Capítulo 13
Martina
El pequeño Fiat rosa terminó de circular por la última carretera empinada hasta llegar a una planicie sobre la cual apenas podía verse nada por la oscuridad que ya había caído sobre la montaña.
Eros lo detuvo apagando el motor. Al bajarme, el fresco de la montaña y el aroma a pino me envolvió totalmente.
Aunque estábamos en penumbra, cuando nuestra visión se habituó, vimos cómo frente a nosotras había un pequeño camino empedrado que llevaba a una casita de piedra con postes de madera, encajada entre los árboles frondosos de la montaña.
Era sencilla, de estilo totalmente rústico, y con cierto encanto mágico bajo la luz de la luna.
—Bienvenidas al refugio —anunció Eros, saliendo del coche—. Nadie sabe que estáis aquí.
—Es... preciosa —admitió Candela, estirando la espalda y mirando las macetas con flores de colores de las ventanas que delataban que la casa pasaba gran tiempo habitada.
—Escuchadme con atención —Eros nos miró a las dos con gravedad mientras nos entregaba una llave metálica—.
Hay algo de comida en la despensa, botellas de agua y mantas.
Elegid la habitación que queráis de las tres que hay arriba.
Esta noche tenéis que quedaros dentro, cerrando bien con llave la puerta por dentro.
Lorenzo y yo tenemos que volver a San Remo de inmediato para apoyar a De Santis con el operativo de la mafia y mantener controlado a tu hermano.
A pesar de la valentía que habíamos demostrado con la manguera en el casino, algo incómodo me recorrió el cuerpo. Estar en mitad de la nada, cerca de un pueblo desconocido tras haber noqueado a dos matones, no era precisamente un plan que deseara mucho.
—¿Nos vais a dejar aquí solas? —pregunté, alzando una ceja para disimular la ligera inquietud.
—Solo unas horas —aseguró Lorenzo, apoyándose en la puerta del descapotable—. Os garantizo que este sitio es seguro. Nadie sospecha de este lugar. En cuanto nos organicemos en la ciudad, uno de los dos subirá para estar con vosotras.
—Más os vale —refunfuñó Candela, aunque se le notaba que la promesa la tranquilizó.
—Nos tenemos que marchar ya —dijo Eros, cerca de mí, clavándome una mirada intensa—. Y chicas... por favor, intentad no prenderle fuego a la casa.
—Tranquilo, Manolo . Todo controlado —le espeté con dulzura irónica.
Ver a los dos policías de esa envergadura volver a incrustarse en el diminuto coche para bajar la montaña fue una visión graciosísima que nos hizo arrancar una carcajada a las dos. Con un rugido cómico, el cochecito desapareció curva abajo, dejándonos en absoluto silencio.
Entramos en la casa, y cerramos con llave.
Por dentro era muy acogedora, aún no habiendo nadie allí, se notaba que la casa mantenía todo para ser usada en cualquier momento.
A un lado del salón había una pequeña chimenea de piedra con algún resto de hollín que envolvía a la estancia a un suave aroma a leña quemada.
Frente a ella había una alfombra y un sofá grande.
Cotilleamos un poco la planta baja antes de subir al piso superior.
—Eros ha dicho que elijamos entre las tres habitaciones —recordó Candela, enfilando el pasillo.
Elegí la segunda puerta a la derecha, fue la primera a la que entré y me gustó, la encontré muy confortable y ordenada.
Era una pequeña habitación abuhardillada con una cama grande de forja y una ventana que parecía dar al valle, aunque en ese momento solo se veía oscuridad.
Eché un vistazo a la cómoda de madera. Sobre ella había un marco de fotos pequeño, en él aparecía una foto de un niño de unos siete u ocho años, vestido con un disfraz de policía que le quedaba grande y llevando con un cordel fino a un perro mestizo enorme en una calle del pueblo.
Sonreí para mí misma. Era obvio que era Eros, y la imagen era absolutamente entrañable. Así que ya jugabas a ser policía de pequeño… Eros.
Como estábamos agotadas, queríamos despojarnos de los vestidos de gala, y necesitadas de algo cómodo para dormir, fuimos a explorar los cajones del armario.
En el mío encontré una camiseta amplia de algodón gris que todavía olía a suavizante y que, al parecer, se había usado bastante.
Tenía el escudo de la A.S. Roma en el pecho y me quedaba casi como un vestido por los muslos.
Indudablemente era de Eros, tanto la camiseta como la habitación.
Candela apareció por el pasillo con su hallazgo, una camiseta blanca gigante con la ilustración vintage de una porción de pizza sonriente que decía «In Pizza We Trust» .
—Mira esto —se rió Candela, haciendo un pase de modelo—. No sé de quién es esa habitación, pero tu agente secreto tiene sentido del humor en la intimidad.
