Rítmica, Póker y Pizza en San Remo Capítulo 14
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Capítulo 14

Eros

Habían pasado pocos minutos desde que escuché el leve chasquido de la puerta del dormitorio al cerrarse, pero mi pulso seguía acelerado como si acabara de correr.

Me había quedado sentado en el borde del sofá, bajo la luz de la lamparilla, con el vaso vacío de Limoncello entre los dedos y la mirada fija en la escalera por la que Martina acababa de desaparecer.

Todavía tenía la sensación que me había recorrido al tener sus ojos clavados en los míos.

Y, sobre todo, la visión de ella vistiendo mi camiseta gris de la Roma .

Le quedaba grande, como un camisón sobre los muslos y dejaba al descubierto una parte de su hombro que casi tuve que hacer un esfuerzo para no acariciar.

Me pasé las manos por la cara, dejando escapar un suspiro.

Hacía casi un año que Chiara y yo lo habíamos dejado.

Tras un año de relación relativamente estable, ella decidió empaquetar sus cosas y marcharse a Milán buscando un ascenso laboral que para ella, supongo que aburrida de lo nuestro, valía más que cualquier vida en común.

Antes de ella, había tenido un par de intentos de relaciones más formales y, el resto del tiempo, había dedicado mi vida al compromiso policial sin renunciar a citas esporádicas, y a noches con cero complicaciones.

Me había acostumbrado a la comodidad del trabajo y a la soledad de mi casa en el pueblo.

Porque sí, yo vivía a un par de kilómetros de la casa en la que nos encontrábamos.

En una casita del pueblo tranquila y a un par de calles de mis padres.

La cabaña la utilizábamos algunos fines de semana, para desconectar en verano o para reunirnos con la familia, pero nuestra vida tenía lugar a pocos kilómetros de allí, entre las callejuelas empedradas.

Hacía mucho que ninguna mujer me sacudía por dentro como Martina lo estaba empezando a hacer.

Desde el segundo en que empezó a contestar a mis comentarios en el restaurante, sumado a su belleza y a esa melena tan bonita y con tanta personalidad que tenía, algo en mis esquemas cayó como un castillo de naipes.

Pero su intento de beso en La Gabbia , que tuve que frenar por profesionalidad, fue donde me tocó del todo.

Llevaba desde entonces recreándome en cómo habría sabido aquel beso si no hubiera estado de servicio o no hubiera tenido un micrófono pegado a mi pecho.

Subí la escalera intentando no hacer ruido y me metí en el dormitorio principal, el de mis padres. Me tumbé en la cama en ropa interior, mirando las vigas del techo.

Saber que Martina estaba durmiendo justo al otro lado de la pared empezó a producirme una excitación casi insoportable.

Tenía los nervios de un adolescente. Cerré los ojos e intenté concentrarme en cosas neutras para quedarme dormido.

Pensé en la temperatura del horno para hacer una pizza perfecta, en la hidratación de la masa, en la cantidad de harina...

Pero fue inútil. La imagen de Martina acercándose a mí para besarme, su hombro al descubierto sentada sobre el sofá un rato antes… todo en ella borraba cualquier receta de mi cabeza.

A la mañana siguiente tras una ducha rápida, me vestí con la ropa más cómoda que encontré guardada por las habitaciones, unos vaqueros usados, una camiseta de manga corta y unas zapatillas blancas.

Al bajar el primer tramo de escaleras, escuché unos jadeos leves y el sonido de una respiración profunda que me hicieron detener el paso. Asomé la cabeza por el arco del salón y me quedé completamente petrificado.

El salón se había convertido en una especie de sala de gimnasio improvisada.

Candela y Martina, estaban realizando estiramientos imposibles sobre la alfombra.

Lo de Candela era directamente paranormal.

Tenía un pie apoyado en el suelo y el otro encima del reposabrazos del sofá, abierta de piernas en un ángulo absurdo que superaba con creces los ciento ochenta grados.

Encima estaba arqueando el torso hacia atrás como si estar doblada de esa manera fuera lo más natural del mundo para ver la tele.

A mí solo de mirarla me empezó a doler todo.

Y Martina… en fin…  Martina estaba en el centro del salón con las piernas abiertas en ciento ochenta grados planos contra el suelo, flexionando el tronco hacia adelante como si fuera un cisne, hasta tocar casi la madera con la barbilla.

Su espalda curvada, la línea perfecta de sus muslos y el esfuerzo marcado en su espalda, que pude percibir por su hombro desnudo me dejaron sin aire de golpe.

Me quedé allí clavado, apoyado en la barandilla, incapaz de pestañear y disfrutando del increíble espectáculo circense.

Al cabo de unos segundos, Martina se percató de mi presencia y levantó la cabeza y sus ojos dieron conmigo. Se detuvo en seco, recuperando la posición vertical con una agilidad pasmosa, y se recogió un mechón de pelo tras la oreja mientras Candela se bajaba del sofá de un brinco.

—Vaya... buenos días, anfitrión —sonrió Martina, mirándome divertida mientras se sacudía las manos—. ¿Siempre pones esa cara cuando alguien hace este tipo de estiramientos en tu salón?

—Por favor... no os detengáis por mí —conseguí decir, mientras empezaba a bajar—. Es que es... verdaderamente fascinante veros. Creo que si yo intento hacer una tercera parte de eso, tendría que retirarme por invalidez permanente.

Candela soltó una risita, ya en pie, caminando hacia la cocina.

