Capítulo 15
Martina
Cuando bajé al salón vestida otra vez con el mono verde menta de fiesta y los tacones, la mirada que me echó Eros fue como si hubiera bajado disfrazada de dinosaurio. Se quedó mirándome, parpadeó dos veces y se llevó una mano a la nuca.
—Uf… Pensaba que podrías ponerte algo más... adecuado para pasear por un pueblo con calles de piedra de siglos de antigüedad, pero como tú veas —dijo, intentando aguantarse la risa.
—¡Pero si no tenemos ropa! —protesté —. ¿Tienes algo de ropa que puedas prestarme? Algo que tengas guardado y te quedara un poco más ajustada.
Cinco minutos después reaparecí en el salón con un pantalón de chándal gris de Eros, ajustado con el cordón al máximo para que no se me cayera, y una sudadera fina azul que a él le quedaría apretada pero para mí era como si llevara un toga romana.
Las mangas me tapaban las manos y tenía que darles un par de vueltas.
Coronaba mi outfit con calcetines blancos y unas chanclas deportivas de su número.
Resumen: iba hecha un circo. Pero él había insistido que no pasaba nada por ir así por el pueblo, entre semana y a esas horas y, al menos, podría caminar cómoda por las calles.
—Mucho mejor —aprobó Eros, dedicándome una sonrisa—. Aunque te queda grande, estás… guapa.
Sentí un calorazo tremendo en las mejillas ante su comentario.
Nos despedimos de Candela, que se quedó tan pancha tumbada en el sofá mientras nosotros salíamos para dirigirnos hasta el huevo rosa que seguía aparcado en una zona de techumbre en un lateral, ligeramente escondido de miradas ajenas.
—Tengo que confesar algo que me sorprende incluso a mí mismo —dijo mientras arrancaba el motor.
—¿El qué?
—Que le estoy cogiendo el gusto al huevo este. Es cierto que apenas puedes adelantar a ningún coche por la carretera, pero es una maravilla para girar y para aparcar.
Me reí ante su confesión, y no pude evitar pensar que incluso embutido en este coche diminuto, resultaba un hombre tremendamente atractivo.
Mientras él me comentaba algo sobre el estado de esa carretera, apenas pude prestarle atención porque mi mente estaba ocupada fijándose en cómo conducía, cómo sus manos grandes se apoyaban en el volante y lo dominaban, en cómo el aire sacudía sus mechones oscuros de pelo…
tuve que reñirme para prestar atención a sus palabras, mientras observaba la carretera que habíamos tomado y que serpenteaba entre montañas llenas de pinos, para llegar al pueblo.
—Pensaba que vivías en San Remo, en la ciudad, cerca de la comisaría. Te hacía un hombre cosmopolita.
—Qué va. Vivo aquí, en el pueblo —reveló Eros—. Subo y bajo todos los días. Son poco más de veinte minutos de carretera y la tranquilidad de este sitio no la cambio por nada. Mis padres viven a dos calles de mi casa, justo encima de la pizzería familiar.
—Vaya... O sea que tus padres te tienen bien controlado —le pinché—. Bueno, yo poco puedo decir, ya que vivo con los míos todavía. Y la pizzería… ¿creciste con tus padres ya con ella?
—Así fue. Desde que tenía diez años me ponían un taburete detrás del mostrador para llegar a la mesa de estirar. Yo siempre quise ser policía, lo tenía clarísimo desde pequeño, pero la masa madre la llevo en la sangre, ragazza . Hago unas pizzas que te harían chuparte los dedos.
—La verdad es que… que sepas hacer buenas pizzas artesanas, es un punto grande a tu favor, no te voy a mentir —tonteé, inclinándome un poco hacia él—. Tendré que probarlas para dar mi veredicto real. Yo soy una crítica muy dura.
—Acepto el reto —dijo él con la voz más grave, manteniéndome la mirada.
Tuve que apartarla. Me gustaba tontear con él, pero era peligroso. Con cada indirecta que soltábamos el uno al otro, empezaba un coqueteo que parecía descontrolarse.
Entramos en el pueblo y, como era de esperar, el cochecito llamó la atención de los pocos vecinos que nos cruzamos. No hubo persona que nos vio que no se girara para analizarnos a nosotros y al coche.
El pueblo era una maravilla, mientras avanzábamos dejábamos a un lado y otro un entramado de callejuelas estrechas de piedra, con casas alineadas de fachadas en colores desgastados y con ropa colgada al sol.
Muchos de los balcones tenían bonitas macetas llenas de flores de colores y, cuando aparcamos el coche en una pequeña plaza, me llegó un olor delicioso a café recién hecho que lo inundaba todo y que me creo el deseo de tomar uno.
Eros me vio aspirando el aroma y, sin decir nada, se acercó a un pequeño bar que hacía esquina, entró y pidió dos cappuccinos para llevar.
—Esto sabe a gloria bendita. Está riquísimo —dije saboreando el primer sorbo.
—Estás en Italia, ragazza. No encontrarás mejor sitio para tomarte un cappuccino.
Caminamos juntos por una calle que parecía de las principales. Fue gracioso comprobar que no podíamos dar diez pasos sin que alguien se parara a saludarlo. Dos señoras mayores con bolsas de la compra se pararon en seco al verlo.
