Rítmica, Póker y Pizza en San Remo Capítulo 12
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Capítulo 12

Martina

Eros y Lorenzo nos escoltaron por las galerías de servicio del casino como si fuéramos dos jefes de Estado. Caminamos casi a trompicones entre pasillos llenos de extintores y tuberías de aire acondicionado, mientras la adrenalina del incidente de la manguera aún retumbaba en todo mi cuerpo.

—Los dos tíos a los que habéis dejado finos son matones de la red Bellini —nos explicó Manolo en tono serio, acelerando el paso sin volverse a mirarme—.

No son un par de porteros de discotecas.

Es gente peligrosa que extorsiona a media costa.

En cuanto despierten del puñetazo de Lorenzo, si consiguen escapar, van a buscaros por todo el recinto para chantajear a tu hermano. Y si no, mandarán a otros.

—¿A por nosotras? —resopló Candela.

—Nuestro inspector ha sido clarísimo por el auricular, tenéis que salir de San Remo ya. Vuestro hotel tampoco es seguro en este momento, no podemos arriesgarnos. Tenéis que desaparecer un par de días de la zona.

Me detuve en seco, en mitad del pasillo.

—¿Desaparecer dos días? —salté de inmediato, clavándole la mirada a Manolo—. ¿Y a santo de qué me voy a ir yo de excursión con la policía italiana cuando mi hermano sigue ahí dentro metido en un lío de póker con gente peligrosa?

Manolo se giró hacia mí, acortando la distancia hasta que su presencia eclipsó por completo la luz del techo.

—Tu hermano está cubierto por cinco agentes de paisano en el salón principal, Martina —dijo con un tono de autoridad que me puso los pelos de punta—. Las únicas que están en peligro real ahora mismo sois vosotras dos. Os vais a un lugar seguro. Punto.

Lo dijo con tal determinación y dejando las cosas tan claras que me dije a mi misma que no tenía ningún sentido replicar.

—Necesitamos un coche para salir de la ciudad, Eros —comentó Lorenzo antes de cruzar la última puerta—. Voy a hablar con el equipo, para ver cuál pueden localizarnos.

—Pues vamos a tener suerte —sonrió Candela, metiendo la mano en su bolso y sacando un juego de llaves de coche—. Nuestro bólido está en el garaje subterráneo del hotel y está aquí al lado.

—Perfecto, cogemos ese. Aligeremos el paso, hay que llegar hasta él cuanto antes —dijo Lorenzo mientras caminaba poniendo rumbo hacia el hotel.

En ese momento pensé en el coche, se iban a quedar a cuadros cuando lo vieran.

Pero acto seguido pensé que se fastidiaran.

Cinco minutos después, los cuatro estábamos parados frente a nuestra plaza de aparcamiento.

Y allí, bajo los tubos de luz del garaje, relucía con todo su esplendor nuestro diminuto huevo rosa que parecía recién sacado de una caja de juguetes.

—No —dijo Manolo, totalmente plano.

Lorenzo se llevó una mano a la cara, conteniendo una tos que sonó a carcajada.

—¿Cómo que “no”? —dije disfrutando cada segundo de su cara—. Es descapotable, muy ecológico, consume poquísimo y te juro que jamás van a sospechar que dos agentes se han metido ahí dentro, créeme.

—Martina... mido uno noventa. Mi cabeza va a sobresalir sobre el techo —protestó él.

—Te aguantas. Haber comido menos Petit Suisse de pequeño, Manolo. Es lo que hay.

—¿Crees que podrías dejar de llamarme Manolo? Me llamo Eros.

—No. No puede ser.

—No puede ser, ¿por qué?

—Porque sigo sin tragármelo. No puede ser que trabajes de incógnito y te pongas tu verdadero nombre.

—Sí, y tienes toda la razón. Pero eso fue cosa de Lorenzo con vosotras… bueno, dejémoslo. Me llamo Eros. Te lo digo de verdad.

Me quedé mirandolo, vi un gesto amable y sincero en su cara.

Le creí. Recordé cómo me había reído de él en el casino al insinuar que era un ridículo por haber elegido semejante nombre.

Y ahora resulta que sí era su nombre verdadero.

No me sentí bien habiéndole dicho todo aquello, pero ya estaba hecho.

—Bueno… lo pensaré.

Para entrar en el coche Lorenzo casi tuvo que doblarse en tres partes para encajar en el diminuto asiento trasero junto a Candela que, para variar, no disimulaba lo más mínimo su entusiasmo por estar tan pegados.