—Ni te te ocurra llamarlo «mi agente» —advertí, aunque no pude evitar reírme—. Vamos abajo. Vamos a ver si tiene algo de alcohol para tomar una copa y ayudarnos a cerrar el día.
Bajamos descalzas a la cocina. Tras una breve inspección en la nevera, Candela soltó un chillido de triunfo al extraer una botella de Limoncello casero bien fría.
En la despensa había algunas cosas, pero como no teníamos mucha hambre nos hicimos con un paquete de grissini.
Servimos dos vasos pequeños de licor y nos acomodamos en el sofá, saboreando el licor dulce y cítrico mientras la adrenalina del casino empezaba a disiparse.
Mientras charlábamos recordando todavía algo nerviosas la jugada de la manguera, como si todavía no nos creyéramos lo que habíamos hecho, cogí mi teléfono y escribí un mensaje a mi hermano.
« Martín, llámame por favor, cuando puedas. Quiero saber que estás bien. »
Recé internamente para que todo estuviera yendo bien con él, y la situación estuviera controlada.
Llevábamos en la casa poco más de una hora, deberían de haber acabado ya la jornada del torneo.
Por una extraña razón, saber que Eros y Lorenzo estaban por allí, metidos en el meollo, me daba cierta tranquilidad.
Estábamos acabándonos los vasitos del licor y hablando casi en susurros sobre el encanto que tenía la casa que, en ese momento, estaba sumida en el silencio, cuando un crujido seco resonó en el exterior.
Nos miramos rápidamente, para después mirar las dos a la vez hacia la entrada.
El sonido vino seguido de una sombra que cruzó velozmente por delante de la ventana.
Candela dejó el vaso rápidamente en la mesa incorporándose un poco. Yo me quedé inmóvil.
—Martina... —susurró Candela, con los ojos abiertos como platos—. Dime que ha sido un gato.
—Los gatos de montaña no pesan ochenta kilos, Candela —murmuré, sintiendo cómo el corazón empezaba a ponerse como una bomba hidráulica.
El pánico se apoderó de nosotras en cuestión de segundos. La paranoia de los Bellini volvió golpeando con fuerza. Candela apagó de un manotazo la lamparita que nos había estado alumbrando con un suave punto de luz, dejándonos en una penumbra casi absoluta.
—¡Coge algo! —susurré desesperada.
A tientas en la oscuridad, rápidamente, llegamos hasta la cocina.
Candela agarró con fuerza un rodillo de madera para estirar masa.
Yo sondeé la encimera hasta que mis dedos dieron con algo pesado y metálico, un cucharón de servir sopa de acero inoxidable.
Pegadas la una a la otra, descalzas y respirando a duras penas, avanzamos hacia el recibidor.
Estábamos aterrorizadas. Habían pasado apenas dos horas desde que nos dejaron, era imposible que la mafia nos hubiera encontrado... ¿o sí?
Nos acercamos con el cucharón y el rodillo en alto hacia la ventanilla lateral de la puerta de entrada, por donde habíamos visto pasar la sombra. Justo cuando me inclinaba para ojear el exterior, se oyó un chasquido metálico, alguien estaba metiendo algo en la cerradura.
—¡Dios mío! —ahogó Candela un grito con angustia tras de mí, pegada totalmente a mi espalda.
—Vale. Prepárate para golpear, Cande —dije mientras tenía el corazón saliéndome por la boca.
Nos echamos hacia atrás de un brinco, escondiéndonos tras el tabique del comedor, conteniendo el aliento con el corazón saliendo por la boca. La puerta se abrió despacio. Un haz de luz nocturna se coló en el recibidor. Se escucharon unos pasos firmes sobre la madera. Silencio sepulcral.
—¿Chicas? —resonó una voz grave y profunda en la penumbra.
Eros. El aire volvió a mis pulmones de golpe. Salimos de detrás del tabique revelando nuestra presencia, temblando entre la rabia y el alivio, blandiendo el rodillo y el cucharón.
—¡Serás pedazo de animal! —estalló Candela, llevándose una mano al pecho—. ¡Casi me da un infarto! ¡Pero de los gordos!
Eros encendió la luz y se quedó petrificado en el umbral, mirando alternativamente el rodillo de madera de Candela, mi cucharón de sopa y el atuendo de ambas.
—¿Pero qué hacéis a oscuras con un cucharón? —preguntó, desconcertado, cerrando la puerta tras de sí.
—¿Cómo que qué hacemos con esto? ¡Pensábamos que eran los mafiosos! —protesté, bajando el brazo con frustración mientras intentaba recuperar el aliento—. Casi nos matas del susto. Podías haber avisado o llamado… antes de entrar como un fantasma.
—Lo siento, lo siento. Tenéis razón —se disculpó él, alzando las manos con una leve sonrisa de culpabilidad—. No quería despertar a nadie si estabais dormidas. Me he acercado una primera vez a la puerta, pero he olvidado mi cartera en el coche.
