Rítmica, Póker y Pizza en San Remo Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

No dije nada. Solo lo miré. El estar allí, los dos solos, sentí unas ganas repentinas de besarlo, de echar al garete lo que quedaba de barrera, y volver al punto de inicio en el que yo perdía la vergüenza y me tiraba a la piscina con él para después volver a España por la puerta grande.

En ese momento él, todavía con la camiseta en la mano, y como si me hubiera leído el pensamiento pecaminoso, cambio a un gesto más serio, y se fue acercando. Yo me apoye en la mesa del salón. Se detuvo frente a mí, tan cerca que pude sentir el calor de su cuerpo envolviéndome.

Ahí estaba… el silencio denso que parecía anunciar el retorno de algo que se había quedado pendiente entre nosotros.

Tonta de mí, no supe que decir, en ese momento lo tenía tan cerca, y llevaba tanto tiempo fantaseando con él que hablar no era suficiente.

Solo quería besarlo. Bueno, no, yo no iba a besarlo, no después de la cobra.

Pero sí deseaba, y mucho, que él lo hiciera. Estaba a pocos centímetros de mí.

—Martina… —dijo, al fin con la voz grave y pausada—.

Aún no lo había hecho, pero… yo… quería disculparme por lo que pasó esa noche en La Gabbia .

Ahora ya sabes que evité que me besaras porque estaba trabajando, pensé que debía respetarte, además…

había compañeros escuchando. No quise exponerte.

Lo siento, de verdad, si te hice sentir mal.

Nunca pensé que te lanzarías así. Y no me malinterpretes, me sorprendió…

para bien… Al principio tonteé contigo porque debía acercarme y…

en tu caso… reconozco que me gustaba hacerlo, y di por hecho que  no llegaría a pasar nada.

Escuché atentamente cada una de sus palabras, que convirtieron el momento en algo íntimo. Sus disculpas provocaron que la femme fatale que llevaba dentro intentara hacerse un hueco para salir y lanzarse a sus brazos.

—Sí, bueno… Aunque me enfadé al saberlo, ahora lo entiendo todo. Queda olvidado —afirmé con mi voz bajando de intensidad ante la proximidad de él.

Eros levantó la mano y, con una lentitud que me erizó hasta el último pelo de la nuca, cogió un mechón de mi pelo entre sus dedos.

—Tienes un pelo precioso, ¿te lo había dicho? —dijo de una manera que me estaba haciendo perder los papeles.

—No. No me lo habías dicho —susurré.

Dios mío, ¿iba a besarme? Sus dedos soltaron mi mechón y acabaron rozándome la mejilla, mientras sus ojos oscuros bajaban directamente a mis labios.

Me debatí en un segundo en dar el primer paso.

El corazón me retumbaba en el pecho con fuerza y cada fibra de mi cuerpo me pedía a gritos que me pusiera de puntillas y lo agarrara del cuello.

Pero no lo hice. Me había jurado a mí misma que esta vez no daría el primer paso.

No después de lo que pasó en el reservado.

Si quería besarme, iba a tener que ser él esta vez quien se lanzara.

Eros acortó la poca distancia que quedaba entre los dos.

Podía sentir sus labios casi rozando mi boca, la tensión de sus hombros, la duda de si besarme o no ardiendo en su mirada...

Estaba a un milímetro. A un solo roce de que nuestros labios se tocaran.

Dudó un segundo, respiró hondo y, cuando pensé que se echaría atrás otra vez, me rodeó la cintura con el otro brazo, me pegó a su pecho y me besó.

Fue un beso maravilloso, lento al principio, como si estuviera comprobando que no me iba a apartar, y luego, los dos dejamos que fuera profundo.

Mis piernas empezaron a flaquear y empecé a olvidar dónde estaba.

Me agarró de la nuca para no darme opción a escapar y yo terminé cediendo del todo, rodeándole el cuello con los brazos y enredándole los dedos en el pelo.

Olía bien, sabía bien, y de repente todo el enfado que tenía desde el reservado me pareció una tontería monumental.

Nuestras lenguas empezaron a acariciarse, sus grandes manos bajaron hasta mi trasero, para apretarlo contra él, y levantarme para sentarme en la mesa. Besarlo era increíblemente delicioso.

Estábamos en mitad de la burbuja, cuando una música y un vibrador infernal empezó a sonar desde el bolsillo de su pantalón.

Ninguno de los dos se movió durante las tres primeras vibraciones.

Eros gruñó contra mi boca, rozándome el labio inferior con los suyos, pero la melodía del teléfono no callaba de ninguna manera.

Se separó un par de centímetros, con la respiración agitada.

—No me lo puedo creer —murmuró.

—Tiene pinta de ser importante —conseguí decir, intentando recuperar el aire.