—Cuidado con la rodilla, agente —se reía ella, pegándose a su costado sin cortarse—. Qué apretaditos vamos... —decía Candela con voz sugerente, sin cortarse ni un pelo.

Eros se acomodó en el asiento del conductor.

Insistí en conducir yo, pero según él, conocía el camino y era lo más práctico.

Sus rodillas quedaron rozando el salpicadero a ambos lados del volante.

Yo me senté en el copiloto, contemplando su perfil serio mientras encendía el motor que sonaba a licuadora.

Nada más salir del garaje y tomar la carretera de la costa, Eros hizo un gesto seco al quitarse el auricular de la oreja, apagó la petaca del micro y la tiró sobre el salpicadero.

—¿Qué haces? —pregunté sorprendida.

—Apagar las comunicaciones —respondió con la vista fija en la calzada y metiendo con brusquedad la marcha—. Nos alejamos y la señal se cerrará en breve. Además, no pienso permitir que mis compañeros se enteren de que estoy evacuando a dos civiles conduciendo un huevo de Pascua descapotable.

Fui incapaz de contener la sonrisa. El cochecito dejó atrás el neón de San Remo y tras pasar la carretera costera empezó a subir hacia las curvas cerradas y laderas oscuras del interior.

—Y bien... ¿a dónde se supone que nos llevas? —pregunté, apoyando la mejilla en la mano mientras veía pasar las sombras de los pinos.

—A un pueblo de montaña —explicó Eros, manejando el volante con soltura, a pesar de ir incrustado en el habitáculo—. Un punto ciego. Un sitio donde nadie os va a buscar.

—Es un pueblo medieval chulísimo —añadió Lorenzo desde atrás—. Lleno de casas de piedra, donde se suele respirar silencio absoluto y donde tendréis cero peligro. Allí vais a estar protegidas hasta que cerremos la operación en la ciudad.

—La casa es de mi familia —puntualizó Eros en voz baja con calidez en su voz.

—Pero, ¿hay alguien viviendo ahora en la casa? —pregunté temiéndome encontrar a sus padres o una comitiva familiar al llegar. Más que nada por estar preparada.

—No. Ahora no hay nadie. Está en la montaña, nadie vive allí en esta época del año.

No pude evitar mirarlo con disimulo, de reojo.

Las luces del salpicadero iluminaban la línea de su mandíbula.

Con cada uno de sus suaves movimientos veía cómo el cuello de su camisa se movía para dejarme ver la piel del cuello, me fijé también en las manos fuertes que ocupaban medio volante y mantenían el control del cochecito en cada curva.

A Candela y Lorenzo se les oía hablar en la parte trasera con voz baja y tranquila, algo raro en ellos, ajenos a nosotros, parecían contarse cosas entre risas pequeñas.

—Entonces… ¿tu familia es de esta zona? —pregunté, aflojando el tono ácido que había estado manteniendo con él, sin darme cuenta.

—Crecí en el pueblo que hay a un par de kilómetros más arriba de la casa a la que vamos —dijo él, dedicándome una mirada rápida pero cargada de una electricidad que me recorrió la piel—. Mis padres tienen allí una pizzería de toda la vida.

Me quedé helada en el asiento.

—¿Una pizzería de verdad? —pestañeé, procesando la información—. O sea... ¿que todo el sermón sobre la harina y la masa madre que soltaste ayer en la pizzería no era un guión inventado?

Vi cómo dibujaba una sonrisa lenta, que le marcó el hoyuelo irresistible cerca de la boca.

—Ya te he dicho que no te mentí en la historia, ragazza .

Solo oculté parte de mi información. Cuando trabajamos no utilizamos datos ni información personal.

Pero, si he de ser sincero, en vuestro caso hicimos unas pequeñas excepciones y lo que dije de mí…

sí, de alguna manera, era todo cierto también.

Me quedé mirándolo durante unos segundos, sintiendo cómo la rabia desaparecía.

Escucharle decir que en nuestro caso había sido algo especial, sabiendo ahora el tipo de trabajo que tenía, acostumbrado a mentir para protegerse, y que a nosotras sí eligió contarnos…

Afloró un poco en mí la vergüenza por algunas cosas que le había dicho.

Y una atracción hacia él apareció de nuevo, de forma inopotuna.

Apoyé la cabeza contra el cabezal, contemplando las curvas oscuras mientras el pequeño coche rosa nos adentraba en la noche.