——¡Ma guarda! ¡Ma è il figlio della Maria! —exclamó una de ellas, agarrándole el brazo con un cariño enorme—. Come stai, Eros? Era da un sacco di tempo che non ti vedevamo al mercato!
Aunque mantuvieron la conversación en italiano, la verdad es que pillaba muchas cosas de lo que decían.
Eros les hablaba con una cercanía que me ablandó el corazón.
Las señoras, por supuesto, me miraron de arriba abajo…
un par de veces. No me extrañaba teniendo en cuenta las pintas que llevaba.
Yo las sonreí y me la devolvieron con lo que me pareció una aprobación, para después seguir su camino murmurando cosas en italiano.
—Te conoce todo el mundo —le dije, dándole un empujoncito con el hombro.
—Pueblo pequeño, infierno grande —sonrió él, abriéndome la puerta de una tienda de ultramarinos pequeña y rústica a la que acabábamos de llegar.
La dueña, una mujer bajita de unos sesenta años, lo recibió casi a gritos como si fuera su sobrino.
Compramos algunas cosas básicas y los ingredientes para preparar una salsa de pasta casera, que Eros se ofreció a cocinar para comer.
Verlo discutir con la tendera sobre qué tipo de carne era mejor para la pasta, me dejó completamente atontada.
Era una mezcla peligrosa de tío duro y hombre detallista, o incluso rural, que me estaba desmontando las defensas por minutos.
Ya en casa preparamos la comida entre los tres. El ambiente fue tan divertido y casero que por unos momentos me olvidé por completo de la mafia y el peligro, aunque todo hubiera pasado pocas horas antes.
Candela, que estaba apoyada en la encimera de la cocina apurando una copa de vino, aprovechó que Eros estaba picando ajo para lanzar la pregunta que suponía llevaba rondándole desde que los conoció:
—Oye, Eros... una duda importante. Lorenzo... ¿tiene novia? ¿Alguna italiana guapa por ahí que le esté esperando al acabar de trabajar?
Eros soltó una risita corta sin levantar la vista de la tabla de cortar.
—Lorenzo lleva dos años soltero. Entre el trabajo y sus salidas con los amigos, no tiene nada serio con nadie.
Candela sonrió con una satisfacción que no intentó disimular en nada.
Comimos en la terraza exterior trasera bajo la sombra de los árboles que quedaban justo en frente. La pasta boloñesa que había preparado Eros estaba deliciosa, algo que tuve que admitirle a regañadientes entre risas.
A mitad de la tarde, mientras Candela se quedaba adormilada en una mecedora del salón, Eros se acercó a mí de forma sigilosa en la cocina mientras yo estaba preparando la cafetera italiana.
—Voy a acercarme un momento a mi casa, me gustaría coger un par de cosas —dijo en voz baja, apoyándose a mi lado sobre la encimera—. ¿Quieres venir y te enseño dónde vivo?
Dudé un segundo, mirando hacia el salón.
No quería dejar a Candela sola otra vez, pero ella, que debía de tener oído de superhéroe en ese momento, abrió un ojo desde la mecedora y me hizo un gesto rápido con la mano para que me marchase.
Eso junto con las ganas locas que empezaba a tener por estar cerca de él, me hizo aceptar sin pensarlo mucho.
Volvimos a subir al coche huevo, con una sensación cómoda, como si estuviéramos subiendo a él todos los días, como amigos…
o algo más. El solo hecho de pensarlo me hizo sentir un gusanillo por dentro.
No sabía por qué tanta tontería, al fin y al cabo él era un italiano y yo una española que debía volver a su país en nada.
Sentí atracción por él desde el primer momento que lo vi en el restaurante, de eso no tenía dudas, era imposible que un hombre así no me gustara, por ese mismo motivo me lancé en plan femme fatal a por él, dejando a un lado todas mis reticencias para vivir la noche loca.
Pero lo hice desafiando a mi forma de ser, por eso cuando él me rechazó, y me hizo la dichosa cobra, me enfadé tanto.
De alguna manera él se había aprovechado un poco de mí.
Sin embargo, después de saber todo, verlo comportarse con nosotras de esa manera tan protectora, y con mi hermano, conocer una parte de él en su estado natural, estaba descubriendo que era un hombre que quizá si merecía prestarle atención, aunque mi regreso a España estuviera a la vuelta de la esquina.
Su casa se encontraba en un callejón silencioso. Era una casita de piedra de dos plantas, restaurada por dentro pero manteniendo todo el encanto rural
—No sé... —murmuré, paseando por el salón—. Con esa cara de modelo de anuncio de perfume que tienes, te hacía en un ático moderno lleno de cristaleras con vistas al mar, o al puerto. Esto no me pega nada contigo.
Eros se rió desde el pasillo, saliendo con una camiseta limpia en la mano.
—¿Cara de anuncio de perfume? —preguntó riendo— No me puedo creer que hayas dicho eso. Soy bastante más sencillo de lo que crees, Martina. Disfruto del silencio, me gusta cocinar tranquilo y no me importa la soledad cuando vuelvo de un turno largo.