—No vuelvas a hacer eso o te damos con el cucharón, aunque sepamos que eres tú —amenacé mientras mis pulsaciones iban bajando poco a poco —. Y… ¿cómo es que has vuelto?
—De Santis ha decidido que la situación en el casino estaba controlada con suficientes agentes y me ha ordenado subir de nuevo a hacer noche aquí para garantizar vuestra seguridad. Lorenzo se ha quedado cerrando el papeleo en San Remo, pero en cuanto pueda subirá.
Eros dirigió una mirada rápida a Candela al mencionar a Lorenzo. A ella se le iluminó la cara al instante, olvidándose por completo del amago de infarto.
Eros hizo un gesto gracioso de olfatear el aire y luego miró la botella de Limoncello sobre la mesa.
—Veo que habéis encontrado la reserva de mi padre —comentó con tono divertido.
—Necesitábamos un tranquilizante —admití, caminando hacia la mesa—. ¿Quieres una copa o tu placa de policía te prohíbe beber en acto de servicio?
Eros me miró de arriba abajo. Se detuvo un segundo extra en la camiseta gris de la Roma que me cubría apenas hasta la mitad del muslo, y vi como una chispa ardiente cruzó sus ojos oscuros antes de recuperar la compostura.
—Venga... solo una —aceptó a regañadientes, quitándose la chaqueta del traje y dejándola sobre una silla —. A estas horas ya, y estando en casa, puedo permitírmelo.
Se sentó con nosotras en el sofá. Durante veinte minutos, el ambiente se relajó por completo.
Nos contó que esa casa era el refugio donde sus padres venían a desconectar del estrés de la pizzería en verano, el lugar donde se había criado corriendo por los bosques y donde guardaba sus mejores recuerdos de infancia.
Escucharlo hablar así, sin la coraza del agente inflexible, lo hacía humano.
No pude sentir un gusanillo en la tripa viéndolo tan relajado, con algún botón más de la camisa abierta, y el pelo más revuelto, todo hacía que lo viera más atractivo todavía.
Candela, vencida por el cansancio y el licor, no tardó en bostezar y despedirse para subir a su habitación. Nos quedamos los dos solos en el salón, bajo la tenue luz amarillenta de la lamparilla.
—Deberías irte a dormir tú también, Martina —dijo Eros en voz baja, girándose hacia mí en el sofá.
—Sí... —murmuré, apoyando la espalda en los cojines—. Por cierto, estoy en tu habitación. Vi la foto de tuya de niño disfrazado de policía con el perro.
Eros soltó una risa, negando con la cabeza.
—Ese era Bambino . Y esa foto debería estar escondida, pero a mi madre le encanta.
Lo único que pude hacer es convencerla de que la dejara en la que era mi habitación y no aquí en el salón para que todo el mundo me vea nada más entrar.
Si te parece bien, te cambio la habitación, yo duermo en la mía y tú en la de mis padres, que es más grande, estarás más cómoda.
—De eso nada —me negué, mirándolo a los ojos con una sonrisa desafiante—. Te la has ganado por traernos hasta aquí y por aguantar tres viajes casi seguidos en el huevo rosa. Me quedo con la pequeña.
—Martina, soy el anfitrión y no voy a dejar que...
—Manol… Perdón —le interrumpí sonriendo, mientras nos aguantábamos la mirada—. Eros… no discutas.
Nos quedamos en silencio. Ambos a cada lado del sofá, pero cerca, peligrosamente cerca, si hubiéramos estirado nuestros brazos por el reposacabezas podríamos habernos rozado los dedos.
Noté cómo Eros bajó la mirada en dirección a mis labios y luego recorrió despacio el escote ancho de la camiseta de fútbol que llevaba puesta, que dejaba mi hombro al descubierto.
Dio un suspiro. Pude sentir algo, algo que flotaba entre los dos, algo que había quedado aparcado la noche de la fiesta en La Gabbia.
Ahora que todo el enfado me había pasado, era consciente de que todo el tonteo que había tenido conmigo…
sí, lo hizo por trabajo, pero empezaba a tener serias dudas de que fuera fingido.
—Esa camiseta es… especial para mí. Y, debo de reconocer que… te queda bien —murmuró él, rompiendo el silencio, con la voz ligeramente tomada, sin apartar sus ojos oscuros de los míos.
Con esas palabras sentí un tirón en el estómago que no tenía nada que ver con el Limoncello .
—Gracias. Estoy segura de que a ti debe quedarte muy bien —dije poniéndome en pie—. Bueno… pues… buenas noches, agente.
Me despedí antes de que su efecto en mí volviera a hacerme perder los papeles y acabara echándome encima de él como hice en la fiesta.
—Buenas noches, ragazza —respondió él desde el sofá, siguiéndome con la mirada mientras pasaba frente a él y subía los peldaños de madera con el corazón latiendo a un ritmo completamente fuera de control.