bajando la vista hacia el vino.

—Pues, la verdad, no puedo decirte nada romántico como un trabajo de ensueño, algo fascinante…

no puedo. Porque ahora mismo... a nada —confesé, dejando escapar un suspiro pequeño—.

Era entrenadora de gimnasia rítmica. Me encantaba, la verdad.

Pero el club tuvo que cerrar hace un par de meses por temas económicos y me quedé en el aire.

Eros me escuchaba con atención, inclinado ligeramente hacia mí, sin quitarme los ojos de encima.

—¿Y qué vas a hacer ahora?

—Estaba tomándome unas semanas de tranquilidad antes de venir aquí, intentando aclarar la cabeza.

Llevo tantos años, desde que competía y después trabajando, que creía tener la sensación de ir corriendo siempre, de no parar.

Por eso ahora me tomé estas semanas de tranquilidad.

Pero tengo que empezar a organizarme. Quiero independizarme de verdad, buscar algo mío, pero en España la cosa está complicada y tampoco quiero meter la pata.

Supongo que estoy en ese momento de la vida en el que toca decidir qué hacer cuando te haces mayor.

—¿Cuántos tienes?… Martina, tampoco exageres —bromeó con suavidad, rozándome la rodilla con la suya por debajo de la barra—. Y entrenar se te tiene que dar bien. Tienes carácter de sobra para poner firmes a diez niñas.

—Pues voy a cumplir treinta. Y tenía bastante paciencia con las niñas, la verdad —le di un empujoncito juguetón con la pierna—. Pero sí... me gusta enseñar. Verlas progresar era lo mejor de mi día. Ahora estoy un poco desubicada, a la expectativa.

—Es normal tener dudas cuando se cierra una etapa —dijo Eros, y su voz sonó tan cercana que sentí que algo dentro—. Pero te he visto reaccionar estos días. Eres lista, eres fuerte y tienes las cosas claras. Encontrarás tu camino en cuanto vuelvas.

Me quedé mirándolo, agradecida por sus palabras. No me estaba regalando los oídos, me hizo sentir escuchada de una forma que no sentía desde hacía tiempo con alguien que no fuera Candela.

Un olor increíble a masa tostada y queso derretido me llegó al olfato. Eros se levantó, agarró la pala y sacó la pizza del horno. Estaba dorada, con los bordes hinchados y burbujeantes. Después metió las otras dos para que se fueran cociendo, para llevárnoslas después.

Cortó la nuestra en porciones sobre una tabla de madera y la puso en la barra, bajo mi mirada atenta, junto a nuestras copas.

—Adelante. Veredicto oficial.

Cogí un trozo con cuidado de no quemarme los dedos, soplé un poco para enfriarlo y le di un bocado. La masa era crujiente por fuera, esponjosa por dentro, y la mezcla del tomate dulce con la mozzarella fresca era excepcional. Cerré los ojos un segundo, disfrutando del sabor.

—Madre mía… —murmuré al abrir los ojos.

—¿Tan mala está? —sonrió él, orgulloso.

—Está… indecentemente buena, Eros —admití, dándole otro bocado sin cortarme un pelo—. Definitivamente la masa madre la llevas en la sangre.

Cenamos allí mismo, apoyados en la barra, compartiendo la pizza, terminándonos la copa de vino y hablando de muchas otras cosas triviales de nuestra vida. Fue una cena sencilla, pero me sentí tan a gusto, tan cómoda a su lado, que el tiempo pasó sin que nos diéramos cuenta.

Cuando terminamos, Eros metió en dos cajas de cartón las otras dos pizzas que había preparado para Candela y Lorenzo. Yo me encargué de recoger las copas y la tabla de madera para llevarlas al fregadero de la cocina.

—No hace falta que recojas, mañana mis padres se encargan —dijo Eros, acercándose por detrás mientras yo dejaba la tabla en la pila.

—No me cuesta nada —contesté, dándome la vuelta.

Al girarme, me encontré de lleno con su pecho. Estaba pegado a mí. La cocina era estrecha y la distancia entre los dos había desaparecido de golpe.

Eros apoyó una mano en el borde del fregadero, a mi izquierda, dejándome acorralada con su cuerpo. Su mirada bajó despacio de mis ojos a mis labios, sentí la tensión entre los dos, una corriente que hacía que mi estómago diera volteretas.

—Gracias por acompañarme —murmuró con la voz grave, casi un susurro.

—Gracias a ti por la pizza —susurré contestándole, notando cómo el corazón se me aceleraba.

Eros no esperó. Levantó la mano libre, me agarró suavemente por la nuca y me atrajo hacia él para besarme.

El beso comenzó delicioso, notaba el vino en su boca, y la contención que habíamos mantenido durante la pizza se esfumó por completo.

Rodeé su cuello entre mis brazos y nuestro beso se intensificó haciendo que Eros soltara un gruñido suave contra mi boca, me rodeó la espalda con el brazo y me pegó del todo a su cuerpo.

Me subió un poco sobre el borde de la encimera para ponerse entre mis piernas y el contacto de sus manos firmes en mis caderas me hizo perder el sentido.

Entonces noté cómo detenía el beso, se separó un par de centímetros, mirándome con los ojos llenos de deseo.

Pasó la mirada por mis labios hinchados y luego echó un vistazo al reloj de pared de la pizzería.

Eran casi las once y media de la noche. Llevábamos allí casi tres horas.

—Mierda... —susurró con la voz completamente rota, cerrando los ojos un segundo para recuperar el control.

—Pues sí… mierda —coincidí, dejando caer la cabeza hacia atrás.

Fue difícil, muy difícil, cortar aquello cuando el cuerpo nos pedía a gritos seguir adelante. Pero los dos supimos al recuperar la cordura que una cocina familiar con cajas de pizza al lado no era el lugar, y que teníamos a Candela y a Lorenzo esperando en la casa.

Eros se alejó un paso, se pasó las dos manos por la cara y el pelo, suspiró, y me tendió la mano para ayudarme a bajar de la encimera.

—Si no nos vamos ya mismo... no salimos de aquí esta noche, Martina —dijo, haciéndome reír.

—Lo sé —susurré, arreglándome la sudadera—. Vamos. Aunque habrá que ver cómo han acabado aquellos dos.

Eros cogió las dos cajas de pizza todavía calientes y una botella de vino, yo cogí las llaves y salimos a la calle con la tensión entre ambos de haber empezado algo que deseábamos reiniciar cuanto antes.