Eros sacó el móvil del bolsillo sin soltarme del todo la cintura y a pocos centímetros de mí, miró la pantalla y soltó una maldición en italiano antes de descolgar.

—Dime, Lorenzo.

Pegó el teléfono a la oreja mientras me miraba a los ojos. Yo seguía apoyada en la mesa, con el pulso en los labios y deleitándome con su atractivo, mientras hablaba por teléfono.

—¿Dónde estáis? —sonó la voz de Lorenzo a través del altavoz, alta y clara—.

Acabo de cerrar el atestado con De Santis.

La redada en el casino ha sido limpia, Don Bellini está en el calabozo y Martín está cenando en la comisaría bajo custodia, sano y salvo.

Voy para la casa de la montaña ahora mismo, llego en media hora.

Eros parpadeó, volviendo a la realidad a empujones.

—Nosotros... no estamos en la casa —contestó, aclarándose la garganta—. Nos hemos acercado al pueblo a coger ropa y algunas cosas. Pero Candela sí está allí, esperando.

Se hizo un segundo de pausa al otro lado de la línea y juraría que escuché a Lorenzo acomodarse en el asiento del coche.

—¿Ah, sí? ¿Está sola? —preguntó Lorenzo, cambiando el tono a uno bastante más animado—. Perfecto. Dile que no se mueva, que voy para allá. Llevo algo de cenar si queréis.

—No te preocupes por la cena. Nos vemos allí en un rato —dijo Eros antes de colgar.

Guardó el móvil en el bolsillo y se quedó mirándome. El aire entre los dos seguía pesando treinta kilos. Ninguno de los dos sabía muy bien qué hacer a continuación, si retomar el beso donde lo habíamos dejado, disimular o echarnos a reír.

—Bueno —Eros se pasó una mano por la nuca—. Martín está bien, puedes estar tranquila. Los Bellini han caído.

—Sí. Lo he oído. Es un alivio. Después llamaré a Martín —dije, todavía flotando un poco.

—Y Lorenzo llega en media hora a la casa.

—Sí. Candela está allí sola.

Eros se acercó un poco más, apoyando sus manos en la mesa, cada una a un lado mío e inclinó la cabeza hacia mí con una sonrisa bastante peligrosa, casi rozando mis labios.

—¿Te apetece una pizza? —preguntó en voz baja.

La pregunta me pilló tan descolocada que parpadeé dos veces.

—¿Ahora?

—Tengo la pizzería de mis padres a dos calles. Está cerrada, pero tengo las llaves. Puedo hacer una pizza de verdad en poco más de diez minutos. Solo tú y yo. Sin interrupciones.

La idea sonaba increíblemente tentadora, y sí, claro que quería, pero pensé en Candela.

—No sé... Candela está allí sola. Aunque va a llegar Lorenzo y, conociéndola…

—Por eso mismo —me interrumpió Eros, guiñándome un ojo—. Llámala y pregúntale.

Saqué mi móvil del bolsillo de su sudadera y la llamé.

—¡Martina! ¿Dónde estáis? Me estoy aburriendo como una ostra.

—Candela, escúchame. Acaba de llamar Lorenzo. La operación ha salido bien, mi hermano está a salvo y los Bellini detenidos.

Escuché un grito de alegría al otro lado que me obligó a alejar el teléfono de la oreja.

—¡Toma ya! ¡Sabía yo que si estaba Lorenzo por allí no podía fallar la cosa!

—Escucha —continué, riéndome—. Lorenzo va hacia allí. Llega en media hora. Eros me ha propuesto acercarme a la pizzería de sus padres… quiere hacerme una pizza…. si no te importa quedarte tú con él un rato… a solas.

Se hizo un silencio al otro lado de la línea. Me imaginé a Candela poniéndose recta en el sofá.

—¿Que si me importa? —su voz bajó a un susurro conspirativo—. Martina, si vuelves antes de dos horas te cruzo la cara con el rodillo de la masa. Quédate con el pizzero todo el tiempo que haga falta. Haz patria.

—Candela...

—Que no vengáis, he dicho. Dejadme a mí gestionar la diplomacia internacional.

Os hacéis una pizza y os la zampáis, después que nos haga una para nosotros y nos la traéis.

Pero anota mentalmente: NO ANTES DE DOS HORAS.

¡Dile a Eros que nos la haga con masa fina! —y colgó sin darme opción a replicar.

Miré la pantalla del móvil y luego a Eros, que me observaba divertido, esperando el veredicto.

—Dice que si volvemos antes de dos horas nos golpeará con un rodillo —resumí.

Eros soltó una carcajada, me agarró de la mano y tiró de mí hacia la puerta.

—Pues me parece que vamos a tener que tomarnos la cena con mucha calma.