Rítmica, Póker y Pizza en San Remo Capítulo 11
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Capítulo 11

Eros

El hecho de controlar el perímetro del Casino de San Remo con un micro auditivo incrustado en el oído y un equipo táctico monitoreando cada suspiro desde la distancia era algo a lo que ya estaba acostumbrado. Era precisión y estar atento a absolutamente todo, y que no pareciera que lo estuvieras.

Estaba siendo fácil, como siempre para mí, hasta que la vi.

La vi como un fogonazo verde claro entre la gente.

Llevaba un mono elegante que se ajustaba en las curvas de su cuerpo, que dejaba su espalda al descubierto y remarcaba la línea de su cuerpo como gimnasta.

La encontré exageradamente guapa. Tan ardiente y fuera de lugar en medio de una operación encubierta que sentí cómo el pulso se me aceleraba a lo bestia, por mucho que intentara controlarlo.

Giré la cabeza hacia Lorenzo, que justo acababa de llegar y ya disimulaba una sonrisa de satisfacción al volverlas a ver.

—Tenemos un problema táctico a las seis —le musité por el micro secundario.

—¿Problema? Yo lo llamaría bendición de la providencia, fratello —respondió él, ajustándose la pajarita—. Mira cómo le sienta esa ropa a la peliroja...

—Concéntrate. Si los Bellini las ven cerca de Martín, el plan se nos puede ir a la mierda y ellas se convierten en blanco directo.

Las observamos durante unos minutos. Sorteaban el salón intentando ser sigilosas, pero cantando de una manera tremenda, parapetándose tras palmeras y jubilados mientras parecían buscar a alguien con la mirada.

Posiblemente a nosotros. Decidimos cortar por lo sano y abordar la situación antes de que provocaran una escena.

Llegamos tranquilamente por su espalda. Cuando se giraron al oír la voz de Lorenzo, la cara de Martina fue de pillada absoluta.

Pero lo mejor estaba por llegar. En cuanto intenté ponerme profesional y exigirle que se marchara, Martina sacó toda la artillería pesada de su orgullo herido. Y ahí descubrí a «Manolo».

— ¿...Manolo? —tuve que preguntar, genuinamente descolocado.

Su ataque fue de lo mejor que me han lanzado, lo reconozco.

Se burló de mi nombre, dejando claro que le parecía cursi, también de mi labor como pizzero, me amenazó con estrangularme usando la pajarita de Lorenzo y me regaló un rosario de pullas con sus ojos oscuros echando chispas.

Estaba furiosa, y a la vez, preciosa y curiosamente magnética.

Tenerla tan cerca, aún incluso en ese estado, sintiendo ese perfume dulzón que me gustaba tanto desde la noche anterior, fue una prueba de fuego para mi autocontrol profesional.

Pero la cumbre de su espectáculo llegó cuando decidió dirigirse directamente a mi micro oculto.

— ¿Les has contado a los de la furgoneta que casi tuvimos algo… y que llegué a ver tu colita? Porque entre tú y yo... era bastante piccolina…

A mi lado, escuché la contención de una risa.

Lorenzo tuvo que llevarse la mano a la cara para que no le diera un ataque de risa allí mismo.

En mi oreja, a través del canal interno, el canal del equipo se inundó de inmediato con sofocadas carcajadas de los compañeros de la furgoneta.

Apreté la mandíbula, intentando contener la risa, pero fue imposible.

La mezcla del descaro que mostró, su mentira improvisada sobre la marcha y la indignación con la que me desafiaba fue demasiado.

Olvidé mi profesionalidad por un momento y solté una carcajada, disfrutando de cada segundo de su locura.

Cuando le aclaré que el micro no se había desconectado en ningún momento y que cuatro agentes de la Policía de Estado estaban escuchando su speech sobre mi supuesta anatomía, vi cómo las orejas se le encendían en un tono rojo espectacular.

— ¡Que te parta un rayo, Manolo! ¡Un rayo de tres puntas! —soltó, dándose la vuelta de forma violenta y arrastrando a Candela hacia la multitud.

Me quedé mirándola alejarse, sacudiendo la cabeza, sonriendo como un idiota y sin tener ni idea de porqué me llamaba Manolo.

—Esa chica es dinamita. Me da que te va a desmontar esos esquemas que tienes siempre tan bien montados, Manolo —se burló Lorenzo, dándome un codazo.