—Años de gimnasia rítmica, Eros. La elasticidad no se pierde así como así y a nosotras nos encanta entrenarla todas las semanas, nos ayuda a mantenernos, y también… porque estamos un poco enganchadas a esto. Por cierto, te hemos dejado el café recién hecho en la cafetera.

Caminé hacia la cocina sintiendo que la mirada de Martina no se separaba de mí en cada paso que daba.

Serví una taza de café y me apoyé en la barra, utilizando la taza al beber como escudo visual mientras las observaba disimuladamente.

No podía apartar los ojos de ella. La forma en que estiraba los brazos, la flexibilidad natural de todo su cuerpo, la dulzura en cada uno de sus movimientos...

Me sentía absolutamente hechizado por ella.

En ese preciso instante, el móvil me vibró en el bolsillo del pantalón haciéndome dar un brinco involuntario. Martina vio mi reacción y me esbozó una sonrisa que hizo que me perdiera más en ella todavía. Era Lorenzo.

—Dime —contesté saliendo al porche para tener la conversación.

—Ey ¿Qué tal todo por ahí?

—Sigo entero —me reí, apoyando el hombro contra la fachada de piedra—. Y no te imaginas la vista que tenía hace treinta segundos.

—¿Qué vista?

—Están las dos en el salón haciendo estiramientos de gimnasia rítmica. Lorenzo... es una locura. Doblan el cuerpo de formas que desafían las leyes de la física, como si fueran de goma.

Al otro lado del teléfono se produjo un silencio de tres segundos.

—No me digas eso, tío... —se lamentó Lorenzo con un tono de angustia hilarante—. ¿Y yo aquí rellenando documentación para De Santis? Me estás matando, hermano. Entonces… por lo que veo, todo bien.

—Todo bien. Ellas haciendo equilibrios sobre la alfombra y el sofá de mi madre y yo tomándome un café.

—Hazme un favor y diles que no se machaquen mucho los músculos, que cuando suba pienso pedir una demostración para confirmar el nivel—protestó Lorenzo, haciendo que se me escapara una risa—. En fin, si todo va bien, esta tarde termina todo y empapelamos a estos desgraciados.

Me erguí de golpe, recuperando el tono profesional.

—¿Lo tenéis todo controlado, verdad?

—Martín juega la final esta tarde. Esperamos que la gente de los Bellini intente hacer el traspaso de fichas y efectivo en el reservado para lavar la pasta del premio.

El equipo de incógnito está preparado para grabar todo.

Los pillaremos en el momento perfecto para constatar el delito de blanqueo.

Don Bellini y su mano derecha acabarán en el calabozo, si todo sale según lo esperado.

Martín mientras tanto está y estará custodiado, sano y salvo.

—¿Y… algún movimiento sospechoso por lo que respecta aquí arriba?

—Tranquilidad absoluta —aseguró Lorenzo—.

Tenemos pinchadas las comunicaciones de la red de Bellini y ni siquiera saben que habéis salido de la ciudad, mucho menos que estáis en el pueblo.

La patrulla local tampoco ha visto nada raro en la carretera de acceso.

De Santis dice que te quedes arriba con ellas un par de días hasta que cerremos la instrucción.

Te vendrá bien desconectar... y las chicas necesitan estar alejadas del foco.

—Perfecto. Te acercas cuando puedas, ¿verdad?

—Si puedo, iré esta noche en cuanto termine. Si todo va bien, podremos tener un par de días libres,  según palabras de Di Santis…, Manolo.

—¿Tú también? ¿En serio? No me llames así —sonreí antes de colgar.

Volví al salón. Las dos habían terminado su rutina y estaban bebiendo agua.

—Tengo noticias de la ciudad —anuncié llamando su atención—. La operación de Martín sigue toda según lo previsto. La policía tiene todo organizado para que esta tarde puedan detener a la cúpula en pleno delito de blanqueo. Tu hermano está en este momento bajo protección y totalmente a salvo.

Martina soltó un suspiro largo que liberaba tensión acumulada, llevándose las manos a la cara.

—Gracias a Dios... —murmuró, mirándome con lo que me pareció gratitud en los ojos, y que me llegó directo al pecho—Estaba preocupada, solo me ha mandado un mensaje escueto, diciendo que no me preocupara, que todo bien. Pero la verdad, ya no sabía si creerle.

—Es posible que le hayan aconsejado que contacte contigo lo mínimo, o nada, mientras tanto. Nos han ordenado mantenernos aquí hoy y mañana por seguridad —añadí, mirando hacia la calle—. Así que voy a bajar al pueblo a comprar algo de comida de verdad.

Me lo pensé un segundo, mirando a Martina.

—Si queréis... podéis acompañarme. El pueblo es seguro y os vendrá bien dar un paseo.

Antes de que Martina pudiera responder, Candela se adelantó con rapidez de forma astuta.

—Uf, no, yo paso —dijo Candela, abriendo los brazos con exageración—. Necesito estirar algo más las piernas y esta maravillosa espalda. Id vosotros dos.

Martina miró a su amiga con los ojos entrecerrados, dejando entrever qué es lo que pretendía Candela.

Dudó durante un segundo, paseando la mirada por la sala hasta terminar clavándola en mí.

Me miró de arriba abajo tan lento que sentí cómo se me aceleraba el pulso otra vez ¿Y si no quería venir conmigo?

Pero, para mi alegría, relajó sus labios.

—Vale —asintió Martina, esbozando una sonrisa lenta que me puso la sangre a mil—. Dame cinco minutos, me cambio y vamos.