—La verdad, es que me resulta una mujer muy… entretenida —murmuré, siguiendo con la vista la melena oscura hasta que la perdí cerca de la salida.

Suspiré, dando por hecho que, tras el trago de vergüenza, con suerte, saldrían directas al coche para huir. Me dispuse a enfocarme de nuevo en las mesas de póker donde jugaba Martín.

Minutos después hicieron una pausa y Martín se levantó de la mesa, vimos que se apartaba y descubrimos que estaba hablando con ellas.

Joder, qué cabezona era. Iba a ir hasta ellos para intentar llevármelas, pero en ese momento se despidieron.

Recé porque por fin salieran de allí y ese contacto no tuviera ninguna consecuencia.

El canal de audio en mi oído explotó dos minutos después. La voz del inspector De Santis nos taladró el tímpano, seca y cortante:

— ¡Eros, Lorenzo, alerta! Dos matones de la red acaban de interceptar a las chicas cerca de la puerta principal. Las han desviado a la fuerza hacia el pasillo de la salida de emergencia del ala oeste.

El mundo se paró de golpe y me puse en alerta máxima.

—¿Cómo que las han interceptado? —siseé, dando media vuelta con el corazón latiéndome a mil en la garganta.

— Se han dado cuenta de que hablaron con Martín en la pausa —informó De Santis—. Eros, saca a las chicas de ahí ya. La situación en esa zona se ha descontrolado. Aquí tenemos agentes de sobra para cubrir a Martín en el salón. Vosotros dos, sacadlas del casino inmediatamente.

—¿Adónde nos las llevamos, Inspector? —preguntó Lorenzo, apretando el paso a mi lado mientras sorteábamos a los clientes a zancadas.

— Donde sea, pero que estén seguras. Llévatelas a tu casa de la montaña si es necesario, Eros. Teneis luz verde. Dejadlas a salvo en un punto ciego y volved en cuanto la zona esté limpia. ¡Moveos!

Un frío feroz me recorrió la espalda. Metí la mano bajo la chaqueta, asegurándome de que mi arma reglamentaria estaba lista, y aceleré el ritmo.

Llegamos, con sigilo, a la puerta metálica de la salida de emergencia oeste.

Lorenzo me cubrió las espaldas. Presioné la palanca de apertura, apliqué la fuerza de mi hombro y abrí de golpe, listo, con el arma desenfundada, dispuesto a tumbar a los dos matones si era necesario y evacuar a las chicas.

Lo que me encontré al cruzar el umbral hizo que mi cerebro se reiniciara por completo.

No parecía haber ninguna retención en marcha.

Bueno, al menos no de la manera que esperaba.

En el suelo de hormigón, retorciéndose como dos sacos de patatas e hiperventilando y quejándose en italiano mientras intentaban espabilarse del trancazo, estaban los dos tíos de la familia Bellini.

Había una manguera de lona de incendios que salía de una vitrina de cristal hecha añicos y que pasaba por debajo de los dos matones.

Martina estaba justo a milímetros de empujar la puerta que yo acababa de abrir desde el otro lado para salir pitando.

Estaba intacta, llevaba la melena revuelta y una cara de rabia descontrolada.

A su lado, Candela, dispuesta a salir en tromba detrás de ella, se estaba ajustando a toda prisa los tirantes y el top que llevaba, tapando a duras penas una parte de su anatomía que había quedado al aire.

Los dos matones soltaban juramentos por la boca, tocándose la espalda y la cabeza con gemidos de dolor. Lorenzo no lo dudó ni un segundo, dio dos pasos al frente, se inclinó y le asestó un puñetazo seco y preciso en la mandíbula a cada uno, dejándolos completamente KO sobre el hormigón.

—Inspector, los dos objetivos de la puerta oeste están neutralizados —informó Lorenzo por el micro con una frialdad profesional brutal—. Enviad a dos agentes de apoyo para que los recojan y los limpien de la zona.

— Recibido. Sacad a las chicas de allí ya —ordenó De Santis al segundo.

Nos quedamos un segundo paralizados en la escena antes de salir los cuatro disparados. Miré a los tipos inconscientes en el suelo. Miré el cristal roto. Miré la manguera. Y luego miré a Martina, que nos sostuvo la mirada con los ojos desorbitados por la adrenalina.

—¿...Se puede saber qué coño habéis hecho? —logré balbucear, mirando a Candela ajustándose el escote a toda prisa y a Martina que me miraba como si fuera a matarme a mí también.